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EL RINCÓN DE CHÉJOV   

SOBRE HOMBRES, MUJERES, AMANTES Y ÁNGELES DE LA GUARDA

José Giménez Corbatón

José Giménez Corbatón, español

                                                                                      

¿Cuál era el secreto que transformaba las palabras en libro, las casas en ciudades, y convertía ese cúmulo de estrellas inquietas y conocidas en un universo inmutable e infinito?

Richard Middleton: La historia de un libro.

 

Tenía dos historias, dos malditas historias que no sabía cómo escribir, así que me puse a contarlas en pocas palabras, directamente, sin intentar que formaran un cuento, un poema, una novela, ni mucho menos un ensayo. No sabía cómo vestir las dos mal­ditas historias, así es como digo que hay que hacer con una idea, vestirla, es decir, darle forma, desa­rrollo, envolverla con palabras, hacerla verosímil, dotarla de empaque literario y que de ese modo resulte una novela, un cuento, un poema o cualquie­ra de esas cosas que llaman género literario.

No se me ocurría cómo hacerlo y me puse a leer. Cuando no sé cómo diablos escribir una his­toria que me taladra el cerebro y de la que no al­canzo a escapar de ninguna manera, me pongo a leer. No lograr esconderme de una historia me desquicia. Ni siquiera puedo beber para tratar de olvidarla porque el alcohol me hace trizas el estó­mago y me pone enfermo. Tampoco me sirve em­prender un viaje para deshacerme de ella porque, o no paso de la fase de los preparativos -sería te­dioso explicar la razón: es la misma que aduciría la mayoría de la gente para explicar por qué no emprende un viaje de placer- o tendría que aca­bar haciéndolo sin un duro con que "vestirlo", ya se me entiende. Así que me puse a leer. Si cuando tengo una historia destrozándome la vida y no sé cómo vestirla me pongo a leer, qué no seré capaz de leer cuando ni siquiera tengo la maldita histo­ria. Entonces empiezo con una novela de Balzac y no paro hasta que me he leído la Comedia humana en su totalidad.

Cogí pues El profesor gaviota y El secreto de Joe Gould, de Joseph Mitchell, un tomo olvidado en­cima de mi mesa de trabajo desde hacía varias se­manas, y lo leí en dos horas y media. Y me ente­ré de que a William Saroyan le pasó algo parecido en 1929; entonces leyó un artículo de Joe Gould publicado en una revista llamada Dial y, gracias a aquel artículo, entendió lo siguiente: "Ningún escritor parecía lo bastante imaginativo (Saroyan se refiere a los escritores americanos del año del crack de Wall Street) para compren­der que si estaba pasando lo peor no hacía falta una forma. No era necesario poner lo que uno te­nía que decir en un poema, un ensayo, un cuento o una novela. Sólo había que decirlo". Esto lo es­cribió Saroyan con posterioridad a su importan­te descubrimiento, en 1942, en una revista llama­da Newsstand y en un artículo que dedicó a unos dibujos de Gould realizados por el artista Don Freeman.

Sólo hay que decirlo. Fue como si Saroyan me hubiera dado unas palmaditas en el hombro que me dejaran limpio de dudas. Ya había pensado en hacer algo por el estilo, pero lo del "profesor ga­viota" me dio alas, y no pretendo hacer un chis­te fácil. Hay otra cosa; Mitchell decía que en el Greenwich Village de los años treinta o cuarenta había cientos de editores, pintores, escultores, poetas y ricos excéntricos que daban fiestas todas las noches, y que en esas fiestas podía llegar a co­larse hasta un tipo tan pelmazo como Joe Gould. Aparte de darme envidia, lo que decía Mitchell me hizo pensar en que maldita la importancia que te­nía que yo acabara escribiendo o no un par de cuentos con las dos malditas historias que no me dejaban ni a sol ni a sombra, cuando sólo en el Greenwich Village de los años treinta o cuarenta había cientos de escritores y de artistas que, cuan­do no daban fiestas cada noche, pintaban, escul­pían o escribían poemas sin parar, y si uno piensa en todos los Greenwich Village que hay disemina­dos por el planeta y multiplica su número por el de artistas y escritores que no paran de crear y de dar fiestas en cada uno de ellos, y el número re­sultante lo multiplica por el número de obras que como promedio produce cada individuo de esos... no hace falta ser un lince para entender que el he­cho de que yo escribiera o no mi cuento carecía de toda importancia. Además, me dije, aún soy joven. Tengo toda una vida por delante; quiero decir que me puedo permitir el lujo de malograr dos ideas. incluso dos ideas no tan malas, hasta dos ideas quizá geniales. Me encuentro como Jo­seph Mitchell en 1943: tengo una edad -treinta y seis años- en que yo tampoco he descubierto "la verdad del tiempo" y por lo tanto aún mantengo la ilusión de que me sobra.

