<%@ Language=VBScript %> Manuel Talens - El sitio web del escritor. Antología de cuentos. La breve guerra civil del camarada Mora.
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EL RINCÓN DE CHÉJOV   

La breve guerra civil del camarada Mora

Carlos Cortés

Carlos Cortés, costarricense

 

 

A Joaquín Gutiérrez,

esta imitación de su vida.

Tenía menos de 20 años y era comunista, tenía un cuaderno de poemas que yo me ilusionaba pensando que emulaban los de García Lorca y estaba embriagado por el anhelo de salir por primera vez de Centroamérica y sentirme el dueño del universo como "niño genio" en el campeonato mundial de ajedrez de 1936, en Buenos Aires.

 Mis padres me habían regalado un poco de dinero para los pasajes y los gastos y, en vez de volver al Caribe, al terminar la competencia, quería escabullirme hasta Europa. Pero el pasaje, la plata y la cuerda se agotaron exactamente en la entrada de la bahía de Nueva York, donde además me topé con la noticia de la guerra civil española y el movimiento de tropas en el continente.

Un año después aún seguía ahí y trabajaba para The Masses, el periódico que publicaba el Partido en Greenwich Village. De algo me habría de servir el inglés que aprendí entre los negros de Jamaica y con Mrs. Helhorn en el kindergarden.

Un día de invierno de 1937 entré a la redacción y en el bullicio de las Underwood me crucé casi con descuido con un sombrero que creí reconocer y unos gruesos anteojos de carey que, sin duda, distinguí instantáneamente. Manuel se había escapado de Costa Rica sin permiso de nadie, ni del Partido, ni del Congreso, donde era diputado, ni de la Presidencia de la República, que tenía que autorizar el acuerdo legislativo y lo había declarado en rebeldía y llegaba a Nueva York para enlistarse en la brigada internacional que zarpaba en unos días rumbo a Barcelona, a España y a la guerra civil.

Lo abracé emocionado y aguardamos juntos a que lo recibiera un camarada de la Liga Obrera con el que esperaba reunirse e iniciar los preparativos del viaje. Manuel había fundado el partido comunista a los 22 años y a pesar de que solo me llevaba una década de delantera en la vida, nunca pude verlo como el viejo que siempre fue y entre nosotros nació una genuina y entrañable amistad.

 Tal vez por haber sido el primogénito de una familia pobre de doce hermanos, con un padre enfermo y una madre valerosa, y haberse quedado abruptamente sin infancia, Manuel tenía siempre esa expresión severa y pensativa. Si bien no existía ninguna barrera entre nosotros, al principio era difícil sobrepasar la concentración que se acumulaba en su rostro, o en su ceño alerta, y que contribuía a endurecerlo, quizá exageradamente, hasta el borde de la seriedad.

Yo admiraba su talento para la lucha y su voz, puesta al servicio de la misma causa, pero en el transcurso de los años no puedo dejar de admitir que su rasgo más humano, tal vez impensable en un líder de sus cualidades, y que lo diferenció siempre de sus contemporáneos y compañeros de partido, fue su ingenuidad. A la sagacidad política conjuntaba sutil y secretamente una gran ingenuidad para la vida. Para la vida pura y dura de todos los días.

No hablaba inglés, por supuesto, pero en ese tiempo pensábamos que el único lenguaje universal era la lucha de clases que nos hermanaba a todos y no le fue difícil darse a entender en las entrevistas que mantuvo con los compañeros de Estados Unidos, a quienes tratábamos de "camaradas", como era normal en la época, y no de "yankis hijueputas", como también era corriente. Apenas tres años antes Somoza había asesinado a Sandino por órdenes de Washington.

 Pero al cabo de aquel día, que siempre recordaré entre los más hermosos de mi vida, invariablemente los camaradas terminaban comentándome lo mismo: "El proyecto es absurdo. ¡Es miope! No puede sin anteojos. Es un hombre de pensamiento, no de acción. Desembarcando en España será muerto incluso por alguno de los rojos".

 Y a mí se me encomendó la difícil misión, nada sencilla, de decirle que no a Manuel Mora; al camarada Manuel Mora; de explicarle que los "compañeros americanos" se oponían a su empresa; que por bien suyo no fuera; que nadie estaba de acuerdo en ayudarlo, ni en España ni en Estados Unidos; que tendría que devolverse por donde vino, con "el rabo entre las piernas"; que aquí está tu pasaje de vuelta.

