<%@ Language=VBScript %> Manuel Talens - El sitio web del escritor. Antología de cuentos. La túnica blanca.
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EL RINCÓN DE CHÉJOV

LA TÚNICA BLANCA

José Luis Gozálvez Escobar

José Luis Gozálvez Escobar, español

                                                                                      

En las tristes tardes-noches de desesperanza que iniciaron su medio siglo de vida, se decidió siempre por el mismo recurso. Con encomiable parsimonia, se preparaba su whisky. Abría la vieja caja fuerte de verdes oscuros, convertida en mueble bar, y elegía el mejor vaso para la ocasión. A veces, el de fino cristal de Bohemia, que había adquirido para un ajuar imposible en la feria de antigüedades de Sevilla. Era mucho más hermoso que práctico por el capricho de las catorce caras del diseño y, además, le traía sin remisión el salobre recuerdo de un gran amor –ella le había dicho en el fulgor de un beso: “Tú nunca te habías enamorado hasta que me conociste”, y era una de las más terribles verdades que descubría con dos hijos en el mundo–. Dolía, y mucho, claro está, porque jamás lo mereció su primera mujer, pero acababa por sosegarle el recuerdo de la sombra azabache de aquellos pechos menudos.

A veces, se decidía por ser más condescendiente con los recuerdos, sin perder un ápice de elegancia en la elección del vaso, y terminaba optando por la neutralidad de uno más sobrio, perfectamente cilíndrico, con la misma calidad del cristal, aunque con bastante menos pedigrí, fruto del cambio del regalo de novios de un recargado, costoso e inevitable marco de plata. Tenía sus ventajas, sin duda: según la provisión de alcohol del mueble bar y la intensidad de su desesperanza, las posibilidades de acabar desparramando whisky por la camisa, el sofá, la alfombra y las nuevas pertenencias eran bastante menores que con el primer modelo de vaso.

Elegido el cristal, continuaba la lenta y bien aprendida ceremonia de los hielos. Para esta liturgia era indiferente el vaso. Abría la puerta del congelador y elegía por puro azar entre los recipientes rígidos o los más flexibles, calculando en cada momento las posibilidades de que fueran goteando, una vez repuestos los huecos de los cubitos, en los cinco metros que mediaban desde el fregadero hasta el congelador, operación que se complicaba en las sucesivas idas y venidas desde el salón a la cocina. Aunque era consciente de que en la misma vieja caja disponía de cubiteras, que hacían juego con los vidrios, jamás las usaba en estos casos.

Antes de servirse el whisky debía encontrar el posavasos adecuado. Para nada era indiferente este detalle: los mexicanos, de colores vivos y alegres, le llevaban al descubrimiento de los caprichos de la mujer, una consumidora compulsiva, muy capaz de fundir la Visa en el mismísimo desierto de los Leones del Distrito Federal de México. Tal correlación acababa por irritarle y, cuando ella volviese bien entrada la noche, con las más pintorescas fábulas, como venía ocurriendo en los últimos meses, con seguridad se acostaría en mitad de una bronca. Por el contrario, los posavasos de piel, ribeteados con un ante teñido del mismo verde de la caja fuerte, solían facilitarle el control de los nervios por la disciplina que era preciso tener para que el vaso, sudando hielo, no dejara una huella definitiva. Entre estos dos casos extremos, contaba con otras siete u ocho opciones razonables que le permitirían una mayor indiferencia, aunque era inevitable correlacionar la decena de posavasos con la treintena larga de cajas de zapatos sólo de invierno y marcas pijas de la mujer –los pobrecitos zapatos anónimos no tenían el privilegio de dormir la temporada en sus cajas–, que en estas cuestiones ella siempre había sido muy suya. La suma de tantos posavasos y tanto zapato propiciaba que le zozobrara el alma.

En su conjunto la ceremonia podía llevarle una media hora y, por tanto, debían ser ya las diez de la noche. Todo dispuesto, tomaba el primer sorbo, más bien corto, y se tumbaba en el mejor sofá de la casa. Ni oía radio, ni conectaba la televisión o el equipo de música, no tanto para concentrarse en el inevitable trance blanco que le sobrevenía de inmediato, como para tener atentos los oídos al especial sonido del nuevo coche de la mujer, preludio frío y paciente de un abandono inevitable, cuando mes a mes con concienzuda alevosía y sigilo atesoraba los elementos imprescindibles de una decidida autonomía, o de renovadas dependencias para una mejor precisión.

Cuando recargaba el segundo whisky, treinta minutos más tarde, abría discretamente la cortina para constatar que aún no había llegado. De vuelta con los hielos, en no pocas ocasiones, el ruido del motor diesel se hacía ya notar en las proximidades de la ventana. Volvía entonces sobre sus propios pasos a la cocina y tenía el tiempo suficiente para lavar, secar el vaso y devolverlo al mueble bar. Pues antes de que se apagase el eco del motor, ella, con José Mercé a más decibelios de los necesarios, se retardaba unos minutos, para retocarse el pelo y repasar minuciosamente el trabajo imprevisto, la llamada inoportuna de un cliente, la depresión de una amiga a la que no había tenido más remedio que atender y otras fruslerías. Por fin, apagaba música y motor, tomaba un chicle del más fuerte mentol y las mínimas calorías y acababa por entrar en la casa. Podía ocurrir, sin embargo, que a la misma altura del comedor sonara el teléfono. La cantinela ya le era conocida y sabía bien que la indignación le asaltaría hasta más allá de la medianoche con el paliativo de otros dos whiskys.

