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EL RINCÓN DE CHÉJOV   

NO IMPORTA TU AUSENCIA

Adriana Jaramillo Seligmann

Adriana Jaramillo Seligmann, colombiana

 

                                                                                     

     Recuerdo a mi madre cantando canciones viejas. Cantaba desafinada, como si fuera sorda o peor, pero parecía feliz, así estuviera reincidiendo en un día igual a otro. Siempre deseé que mi madre dejara de cantar, pero quién le decía que se callara si sólo cantaba cuando creía que era feliz, y todos tenemos derecho de sentirnos felices así no lo seamos.

    Estaba bonita mi mamá esa noche en que me enteré de su partida. Se había cortado el pelo y se le veía brillante. Arroz con gulash y verdura revuelta. Se esmeraba en vano porque lo que yo tenía siempre era ganas de irme a mi cuarto. Ese día nos sentamos a cenar la una frente a la otra como tantas otras veces; empezó a contarme que había vendido a su hermano la porción de la finca de Subachoque que era de su madre, mi Oma, donde se reunía la familia cuando era una familia. La vendió por un valor menor del que tenía, siempre hacía esas cosas, se apresuraba y se justificaba diciendo que esa tierra sólo les había traído exilios, que deshacerse de ella era lo mejor. Quise ponerme furiosa pero ella era así, ya ni siquiera me sorprendía. Ese dinero de la herencia se le irá como arena entre los dedos, pensé, no sé cómo le hace pero es capaz de volver los huevos de oro en huevos revueltos casi sin batirlos. Ahora con la plata de la finca usted va a estar tranquila si la invierte bien, le dije. Pero ella se hace la sorda cuando tiene otros planes y sólo confía en sus enemigos. Quizá todavía creía en su suerte a pesar de no tenerla o creía que la suerte era como la felicidad: también la podía fingir.

Esa misma noche me fui a una fiesta sin tomarme demasiado en serio lo de mi madre y de regreso entré a la casa con cuidado de no despertarla. El frío endemoniado de la madrugada me tenía tan encalambrados los dedos que no me dejaba encontrar en la cartera las llaves de la puerta. Miré el reloj y me di cuenta que eran pocas las horas que me quedaban de sueño. Era ya la hora de la reivindicación con la vida real, la primera luz que aparece como una señal universal de desmesura, donde ninguna oscuridad sirve de escondite. Sin embargo abrí la puerta atrancada con el periódico aún tibio; lo pisé en todo el centro porque mi noche de sueño aún no había comenzado y a esa hora no me interesaba leer lo que iba a pasar al otro día. Subí la escalera con los zapatos en la mano y no dejé de lavarme los dientes y  la cara antes de meterme a la cama. A las pocas horas me levanté triste y fea, pero fui a trabajar.

En esa fiesta conocí a Luis quien quedó de llamarme. Yo le di mi teléfono y ningún beso, entonces sí llamó. Al medio día, recibí el timbre de aquella voz prematura que se mostraba interesada en cosas vanas: ¿qué has hecho?, ¿cómo estás?  Y todo bien, todo bien, ¿cuándo nos vemos?, entonces yo le dije que salía de la oficina a las cinco. Quedó de llegar a mi casa a las siete porque disque quería que lo acompañara a no sé dónde y yo le dije que bueno, que listo y que chao. Cuando colgamos sentí de repente una sensación de abismo en el mismo lugar donde generalmente se sienten las agrieras, y eso me hizo creer que quizá el tipo sí me había gustado, al menos un poco, porque si no para qué tanto disturbio estomacal y tanto pálpito inútil. Preferí no pensar en eso, así como tampoco quise pensar en mi madre. Al cabo de un rato y casi sin darme cuenta sonó el citófono: Que la señorita Antonina que baje que el señor Luis acá está esperándola.

Antes de bajar me miré al espejo y cada cosa pareció ocupar su lugar. Las cejas se sentaron sobre mis ojos como se sienta un buen jinete detrás de la cruz, y ninguno de los pliegues de mi falda demostró algún deseo horizontal que estropeara la caída vertiginosa de la tela hacia las botas.  De todas maneras me estaba preocupando más de la cuenta por aquellos detalles; pensé en ese momento que la vanidad no podía ser otra cosa que una alteración del sistema nervioso. Eso demostraba que en realidad lo que yo tenía en ese momento no era más que pánico de volver a verle la cara a Luis y más ahora con algo de luz sobre aquel rostro esquivo a mi memoria, con la complicidad de saber que recordábamos nuestros nombres y que en aquella fiesta nuestras manos habían permanecido tan juntas como los labios de Romeo y Julieta. Entonces, así quisiéramos creerlo y no creyéndolo, habíamos dejado de ser cualquiera, para ser alguien. Y alguien es algo, peor es nada. 