A veces pienso que de esto debería ocuparse mi ángel de la guarda; podría ser él quien arrojara a la papelera las historias que se me ocurren y no sé cómo escribir. Haría lo que yo no sé hacer, porque yo no me decido a tirarlas a la papelera aunque se­pa que no sirven para nada. Y a quien le sorpren­da lo que estoy diciendo, le desafío a que me ex­plique por qué los escritores no podemos tener nuestro ángel de la guarda que nos vigile las es­paldas del acoso de tanta historia que no sabemos cómo vestir, historias que pueden llegar a dis­traernos de nuestro verdadero trabajo (que no consiste sino en concentrarse en la historia que sí que sabemos cómo escribir y por lo tanto vamos a acabar escribiendo), y que recapacite de paso en si no será que considera nuestra actividad menos peligrosa que la que lleva a cabo un bombero o un desactivador de minas, por ejemplo.

La primera historia trataba de una pareja en crisis. Nadie me negará que las parejas en crisis son un tema candente, de actualidad, una lacra de nuestro tiempo. Los escritores vuelven a él una y otra vez y no llegan a ninguna parte. El realismo, hoy, es eso: las crisis emocionales, las crisis de la pareja, el yo y sus vericuetos más íntimos. En mi primera historia el hombre tiene una amante, y su mujer tiene un amante, pero ambos ignoran que el otro tiene un amante. Los amantes, por lo tanto, tampoco saben que el esposo o la esposa de su amante tiene un amante. Tanto el hombre como la mujer planean al mismo tiempo y en secreto aban­donar a su pareja y largarse a vivir con su amante. El hombre está en la ciudad y la mujer en la casa de campo que de vez en cuando ambos comparten (sin sus amantes), y cada uno le da vueltas a su asunto. El hombre se ha quedado en la ciudad para intentar, por última vez, impedir (impedirse a sí mismo, debería de decir) lo que cada vez se le hace más perentorio: largarse con su amante; su mujer, en la casa de campo, vive el mismo dilema; pero los dos sienten que ya es hora de tomar esa difícil decisión. El amante de la mujer vive en la ciudad y el del hombre en la urbanización donde se encuentra la casa de campo de la pareja que está a punto de dar el paso más grave de sus vidas, cada uno en secreto, cada uno ignorando que el otro va a dar el mismo de un momento a otro. Es verosímil que los amantes respectivos vivan en la misma ciudad y en la misma urbanización pues son los lugares que la pareja suele frecuentar y es normal que uno conozca a su amante en los luga­res que suele frecuentar con su pareja. Pero, al tiempo que ambos han decidido hacer un último esfuerzo (titánico) por evitar lo insoslayable (ale­jándose incluso de sus amantes para meditar con más libertad), se puede decir que los dos se en­cuentran equidistantes de sus respectivos amantes (y de sus parejas). Decididos a comunicar a sus amantes que han decidido largarse a vivir con ellos, a enfrentarse juntos al gran salto (además, hay que ponerse de acuerdo sobre cómo le van a decir la verdad a su pareja), les piden que acudan a su encuentro, de modo que el amante que vive en la ciudad ha de acudir a la casa de campo y el que vive en la casa de campo a la ciudad. Pues bien, por una distracción de sus respectivos ángeles de la guarda se produce un choque frontal de los ve­hículos en que cada amante viaja, a medio camino entre la ciudad y la casa de campo, y los dos mue­ren en el acto, sin saber ella (la muerta) que él (el muerto) es el amante de la mujer de su amante y él (el muerto) que ella (la muerta) es la amante del marido de su amante. La pareja se entera de la muerte de ambos amantes, pero ninguno dice al otro, obviamente, que ha perdido a su amante, cuya existencia, por otra parte, desconocían (cada uno, la del mancebo o manceba del otro; y lo mis­mo puede decirse de los amantes entre sí, por cier­to). Apesadumbrados y arrepentidos, pensando que ha sido un castigo del destino, cuando en rea­lidad no se trata más que de un despiste de unos ángeles de la guarda, se arrojan el uno en brazos del otro, buscando consuelo, sin que ninguno en­tienda la desesperación del otro, pues bastante tie­ne cada uno con la suya. Lo más que llegan a pen­sar es que el otro está apesadumbrado al ver su propia angustia (aunque la causa resulte misterio­sa, y es que una mala época la pasa cualquiera), por lo que lo toman respectivamente como una prueba de amor, lo que les lleva a ambos a arre­pentirse (en silencio) de haber tenido un amante (y una amante). De ese modo la pareja acaba re­cuperando la antigua pasión, y nunca más se les va a pasar por la cabeza volver a vivir semejante aventura. Aunque esta decisión (y el secreto de cada uno), siendo la misma (y el mismo), los ocul­tarán cada uno de ellos mientras duren sus vidas.

