Fulgores, estallidos,
activados en zonas ocultas. Nada de intentar encontrarlos en
un cielo azul, ni siquiera combinados con rojos o púrpuras de
ciertos atardeceres. Sólo en sótanos. En espacios donde el
aire es oscuro, y tan espeso que trasmite las ondas de los
crujidos, las pisadas de los borceguíes. De los grandes
zapatos que golpean contra el piso superior. Sobre las cabezas
aquí, sobre las cabezas allá, las cabezas y los extremos de
los dedos. Que echan luz.
Tantos dedos y
cabezas en movimientos desparejos, muchas veces apenas
perceptibles, intercambian fulgores. Fabrican desde sus
lóbulos y circunvoluciones cerebrales, y dejan salir a través
de su cuero cabelludo y de sus uñas, una forma de claridad que
las va iluminando y las retroalimenta en el silencio.
Por lo menos
treinta cabezas. Y todas sin desórdenes genéticos. Seiscientos
dedos. Trescientos de manos y trescientos de pies. Los
formatos de todas las cabezas, sus pelos, responden a
características femeninas. Treinta mujeres vibrando y
comunicándose, debatiéndose en una estrechez de espacio
intransgredible, como glóbulos a lo largo de un vaso
sanguíneo.
Y ciento veinte
extremidades. Sesenta brazos y sesenta piernas. Nadie con un
brazo de más, nadie con cola. Pieles más oscuras o más claras.
No es posible captar diferencias. En realidad no hay
diferencias. O no importan. Nadie puede sobrepasar límites,
nadie puede expresar más de lo que las expresiones de las
otras permiten. Hay medidas impuestas por las circunstancias
externas, y proporciones determinadas en acuerdos mutuos. Hay
que cuidar la condición que las hace una: la de estar vivas.
Hay fulgores. Son
las miradas que se cruzan en el espacio. Son algunas palabras.
De entendimientos. De desacuerdos. Se rozan, se frotan en el
aire. Producen luz. Las pupilas se dilatan y pueden verse unas
a otras. Se ven y se descubren intentando moverse, mirarse.
Les da risa el movimiento. A los fulgores se agregan sonidos.
Se ríen, ahogan las carcajadas, las desatan, recuerdan los
límites. Se callan.
El aire es una
masa de pensamientos que irrumpe por todos los orificios de
todos los cuerpos, y los obtura.
Hay superficies
ásperas. Cementos. El cemento del calabozo del fondo. Perfecto
para limar hueso. Raspar y raspar. El polvo blanco que va
quedando se volatiliza, cree desaparecer. Pero por dónde. Por
dónde. El pedazo entero que la mano sostiene y todavía frota y
frota inflamada y caliente, se transforma hasta ser un anillo.
Un llavero, un colgante. Una aguja y saliva, el ácido de la
saliva y el movimiento de la aguja para darles forma a los
pétalos de la flor, al pico del ínfimo pájaro tratando de
arrancarse en vuelo desde el anillo, a las manos entrecruzadas
que juntas no alcanzan a medir medio centímetro. Para una con
dedos delgados. Como Chana.
Hay superficies
ásperas. El cemento del calabozo. O la piel. La piel como se
pone en los sótanos.
El ruido de
metal. Las rejas golpeando contra la pared húmeda. La celadora
enclavando todos sus ángulos, su nariz y sus dientes, a la
entrada del pabellón, para largar el alarido: Está prohibido
raspar huesos en el cemento y ustedes ya lo saben.
Y otra vez el
ruido del metal. Y del candado.
Susana está
parada frente a la reja y no emite sonidos. Sólo eleva el lado
izquierdo del labio superior y entrecierra los párpados. Gira
y camina hacia el calabozo. Con el hueso en la mano raspa y
raspa. La piel de los dedos se le va desprendiendo mezclada
con el polvo blanco que llena el aire.
Las pieles. La
epidermis y todos esos orificios. Para que entre qué. Para que
no entre qué. Treinta pieles. Treinta texturas. Y de muchos
orificios salen pelos.
Tantos pelos por
todos lados.
Y sólo una pinza
de depilar que se mantiene con los demás tesoros: la radio a
transistores, el reloj pulsera, los tres tanques de biromes y
las dos agujas de coser, debajo de la baldosa suelta del baño.
Que les ocupó el trabajo de más de un mes levantar y ahuecar
en el concreto. Hay brillos. No son las agujas, que están bajo
las baldosas. Son algunas palabras que corren entre bocas y
oídos. Sesenta oídos, treinta bocas. Que van de uno a otro.
Sonidos significando Susana, hacé menos ruido.
Brillos que
pueden ser palabras, o la energía de una cucaracha en su
recorrido hacia la cueva.
