Estocolmo,
30 de julio de 1982.
Querida
mamá:
Sofía
me dijo anoche que estás muerta. Yo hubiera debido sospechar
algo raro porque la voz de Raúl sonó apurada y rehuyó mis
ojos cuando me dijo "es Sofía, desde Buenos Aires".
No
hubo un telegrama que fuera abriendo un camino en mi
conciencia, una prueba tangible de que las palabras que escuché
de boca de Sofía fueran dichas por Sofía. Una evidencia de
que el llamado existió en verdad y no dentro de la pesadilla
a la que dio comienzo, de la que no despierto, y desde donde
tal vez sueñe que estoy escribiéndote esta carta.
Hace
quince años me llamaste en medio de la noche para decirme que
Fabián había muerto. Te contesté entonces lo mismo que a
Sofía anoche, "no es cierto". -¿Cómo te voy a
mentir? -dijiste- era mi hijo. Y yo pensé: era mi hermano. Así
fue siempre. Siempre hemos creído que la pena de una invalida
la pena de la otra.
Lo
que trato de explicarte es que estaba con el auricular en la
mano y ese silencio en la línea, ese túnel que se extendía
por espacio de veinte mil kilómetros, que olía a conchillas,
a caracolas de mar, un hueco que demandaba de mí palabras
cuando mi memoria trataba de recuperar las líneas de tu cara
y a la vez encontrar algo que decirle a Sofía, algo que
prolongara la conversación para no colgar. Para no quedarme
mirando el teléfono (como sabía que me quedaría) sin
entender el hecho de estar parada allí sin desear volverme y
enfrentar la carpeta que dejé abierta sobre la mesa y que
desmentiría que ese llamado hubiera existido.
Después
llegó María de la calle. Tenía puesta la campera roja de
gamuza y los flecos de sus mangas ondeaban con sus pasos
cancheros, despreocupados. Me enfureció que después de
muerta tuvieras que herirla y que yo te sirviera de
instrumento. Vos sabés cómo es María. Palideció apretando
los labios después de un pequeño grito, sin llorar. Estuvo
sentada con la cara entre las manos y con el largo pelo castaño
flanqueándole las mejillas. Yo no veía más que sus dedos y
sin embargo la espalda rígida de María me dejaba afuera de
eso que sentía y que era, lo sé, su forma de preservarte.
Después se fue con Carlos a caminar por el bosque, dijo. Tenía,
al volver, los ojos hinchados pero secos. A veces es más fácil
llorar con un amigo.
Nos
quedamos toda la noche hablando, María y yo. De vos, claro,
de cómo eras, de cómo habías sido para ella y para mí. ¿Qué
otra manera teníamos de entender tu muerte? Hablamos con
cautela, eligiendo frases, buscando coincidencias para pensar
en vos.
Hoy
me despertó el sol a las seis de la mañana. Por el ventilete
abierto entra un cono de luz que toca el borde de mi cama.
Dentro de él se mueven infinitas partículas de polvo y yo,
con la vista clavada en ese delicado movimiento que sólo la
luz vuelve perceptible pienso "ya no tengo madre".
Lo pienso y comprendo que es sólo un pensamiento. Un
pensamiento y un hueco en la conciencia. Porque la verdad de
tu muerte es palpable entre tus cosas, para la gente que hoy
no te verá. Yo, en cambio, puedo levantarme o quedarme
acostada, puedo ir o no ir al lavadero, regar las plantas o no
regarlas.
Y
ya ves: me levanté. Me levanté y pasé un plumero a mis
muebles y miré el parque desde la ventana. Raúl se ha ido a
trabajar, María duerme y vos seguís tan ausente como has
estado en estos años.
Entonces
decidí escribirte sobre las cosas que debía haberte dicho si
vivieras y que jamás te diría (si vivieras). Si vivieras te
diría que aprobaron mi ingreso a la Universidad de Estocolmo
para el año que viene. Eso te alegraría. (Siempre quisiste
que tu hija fuera "alguien"). No te diría que no
soy feliz. Ya ves que empleo tus palabras. No podría usar con
otra persona la palabra felicidad. Las radionovelas que solíamos
escuchar cuando yo era chica estaban saturadas ¿recordás? de
felicidades e infelicidades. Me sentaba en una silla; vos
planchabas o cosías y en silencio escuchábamos el devenir de
esos de amores imposibles, descarriados, no correspondidos. Años
después, en el cine, compartíamos una mansa y renovada pena
por las pasiones de los otros, los héroes del celuloide.