Pues bien, por más que me estrujé el cerebro, no logré hallar el modo de contar esta historia, de vestirla de un modo apropiado. Llegué a pensar que era por miedo a que mis lectores encontraran que tenía un final convencional, demasiado correcto, lo cual es falso. Es totalmente falso. A poco que uno reflexione, verá que se trata de todo lo contrario. El happy end se produce de un modo azaroso en apariencia (un despiste de quien ha­bría tenido que estar haciendo correctamente su trabajo), de forma que la dichosa reconciliación se basa en una ocultación, en un engaño. El muer­to al hoyo y el vivo al gozo. El cuento habría sido una denuncia de la falacia de las relaciones hu­manas, una manera de poner en evidencia lo que hay de hipócrita en los vínculos amorosos.

He contado la versión simplificada de la histo­ria, que era la que al final había decidido que va­lía la pena vestir. Al principio había venido a mí en una forma más compleja. Ambos amantes, los que mueren en el accidente, están a su vez casa­dos, y sus respectivos cónyuges tienen a su vez un amante cada uno, y están viviendo en ese instan­te un dilema similar. Se producen simultánea­mente varios despistes de ángeles de la guarda (puede que hasta anduviesen enredados entre sí los cuatro o los seis o los ocho, ya no sé), hay va­rios accidentes, varios muertos y varias reconci­liaciones. Algo parecido a aquel bote de cacao ilustrado con un dibujo de colores en el que al­guien sostiene un bote de cacao ilustrado con un dibujo de colores en el que alguien sostiene un bo­te de cacao ilustrado con un dibujo de colores en el que alguien sostiene un bote de cacao, etc. Pero deseché enseguida esta primera versión por redundante y por la sospecha de que no añadía nada interesante a la versión más simple. Un es­critor debe de saber renunciar al material sobran­te, a cualquier complejidad que pueda dificultar la claridad del mensaje que anhela transmitir a sus lectores. Un escritor tiene que aprender a ser humilde, a moderar, a adiestrar, a domesticar, su genio natural.

De la segunda historia llegué a escribir algunas líneas que no estaban nada mal. No me resisto a conservar las frases más logradas: "La lluvia, le parecía, enternecía las calles, las lavaba de aque­lla pátina que depositaba el verano, del polvo mezclado con la suciedad de los turistas, del ras­tro de cagadas de perros forasteros, de la primera hojarasca del otoño". También: "Ciertos años, al llegar noviembre, soñaba la ciudad derretida en agua. La lluvia era un consuelo tierno, una con­fianza absurda en la anegación de todo".