O el sonido de la
respiración de Maura que sin embargo es tan sana con toda su
vejez y su mal humor. Sus carnes duras, tensas. Su pelo
grueso, tenso, sus iris gruesos, tensos. Sus ceniceros,
platos, hechos de arroz blanco amasado, de ese arroz que les
repartieron a modo de almuerzo más o menos tres meses atrás
cuando todavía les daban alguna comida, y cuyas sobras ella
aprovechó para entretenerse, crearse una tarea, una tarea
gruesa. Tensa. Los ceniceros blancos, secos, acumulados bajo
su cama.
Brillos que
pueden ser la energía de una cucaracha tratando de llegar a su
cueva, o el sonido de la respiración de Maura.
Maura respira. Y
respira Griselda al concentrar en un punto del espacio, de la
oscuridad del espacio, los diversos formatos de imaginación y
de memoria que le permiten reconstruir las páginas de Grante
Sertão: Veredas, los episodios, las metáforas tanto que todas
necesitan la metáfora para la reunión de mañana a las dos.
Mañana le toca a
Griselda reconstruir una novela leída en libertad, para las
demás. Y Andrea, si la información que dé Griselda es
suficiente, tiene que escribirla en cinco papelitos de armar
cigarrillos, con letra milimétrica, usando uno de los tanques
de birome del tesoro. Y hay veinte destinados al Anti-Düring.
Trabajo de Dora. Quedan menos y menos papelitos, pero la
biblioteca crece.
Y Liliana,
especializada ya, después de tantos, armará el vaginal.
Impermeable, envuelto en capas de polietileno de alguna bolsa
entrada en épocas en que todavía se les permitía depositarles
alguna comida. Sellado con brasa de cigarrillo. Y adentro. Con
o sin menstruación. Hasta ahora han logrado evitar que en las
requisas les metan los dedos. Todo lo que se ha estado
guardando vía vagina, se ha venido salvando. Y la biblioteca
es indispensable. Contiene sus pensamientos. Su caudal
intelectual. Su aprendizaje. La enseñanza de unas a otras. El
intercambio. La justificación de resistir. La biblioteca
confirma la existencia de todas. De cada una.
Es tan sana Maura
con sus sesenta y cinco años. Y tan dura.
Fulgores. Hay
ciertos estallidos.
Los de los ojos
de veintiocho de las treinta cabezas. Disminuyendo. Amainando.
Hasta el día siguiente. Dos, alertas. Dos cada dos horas. Hay
que velar por el descanso de la mayoría. Hay que tratar de
captar los movimientos en el piso superior. Entra gente. Sale
gente. Emergen sonidos. Gritos de dolor. Carcajadas. Música.
Insultos. Hay que tratar de enterarse con cierta anticipación
de lo que sea que los que caminan por arriba decidan sobre sus
cuerpos. Hay que vigilar a los que las vigilan.
Después, largo el
silencio. Berta y Mónica en el rincón de las guardias,
esperando. Y nada. Nada para interpretar. En los últimos
cuarenta minutos, nada que sea necesario descifrar para el
resto.
Y ahora un
crujido. Un chillido metálico. Sus dos cabezas femeninas giran
en la búsqueda.
Y es adentro. Es
Beatriz que mueve los elásticos de tejido de metal con su
esfuerzo para incorporarse desde ese pozo que es la cucheta
superior. Y pega el salto. Beatriz, que va a orinar.
Con sus pasos
cortos. Lentos. Para no desatar una reacción de los policías
que las apuntan desde arriba, desde afuera, con los caños de
los fusiles, a través de las rejas de las ventanitas del
sótano. Entreabre la puerta. Se mete en el baño. Regresa
rápido. Mueve una mano para Berta y Mónica que mueven sus
manos para ella. Nada nuevo. Apoya su pie en el borde de la
cucheta inferior. Sin querer despierta a Silvia. Salta. Y se
hunde en el pozo de metal tejido.
Silvia gira hacia
un lado y hacia el otro en su propio hundimiento. Siente la
presión de la vejiga. El balanceo de su cama por el regreso de
Beatriz siente, y la presión de la vejiga. Asoma los pies.
Camina lento y a pasos largos, apoyando los dedos más que los
talones. Entreabre la puerta del baño. Sale muy pronto. Enfoca
a Berta y a Mónica con los ojos muy abiertos. Ellas niegan con
la cabeza. Llega a su cucheta. Se apoya en el borde, entra y
se tapa. Sacude un poco a Beatriz.
Dónde la alegría.
Dónde. La alegría.
