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EL RINCÓN DE CHÉJOV   

ENSOÑACIONES DE UN VIAJANTE

Gonzalo Hidalgo Bayal

Gonzalo Hidalgo Bayal, español

                                                                                      

 

    Porque soy de natural pacífico y poco amigo de aventuras, nunca me han proporcionado satisfacción los viajes. Me agrada sentarme en mi butaca, al calorcillo del brasero, y ver la televisión o contemplar a través de la ventana el paso apresurado de la gente bajo la afilada amenaza del invierno. Sin embargo, a causa de mi profesión, que es a la postre mi sustento, me veo obligado con frecuencia a visitar los diferentes pueblos de la comarca y, por consiguiente, a recorrer distancias de, en el peor de los casos, hasta ciento quince kilómetros. La necesidad de tales desplazamientos está, evidentemente, contemplada en mi contrato laboral, pero, a menudo, la urgencia acecha intempestiva tras llamadas telefónicas que siempre acojo malhumorado y a las que no acabo de acostumbrarme. Así sucedió ayer. Había terminado de comer y me adormecía sobre las páginas deportivas del periódico cuando me sobresaltó el teléfono. Media hora más tarde estaba en carretera. Confieso que no soy un apasionado del motor, que no me seduce el vértigo de la velocidad, que respondo, en fin, al arquetipo de conductor mediocre. Mi coche, por lo demás, padece suficientes achaques como para alcanzar a duras penas y con notable sufrimiento los ciento diez kilómetros por hora en rectas llanas. En las cuestas, su decrepitud le hace perder un treinta y cinco por ciento de eficacia. Y en las curvas es mi escasa habilidad la que reduce a la mitad el potencial y la energía de sus tristes caballos. Si por ventura llueve, como no es infrecuente en esta época del año, ambos nos sumimos en un rodar cansino, dubitativo y receloso. Pues bien, todos estos factores se dieron cita ayer para agrandar mi enojo y abastecer la pesadumbre: la insistencia de una lluvia racheada, horizontal, sobre una carretera estrecha y llena de curvas. Mi velocidad, por tanto, era, más que prudente, remolona: en torno a los setenta kilómetros por hora. Por lo común, en esos trances, si algún azar festivo o la misma coyuntura horaria deparan abundante tráfico, los coches suelen adelantarme con desenvoltura y elegancia, trazando sobre el agua perfectas ondulaciones negras. Pero ayer ni siquiera era el caso. Ceñido con precisión al borde de la derecha, avanzaba solo por el asfalto, entre árboles mustios, junto a la tierra húmeda, absorbido por esa engañosa oscuridad con que la lluvia imita los umbrales de la noche. De pronto, sin embargo, divisé a lo lejos las luces traseras de un coche que me precedía. Rápidamente me adentré en conclusiones incómodas. Puesto que no era un coche que me hubiera adelantado y puesto que veía por primera vez aquellas luces en los veinticinco kilómetros recorridos, se trataba necesariamente de un automóvil más lento que el mío. Por lo tanto, y esto era lo lastimoso, terminaría por alcanzarlo y no me quedaría otro remedio, entonces, que intentar el adelantamiento. Llegué a su altura, efectivamente, al cabo de tres kilómetros, en los cuales, quizás, aunque no estoy seguro, me dejé llevar por la inercia del silogismo y aceleré más de lo que tengo por costumbre. El caso es, como digo, que lo alcancé. Se trataba de una furgoneta grande y roja, toda carrocería, sin ventanillas ni transparencia, cuya fisonomía y deterioro reclamaban dos nociones inmediatas: desguace y chatarra. El ruido del motor era quejumbre y el tubo de escape expelía un nubarrón espeso, contaminado. Su velocidad constante rondaba los sesenta kilómetros. Me situé a su rueda, pues, dispuesto a adelantar, pero las circunstancias eran francamente hostiles. Por una parte, si me acercaba en exceso, ráfagas de agua sucia y lodosa caían sobre el parabrisas anulando toda visibilidad. Por otra, si le daba el margen de metros necesario para mantener el parabrisas limpio, sacrificaba a la visibilidad una distancia indispensable que, como es natural, provocaba siempre el mismo efecto desolado: divisar una y otra vez, previa a cada accidente de la ruta o de la geografía, la prohibición