Llovía mucho en esa historia. Por eso era una historia de interiores: un salón, un restaurante, un dormitorio convencional. Un hombre no pue­de soportar el daño que su mujer y su amante cau­san a la esposa de éste, la única a la que le iba a adjudicar nombre propio, Aroha (con h intercala­da), nombre dulce donde los haya. Los otros per­sonajes son llamados el Hombre, la Mujer, y el Amante, como paradigmas de la impotencia para evitar el dolor y de la crueldad de quienes lo cau­san, ambivalencia inherente a todos los seres humanos y apreciable en cualquier relación a poco que se esté atento. El Hombre, que ama a su Mu­jer, ve cómo su propio sufrimiento es superado por la pena que le inspira el de Aroha, ser frágil donde los haya. Frágil y cargado de virtudes, de cualidades; Aroha es delicada e inteligente, y no puede dejar de amar a su marido, el Amante, un embaucador terriblemente seductor. El Hombre siente un profundo desprecio hacia el Amante, y piensa mucho en esa máxima que dice "a grandes males, grandes remedios". Y concluye que el úni­co alivio es el crimen, pues quien está causando tanto daño a Aroha sólo merece la muerte. El Amante merece la muerte. Pero Aroha está tan enamorada de su marido (el Amante), y es tan fiel y firme en sus principios y en la constancia de sus sentimientos (lo cual la dota de un encanto y de una excepcionalidad particulares, valga la redun­dancia; ni qué decir tiene que la historia iba a go­zar de una ambientación rigurosamente contem­poránea), que el Hombre comprende que ella sufriría aún más por la muerte de su marido (so­bre todo al tratarse de una muerte inducida y no de cualquier otro género de muerte) que por su cruel infidelidad. El Hombre acaba entendiendo que a quien ha de asesinar es a su Mujer, para así dejarle el campo libre a Aroha y que ésta pueda recuperar a su marido (el Amante). Aroha sufre, el Hombre sufre (pues él tampoco puede dejar de amar a su Mujer); pero el Hombre está dispuesto a sacrificarse por ese ser superior que no merece padecer y que lleva el dulce nombre de Aroha (con h intercalada). Había pues, en mi historia, un res­to de fe en la bondad humana (está en mi ánimo, no lo niego, desmentir a los críticos que me acu­san de ser algo negativo porque siempre escribo sobre parejas en crisis, gente con problemas; que yo sepa, Joseph Mitchell nunca recibió ningún re­proche por poner en boca de Joe Gould las si­guientes palabras: "El hombre más cuerdo es el que con más firmeza comprende el aislamiento trágico de la humanidad y persigue con calma sus objetivos esenciales").

Ahora bien, el Hombre, después de mucho so­pesar los pros y los contras, se decide a envenenar al Amante. Pero el ángel de la guarda de Aroha tiene una distracción y la que ingiere el veneno es ella. Ahora bien, y aquí viene lo mejor de mi his­toria, lo que le da en verdad un toque original y moderno: el Hombre cree que Aroha ha ingerido voluntariamente el veneno, tras descubrir no sabe cómo (a mí tampoco se me ocurre) los planes del Hombre, pues prefiere sacrificarse y hacer posible así la felicidad de su marido (el Amante). De paso, su sacrificio acaba con su sufrimiento. Eso es lo que cree el Hombre, pues él ha planeado hasta el último detalle el envenenamiento, y no cree posi­ble haber cometido el más pequeño error. El Hombre vive el resto de sus días con el recuerdo de una Aroha elevada a los altares: la hace aún más noble y perfecta de lo que era en realidad (que ya lo era mucho); y es que tendemos a idea­lizar a los muertos. Ésa es siempre nuestra reac­ción frente a un muerto cercano: idealizarlo.