Un reflejo. Como
de luz. De espejo. Que pasa a velocidades suprahumanas. Que
cruza recto por los espacios que todavía quedan entre unas y
otras. Por las distancias que encuentran entre unos sonidos,
palabras, y otros, entre un gesto y una expresión que lo
completa. Un reflejo. Como de luz. En el que ellas ven sus
propias caras, sus propias pestañas protegiendo los ojos, sus
propios dientes. Pasar. Sus propios párpados y frentes
circular a velocidades sin registro. Pero están entrenadas en
la rapidez de acción, y alcanzan a saludarse y a sonreírse. Y
a saludarse una vez más.
Se ven, se
hablan, arman conversaciones hilvanadas. O se desconocen a sí
mismas. O se interrogan y se dan una respuesta. O sólo se
observan extasiadas por todo el tiempo que dure la alegría.
Pero no esperan
nada. La alegría es parte de lo que va a venir sin esperarlo.
Tiene que estar allí. Tiene que haber.
La sábana se va
extendiendo. Cuatro manos, dos de cada extremo, la estiran y
van sosteniéndola de los bordes de las cuchetas, apretándolas
entre el colchón y el metal. Eso va a ser el telón, el fondo
del escenario.
Más de veinte
cabezas se esfuerzan hacia arriba para tratar de entender los
movimientos preparatorios. El grito No espíen vibra y provoca
risas. Y más risas.
Que quedan
girando sobre su propio eje, en ronda, metiéndose en los
huecos, como humo, esperando la llegada de las próximas.
Unos dedos
apareciendo por detrás del telón anuncian el comienzo y
mientras las voces, ruidos, no paran, un guardia pretoriano se
mete por debajo de la sábana imponiendo el silencio.
Las cabezas se
envían reflejos, los ojos se abren y se cierran en la
excitación, cómo lo hicieron, de dónde sacaron tanto papel
plateado, cómo armaron las sandalias, y el guardia pretoriano
blandiendo la escoba como lanza y respondiendo De los paquetes
de cigarrillos que quedaron del año pasado. Pero si el grupo
teatral que debuta el viernes próximo ya está planeando
utilizar el mismo recurso, va muerto: los usamos a todos. Y
los gritos del público Callate,
pretoriano, que te vamos a expropiar el papel plateado ahora
mismo. ¡Que empiece de una vez!
Y Cleopatra
asomando medio cuerpo y rodando dentro de las toallas que
hacen de alfombra, surgiendo desde el enredo y recostando su
cuerpo sobre el piso de baldosas negras y descascaradas,
cubierta por algún camisón posiblemente de Maura por lo
inmenso. Levantando las cejas y frunciendo el labio Cleopatra,
mirando al público instalado a su alrededor y sentado con las
piernas colgando de las cuchetas superiores, echándole esas
miradas seguro muy similares a las que la faraona lanzaba,
arrogante, sobre sus súbditos. Por supuesto. Y carcajadas. Y
Julio César envuelto en otra sábana irrumpiendo a los gritos,
llamando Cleo, Cleo, la luz de tus ojos violetas... y desde el
público La de los ojos violetas es Liz Taylor, idiota, y otra
Bueno, si es lo mismo. Y carcajadas. Y Julio César contestando
desde el escenario Cómo que es lo mismo, por favor no insulten
a mi reina, y la reina asumiendo su papel arqueando la ceja
izquierda, señal a la que el guardia pretoriano responde
poniendo la lanza cabeza abajo y barriendo el piso.
Julio César es un
viejo verde, que salga Marco Antonio, ¿no tienen un Marco
Antonio ahí atrás?, viva Marco, Marquito, y Marco Antonio
emergiendo entre bambalinas, envuelto en otra sábana y con los
brazos en alto hacia el pueblo que lo aclama, y las carcajadas
incrustándose en los espacios que dejan entre unas y otras las
palabras Este es mi pueblo, el pueblo por el que lucho, el que
me justifica, mientras Cleopatra no logra contener las
lágrimas arrancadas a la risa que se le atasca en la garganta,
y el público desde las cuchetas Eso, eso, dale Cleo, decidite
por Marquito, y Cleopatra: Pero lo de la alfombra era una
atención para Julio, y éste está acá de puro metido, y risas,
y la reja metálica del pabellón abriéndose, de pronto.
Se abre, y tres
fusiles automáticos livianos entran apuntando a la locuacidad
de Cleopatra y Marco Antonio, en manos de tres policías
uniformados, con dos celadoras como escoltas, todos ellos
gritando Entreguen la sábana, y el silencio cortando el aire.