Bajé y lo encontré ahí de pie esperando ver mi figura cuando se abrieran las compuertas del ascensor, como quien espera la apertura de un gran telón que al correrse desvela el inicio de una obra, el gran teatro de la conquista, aquella tragicomedia de una dicha aún sin actos. 

–Hola, ¿cómo te terminó de ir anoche? –fue lo primero que dijo con su sonrisa más adolescente.

–Pues bien, tengo un poco de sueño, pero bien. ¿A dónde vamos?  –le dije mientras me metía las manos en los bolsillos de la gabardina haciendo cara de frío.

–Quiero que me acompañes a un lugar donde se consiguen libros antiguos. Encargué una vieja edición alemana del Hiperión, pienso copiar todo el libro a mano, como si fuera la Ley, para practicar el alemán.

–¿Sabes hablar alemán?

–Sabía, ahora tengo que recordarlo.

Y de pronto le dije después de unos quince pasos de silencio que quería devolverme a la casa –¡Qué culpa!–. Pensé en Rosalía y me entró la prisa de súbito, como con miedo de llegar y no encontrarla, una premura inexplicable. Complaciente pero extrañado dijo que no había problema, ya íbamos a llegar y después podíamos coger un taxi.

–Es que está que llueve, y estoy muy cansada, pero si quiere puede tomarse un café en mi casa –le dije sin tutearlo, y él no supo si eso era sinónimo de cortesía o de desconfianza, pero aceptó de inmediato.

Tres gotas alcanzaron a resbalarse por mi frente fruncida por el helaje y la prisa. «Pareces seria»  me dijo «casi siempre pareces seria». Y es que yo no sé por qué hago cara de adulta responsable en estas circunstancias donde tales apelativos, no sólo resultan inútiles sino innecesarios. ¿Acaso no me daba cuenta de que eran mis pinches veintidós años los que me hacían más encantadora para un hombre ya maduro y vivido que además era escritor famoso? ¿Que si estuviera buscando una mujer segura y bien cultivada ya se hubiera ido con alguna separada de treinta y siete? Y digo separada o viuda porque a esa edad solteras empiezan a parecer sospechosas, sin razón aparente, claro, pero aún así resultan sospechosas. Este pensamiento, atravesado de golpe, dejó que mi inseguridad respirara a sus anchas y entonces me reí de tal manera que salió de mi boca un rebuzno muy breve e inusitado, cosa que hizo que él se sonriera también, sin siquiera preguntarme por lo que estaba pensando. Como si de repente estuviéramos construyendo un espacio de complicidad en el silencio y en la estupidez, y eso nos hizo sentir cómodos. Caminábamos y éramos dos inseparables camaradas, y a las dos cuadras dos extraños intentando seducirse a punta de juegos y roces indiscretos, con esos cuerpos que se tropezaban dando pasos torpes, buscando excusas en el aire para encontrarse.

Me distraje por unos minutos mirando la bisagra de la puerta de la librería mientras esperaba que Luis saliera con su encargo. No sé cuánto tiempo alcanzó a pasar.

–Antonina ¿vamos? –me dijo de la misma manera como me dice todas las mañanas el reloj despertador que tengo que levantarme.

–Sí,  vamos –respondí sacudiendo la mirada.

Era curioso porque no habíamos hablado mucho de nosotros mismos. De lo que deseábamos, de lo que teníamos o habíamos perdido. Pero no había ningún afán, había hilos que no era necesario mover a la voluntad de nuestros acelerados ritmos, hilos que como péndulos fieles a la gravedad, sabrían realizar el mismo movimiento mesurado y constante que hace el tiempo en los relojes.

Sentados con el café de taza grande en la sala de mi casa, me dieron ganas de saber si Luis tenía o no una mujer. No había mencionado nada al respecto, y en ese momento yo tampoco fui capaz de preguntárselo. Aunque fuera muy intelectual, muy progre, muy escritor y todo, cuarenta años y soltero, era también sospechoso, había que reconocerlo. Alguna maña rara tenía que tener, un pavor ancestral al compromiso, una adicción al sexo, una duda genética, un Edipo, y no me refiero a soltero en el sentido de no haberse matriculado con los santos votos del casamiento, sino de aquella soltería del que jamás ha sido capaz de compartir su vida con nadie. Claro que también estaba exagerando, porque a los cuarenta todavía era joven, y al menos le quedaban diez o quince años para que la decisión del matrimonio no le coincidiera con la próstata.