Entonces siempre trataba de constatar lo que, a esas alturas, ya no era necesario indagar. Si la reunión era en el despacho de abogados, saltaba el fax: nadie; si era una cena de trabajo con dos clientes, uno siempre estaba en su casa o en el coche camino de unas copas y una cita; si era una amiga, o cenaba con sus hijos, o dormía en Punta Umbría y hasta podía haber iniciando el cortejo de amantes en aquel bar de copas que garantiza el secreto de la pasión porque todos los clientes están implicados en el mismo arcano.

La terrible angustia de los primeros días y las primeras mentiras, le fue dando paso imperceptiblemente a los más tiernos y enamorados sueños, en los rincones olvidados del tiempo. Una noche, atardecía en el Torcal de Antequera. Entre el misterio del lapiaz y las dolinas, en la cúspide del cerro de Los Repetidores, el blanco y anaranjado contraluz de una hermosa muchacha le conmovía. Apenas si era reconocible más que por los espléndidos rizos y la increíble armonía. En jarras del brazo derecho sostiene una esfera perfecta de nubes. El izquierdo casi se esfuma; apoyado a lo largo del cuerpo, sólo refuerza el contorno de una insinuante cadera. Teñido con los mismos colores de la tarde, el peplo inmaculado jamás revelaba por completo qué misterios ocultaba debajo.

Otra noche aparecía, como si él hubiera estado allí siempre esperando, a los pies del castillo árabe de la misma Antequera, por donde se accede a la Colegiata de Santa María la Mayor a través del Arco de los Gigantes. Bajo su arquitectura, decorada con los restos romanos del espléndido Renacimiento de la ciudad, le tomaba la mano y entre cándidos besos blancos, sin mediar palabra alguna, le mostraba la ciudad entera y anochecida, que preside la veleta del angelote de la iglesia de San Sebastián. Con la misma túnica blanca del Torcal, pero sin la esfera, su rostro de niña virgen aceleraba su fascinación apenas se hacía visible y daba gracias –no sabía muy bien a quién– por el único e increíble recuerdo de una mano tierna sobre su cuello, una blanca vecindad frente a su sexo y una frase, tan sólo una: “Algún día nos amaremos”

A veces, serenaba la herida de tanto amor desperdiciado en la nueva Nerva, cuando estuvo a punto de abandonar demasiado inútil sentimentalismo, salir corriendo y declarar su amor de siglos a su primer, imposible y más verdadero amor. La gratuidad de una boda –¡una boda más en medio siglo!–, el atrevimiento de un rapto, más hermoso que el de toda Europa con sus últimas adhesiones, el roce suave de nuevos, esplendorosos e inquietantes pliegues blancos de la recién estrenada mujer, en forzada pose de grises, con un estúpido balón de gimnasia rítmica, apoyado en la misma cadera, le hicieron desistir. Nunca pudo imaginar de cuánto le aliviaría preservar aquel amor adolescente de su primer verdadero beso, auque hubiera mediado un tiempo de tormento, por no haber sido capaz de abandonar tanta desidia, correr al pueblo minero de Huelva, explicarle quién había sido el romano Nerva y devolverle la deuda del abrazo que hacía años vagaba errante desde la calle Nueva de sus ancestros comunes hasta los inicios del Llano, en la fantástica e invisiblemente compartida Archidona.

Recordando cada una de las líneas de aquel cuerpo, de su rostro, perdía el sentido de la realidad y las manos tan sólo eran capaces de expresar infinitos sentimientos de ternura, que repetía de memoria con Vicente Aleixandre, luto incluido en los últimos tiempos:

 

Dime por qué sobre tu pelo suelto,

sobre tu dulce hierba acariciada,

cae, resbala, acaricia, se va

un sol ardiente o reposado que te toca

como un viento que lleva sólo un pájaro o mano.

 

Y de pronto la vida se le hace un rostro de tinieblas muertas, donde no cabe una plegaria al cielo que te salve de la desgracia absoluta de los hombres. Había pasado media hora larga de la medianoche. Sonó el coche, el Aire de Mercé despertó a los gorriones del jardín y el paso de la cerradura a las criaturas invisibles de la casa. Un reciente y fuerte olor mentolado se le acercó a la mejilla; le besó sin entusiasmo alguno y repitió por última vez el automatismo de hacía cerca de una año:

–Hola, ¿qué tal, qué has hecho? Estoy muy cansada y me voy a la cama.

La misma noche en que cumplía los cincuenta, supo por fin que había madurado lo suficiente y había llegado el momento de ir a buscarla y desvelar qué secretos se ocultaban bajo aquella blanca túnica.

 

Mi agradecimiento al autor

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Manuel Talens 2004