Julio César preguntando ¿Cuál de las tres?, ¿la mía, la de
Marco Antonio o la del telón? Y las carcajadas otra vez, y las
mujeres del público Celadora, ¿para qué quieren la sábana? El
policía balbuceando Señoras, no se olviden de que ustedes son
presas. Y saben muy bien que está prohibido el teatro aquí
abajo. Entreguen la sábana. Cleopatra aventurando Si la
quieren sáquenla ustedes. Y los caños de los fusiles
enganchando el lienzo blanco, tironeándolo y arrancándolo. Y
los policías con sus escoltas retrocediendo y apuntando,
retrocediendo y saliendo, cargando y enarbolando su trofeo, su
estandarte. Haciendo mutis por el foro. Y el ruido del
candado. Y Andrea desde el fondo del pabellón desarmando su
cama y atravesando las flechas de luz de tantos ojos, aquí va
otra sábana, las manos estirándola, volviendo a construir el
escenario.
La pared y la
humedad de la pared, los cables eléctricos atravesándola desde
quién sabe cuántos años, triturados, transmitiendo la
corriente hasta los hombros que se apoyan, las cabezas. Las
cabezas iluminando el muro con los ojos, que se desplazan,
buscando el origen de cada movimiento. Del sonido.
Es Flor. Que se
rasca. Flor que se irrita la psoriasis de las piernas con las
uñas cortas y rellenas de piel volátil. Blanca.
No te rasques, la
voz aguda, te estás arrancando los pedazos. Verónica explora
los movimientos de la mano de Flor, repite el tono
profesional, Frotate con la palma, o echate agua. Flor se da
vuelta con pómulos indiferentes y obedece. Se frota con la
palma. Camina lenta hasta el baño y se echa agua.
Claudia asoma los
brazos desde las cuchetas del fondo del pabellón, desde el
rincón de las noticias, y llama. Todas las frentes tensas
miran hacia ella. Van dos y vuelven a informar al resto. "Tres
delincuentes subversivos fueron abatidos por fuerzas
combinadas del ejército y de la policía en un operativo
regular llevado a cabo en horas de la madrugada de ayer.
Cuando los efectivos del orden intentaron reducir a los
ocupantes de la vivienda ubicada en el numero 126 de la calle
Uriarte, uno de ellos una mujer joven con varios meses de
embarazo, éstos resistieron provocando un tiroteo en el cual
los tres terroristas resultaron muertos. Hasta el momento sólo
se conoce la identidad de la mujer, de nombre Marisa Elsa
Sierra, oriunda de Los Ralos, provincia de Buenos Aires".
Claudia a cargo
de mantener informadas a las treinta cabezas. Sacude los
brazos y el flequillo negro y lacio que le bailotea sobre las
cejas italianas, en ángulo. Desde detrás de la cucheta de
Maura, oculta por el cúmulo de ceniceros de arroz y las pilas
de elementos misteriosos que atesora la vieja. Claudia
transmite lo que suda y lo que escucha. Por los poros del
cuello y de las palmas larga un líquido que es casi orina.
Dicen que resistieron. De alguna boca sale Marisa no tenía
armas ni nunca las tuvo. Y lo espeso. Lo espeso del aire se
solidifica inmovilizando brazos y cabezas por un momento.
Cuidado, escondan
la radio. Viene la comida. Berta girando hacia atrás su rostro
y captando sonidos metálicos de olla y cucharón como un radar,
de llaves y de pies contra los pisos de baldosas, La celadora,
y abre la reja la celadora rubia de rulos adheridos al cuero
cabelludo, con un tic que le hace cerrar el ojo derecho cada
cuarto de minuto, y la otra pálida y ojerosa y de pelo negro y
lacio recogido con una hebilla plateada en la nuca. La ojerosa
con la gran olla en las manos, con expresión de agarren esto,
y Olga extendiendo los brazos todavía inmóviles, automáticos,
Olga encargada de recibir y distribuir la comida de hoy, junto
con Telma. Mañana Sara con Teresa. Los ojos de Olga
aproximándose al interior del contenido líquido y grisáceo.
Pronuncia Sopa otra vez mientras las celadoras cierran las
rejas y se van.
Y la rubia de
rulos se vuelve hacia la reja, asoma su nariz entre dos barras
de hierro, pega los pómulos y aclara Desde hoy, sopa sin
huesos. Prohibido fabricar anillos en los calabozos de
cemento. Y esboza una sonrisa de dientes abiertos y amarillos.
Como huesos. Como los mejores caracúes, los más duros, los que
pueden usarse también para pendientes delicados.
Olga hace bajar
los ojos al fondo de la olla y corrobora la ausencia.