 Al final de la última reunión Manuel me esperaba en el pasillo, sentado en una banca de madera con el borsalino entre los dedos y aguardando como el niño viejo que era una decisión que, se inclinara de un lado o de otro, cambiaría totalmente su destino. Ahora pienso que Manuel deseaba integrarse a la historia grande y vivir la aventura mundial que todos añorábamos emprender todavía en ese tiempo, cuando el horror de la segunda guerra mundial no se nos había venido encima; pero que si así hubiera sido probablemente no habría alterado la pequeña historia del país y de Latinoamérica, como lo hizo cinco años después. ¿Era mejor haber muerto en la gloria de Teruel, soldado desconocido de la revolución, que en la historia de una nación sin historia, como reformista?

 Salí de la oficina principal de la Liga Obrera, en el Village, y Manuel seguía ahí, esperándome en uno de esos ataques de soberana seriedad que podían durarle días enteros. Había llegado por barco un día antes, y aún sin saberlo tendría que irse un día después. No conocería "la gran ciudad", que era como un mito para los de nuestra generación, y probablemente se marcharía de Nueva York con un recuerdo de amargura.

 "Bueno, Manuel, estás en Nueva York. ¿Qué querés hacer?", le dije en el tono de quien domina los secretos de la vida, a los 20 años, y está dispuesto a revelarlos a cambio de una maravillosa cerveza helada.

 Mientras caminábamos silenciosamente por Park Avenue e íbamos dejando atrás la silueta gris de los edificios, Manuel se lo pensó mucho antes de decirme, casi telegrafiarme, en un susurro de clandestinidad: "Yo, lo que quiero es conocer un teatro de vau-de-ville". Y vi como chispearon en ese instante aquellos claros, grandes, impresionantes ojos negros. Y su expresión adusta se dulcificó con una media sonrisa, pero no más de media sonrisa, como pidiendo perdón por ser banal, por permitirse, él, el revolucionario, el hombre de partido, una pequeña debilidad justo antes de que el mundo se nos cayera a pedazos.

Probablemente, en aquel momento, yo ya era capaz de identificar cualquier club de ajedrez de Manhattan o de desempolvar hasta el último estante de Gothan Book Mark, pero no conocía un maldito vaudeville ni un burlesque. Sin embargo nos fuimos a buscar la noche.

 Manuel seguía a mi lado mis movimientos, seguro de que nos adentrábamos en el corazón del Nueva York de sus sueños. Juntos quizá haríamos unos 10 dólares, no mucho más, y después de dar vueltas un rato terminamos en un antiguo cine de la calle 42 que ya había pasado sus mejores años en la época del nickelodeón.

En el exterior se amotinaba una cola de marineros dispuestos al abordaje y yo me imaginé que aquello, si cabía en algún género teatral, sería cabaret, burlesque, comedia musical o algo suficientemente parecido a lo que Manuel quería y barato como para pasar el momento y despedir al camarada "que se iba a la guerra". Nos colocamos en la fila que se deslizó rápidamente por los pasadizos estridentes y Manuel me siguió tímidamente, empujado por un público que se impacientaba, hasta que ingresamos a un semicírculo iluminado por candilejas que teñían, con un aire romántico, la atmósfera en rojo y dorado del viejo teatro Rex.

El estrecho escenario estaba virtualmente sitiado por marineros de todos los pelajes y las nacionalidades y Manuel y yo, a duras penas, logramos ocupar la tercera fila; pero nos siguieron empujando hasta estrellarnos contra la primera y de ahí no nos movimos. Manuel se quitó ceremoniosamente el sombrero, se sentó en una butaca que le quedó grande, dejó que su cuerpo se relajara espasmódicamente en una media sonrisa, no más de media sonrisa, se alisó el traje entero y la corbata, y se depositó en su propia incomodidad, lo más cómodo que pudo, que no era mucho, en espera del espectáculo.

La luz evanescente, sin embargo, no tardó en dispersarse en el resplandor quemante de la boca del escenario que se encendía en una fanfarria que despertó instantáneamente el furor marinero. Los gritos y la música festejaron el desembarco victorioso de una columna de muchachas en traje de baño. La música de una orquesta de jazz más ruidosa que melódica se mezcló con el denso ambiente de bourbon, cigarros y sudores. Las muchachas empezaron a desnudarse y a lanzar hasta su propia dulzura a un auditorio de lobos de mar que aullaba, gritaba, se ponía de pie y subía al escenario en una excitación loca que, sin duda, era la única forma de sobrellevar la tensión de aquella preguerra que estaba llegando a su fin. Yo me concentré en la función con entusiasmo, pero no pude evitar seguir por el rabillo del ojo el crispado desasosiego de Manuel.