El Hombre le concede el divorcio a su Mujer y el Amante y la Mujer viven una felicidad inmereci­da. Mi intención era ofrecer un mensaje positivo al lector: decirle que todavía son posibles los seres sublimes, que él mismo se puede topar alguna vez con uno de ellos, y que siempre estará en nuestra mano el sacrificio que ennoblece. El Hombre con­cede de inmediato el divorcio a su Mujer para po­nerse a la altura del magnífico gesto de Aroha. Te­nía que ser una historia ejemplar o de corte moral a la antigua usanza, pero desarrollada en un am­biente culto y moderno. Los protagonistas oirían música de Astor Piazzolla ("Adiós, Nonino" habría sido uno de los temas preferidos de Aroha) o de Bach (La Chacona de la Partita n° 2 en versión de Salvatore Accardo, por ejemplo). El cuento iba a tener algún apunte procaz, pues habría momen­tos en los que la tensión sexual entre los persona­jes subiría de grado. Véase esta frase que ya tenía anotada (la dice el Amante mientras escucha el Fandango para clave de Antonio Soler): Soler, un monje jerónimo, considerado el Franz Liszt del si­glo XVIII, leyó el Amante en la carátula del disco. Hombre de poco dormir -como yo, pensó-, dejaba correr el tiempo en su celda entre libros y partitu­ras, y era tan austero que no permitía que nadie lo retratase. Al Amante, en cambio, su Fandango le hacía pensar más bien en una escena galante del Parc-aux-Cerfs: cualquier jovencita de carne blan­ca y generosa abría los muslos y ofrecía un sexo rosa, inmaculado, húmedo de miedo y de deseo, al prepucio coronado de Luis XV Y es que, para el Amante, cualquier hombre, incluso un monje, es libre de soñar.

De nuevo amor y falacia entremezclados, tema, creo, que retrata muy bien a los hombres y a la mujeres de hoy. Un escritor ha de ser espejo de su tiempo. El Hombre santificará a Aroha por un gesto sublime, cuando su muerte, en realidad, se ha debido a una distracción del ángel de la guar­da de turno. Y es que mi teoría (y pretendo servirme de la literatura para demostrarla) es que cada vez creemos saber más cosas y ser más com­plejos, cuando lo que sucede es que olvidamos las motivaciones profundas de nuestros actos, y no sólo las motivaciones, sino las causas primeras en definitiva, las cuales son las mismas desde la no­che de los tiempos. A pesar de lo sabios que nos creemos, cada vez las (y nos) conocemos menos. Ay, esos ángeles de la guarda.