Y varias cabezas
de las treinta se inclinan hacia el líquido opaco, lo estudian
y deciden que antes de que se enfríe, hay que tomarlo. El
largo mesón de madera astillada y sin pintura recibe el sonido
de los platos de metal y lo absorbe, lo acalla, lo hace
neutro. Los platos de metal reciben el sonido del líquido
cayéndoles, y lo absorben, lo acallan, lo hacen neutro. El
líquido ahoga el ruido de cucharas buscando alguna solidez,
pedazo de algo, y lo convierte en un movimiento ansioso y
continuado . Una cadena de manos dándole forma al aire,
moldeando el recorrido vertical hacia las bocas. Hacia las
gargantas, que permiten el paso de la historia arrastrada por
los líquidos salados sin origen, con origen en vegetales
pálidos y secos. Hacia atrás y hacia adentro, a circular por
treinta esófagos tensos, a la espera. Atrás y adentro la
historia, a ser digerida y transformada en quién sabe qué, en
cuántas cataratas internas, silenciosas. En qué formatos de
lagos y espesuras, en qué esplendor de rincones. En qué coros.
En qué conjuntos de voces mañaneras. En qué gritos.
Telma termina el
líquido y levanta de la mesa el plato y la cuchara, y del
banco los muslos y los glúteos anchos levanta, ablandados. Y
camina. Y los demás pies caminan. Y las cabezas se van
trasladando una tras otra, y los platos son transportados por
las manos. Y apilados dentro del lavatorio del baño. Olga
lava.
Fulgores,
estallidos, activados en zonas ocultas por la potencia del
hambre.
Los cuerpos
livianos, somnolientos, acomodan sus células a las
ondulaciones de las camas. Los párpados cayendo sobre toda la
cara. Sobre toda la piel. Sobre los hechos.
Hay fulgores. Son
el frotamiento de las moléculas que conforman los músculos y
las paredes del estómago. Salen por los ombligos, por las
bocas, se encuentran en el aire, chocan, producen luz. Llaman
la atención de las cabezas, se levantan los párpados, se
cruzan las miradas, se reconocen, se hablan, Carla dice Les
cuento una película. Las que quieran escuchar Butch Cassidy
que se acerquen. Y treinta estómagos se ubican rodeando la
cama de Carla, sobre el piso, colgando de las cuchetas altas,
sentándose en las bajas. Y se abren. Se abren para deglutir
los gestos, las miradas, las palabras que Carla pronuncia
letra a letra, los colores. Los sepias, los caballos, la
bicicleta mágica. La música, los trenes. Los marrones del sol.
Los ojos de Paul Newman. Los disparos. El movimiento de
sombreros.
El polvo y el
sudor adhiriendo los cuerpos al camino. Los vestidos frondosos
de la amiga.
Las maletas. La
luz de los desiertos. Los miedos trasmisibles. La agonía
detenida en el brillo del cielo azul. La muerte suspendida en
el aire caliente, boliviano.
Las cabezas, los
brazos, los pies, tratan de olvidarse de las vísceras. Sara
flexiona con insistencia los dedos de su pie derecho, los
aprieta, los abre. Los estira. Desde su extremo opuesto los
observa, los mide, los calcula. De su boca semiabierta sale
Debe estar por llover: me duelen los juanetes. Las cabezas se
levantan contra el aire oscurecido y los ojos atraviesan el
tejido de alambre y las rejas de las ventanas altas,
imposibles. Por el espacio de medio metro de abertura, allá
arriba, pueden darse una idea del estado del cielo. Tratan de
investigar, se movilizan, recuestan sus cuerpos contra las
paredes, los alargan. Se deslizan. Toman distintos ángulos.
Sólo logran un gris como de plomo, que tanto puede ser un
cielo de tormenta como un atardecer filtrado por las sombras.
Segundos, gestos,
minutos, ademanes. Liliana, Elizabeth y Telma aumentan, se
duplican, son su propio discurso, sus clases de anatomía, de
francés y de historia. Los tres grupos se chistan, Bajen la
voz, no dejan trabajar al resto, coinciden en la forma de
expresarse, cada una es, a veces, espejo de las otras. Se
ríen. Yo no estoy gritando, sos vos, Liliana, grita Telma, y
Elizabeth las mira incrédula y les grita Cállense que mi grupo
se distrae. Y avanzan las tres clases en silencio. Y el tiempo
avanza a saltos y en silencio. Hasta que Andrea y Celia, desde
sus puestos de guardia, agitan brazos, músculos de las caras,
muestran dientes, señalan hacia las rejas de la puerta,
Dispérsense, alguien viene. Las integrantes de los tres grupos
se separan, se mueven, se tensan hacia el frente del pabellón.
El ruido de candados. Las rejas abriéndose.
Dos celadoras,
una con todas las llaves en la mano, la otra con el gran
recipiente metálico balanceándose y despidiendo vapores de
quién sabe qué, pero caliente. Susana ve a la celadora de las
llaves mirar hacia las zonas donde se habían estado dando los
cursos, le sigue la mirada, revisa si no han quedado apuntes,
papeles en las camas. Gloria también se alerta, se moviliza
con las treinta cucharas, haciéndolas sonar, hacia la larga
mesa de madera, desvía la atención de la celadora, o trata.