Sin saber muy bien qué hacer con las manos, dificultad que los marineros habían resuelto a la perfección masturbándose con la gorra y lanzándola luego al aire enrarecido de la sala, Manuel seguía la escena completamente cubierto de sudor, un sudor frío y nervioso que había empapado su único traje, su única camisa Arrow, prestada por otro diputado para realizar "decentemente" el viaje, y con dificultad se sostenía en el borde mismo de la butaca, alzando los pies con delicadeza, como si temiera desbarrancarse él también y caer en medio del escenario o en brazos de alguna de aquellas mujeres que intentaban desprenderse de todo lo que podían, con frenética pasión, y se lo arrojaban a uno a la cara.

 Yo me sonreí de comprobar la utilidad de las gorras de los marineros y el trance difícil del camarada Mora y me ofrecí para buscarle una cerveza, pero él saltó de un resorte de la butaca y se adelantó a mí. Cuando íbamos por el oscuro pasillo de salida y todavía se apreciaban los hurras de la soldadesca fuera de control, Manuel trató de hacerse oír por encima del ruido y como no pudo me gritó: "Mejor nos vamos".

Deambulamos por la 42 sin rumbo fijo mientras Manuel tomaba el fresco y se tranquilizaba y yo me reía sin prisa, aguardando poder encontrar una salida en la noche sin esquinas. Caminamos un rato en silencio, dejándonos absorber por una ciudad hecha a escala de los gigantes y en la que, sin embargo, uno podía perderse sin riesgo de ser aplastado por la perspectiva. Manuel no me habló durante un buen rato, absorto en la contemplación de su propio asombro, pero, repentinamente, como viniendo de un largo viaje de vuelta desde sí mismo, soltó palabra: "Mirá, en realidad, antes de irme a España, quisiera comerme uno de esos melocotones que vienen en conserva".

"¿Qué querés?", dije yo a medio camino entre la risa y la angustia. Pero él me respondió con una determinación muy suya: "En Europa deben ser imposibles de conseguir y en Costa Rica son muy caros".

Empezamos entonces un recorrido por las pocas cafeterías abiertas a esas horas y aunque recorrimos varias cuadras ninguna incluía en su menú un platillo tan exótico. Entonces me acordé de un viejo italiano anarquista que mantenía abierta, hasta medianoche, una pequeña tienda de abarrotes cerca de Wall Street. El tendero estaba cerrando pero a regañadientes aceptó darnos una lata con tal de que no le pagáramos sino hasta el día siguiente. Creo que aún debo esa cuenta.

Manuel se puso feliz. Era una lata de melocotones Libby's.

 Fuimos al antiguo hotel Kennedy, que ya fue demolido, donde Manuel se había instalado muy modestamente. La habitación, al final del pasillo del segundo piso y con una de esas escaleras de incendios que solo se ven en las películas, no tenía baño propio sino solo un lavabo. Yo bajé de vuelta al vestíbulo por "un chunche con que abrir esa carajada" y el portero nocturno se apiadó de nosotros y a pesar de las disposiciones de la administración me facilitó casi todo lo necesario para un picnic de madrugada: un abridor herrumbrado, unas servilletas y una cuchara.

 Nos comimos los melocotones en la misma lata, por turnos, bajo la luz escuálida de una bombilla, engullendo aquel manjar con ruidosos sorbos, y cuando solo restaba un poco de almíbar en el envase,  le entregué a Manuel Mora el pasaje de vuelta. El pasaje de ida.

Se limpió la boca con los puños de la camisa, con solemnidad y una pulcritud y economía de movimientos que, en aquel tiempo o al menos en mi casa, se denominaba decencia; apartó los gruesos aros de carey y se puso a estudiar el ticket como quien analiza el primer tomo del Capital o los planos de una batalla militar inminente antes del amanecer.

En ese larguísimo minuto yo le pasé de nuevo los lentes y él repasó aquel papel con la vista y con rítmicos e intermitentes movimientos de su cabeza. Apretó el rostro con tensión y vi como las venas de su cabeza concentrada se afinaron un poco más. Apenas un poco más. Por primera vez escuché que la ciudad, que la gran ciudad, dormía.

Sin inmutarse terminó de sorber el resto de la lata, muy despacio se quitó los anteojos, casi con delicadeza, y en ese instante descubrí, recordé, sus transparentes 28 años. Nos llevábamos apenas una década de diferencia, pero en realidad entre Manuel y el resto de nosotros había muchos más años o tal vez no serían años, sino solo tiempo.

    Manuel Mora tenía 28 años. Se frotó silenciosamente los ojos cansados, me miró un instante y se inclinó sobre las instrucciones de la lata. Solo pestañeó una o dos veces más, tal vez por la emoción, antes de decirme con sus ojos repentinamente aclarados: "Son Libby". Y se sonrió con aquella media sonrisa que duró apenas una fracción de eternidad.

 

Este cuento aparecerá el año 2003 en la antología Ticos sin filtro/Banana Republic (mi agradecimiento al autor)

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© Manuel Talens 2002