Los personajes de mis dos historias, insisto, iban a ser gente cultivada, refinada y sensible. Me resisto a destruir un último fragmento (más lar­go) de mis borradores incompletos, como prueba definitiva de lo que digo: "Varios días después, la Mujer dormía junto al Amante mientras éste es­cuchaba la Chacona de Bach y leía una novela de Carson McCullers. Eran las dos de la madrugada. Después de cenar habían visto una película en la televisión y se habían quedado dormidos. La Mu­jer, al despertar, quiso hacer el amor y el Amante había accedido de mala gana, pues le apetecía escu­char música y seguir leyendo la novela que había empezado el día anterior. La Mujer fue rápida, y el Amante se lo agradeció sonriendo sardónico; la Mujer, en casos así, fingía enfadarse y se dormía de nuevo. Entonces el Amante volvió a concen­trarse en la lectura; McCullers desarrollaba en su novela una curiosa teoría sobre el amor, sobre el amante y el amado. Según la escritora sudista (nótese que cualquier ocasión es buena para in­formar al lector, y que un escritor responsable no debe nunca desdeñarla) el amado es tan sólo un estímulo para el amor que durante años ha acu­mulado dentro de sí el amante. El amor, pues, es solitario. El amante, para no sufrir, lo aloja lo me­jor que puede en su corazón, inventa un mundo interior profundo y suficiente donde contenerlo y preservarlo. De ahí que sea mucho más enrique­cedor y gratificante, a la postre, amar que ser amado, pues el amante acosa de continuo al ama­do, fuerza la relación, aunque ello le cause dolor. El amante sufre y goza al mismo tiempo (muy in­teresante esto de las dualidades y de los opues­tos). Sin cesar, el amante quiere desnudar al amado. Desnudar al amado: al Amante esta frase le fascinaba (a mí también, y espero que el lector comparta nuestra fascinación). Confiaba en que la traductora de la novela, una mujer como Car­son (me he encontrado con gente que creía que Carson McCullers era un hombre), hubiera elegi­do con acierto el término en español: desnudar. Denudo, en latín: también descubrir, revelar, des­pojar a alguien (hago un breve inciso: el apunte filológico, filosófico, fisiológico, etc., es admisible en un buen cuento, siempre que sea justo y conci­so, que no exceda cierto límite; me podría exten­der, por ejemplo, en consideraciones sobre la mórbida personalidad de Carson McCullers, pero se trata tan sólo de provocar la curiosidad del lec­tor, de señalarle caminos y lecturas, y no de fati­garle ni distraerle demasiado, mediante tediosas digresiones, de la lectura de mi propio relato, pues no debo olvidar que ha elegido un libro mío para disfrutar con él, y no uno de la escritora su­dista). ¿Despojarle de qué? De su ser íntimo, po­seerlo. Hacer que siempre se revele (con v), se des­poje de sí mismo hasta llegar a identificarse con el amante (tema viejo, viejísimo, pero eterno). Ser amado significa, a la postre, ser devorado (esta frase no es quizá muy afortunada, debido a las concomitancias que algún lector establecerá entre "postre" y "devorar", pero justamente me sirve para decir aquí que el escritor debe de corregir sus originales hasta que alguien de fiar se los qui­te de las manos); ser amado cansa, fatiga, exte­núa, absorbe, elimina, diluye, aniquila, mutila, mata (he aquí una idea original que no manifies­ta Carson McCullers, sino el Amante mío, o sea yo: pero a estas alturas el lector ya no se acuerda del punto de partida, lo que carece de importan­cia; lo esencial es bombardearlo con ideas que lo sacudan y le hagan reflexionar). Por eso lo mejor era no tomarse el amor demasiado en serio (refle­xión destinada a desconcertar y a poner en evi­dencia el carácter egoísta del Amante). La Chaco­na martilleaba en su cerebro, parecía querer horadarlo con quejidos: alaridos de belleza. El Amante miró a la Mujer, escuchó su respiración, delicada y crédula; era hermosa hasta cuando dormía, sobre todo cuando dormía. Le habría gustado amarla dormida (pensamiento inequívo­camente perverso: de aquí al sadismo y al crimen sólo hay un paso; sigo alimentando el análisis del personaje). Hazte la dormida, le había pedido un día. Pero ella no quiso, dijo que era imposible. ¿Quería él desnudar a la Mujer? (puente tendido hacia el inicio de la especulación del Amante). No, él no se tomaba el amor en serio. Necesitaba amar como se requiere comer, respirar, como en ese preciso instante, aun dormida, la Mujer necesita­ba respirar. Trazos lentos, solemnes, amplios, del violín de Accardo (así, con familiaridad) sucedían a los mordientes, secos y nerviosos, de un par de minutos antes (he de demostrar que conozco la Chacona, que su elección no es casual, que acom­paña perfectamente a la situación; en definitiva, que sin ella el discurrir del Amante perdería fuer­za: he de animar al lector a oír la Chacona, incluso a leerme oyendo la Chacona). El Amante ensan­chó el pecho, tomó aire profundamente, y clavó sus ojos en los labios de la Mujer: Mi amor, mi costumbre, se oyó susurrar. La besó. La mujer se movió un poco y ocultó media cara debajo de la sábana (final de escena abrupto, misterioso: ¿Ha notado el beso? ¿Ha experimentado una sensa­ción desagradable que le ha hecho girar el rostro? Es posible que ni ella ni yo lleguemos a saberlo nunca).

Como dice Joe Gould, ni en la biografía, ni en la autobiografía ni en la historia los hechos dicen siempre la verdad. Cuánto menos, añado yo, en la literatura. También eso lo quería demostrar con estas malditas historias que no he acertado a ves­tir. Añadiré algo sobre los ángeles de la guarda.

Sabido es que los ángeles caídos, reos de orgu­llo y vanidad, fueron vencidos, pese a tener al dra­gón de su parte, por las huestes saludables de los ángeles buenos encabezados por Miguel el arcán­gel, y convertidos en diablos (Dios, por cierto, es el inventor de los campos de concentración e in­cluso de las fosas comunes, pues según reconoce Simón Pedro, esclavo y apóstol de Jesús, en la se­gunda epístola a los discípulos, el Señor "no se contuvo de castigar a los ángeles que pecaron, sino que, echándolos en el Tártaro, los entregó a hoyos de densa oscuridad para ser reservados para juicio"). A pesar de ello, el Supremo Hacedor se quedó con una buena cohorte de servidores. Si creemos (y no hay motivo para no hacerlo) a Dio­nisio Areopagita, los ángeles del cielo están orga­nizados en tres jerarquías triples. Todo un ejérci­to que, por ser inmaterial, no pide de comer. Poco sabemos de las jerarquías de Belcebú; pero su presencia es constante y engañosa (cuenta Pablo, apóstol de Cristo Jesús por la voluntad de Dios, en la segunda epístola a los Corintios, que Satanás es capaz de transformarse en "ángel de luz", y que hace pasar a sus ministros por "ministros de jus­ticia"). Pero no son estos demonios los que me interesan.