Después de un par de cafés bien cargados, no sé por qué se le bajó el tono de la voz y empezó a decirme que si me había dado cuenta de lo mucho que yo le gustaba, de la forma como irresistiblemente se desarmaba frente a mis ojos, espacio oscuro donde cabían todas las miradas…y ahí sí se me pusieron las pestañas hirsutas casi a punto de embestir las cejas que inocentemente intentaban conservar su lugar. Y aquel tic delator del labio inferior dejó una vez más escapar las palabras precisas para este tipo de escenas, entonces no pude decir nada, ni sonreír ni nada, un maniquí hubiera podido articular mejor una emoción en ese momento. Le dije, entonces, que habláramos otro día, mi mamá estaba por llegar y yo tenía que recuperar el sueño acumulado; entonces me abrazó fuerte, de tal manera que su corazón al unísono trató de alcanzar el mío, y algunos de sus olores más propios quedaron, después de ese momento, grabados para siempre en mi memoria. Abrí la puerta para dejarlo ir, aunque me costó trabajo encontrar la llave.

Ese día lluvioso lo recuerdo muy bien porque fue la última vez que hablé con mi mamá antes de que se fuera a vivir a la costa. Llegó a la casa al poco rato de que Luis se había ido. Me agarró del brazo, me llevó a la cocina y me dijo «Antonina, me voy de esta ciudad, no vaya a empezar a darme sermones que lo he pensado mucho y ya he tomado la decisión de irme. Usted sabe que yo tengo los ahorros de la venta de la finca, y hoy renuncié al trabajo que me pagaba de mierda, pero no porque usted me lo hubiera dicho. Me ofrecieron una casa cerca de Santa Marta y me voy de profesora de inglés a la escuela normal"–aunque yo sabía que nada era normal en la vida de mi mamá –" me voy sola y no me importa si es peligroso o si usted está de acuerdo o no, y de antemano le advierto que si algo me pasa, al menos deberá usted saber que su mamá se murió feliz, yo acá ya estoy aburrida de hacer oficio».

Y ante eso ¿qué?, ya no podía decir yo nada y eso era precisamente lo que ella quería, dejarme a mí sin la posibilidad de refutarle los planes; pero ya ve que éste me pareció menos descabellado que muchos otros, como cuando le dio por empeñar las joyas de la abuela para entregar el dinero a la comunidad después de haber sido tan amarrada toda la vida, o cuando dejó de ir al médico siendo diabética porque disque los doctores iban en contra de la voluntad natural, y esa teoría de cuáquera esotérica sí me pareció ya totalmente salida de tono.

Mi papá se había muerto hacía diecisiete años y ella era lo único que yo tenía, mi única familia directa, cómo no me iba a preocupar por ella. Además desde que yo nací ella decidió que yo iba a ser la mamá y ella la hija, y así lo hizo, creció rebelde, voluntariosa, desobediente, nunca me hizo caso aunque siempre preguntó por mi consejo, me obligó a hacer cada una de las cosas que ella no hizo, me hizo adulta para poder volver a ser adolescente, para poder devolverse, y ya cuando me vio con  trabajo y lo que ella consideraba suficiencia, agarró sus cuatro chiros en señal de destete y se fue a su propia idea de paraíso. El resto, según decía, se lo daría la tierra.

Una sala de espera de aeropuerto esperaba en silencio que Rosalía, mi madre, se fuera. A su lado me senté yo en una fila entera de asientos vacíos a ambos lados, y esperamos allí cruzadas de brazos, mirando por la ventana el ajetreo de los viajeros, como otras veces vimos la televisión antes de dormirnos. Ninguna de las dos musitaba palabra, ya todo había sido dicho, o al menos lo más urgente. Ella se iba y punto. Yo me quedaría y no había discusión. Por primera vez en la vida estábamos separándonos y no había nada más que decir.

Mientras esperábamos el llamado por el altavoz, ella sacó el espejo y se retocó el maquillaje, no importaba que tantas revoluciones llevara en su equipaje, la abuela la había criado para que fuera bonita. Un poco de blush rosa tenue ocultaba la palidez de su rostro y el pintalabios rojo cereza hacía pensar que detrás del color se podría esconder una sonrisa dulce, pero no había nada que pudiera maquillarle el miedo en las pupilas, aquel brillo temblando entre largas pestañas, debajo de unas cejas parecidas a las mías que creían resolverlo todo con sólo levantarse. Un aire de algo circunspecto producía cierto equilibrio en los ojos de ambas, una certeza comedida tan pavorosa que no podíamos casi ni mirarnos. Ninguna de las dos estaba triste, aquello no era tristeza, era algo parecido a preocupación y desconfianza, aunque ninguno de los dos términos fuera exacto. Ella tenía cierto miedo de que yo no fuera capaz de vivir sola, sobre todo porque pensaba en el desorden, en el aseo, en la comida.