Qué estaban haciendo, señoras, ya saben que aquí no se dan
clases ni se canta, esto no es la universidad, ni se reúnen en
grupos de más de tres, así que cuidado le sale a la celadora
de la boca abierta. Esta comida es muy poca contesta Olga No
alcanza. Y el ruido del candado. La ojerosa de pelo negro se
vuelve, aclara Tenemos orden de darles esa cantidad señoras.
Eso es lo que nos traen para todas. Y sale, con su hebilla
plateada incrustada en la nuca. Y la rubia: Y agradezcan que
hay algo. Y que están vivas. Y se aleja con pies de policía.
Silvia mira la cara de Claudia, Claudia observa a Susana,
Susana presta atención a Elvira, Elvira investiga a Dora y a
Leticia. Telma distribuye polenta, saca de un plato para
completar otro, mide, calcula y raspa el fondo de la olla.
Acérquense al
faisán, princesas grita Olga, y algunas risas, sonrisas
lentas, se dan lugar alrededor de la mesa de madera.
Llueve sentencia
Sara, y algunas detienen sus cucharas, observan el hilo de
agua que está filtrándose por alguna brecha entre el alambre
tejido y las ventanas. Las otras comen. Se observan entre sí
comiendo, y comen.
Olga recoge los
platos de la mesa. Telma lava.
Otra vez los
candados, las rejas que se abren las dos celadoras y dos más,
del turno de la noche, gritan Recuento, señoras, las cabezas
se forman en hilera, Las manos atrás grita la rubia, y
cuentan, se ponen tensas. Dónde está la que falta, vuelven a
contar, Contesten dice la ojerosa. Se escapó por el techo se
ríe por lo bajo Sonia, Se calla señora y me contesta, y
aparece Telma desde el baño con las manos chorreando espuma y
a los gritos, Una rata en el tarro de basura, celadora, y
todas las caras risueñas y asustadas. Señora, póngase en la
fila y en silencio. Están todas sancionadas pronuncia con los
dientes una del turno nuevo, y Sonia Y con qué nos van a
castigar si ni comida tenemos, celadora, y escuchan las rejas
golpeando contra el marco de metal, y el candado estridente, y
las cuatro mujeres de uniforme yéndose, y algunas risas,
insultos, quedan movilizándose en el aire oscuro, girando,
rotando, disminuyendo la energía. Vuelve la ojerosa y se asoma
y deja salir Ustedes que son tan creativas debieran saber que
siempre hay alguna forma nueva, diferente. Y Sara: Parece que
usted es más creativa que nosotras, celadora. Y treinta
gargantas tragan saliva, y más saliva.
Casi todas se
aproximan a Estela, Estela es el atractivo, el imán de la
noche. Estela preparándose en una de las camas, haciendo girar
sus dedos entrenados, armando cigarrillos, administrando el
tabaco, Se va acabando comenta, compartamos estos seis entre
las treinta. Estela asoma la lengua, humedece el papel, los va
pegando. Mojalos menos, que se rompen sale de la boca de
Berta, y Estela Callate y fumá, que de estos privilegios
quedan pocos. Se miran entre sí. Y succionan el humo hasta el
estómago.
Cada cigarrillo
recién armado pasa de boca en boca, se termina. Las luces que
se apagan, las cabezas, las mentes se acomodan al sueño.
Emiten sonidos, palabras, risas de una cama a la otra, se
hacen bromas, las de abajo meten los dedos a través de los
orificios de los elásticos de las camas de arriba, las que se
acuestan arriba insultan, con sus almohadas pegan a las de
abajo, más bromas, más risas ahogadas. Pasos desde detrás de
las rejas, una celadora que se asoma, Señoras, basta de risas,
es hora de dormir, y se queda allí, callada, pispeando
movimientos. Hada y Julieta están haciendo las dos primeras
horas de guardia de la noche. Se mantienen calladas, ocultas
en un rincón entre el piso y la última cucheta donde el foco
de seguridad casi no ilumina.
Débora se mueve.
Se la oye. Su colchón puede oírse, el chillido opaco, detenido
en el aire.
La respiración
altibajante y hueca. El reacomodamiento de sus huesos. El roce
del pelo lacio y duro contra el tejido rugoso de las sábanas.
Hada abre los poros, presta atención desde su puesto. Débora
gira todo su cuerpo, emite sonidos por la boca entreabierta,
vuelve a su posición original, se agita, tironea las mantas
casi con las uñas. Se tapa la boca con una de las manos, se
incorpora, se sienta en la oscuridad como impulsada por un
resorte contra la larga espalda rígida, ojos abiertos, negros.
Y lanza un alarido.