Recuerdo que, protegida por la oscuridad anónima de la sala,
te sonabas con el pañuelo que previsoramente llevabas en la
cartera y yo, que siempre olvidaba el mío, me limpiaba los
mocos con la mano. De esas complicidades nuestras aprendí dos
cosas: a llorar por las desgracias ajenas y a creer en los
valores absolutos.
Fue
casi inevitable que mi absoluto fuera hacer la revolución y
que las desgracias ajenas fueran gritadas por mí (y tantos
otros) en las manifestaciones.
La
imagen gráfica que tengo de nosotras en la época de mi
secundaria, es la de dos perros que giran uno alrededor del
otro, olfateándose y gruñendo. Yo esperaba que aplaudieras
mi intento de vengarnos a vos y a mí, mujeres solas en un
mundo sin justicia. Ansiaba que me pusieras una simbólica
medalla en el pecho y me mandaras, como Antígona, al combate.
No podía entender que eliminaras la posibilidad del heroísmo
con un simple click, antes de irte a dormir. Que encerraras en
una pantalla lo digno de ser vivido y me dejaras la
alternativa de una realidad innoble. Después de todo, si yo
abrí la puerta de la utopía vos me enseñaste dónde estaba
el picaporte.
En
fin, ya sabés cómo son estas cuestiones de la mística.
"El que no está conmigo está contra mí". Y vos no
estabas conmigo. De ahí en más todo lo que hice fueron
intentos para acabar con la resignación que vos encarnabas.
Para suprimir el estúpido mandato de ser "infeliz"
por haber nacido en el lugar y el momento equivocados.
El
tiempo pareció confirmar tu creencia porque nos aplastaron
hasta el deseo de rebeldía. Cuando ibas a visitarme a la cárcel,
tu mirada me repetía sin descanso "¿Viste?" Yo te
decía." Te devolvía una mirada dura aunque en el fondo
me alegraba que
no fueras capaz de repudiarme. Estabas hecha para la resignación
y ¿qué hubiéramos hecho María y yo, sin tu terca y
convencida resignación?
Lo
que no pude decirte entonces fue que nunca me arrepentí. Creo
que vos también usaste alguna vez las palabritas en boga:
idiotas útiles. No quisiste creer que la historia de la
humanidad está hecha por idiotas útiles. Que siempre hubo
gente que prefirió aferrarse a una utopía de justicia
(porque dentro de ellas todo se ilumina) o simplemente dejó
de aguantar y se jugó el alma y el cuerpo y la memoria para
seguir creyendo en sí misma. Después, o tal vez durante,
llegan los gusanos que se alimentan de sangre y verdor y pulpa
de la fruta fresca para venderla luego en el mercado.
Que
la historia carezca de pureza les sirve a muchos (cuántos, qué
multitud necesaria) para cruzarse de brazos y dejar que sean
otros los que invoquen al impulso fraterno que se supone nos
habita. Mamá, yo nunca dejé de creer en los finales felices
y no te perdono que no le concedieras a mi optimismo (ese, que
semana tras semana te consolaba en una pantalla) el margen de
la duda.
Ya
sé que hay otras maneras de vivir. Lo he reconocido a regañadientes
y tarde. Vos hubieras querido que fuera contadora (siempre me
pareció tan ridículo ese deseo) o concertista de violín,
que estaba más cerca de tu ideal romántico. Deseabas que
llegara a recogerte en mi coche y vos subieras, saludando
envanecida a los vecinos. Hubieras, por lo menos, querido
evitar que yo sufriera y que te hiciera sufrir. Yo, que era tu
única esperanza.
Recién
ahora que María se hace grande y que actúa a veces de un
modo que me cuesta entender, puedo pensar en nosotras de un
modo diferente. Presenciar una obra conocida en la que
repentinamente el villano tiene algo de héroe y el héroe
algo de villano. Pero algo,
madre. (Porque ya no es época de blanco o negro en mi vida, y
aún sigo creyendo en el poder irreflexivo de la sangre).
En
la cárcel, y esto es lo que quiero decirte, me atrincheraba
en nuestras diferencias para poder mirarte. Te parabas en la
puerta y girabas el cuello casi incrustado en los hombros,
buscándome con los ojos miopes. Yo te veía estar parada en
medio del remolino de mujeres bravías y ansiosas que aturdían
el aire a tu alrededor, mujeres que te abandonaban en un círculo
invisible, impecable de soledad, y me erizaba la piel el deseo
de devolverte con un golpe de magia a una butaca de la sala
oscura, sacarte de mi vista, no verte avanzar, vacilante y
torpe, sobre la modesta coquetería de tus tacos.