«Antonina no sabe ni hacer un arroz, se tendrá que alimentar de pan y queso toda la vida» decía, «y se le va a deshacer la casa en costras de mugre y a pudrir la vajilla. Es que no lava un plato, no recoge un calzón, pobre el esposo que le toque, ahí si van a trapear  el suelo con ella», y diciendo esto limpiaba mi cuarto todas las mañanas. Recogía la pijama arrugada en una esquina, y abría las cortinas y las ventanas para ventilar el olor recio de colilla trasnochada. Nunca guardaba silencio cuando limpiaba, siempre refunfuñaba de dientes para adentro, algo que sonaba como si estuviera hablando sola y en secreto mientras alguien le tapaba la boca, algo que sonaba como un rezo, un murmullo indescifrable. Y fruncía las cejas con el trapo en la mano, mientras yo me arreglaba para ir a la oficina. Luego dejaba un café con leche encima del comedor, y una tajada de queso blanco sobre media galleta integral, que yo engullía a mitad de camino entre el baño y la puerta.

Pero a decir verdad ella tampoco sabía hacer oficio, se las daba de muy hacendosa pero todo le quedaba limpio a medias, porque no se le ocurría pensar que la mugre llegaba a todas partes y no sólo a las fachadas de las cosas, no sólo a las barrigas de los floreros, no sólo a los lomos de los libros. La mugre también entraba por los espejos de perfil, o se asentaba silenciosa como pluma sobre el techo del cucú, y las partes de adentro de las caperuzas se mantenían polvorientas enfrente de la luz. Esos rincones de las cosas que nadie veía (como las páginas de los libros), eran los que a ella no le importaba dejar sin sacudir.

En la cocina sólo podía hacer alarde del arroz, y claro, con saber hacer arroz, Rosalía creía que sabía cocinar: «Porque el arroz sale con todo», decía, «como el negro». Entonces, arreglaba el almuerzo y la comida, haciendo arroz con algo, y unas tajadas de tomate, como igual siempre se vestía con una falda negra, cualquier saco y los aretes de turquesa, o con una camisa negra, cualquier cosa abajo y la bufanda amarilla de angora, y le preguntaban alguna vez «¿qué te vas a poner?» y respondía solamente «el pantalón negro» como si todo lo demás fuera mero accesorio para dar colorido (como el tomate). 

Yo no sabía hacer el maldito arroz, eso sí era verdad, siempre me quedaba mazacotudo y duro, o ahumado y sin gracia. Yo fui criada con el arroz de mi mamá, mi mamá había sido criada con las Kartoffel de la abuela; pensé entonces que mis hijos iban a ser alimentados con mis sanduches de queso. 

 –Pero de hambre no se va a morir nadie –le dije la noche anterior, cuando discutimos sobre los pormenores de su partida. –Por eso no te preocupes –dije de forma seca y salí de la cocina, dejando el balanceo cada vez menos largo de la puerta de vaivén.

Un hálito de conversación inconclusa también se balanceaba en la cabeza de ambas a la hora de irnos a dormir. Ella terminaba de empacar algunas cosas, mientras yo, tan cansada, trataba de obligar mis ojos a arremeter el sueño, pero todo era inútil, se me ha olvidado cómo se duerme, pensé presionando la cara contra la almohada, privándome del poco aire, como si se pudiera obligar el cuerpo a dormir con alguna amenaza.  Entonces al cabo de un rato, la cosa se puso peor, porque  mi madre apagó la luz y la televisión de su alcoba y a mí no me ha gustado nunca dormirme de últimas. Me tranquilicé luego, cuando llegó a mi cuarto el ronroneo constante de la nevera, que sólo se escucha cuando todo lo demás está en silencio y me recuerda siempre que no soy yo la única que todavía funciona a esas horas de la noche. Fantaseé un poco alrededor de la figura de Luis con quien no había podido hablar y lo imaginé enamorado de verdad queriendo casarse y todo. Después de dar varias vueltas hasta descubrir la desnudez del colchón sin sábana pude dormirme, y me desperté temprano al otro día, incluso primero que el reloj despertador.