Las demás se
despiertan. Se van sentando. Los Qué pasa dan vueltas, giran,
se debaten, pueblan todos los huecos en el aire.
Débora contesta
perfeccionando el grito, refinando el sonido, puliendo los
acordes. Los cuerpos saltando de las camas, rodeando la
cucheta de Débora, emanando agujas de miedo por los poros,
soltando temperaturas de afecto y de silencio.
Pasos desde
detrás de las rejas. Aproximándose y creciendo. La celadora
con la nariz abierta Qué pasa, señoras, la voz de Mecha
tocándole a Débora el hombro más cercano, el borde del cuello,
de la nuca, Qué es lo que te pasa, y Débora, su encía
enrojecida calentada. Me duele esta muela, se aprieta la sien
izquierda con los dedos, Le duele una muela, celadora, y la
celadora Que deje de gritar la detenida. Que se calle. Y
Débora Necesito un dentista, un calmante, me estoy volviendo
loca, celadora, manden al enfermero. Y la celadora Baje la voz
que esto no es un hotel de lujo, y si no se calla no llamo a
nadie. Y Débora Necesito un dentista, un calmante, aumenta
decibeles, hace explotar los ojos de las cuencas, se le moja
la cara, se mezcla la saliva con las lágrimas, No aguanto el
dolor despide, no lo aguanto, y la voz de la celadora desde la
sala de guardia Ya le dije, si grita no hay calmante. Yéndose,
la celadora saliéndose del campo visual de Débora y de todas.
Una voz más, dos
voces, Celadora, por favor llame al enfermero, sin respuesta.
Y Débora hundiéndose en las oscuridades de su boca. En los
orificios permeables de sus caries.
Se mueven.
Regresan a sus camas. No vuelven a dormirse. Las luces de la
noche exterior se mezclan con los reflejos de la noche
interior. Se agitan entre sí. Unos a otros se gastan. Se
consumen.
Débora no deja de
emitir sus sonidos. Los treinta pares de ojos permanecen
abiertos, pestañeando al ritmo de los insultos de Débora.
Hasta que llega el día.
Y llega el
recuento, la hora de la ducha fría, y el momento de lo que las
celadoras llaman desayuno. Y después de haber tragado el
líquido verdoso, las maneras distintas del silencio.
O del ruido.
Andrea trata de
concentrarse en el repetido y siempre cambiado relato del
secuestro de Berta lo único que importa es la esencia, porque
las interpretaciones pueden ser infinitas, éstos son hechos
complejos se justifica Berta al ver sonrisas irónicas
flotando, pero hay pequeños sonidos que la absorben. Que
reconoce y la atraen. Y suceden afuera. Andrea se olvida de
Berta. Lo que siente está sucediendo sobre la pared del sótano
que habitan. Son golpes secos y seguidos contra la calle
interna que rodea el edificio de la Alcaldía donde están y
respiran. Va detrás del sonido con los ojos, busca el
movimiento conocido, la vibración, el eco. Y persigue las
ventanas. Y se trepa de un salto a la mesa apoyada contra la
pared descascarada y fría, y por la ranura, entre la hoja y el
marco de la ventana, ve. Ve los zapatos, altos, marrones,
lustrosos, de su madre. Mi mamá dice, y está con otras madres.
Y los cuerpos se van desprendiendo de las cuchetas, se van
alargando, parecen chicles estirándose en brazos y cuellos y
ojos desorbitados, ávidos, hasta que ya no hay lugar sobre la
mesa, Vienen a dejar paquetes de algo dice Silvia, y Andrea se
resbala y cae al piso, y dos desde arriba la ayudan a
recuperar sus diez centímetros cuadrados, se reincorpora al
grupo, sube, aprieta el cuerpo contra la pared, la garganta
contra el borde de madera, los labios redondos contra el
alambre tejido, y los separa, y dice Mamá en voz baja, y
disminuyen los ruidos y los chistidos en el sótano, los
músculos se tensan, los tendones inmovilizan dedos y palabras.
Mamá repite, da un paso atrás sin que te vean, eso, da otro,
otro más, cómo está papá, no digas nada, no mires para abajo
que se van a dar cuenta. Te reconocí por los zapatos.
Escuchame, grabate este número de teléfono, 252977, es de la
familia de Débora Glovsky. No los busques ahora aquí, llamalos
después, desde tu casa. Deciles que presionen por un dentista,
que Débora ya no aguanta los dolores. Mamá, comprate zapatos
nuevos. Éstos son de principios de siglo. Qué traen, por qué
vinieron tantas madres. No me contestes. Nosotras estamos
bien, pero no nos dan comida. Pidan por un dentista para
Débora. Y los zapatos marrones que se alejan un paso, dos,
tres pasos más hacia adelante.