De la más ínfima de esas nueve jerarquías ex­trajo el Innombrable sus ángeles de la guarda, una especie de agentes de seguridad destinados a la la­bor celestial más pedestre (en su doble acepción de "hecha a pie" y de "vulgar y ramplona") de to­das. Algunos estudiosos de las religiones han con­siderado que Yahvé le copió la idea a Zoroastro, quien, para proteger a los animales útiles (y qué animal más útil para el hombre que el propio hombre, como la historia demuestra), había crea­do al amsaspenda o santo inmortal llamado Bah­man, "el buen pensamiento". Así resulta que esos ángeles de tropa son los verdaderos responsables de casi todo lo que nos sucede. He llegado a esa conclusión después de largas meditaciones sobre lo que la mayoría llama azar, sin definir nunca cla­ramente de qué carajo están hablando. ¿El azar? Por azar nacemos: ¿Por qué ese espermatozoide y no otro? ¿Por qué ese día y no otro? ¿Por qué con el óvulo de esa mujer, y no con el de otra? Morimos por azar. ineludible e irremediablemente, de acuerdo, pero la forma de nuestra muerte la de­termina el azar. Esto lo entiende el más necio cuando perecemos en un terremoto, ¿por qué yo sí y mi vecino no?, o cuando morimos porque un ár­bol se desploma sobre nuestra cabeza. Pero, ¿y cuándo nos mata un cáncer? Se me dirá que esta­ba escrito en nuestro código genético. Pero, ¿por qué maldito azar vivo lo suficiente para dar tiem­po a que ese cáncer se desarrolle? Quien haya oído hablar a alguien que esté familiarizado con las au­topsias, habrá aprendido que el desgraciado que ha sucumbido bajo las ruedas de un conductor borracho llevaba dentro de sí más de un resorte de efecto retardado por el que iba a morir tarde o temprano. Sólo era cuestión de darle tiempo.

El ángel de la guarda no puede hacer nada para evitar que muramos por ese motivo último que nuestro cuerpo lleva almacenado desde que vino al mundo. Es como una pila que se tiene que ago­tar; y las pilas se extinguen aunque no se usen: de nada sirve preservarse, tomar todas las precau­ciones que se quiera. Aquí muere todo el mundo. Por el contrario, lo que sí debe hacer el ángel de la guarda es velar para que cada uno muera del motivo último, el que ha previsto para él la natu­raleza (o Dios). Y no de otro cualquiera. Ése es su único trabajo.

Ocurre pues que el azar no es sino un cúmulo de errores, descuidos y despistes de los ángeles de la guarda, al provenir tales seres de la más baja de las jerarquías celestiales. La Biblia no lo dice, pero no cuesta mucho imaginárselo: Dios enco­mendó ese trabajo a los más ruines operarios de su reino. En verdad, debió de hacerlo a los me­diocres; simpáticos, no digo que no, incluso gra­ciosos, pero flojos. Y sobre todo distraídos. De los que se dejan encandilar por el vuelo de una mos­ca. Dios intuyó que el ser humano, la criatura en la que sin duda había cifrado mayor esperanza, iba a resultar la más imbécil. Quizá estaba desti­nado a algunas grandes cosas, pero también a someterse por voluntad propia a calamidades sin cuento. Adivinó sobre todo que era una criatura insatisfecha, dual, capaz de encerrar en un solo individuo crueldad y dulzura, amistad y egoísmo, amor y odio, sensibilidad y falsedad manifiesta. Una criatura esquizofrénica. Como dice Joseph Mitchell, un ser humano, por ejemplo, puede ser tan tímido como para no atreverse a hablar con desconocidos, pero no lo suficiente como para no atracar un banco.