Nunca
nos abrazamos en aquellas visitas. Me alcanzabas el paquete y
bajabas la vista para controlar lo que ya habías empezado a
enumerar: "aquí te traje la lavandina que me pediste, y
jabón en pan, azúcar y la yerba", mientras yo seguía
el movimiento de tu dedo en la bolsa de red para no mirarte la
cara, atenta a tu voz que se iba recomponiendo hasta que
asomaba la sonrisa temblona con que me mirabas al fin,
sabiendo como sabías que tus lágrimas me sacarían de quicio
y que iba a defenderme de ellas como una leona.
Pocas
veces lloramos una en presencia de la otra. Ni siquiera cuando
murió Fabián. Recuerdo sí la desgarradura de tu llanto
cuando me viste después de la tortura y te abrazaste a mi
cuerpo. No sé qué sentí. Creo que no podía sentir. Podía
sí darme cuenta de que en esos momentos algo se quebraba en
vos. Lo comprendí porque yo también era madre.
Ahora
ya no estoy segura si eran tus lágrimas las que me irritaban
o el provocarlas sin remedio.
Siempre
odié tu fragilidad, tu aire de desconcierto, tu indefensión;
esas mismas cosas que me acongojaban porque ¿qué podía
hacer yo con tu congoja? Me condenaste desde niña a ser parte
de ella. Toda tu alegría, eso decías, se fue con mi padre.
Mi padre que te traicionó. A Fabián y a mí, que no te habíamos
traicionado aún, nos quedó tu infelicidad. No teníamos más
destino que perpetuarla. Él, muriéndose. Yo, repudiando
hasta el deseo de hacerte feliz.
Pero
en los pocos momentos en que tus ojos brillaron de orgullo por
mí (y siempre sospeché que imitaban el orgullo de los otros)
algo me crecía en algún lugar, una punta de acero fulguraba
en mi costado y me convertía en el Príncipe Valiente.
Recuerdo
también que en otros tiempos, era un consuelo llegar a tu
casa, destrozada por algún amor en guerra y esperar tu
invariable pregunta "¿Te preparo un tecito?" Entonces
sucede esto: me siento y lloro entre sorbos y palabras y te
cuento más mentiras que verdades, esperando tus consejos que
sólo importan por el hecho de que en estas cosas, siempre estás
de mi lado. Oigo el tono suave de tu voz, el que usabas cuando
me caía y corría a agarrarme de tu pollera para que me
frotaras la rodilla machucada y dijeras las mágicas palabras
"sana, sana colita de rana..." Una mujer consolando
a otra mujer. ¿Una niña consolando a una niña? ¿Una niña
consolando a una mujer?
He
jugado con estas preguntas, casi desde siempre. Más
precisamente desde la noche que saliste de casa, poco antes de
que papá se fuera. Esa noche el instinto me impulsó a
seguirte, a tomarte de la mano y caminar casi corriendo para
emparejarme a tu paso alucinado y hablarte; pedirte que no nos
dejaras solos a Fabián y a mí, sin saber siquiera qué era
la muerte.
Y
claro, no te mataste entonces, pero tu dolor excluyó la vida.
Desde que quedamos solas con el pobre Fabián, estuve
vacilando entre la bronca, el miedo y la ternura. Tu sonrisa,
sobre todo tu sonrisa, penosa, de niña asustada, me hacía
verte como eras. Una criatura ansiosa de cuidados. Bueno, yo
no sabía cómo cuidarte. No sé si lo intenté siquiera, era
muy chica. Recuerdo sí esa sensación de lejanía que te
rodeaba; un cerco invisible que no podía atravesar ni con mi
pena ni con el pánico que me producía. Yo no sé si fue ese
cerco en vos o esa especie de indefinido terror en mí lo que
alimentó el odio como un rojo ardiendo en el estómago.
Tampoco
sé si tenía alternativa. Si realmente te odiaba. Sólo podía
respirar en la vereda de enfrente de tu asfixiante dolor.
Al
fin creo que no éramos muy distintas. Las dos estábamos
solas, las dos necesitábamos consuelo. Vaya a saber por qué
razón no pudimos darnos ese consuelo.