Rosalía ya se había levantado y estaba haciendo el café en la cafetera antes de empacarla. Apenas me senté en la cama y metí los pies en las pantuflas me sentí triste. Yo nunca le decía a ella que la quería, ni ella a mí, eso entre nosotras era como obvio, innecesario, cursi. Hay gente que no puede vivir sin ese par de palabras diarias, sin esa dosis de amor verbal a veces tan rutinaria que pierde su efecto, como unas palabras mágicas escritas en un graffiti, el mapa de un tesoro con mil impresiones, la prostitución máxima del conjuro y, por ende, su exterminio. Si mi mamá me hubiera dicho esa mañana que me quería, yo no le hubiera creído, ella no era de ésas, no desperdiciaba su afecto en palabrería porque además tenía su propia explicación: «Es que yo soy descendiente de Lilit» decía con toda seriedad «y las Lilit no van con cuentos». Ese día  puso actitud de discurso, diciendo «usted también es una Lilit, Antonina, porque es hija mía y las mujeres Lilit somos de acción. Eso no se le puede olvidar nunca, como tampoco deberá olvidar que ya a estas alturas no queda nadie que no haya sido expulsado del paraíso, así que si llega alguien y le ofrece algo parecido, ya usted deberá saber que es pura caña. Pero no se preocupe Antonina, que tarde o temprano cada cual llega a la tierra que le corresponde» y dijo esto, utilizando el mismo tono de voz que usaba cuando yo era niña para advertirme que no recibiera dulces de los extraños.

La mañana entraba repentina por la ventana del fondo, donde se veía  una pequeña parte de la montaña asomada entre la mezquina grieta que dejaban dos edificios inteligentes. Y frente a ella mi madre y yo nos mirábamos una y otra vez, sintiendo que probablemente el próximo encuentro nos tuviera preparada una transformación definitiva en las expresiones del rostro. Sus discursos sonaban profundos pero no parecían de ella, no le sonaban naturales, ni esa mañana ni nunca. Cada vez que se aventuraba a presagiar, alguna mirada se le torcía o la agarraba de improviso un ataque de tos que le hacían perder toda credibilidad, y aunque esa mañana nada pareció crear disturbios en la expresión de las palabras, había algo que me hacía sentir que todo lo que decía era un plagio. Pero si ya ni los pecados eran originales... 

Era difícil la confianza entre las dos, ninguna tenía buenos antecedentes frente a la otra. Yo tampoco creía que ella iba a poder durar mucho tiempo en la costa. Nunca había sido mujer de provincia, de hecho no tenía idea alguna de capotear moscas y soportar calores. Algo me decía que iba a terminar devolviéndose, con alguna excusa, o sería mejor decir esclusa, digo, buscando la manera de atravesar el desnivel entre ambas aguas, inventando compuertas para poder volver, y volver, volver, volver... sin que el orgullo se le inunde. Por un momento la imaginé morena parada en la reja, con toda la ropa de tierra caliente, arenosa, tibia y medio húmeda, arrugada entre una tula camuflada colgada de su espalda, diciendo que el colegio donde estaba trabajando había sido cerrado por desavenencias políticas y que había epidemia de fiebre amarilla por toda la región, que le abriera rápido la puerta y dejara de mirarla con cara de tarada.

Entonces le dije «¿Mamá, usted está segura de querer irse?», entonces replicó poniéndose una mano en la cintura, «Antonina, ¿no le parece que ya es demasiado tarde para preguntarme eso? Ya alquilé esa casa, acepté un trabajo, empaqué la cafetera, ya le dije que me voy y no se ponga a hacerme dudar que no estoy para abogados del diablo. Todo va a estar bien, venga a visitarme cuando le den vacaciones». Y diciendo esto regresamos a otro de esos puntos finales, que ella ponía arbitrariamente en mitad de las conversaciones, para que uno se quedara siempre con algo no dicho encalambrado en la garganta. En realidad, lo que quedaba retumbando después de esa última palabra no era un silencio pugnado por la desidia, la sensación que dejaban sus intervenciones golpeadas, era como de «Pues sí, ¿no?» cierta inutilidad en la prolongación de la conversa, que hacía pensar: No vale la pena ponerse a discutir algo de lo que ella está tan segura.

Lo malo era que estaba segura de sus decisiones sólo por un rato, luego cambiaba de opinión tan rápido como cambia la forma de las nubes, ya fuera por alguna corriente muy influyente, algún augurio irrevocable que ella misma inventaba, o tal vez algún antojo surgido por la comparación, y digo esto porque a Rosalía siempre le ha parecido mejor lo que tiene el otro, era indecisa por andar comparándose, pedía un plato en un restaurante y decía: «Lo tuyo se ve más rico, debí haber pedido lo mismo».  Siempre buscaba cierta equidad, entonces ahí venía el cambio de opinión. Empezaba a comer, mirando el plato de en frente, «pero dime qué es exactamente eso que te han servido, no sólo se ve bonito sino más saludable, este filete que pedí está grasoso, ¿será que puedo devolverlo?» decía buscando con los ojos al mâitre. Devolverse, eso era lo que iba a terminar haciendo dentro de un par de meses, sin reconocer una equivocación o una derrota, claro está, simplemente devolviéndose, esa sería su manera de cambiar de opinión. Ya la imaginaba diciendo, «No, Antonina, no me estoy devolviendo, estoy regresando, que es diferente. Que le vaya quedando claro que yo no me devuelvo ni para coger impulso». Y listo. Ahí ponía otro de sus puntos finales. Nada más que decir al respecto.