Y Dios sabía que esa criatura frágil e inestable, paradigma del cajón de sastre donde cabe de todo, hasta el retal o el carrete de hilo más desco­lorido, acabaría edificando una sociedad imper­fecta, llena de tentaciones y de peligros, imposible de controlar. Y que amontonaría a la mayoría de sus individuos en lo que es la quintaesencia de la barbarie: la megalópolis. En ella puede pasar de todo. O puede no pasar nada. Su criatura, en la gi­gantesca, agobiadora y triste ciudad, podría vivir aplastado por sus semejantes o abandonado a su suerte. O todo a la vez. Así que, decepcionado, viendo que cualquier esfuerzo por enmendar lo que ya estaba mal hecho desde el principio era ta­rea inútil, encomendó al menos la de velar para que su destino intrínseco llegara a buen puerto, a los más descuidados de sus trabajadores: los ángeles de la guarda, una pandilla de esclavos de se­gunda fila que de inmediato se mostraron dis­puestos a perderse en el mismo caos que las criaturas cuya seguridad se les encomendaba.

Eso es el azar.

¿Cuál ha de ser nuestra actitud con esos esbi­rros, si vivimos bajo la amenaza de que nos van a fallar en el momento más crucial de nuestras vi­das? ¿Es blasfemo juzgar como lo hago a un ser celestial? A esta segunda pregunta responderé con palabras de Pablo, llamado a ser apóstol de Jesu­cristo por la voluntad de nuestro Dios, en la pri­mera epístola a los hermanos Corintios: "¿No sa­ben ustedes que juzgaremos a ángeles? Entonces, ¿por qué no los asuntos de esta vida?" En cuanto a la primera, volveré a meter la mano en aquél a quien le bastó con ser derribado una sola vez del caballo, pero esta vez en su carta a los Hebreos: "No olviden la hospitalidad, porque por ella algu­nos, sin saberlo, hospedaron a ángeles". Abrámosles pues la puerta de nuestra casa, y crucemos los dedos. Es evidente que la Biblia nos saca de cualquier apuro en que nos hallemos, y que es el único libro capaz de responder a todas las preguntas que seamos capaces de formularnos, por contradictorias que se nos antojen.

Y no dejo de darle vueltas a historias que pue­dan ilustrar mi teoría. Y si suelo idear situaciones de hombres, mujeres y amantes, es porque no hay aguijón más perenne ni infatigable que el del sexo. Nos arrastra en cualquier circunstancia. Cu­pido es un perverso. No se cansa de disparar sus dardos para provocar nuestra desdicha, y, si elegimos aislarnos del mundo, acabaremos elevándo­nos del suelo encaramados a su gran falo invisi­ble. Hay que aguardar a la resurrección de la car­ne (un segundo nacimiento) para verse libre de su tiranía. Lo dice bien claro Mateo en el primer evangelio: "En la resurrección ni se casan los hombres, ni se dan las mujeres en matrimonio, sino que son como los ángeles del cielo".

Mi idea sobre el azar es tan nueva (y por lo tan­to tan compleja) que no se va a entender ni a aceptar así como así. Quizá por eso me cuesta ves­tirla. El lector comprenderá ahora que la ayuda de William Saroyan ha sido providencial. Una ca­sualidad, estará tentado de pensar; una casuali­dad que yo comprara el libro oportuno, que deci­diera leerlo en el momento adecuado, etc. Sólo de ese modo, piensa el lector, he sido capaz de decir, simplemente de decir, juntando las palabras ade­cuadas y precisas, lo que justamente quería decir, consiguiendo no decir otra cosa distinta. Y ese lector está seguro, como lo estoy yo también, de que cualquier ropaje literario sólo habría servido, al cabo, para emborronar el asunto.

Si así piensa, le doy la razón en parte: he gana­do en sencillez, lo confieso. Saroyan ha sido pro­videncial. Pero si sigue pensando que mi revela­ción es fruto de la casualidad, del azar, le recomiendo que vuelva a leerme desde el princi­pio (a poder ser, con la Chacona de Bach como runrún de fondo): ¿o es que no ha entendido que, por una vez, mi ángel de la guarda ha realizado perfectamente su trabajo?

 

De El hongo de Durero (2001)

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