Hubiera
querido que ésta, mi carta de despedida, fuera una carta de
amor. Que "mamá" sonara por última vez como debió
sonar la primera vez. Desempolvar las resonancias de la niñez,
de la prehistoria de los desencuentros. Lo que te ofrezco en
cambio es esta desolación que tu muerte ha sellado para
siempre.
Una
vez vi llorar a un hombre que conocías. Un hombre duro.
Lloraba como un niño agarrado al borde de un cajón. Dijo mamá
una sola vez. Lo dijo casi para adentro pero yo que estaba a
su lado escuché y toqué de una vez y para siempre la entraña
de ese dolor. Era un dolor primitivo, ligado al primer grito,
a la primera bocanada de aire. Comprendí que lloraba a la única
persona incondicional que es posible tener en este mundo.
Yo
no sé mamá, si este desgarramiento mío se parece a aquel
que presencié. Creo que no, que es más bien la culminación
casi fatal de una serie interminable de muertes que le fueron
quitando sentido a la noción de la vida. Como si todo se
fuera muriendo alrededor y ni siquiera quedara un lugar para
llorar, o para entender por qué lloro.
Levanto
la vista de esta carta y miro por la ventana. Veo una plaza
con juegos infantiles, hamacas, caballitos mecedores, un tobogán
y arena rodeados por una inmensa cerca. Cruzando la callecita
hay una hilera de canteros con tulipanes. Más allá el
bosque. Hace tres años que miro por esta ventana, veo este
paisaje y no encuentro nada. Nada. Sólo este lugar donde se
me permite vivir hasta que mi mundo retorne del olvido.
Entonces, cuando regrese a la memoria, entenderé quizá qué
nos ha pasado.
Te
he descrito la plaza de mi barrio como un último regalo. Mis
cartas estaban llenas de descripciones porque sé que te
gustaban y yo quería premiarte con la ficción de mi
felicidad. Te describía la inusitada belleza de la nieve
sobre las copas de los árboles, las navidades blancas, las
casitas que veía desde las ventanillas húmedas de los buses
-idénticas a las de los cuentos de Andersen- la azul
serenidad de los lagos, la luz extraña que ilumina los
bosques por dentro y que invoca en mí la presencia de gnomos
y hadas madrinas; esa luz que tanto se asemeja a la embriaguez
de verme por dentro en los raros momentos en que mi visión me
contenta. Te nombraba todo aquello que te hubiera hecho feliz,
como si a mí me hiciera feliz.
Era
una doble ficción. La tuya, por creer que la felicidad
proviene de las cosas y la mía, por alimentar tu esperanza de
que un lugar, o una situación, podía otorgarme ese don
inexistente.
Fue
ese doble engaño el que nos puso de acuerdo por primera vez.
El que te devolvió a la hija descarriada que se permitió -al
fin- ser feliz, y te brindó el falso consuelo de que tan mal
no habías hecho las cosas.
Y
¿sabés? me parece sensato haber auspiciado ese juego. Hace
tiempo que creo que la ficción es la materia misma de la
vida. Luego están las verdades que cada uno se inventa; esos
pequeños absolutos que no podemos traicionar sin
traicionarnos. Desde esa perspectiva, y porque hoy no es
tiempo de ficciones, te cuento por qué no soy feliz.
No
lo soy porque tengo memoria y la alternativa a la memoria es
una especie de zambullida en un túnel aséptico por donde
vagar desterrada y ajena, ausente de la conciencia de mí;
ausente de la improbable y necesaria certeza de ver (de volver
a ver) la luz en la densidad del bosque; eso sería otra forma
de morir. Mamá, no se sobrevive al espanto para olvidarlo
sino para servirlo.
Pero
debés saber que pasado el cataclismo hay algo que persiste y
que yo llamo alegría; una forma de andar a ciegas y desnuda
siguiendo erráticos mandatos interiores, impulsada por una
inercia casi inhumana que de a ratos salta hacia adelante y
hacia adentro y me obliga a indagar acerca de cosas que no
tienen respuesta o cuya respuesta sirve sólo hoy y para mí.
Esta es mi ficción definitiva.
Hoy,
en esta mañana de desolado sol, tuve la necesidad de buscarte
a través de la maraña de blancos y negros y rojos y grises
con que hemos empastado el amor. De hallarte en los
imprevistos laberintos de la memoria que hoy ha perdido para
siempre la certeza de la infancia. No para decirte adiós (el
adiós es una ficción más peligrosa que la muerte): para
colarme por el intersticio que comunica ese lugar donde estás
con la cárcel que habito. Seguramente allí habrá más luz.
Seguramente ya sabrás.