Al día siguiente, cuando ya se había ido, me desperté con ganas de malinterpretar todo y creer que si no hubiera sido porque le sugerí a mi mamá renunciar al puesto de miserable profesora de Universidad pública, dirigida por negreros burócratas, sucios y más sucios, ella no se hubiera ido a ese pueblo de miseria, tierra que nada promete y en cambio cobra, y cobra como una culebra suelta, todo demonio dejado en remojo a lo largo de los años regresaría pasando sus cuentas, y entonces me dio ganas de hacerla volver y regalarle un local en el Lago para que pusiera una frutería o un almacén de hilos, o lo que quisiera, pero algo que la tuviera ocupada, porque es que era todavía muy joven para estar jubilada por la dominante, tirana hija que le habían mandado, y claro... ella se fue por mi culpa,  y yo tampoco tenía tanto como para haberle comprado la frutería, pero es que cómo no tratar de hacer feliz a la mamá hasta la muerte, para qué más ha sido parido uno sino para ver cómo diablos hace feliz a la mamá; ¡mala hija, mala hija!, y Luis que no había llamado, ese día no llamó ni el anterior, y yo tampoco le tenía tanta confianza para llorarle la ausencia de mi mamá, pero quería, quería pensar en él para no pensar en ella, y pensé tanto, tanto en él, que se me olvidó ella y creí estar enamorada.

«Es que estoy enamorada» le dije a Clarita, mi amiga íntima, por el teléfono, «¿Y tu mamá?» preguntó como si me estuviera haciendo recapacitar, «Bien, ya se fue, todo bien», y volví a que Luis no me había llamado, yo creía que estaba furioso porque cuando me llamó la última vez, le tuve que decir: «llámame después estoy ocupada». Y era cierto, andaba ocupada pero no le dije en qué, y cuando una dice que está ocupada y no dice en qué, es porque está inventando una excusa, siempre pasa, no muy buena por cierto, pero yo de verdad estaba ocupada, no era un disfraz de rechazo, tan ocupada que no alcancé a explicarle que mi mamá se estaba yendo, se estaba despidiendo de todas sus cosas y de mí. De verdad era un momento inoportuno para que Luis me leyera páginas, porque es que el problema fue que llamó y antes de que yo le dijera lo ocupada que estaba, me dijo «Antonina, voy a leer algo que encontré para ti» y no alcanzó a pasar saliva cuando yo ya le estaba diciendo «estoy ocupada» y mi mamá desde el ascensor acosando, que la iba a dejar el avión, que me apurara, y ¡ya qué! fue lo último que le dije a Clarita, ¡ya qué!. 

Sin embargo, nos empezamos a ver a menudo con Luis, y desde el principio me pareció que él estaba esperando algo, como yo también esperaba alguna sorpresa antes de verlo por última vez. Empezó a cargar en los ojos el mismo brillo que tenía Rosalía antes de irse, que seguramente se parecía al que tuvo mi padre antes de morir, pero como yo no lo conocía bien pensé que quizás eso era amor. Desde que nos conocimos, Luis se estaba despidiendo de a poco, y no dijo nada mientras se iba yendo. Se iba y yo esperaba que se quedara, y el amor falla cuando las esperanzas no coinciden. Se le notaba en los silencios, en los días que pasaban sin ser contados, como si no pasaran, como si fueran suficientes las pocas horas que me daba para crear con ellas toda una existencia y hubo muchas más señales de que se iría pero esas tampoco quise verlas.

Seré ilusa, qué se iba a quedar un tipo como Luis que lleva 20 años en Madrid en un pueblo como éste, si tanto le gustaban las monumentales torres atávicas del primer mundo. Aquellas que alguna vez le quitaron la virginidad provincial a sus ojos oscuros, porque todo suramericano es de provincia, pensé en español, porque es que además Luis podía pensar en francés, en inglés, en portugués y ahora en alemán, él podía pensar más porque tenía con qué, tenía más palabras que yo y sin embargo nunca decía nada, al menos nada que pareciera serio, porque me llenaba de esas historias que me producían ganas de dormirme bellamente durante cien años sobre su pecho, pero no hablaba de mañana ni los días venideros. Y no pregunté mucho, pensaba que ese inmediatismo podía ser parte de alguna corriente posmoderna que aún no nos había llegado, porque es que yo sí esperaba encontrar alguna vez a un hombre que me diera la certeza de al menos desear amanecer acostado a mi lado en los próximos años, que me dijera «te llamo mañana y pasado mañana» y de veras lo hiciera y no sólo, «un día de estos, estamos hablando» y menos «quedamos al habla, sí, yo te llamo».