de adelantar. Resolví adoptar un postura intermedia y, confiando a la buena voluntad de la especie humana lo que mi impericia me negaba, anduve diez o doce kilómetros a la espera de que el intermitente de la furgoneta me invitara a pasar, hasta que numerosos indicios me hicieron comprender que nunca iba a producirse la señal, el salvoconducto. Fue entonces cuando, con alguna temeridad, según creo, me arriesgué y cuando, al mismo tiempo, comprobé la mala fe de la furgoneta, es decir, del conductor. Apenas coloqué mi coche en el carril izquierdo (si de carriles pudiera hablarse a la sazón) y aceleré, la furgoneta, herida en su sensibilidad, aceleró igualmente, de modo que la inminencia de la curva me obligó al repliegue, a la derrota. Henchida de orgullo y robustez, la furgoneta redujo entonces la velocidad a cincuenta kilómetros por hora, actitud que, en apariencia, favorecía mis pretensiones, pero que enseguida se reveló desafío, exasperación. Cada vez que, arrancando desde atrás, intentaba aprovechar un fragmento de recta, la furgoneta, advirtiendo por el retrovisor la maniobra, ponía en funcionamiento los limitados resortes de su celeridad para truncar mis objetivos, cosa que, con la inestimable ayuda del trazado, conseguía fácilmente. Tras cinco intentos abortados, terminé por asumir la adversidad y, desestimando riesgos irracionales, me acomodé al paso lóbrego y al humo siniestro de aquella mole roja, a la espera de la única recta del camino que yo recordaba propicia, una línea de ochocientos metros para la que faltaban veintidós kilómetros, y en la esperanza de que, cuando llegáramos, no viniera nadie de frente a entorpecerme. He de decir, no obstante, que, pese a resignarme a la paciencia, en mi ánimo fue creciendo el desasosiego, la animadversión, y rumiaba silenciosamente maldiciones, injurias, ignominias, lo que me convirtió, durante veintidós kilómetros, en escenario creciente de la rabia, con la contribución, sin duda, del tiempo y la inclemencia, la lluvia y el frío de esas tardes desapacibles que llamamos de perros. Pero la fortuna, al fin, me sonrió. Cuando llegamos a la recta, adelanté con verdadera brillantez e incluso acumulé una nada despreciable ventaja. Me sentí, pues, ligero, liberado de un peso tan largo y vertical, y, aunque no enseguida, recuperé la ensoñación brumosa que practico en los viajes solitarios. Alcancé así, difusamente, al cabo de veinte minutos, el trazado infernal por el que se desciende hasta el Jayón, una acumulación de curvas de la muerte que limitan la velocidad a treinta y la marcha a segunda. Y allí, de pronto, advertí la presencia de la furgoneta a mis espaldas. Conduce mejor que yo, pensé, pues siempre he creído, en efecto, que alcanzar en rectas es mérito del vehículo y en curvas del conductor. Me sentí mal: una ansiedad vacía subiendo del estómago. La furgoneta no podría adelantarme, yo no sería capaz de abrir hueco y, para el gremio de conductores mediocres, en el que ya he reconocido mi inclusión, si hay algo peor que ir detrás de un coche, es ir delante. En situaciones tales, parece que, empujado, uno se encoge, como temiendo un puntapié. Me equivoqué, no obstante, y, en un trayecto mínimo entre dos curvas, la furgoneta me adelantó. Según pasaba, vi por la ventanilla lateral cómo el conductor me dedicaba un gesto obsceno de la mano derecha, del dedo corazón concretamente, detalle gratuito que, lo que son las cosas, llevaba en sí el estigma del destino y, probablemente, de la muerte. Mis ojos son testigos. Guiada con la mano izquierda, la furgoneta no tomó la curva, se precipitó en la maleza, fue dando vueltas de campana por el cauce de un arroyuelo espontáneo, hasta que, despojo de hojalata y humo, se acurrucó en un hoyo junto a un árbol, casi al borde del río. A mí me paralizó un repente samaritano y hasta llegué a pisar el freno con la intención de detenerme y procurar auxilios, pero enseguida se me impuso la ecuanimidad propia del caso (he ahí, me dije, el lugar de la herrumbre, el espíritu de la intemperie) y seguí mi camino, a la velocidad que me asignaron, sin otros contratiempos.

 

De La narración corta en Extremadura (2000)

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