Los músculos en
tensión se aflojan, los pies descalzos sobre la madera del
mesón se mueven y hacen ruido, y van saltando hacia el piso de
baldosas.
Da vueltas la
pregunta Qué estará pasando de cabeza a cabeza, suspendida en
el aire del sótano, golpeando contra una frente y otra,
rebotando. Y disolviendo las miradas, la voz de Elizabeth
Andrea, tu mamá se está yendo, y Andrea Chau, mamá, y la voz
entrando a través del alambre tejido y de las rejas Mataron a
Juan Carlos, y Andrea ¿Cuál Juan Carlos, mi primo o tu vecino?
Y la madre Tu primo. Me voy a llamar al padre de Débora.
Decile que se calme. Y los zapatos no se detienen, no dejan de
hacer su ritmo pegado a las ventanas del sótano. Y se pierden.
Andrea se sienta
en la cucheta, los dedos descalzos contra el piso, los talones
suspendidos, las rodillas abiertas, los codos clavándose en
los muslos, las manos cubriéndole la cara. Dice Por qué Juan
Carlos, Silvia se le aproxima: ¿El abogado? Andrea quiere
decir que sí, pero sólo mueve la cabeza.
Débora lanza un
suspiro y después un grito, grita Celadora, necesito un
calmante y se oyen pasos, desde atrás de la reja vienen, y es
otra celadora, la del turno de día. Tengo orden de no llamar
al enfermero si grita, mira curiosa, Liliana se acerca a la
reja y le pregunta Celadora, por qué había tantas madres
afuera, la celadora mira hacia atrás, hacia el área de la
guardia policial, verifica que nadie está escuchando a sus
espaldas, Las han autorizado a traer paquetes una vez al mes,
con algodón, dentífrico y papel higiénico, porque ya no va a
haber visitas este año, ni el próximo pronuncia, masticando
las letras, triturando en la lengua las vocales. Si hay alguna
que no esté vestida se viste, señoras, que viene personal
masculino.
Olga y Elizabeth
se acercan y preguntan Qué van a hacer, celadora. No sé
contesta, y da la espalda a la reja, se asoma a la guardia y
grita ¿Ya llegaron?, y la otra celadora dice Sí, están
esperando. Y entran. Entran dos policías de uniforme con dos
pistolas soldadoras y cascos protectores, y una plancha de
metal cuadrada y gruesa. Y la apoyan contra las rejas de la
puerta
Treinta cabezas,
sesenta brazos van moviéndose con la velocidad de las
incertidumbres, van acercándose, van acumulándose en la zona,
van intentando preguntar Qué sueldan, sospechando la
respuesta.
Y ven las chispas
saltar tocando el techo del sótano y cayendo, los colores,
desparramarse en esa luz efímera y abierta, los ojos
concentrados, casi en trance, viendo derretirse los tonos en
el aire cada vez más espeso, aunque el tabaco se haya
terminado.
Una, Elizabeth,
Liliana, Berta, desde el fondo del sótano deja salir Están
tapiándonos.
La plancha de
metal cubre las rejas desde el piso hasta casi el techo, y
deja una abertura de diez centímetros,
arriba. Si no tapan esa franja todavía vamos a poder espiar a
las celadoras desde la cucheta más alta dice Dora apretando la
frente, los oídos, tratando de no oír el ruido de las
máquinas, de no sentir el olor del metal recalentado, de no
ver los colores del fuego en desparramo.
Fulgores,
estallidos, activados en zonas ocultas. Nada de intentar
encontrarlos en un cielo azul, ni siquiera combinado con rojos
o púrpuras de ciertos atardeceres. Sólo en sótanos. En
espacios donde el aire es oscuro, y tan espeso que transmite
las ondas de los crujidos, las pisadas de los borceguíes. De
los grandes zapatos que golpean contra el piso superior. Sobre
las cabezas aquí, sobre las cabezas allá, las cabezas y los
extremos de los dedos. Que echan luz.
Somos este
sótano, este nudo apretado de la historia, somos la fuerza y
el ingenio con que nos desatamos. Somos la soldadura y cada
chispa. El cuerpo de todas somos. El gran cuerpo completo.
Todo el cuerpo. Su sangre somos, y los huesos. La piel y la
respiración. La gran vagina. La orina, el sudor, el alimento.
Y cada carcajada. Las distintas maneras de morir y de estallar
en risas. Somos la destrucción del escenario y las infinitas
opciones para reconstruirlo. Somos la comezón de la psoriasis.
La gran psoriasis de la historia del mundo somos. El tic
nervioso activo durante las horas de sueño más profundo. El
cuerpo somos. Y el hambre de ese cuerpo. El grito de dolor,
las caries. Los calmantes. Los tobillos. Los músculos. La ropa
que nos cubre. Siempre puesta.