Recordaba entonces sus manos que parecían de médico con ganas de sanarlo todo con apenas tocarlo, y además daban ganas de dejarles tocar lo que quisieran, entonces Luis las movía en el aire mientras hablaba como si estuviera dirigiendo una orquesta de ideas, y ya entre esa melodía era muy difícil seguir esperando una promesa distinta que la música misma. Me sentía de vanguardia, irreverente más que nunca, habiendo decidido amar a alguien sólo por un día. Sólo por esta media hora en que estamos sentados tomándonos una cerveza en las sombrillitas de la trece. Te amo solamente mientras me lees un párrafo del Palinuro por el teléfono, con miedo de ser feliz no siéndolo, como hace mi mamá, ser feliz por ejemplo sólo hoy, pensaba, sólo por hoy haré el amor con éste que hasta podía resultar un desgraciado, nadie sabía, era mi mamá la que metía dudas, siempre hace eso, para luego decir «Se lo dije, Antonina, se lo dije».

No hay nadie que siendo bueno conmigo no haya despertado sus sospechas. Pero qué tal que yo de verdad le pusiera atención a todo lo que presagiaba abriendo el I Ching a golpe de azar. Para Rosalía, no había nada azaroso sino inesperado, pero todo era parte del gran engranaje de los planes de fuerzas superiores, y abría el libro con los ojos entumidos en cualquier página y quién sabe si de verdad entendía las interpretaciones de Wilhelm, o si prefería las propias; entonces preguntó por el amor de Luis con su hija y salió:

 

Sung: El conflicto: eres veraz y te frenan.

Detenerse con cautela a través del camino trae ventura.

Ir hasta el fin trae desventura.

Es propicio ver al gran hombre.

No es propicio atravesar las grandes aguas.

 

Y me llamó desde la Sierra a leérmelo también por el teléfono, y otra vez estaba ocupada en la oficina, pero alcancé a escucharle el dictamen, le dije a mi madre que gracias por pensar tanto en mi futuro, pero que lo último en modos de vida era vivir el «Carpe diem!», reciclando a Horacio, me lo enseñó Luis. El goza el presente, así me estaba funcionando a las mil maravillas, pero claro, iba a tener en cuenta sobre todo la cautela, porque es que hay que andar mosca por donde quiera, y dijo «Qué falta de seriedad,  no hay peor sordo que el que no quiere oír». 

No sé si era verdaderamente amor lo que estaba sintiendo por Luis o si eran puras ganas de no querer aceptar que Rosalía se había ido. Sin embargo, todo pareció de repente querer ir tan a prisa, que un día vi a Luis esperándome, con las manos cogiéndose la cabeza como un pensador, sentado en un muro a la salida de mi casa, y me pareció que yo podría ir y sentarme a su lado y pedirle al celador que nos sacara una fotografía para ponerla en el marco de plata al lado de la puerta, igual como la tenían los vecinos que eran una pareja joven y feliz, ambos tan bonitos en esa foto, ni siquiera la muerte los hubiera podido separar en esa foto. Yo la había visto varias veces, sin querer, cuando dejaban la puerta entreabierta, imposible no verla, una fotografía de ambos con los ojos brillantes, en algún lugar de esquiar en la nieve, como si hubieran retratado la felicidad; y yo también quería una foto de ésas, pero hasta ese día nunca había pensado que iba a encontrar a alguien con quien posar, pero es que Luis se veía tan bien con esa bufanda y su chaqueta marinera, haciendo cara de sí, y no importaba qué tanto frío hiciera: Estoy esperando a Antonina, mi bella Antonina, entonces íbamos a quedar sentados en ese muro de concreto, él y yo amándonos con frío, en un portarretratos de plata, con los ojos brillantes y las manos entre los bolsillos, estampando nuestro amor, ahí, para siempre.

No sabía si la idea le iba a gustar a Luis, la de andar por ahí, protagonizando sueños perpetuos, como la foto perpetua y su perpetua presencia ahí enmarcada. Entonces me cogió de la mano cuando me senté en el muro y llovió pero no nos importó mojarnos esa noche. Caminando él y yo era tan cliché ser feliz debajo de la lluvia, tanto así que volví a preguntarme si tal vez estaba siendo feliz no siéndolo, otra vez robándome el adjetivo, pero era sólo por hoy, hoy iba a ser feliz caminando debajo de la lluvia, mientras me imaginaba cantando Raindrops keep falling on my head, agarrándome de los postes de luz para dar vueltas en el aire y volviendo a caer sobre el asfalto húmedo, salpicando agua-lluvia graciosamente, debajo de unos Dexters. Luis me pasaba el brazo sobre el hombro, como si así me protegiera de la infernal tormenta que se apresuraba hacia nosotros, avanzando horizontal directo a las espaldas, mientras corríamos por la ochenta hacia arriba; hacia las sombrillitas de la trece; tú y yo de nuevo, y la ilusión de estar hoy muy felices. Cruzamos de la mano el puente peatonal de Los Héroes, saltamos los charcos mientras la velocidad de los autos pasaba por debajo ventilándonos las piernas, y en toda la mitad Bolívar altivo le enterraba su espada a la infernal tormenta  y eso tampoco era la patria pensaba, eso tampoco es la patria.

Caminamos por la sombras de la noche cayendo, los árboles como paraguas, las aceras como pistas de baile, y las manos sosiego de la piel coincidiendo conmigo. ¡Qué fortuna la piel, qué fortuna! me dije, mientras ignoraba que la inocencia estaba perdiendo terreno discretamente, entre las horas de los días, y todo empezó a ocurrir por vez primera sin dejar evidencia. 

Había ratos en que me embelesaba escuchar en silencio todas sus historias, porque tenía tanto que decir Luis, y tantas páginas para citar, y tantos amigos de las grandes ligas, los que yo creía que no existían sino en el mundo perfecto de lo inalcanzable, al lado de Mastroianni, por ejemplo. Entonces empezaba, «Un día en Londres, Cabrera Infante que no dejaba de hablar de Fidel...» esto y lo otro «…y yo conocí a Cortázar un día comprando peinillas rosadas en el Duty-Free del Charles de Gaulle» y bueno, yo no era propiamente imposible de descrestar, calcularán el asombro.

Háblame Luis, háblame más, cuéntamelo todo, cuéntame de esa noche que te tocó ir a la guerra y lo que le pasó al fotógrafo irlandés antes de morir en el asiento trasero de tu carro, cuéntame de cuando viste a Mastroianni en ese restaurante y te habló de mujeres, de tantísimas noches sin saber de soledades, cuéntame la historia de cuando empezaste a usar naipes para marcar las páginas de los libros, y de tu vida en Madrid donde ocurría todo lo que acá no. Cuéntame tu pena, Luis, me refiero a la pena española de la amargura, no a la pena colombiana de la vergüenza, esa que te brilla en los ojos cuando hablas de lo que se te ha ido, esa pena que cargas escondida en las ganas de fugarte a todas horas de todos los lugares, mientras escribes  lo que ha pasado detrás de tus días solitarios, y con ¡qué destreza!, te lo digo de veras, qué manera tienes de delatar la vida en cada frase.

Mira, me decía, huele este papel de piel tuya, huele la historia que trae consigo y con ella las horas enteras de otro que se ha dedicado a rebuscarse la manera de decírtelo todo; decirte por ejemplo que la próxima vez que te haga el amor se va a quitar las gafas así tenga por eso que dejar de leerte; que piensa leerte desnudo entre sus sábanas porque tú mereces el honor de ser la primera que ponga sus ojos sobre lo que su boca hubiera querido decir, sólo para ti. Y una voz gritaba «léeme» como quien dice «cómeme», y volvía a gritar «cómeme» como quien dice «no me dejes».

Era tan difícil desconfiar de lo que tanto embelesaba. «Mamá, estás equivocada, nadie que escriba lo que él escribe, ni que cuente lo que él cuenta, podría ser de poca certidumbre, no me llenes de miedos, te lo pido, que ya tengo suficiente con saber que Luis se va para Madrid. Te necesito mamá, te necesito». 

Nada de preguntas inflamables, ni frases sueltas entrenadas como perros para llegar a sus presas. Silencio y placer y más silencio y miedo. Me quedé dormida mientras Luis se ponía las botas sentado al lado de mi cuerpo dilatado y libre; se estaba yendo entre mis sueños  y lo último que escuché fue el roce de un beso diminuto sobre mis labios de paréntesis antes de llegar al punto final que suponía el cierre de la puerta.

Pero al otro día tenía que regresar a la oficina. Tacón puntilla, pestañas azules, el pelo en la copa desafiando la gravedad. Las cejas agotadas pero erguidas mantenían en alto la mirada. Un nuevo engranaje cogía impulso, otro día de labor, sólo eso, otro día de labor.

    «Mamá, creo que yo también me voy a cansar de hacer oficio».

 

Inédito, 2002 (mi agradecimiento a la autora) 

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© Manuel Talens 2002