EL DÚO DE LA
TOS
Leopoldo Alas,
«Clarín»

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El gran hotel del Águila tiende su enorme sombra sobre las
aguas dormidas de la dársena. Es un inmenso caserón cuadrado,
sin gracia, de cinco pisos, falansterio del azar, hospicio de
viajeros, cooperación anónima de la indiferencia, negocio por
acciones, dirección por contrata que cambia a menudo, veinte
criados que cada ocho días ya no son los mismos, docenas y
docenas de huéspedes que no se conocen, que se miran sin
verse, que siempre son otros y que cada cual toma por los de
la víspera.
«Se está aquí más solo que en la calle, tan solo como
en el desierto», piensa un bulto, un hombre envuelto en un
amplio abrigo de verano, que chupa un cigarro apoyándose con
ambos codos en el hierro frío de un balcón, en el tercer piso.
En la obscuridad de la noche nublada, el fuego del tabaco
brilla en aquella altura como un gusano de luz. A veces
aquella chispa triste se mueve, se amortigua, desaparece,
vuelve a brillar.
«Algún viajero que fuma», piensa otro bulto, dos
balcones más a la derecha, en el mismo piso. Y un pecho débil,
de mujer, respira como suspirando, con un vago consuelo por el
indeciso placer de aquella inesperada compañía en la soledad y
la tristeza.
«Si me sintiera muy mal, de repente; si diera una voz
para no morirme sola, ese que fuma ahí me oiría», sigue
pensando la mujer, que aprieta contra un busto delicado,
quebradizo, un chal de invierno, tupido, bien oliente.
«Hay un balcón por medio; luego es en el cuarto número
36. A la puerta, en el pasillo, esta madrugada, cuando tuve
que levantarme a llamar a la camarera, que no oía el timbre,
estaban unas botas de hombre elegante».
De repente desapareció una claridad lejana, produciendo
el efecto de un relámpago que se nota después que pasó.
«Se ha apagado el foco del Puntal», piensa con cierta
pena el bulto del 36, que se siente así más solo en la noche.
«Uno menos para velar; uno que se duerme.»
Los vapores de la dársena, las panzudas gabarras
sujetas al muelle, al pie del hotel, parecen ahora sombras en
la sombra. En la obscuridad el agua toma la palabra y brilla
un poco, cual una aprensión óptica, como un dejo de la luz
desaparecida, en la retina, fosforescencia que padece ilusión
de los nervios. En aquellas tinieblas, más dolorosas por no
ser completas, parece que la idea de luz, la imaginación
recomponiendo las vagas formas, necesitan ayudar para que se
vislumbre lo poco y muy confuso que se ve allá abajo. Las
gabarras se mueven poco más que el minutero de un gran reloj;
pero de tarde en tarde chocan, con tenue, triste, monótono
rumor, acompañado del ruido de la mar que a lo lejos suena,
como para imponer silencio, con voz de lechuza.
El pueblo, de comerciantes y bañistas, duerme; la casa
duerme.
El bulto del 36 siente una angustia en la soledad del
silencio y las sombras.
De pronto, como si fuera un formidable estallido, le
hace temblar una tos seca, repetida tres veces como canto
dulce de codorniz madrugadora, que suena a la derecha, dos
balcones más allá. Mira el del 36, y percibe un bulto más
negro que la obscuridad ambiente, del matiz de las gabarras de
abajo. «Tos de enfermo, tos de mujer.» Y el del 36 se
estremece, se acuerda de sí mismo; había olvidado que estaba
haciendo una gran calaverada, una locura. ¡Aquel cigarro!
Aquella triste contemplación de la noche al aire libre.
¡Fúnebre orgía! Estaba prohibido el cigarro, estaba prohibido
abrir el balcón a tal hora, a pesar de que corría agosto y no
corría ni un soplo de brisa. «¡Adentro, adentro!» ¡A la
sepultura, a la cárcel horrible, al 36, a la cama, al nicho!»
Y el 36, sin pensar más en el 32, desapareció, cerró el
balcón con triste rechino metálico, que hizo en el bulto de la
derecha un efecto melancólico análogo al que produjera antes
el bulto que fumaba la desaparición del foco eléctrico del
Puntal.
«Sola del todo», pensó la mujer, que, aún tosiendo,
seguía allí, mientras hubiera aquella compañía... compañía
semejante a la que se hacen dos estrellas que nosotros vemos,
desde aquí, juntas, gemelas, y que allá en lo infinito, ni se
ven ni se entienden.
Después de algunos minutos, perdida la esperanza de que
el 36 volviera al balcón, la mujer que tosía se retiró
también; como un muerto que en forma de fuego fatuo respira la
fragancia de la noche y se vuelve a la tierra.
Pasaron una, dos horas. De tarde en tarde hacia dentro,
en las escaleras, en los pasillos, resonaban los pasos de un
huésped trasnochador; por las rendijas de la puerta entraban
en las lujosas celdas, horribles con su lujo uniforme y
vulgar, rayos de luz que giraban y desaparecían.
Dos o tres relojes de la ciudad cantaron la hora;
solemnes campanadas precedidas de la tropa ligera de los
cuartos, menos lúgubres y significativos. También en la fonda
hubo reloj que repitió el alerta.
Pasó media hora más. También lo dijeron los relojes.
«Enterado, enterado», pensó el 36, ya entre sábanas; y se
figuraba que la hora, sonando con aquella solemnidad, era como
la firma de los pagarés que iba presentando a la vida su
acreedor, la muerte. Ya no entraban huéspedes. A poco, todo
debía morir. Ya no había testigos; ya podía salir la fiera; ya
estaría a solas con su presa.
En efecto; en el 36 empezó a resonar, como bajo la
bóveda de una cripta, una tos rápida, enérgica, que llevaba en
sí misma el quejido ronco de la protesta.
«Era el reloj de la muerte», pensaba la víctima, el
número 36, un hombre de treinta años, familiarizado con la
desesperación, solo en el mundo, sin más compañía que los
recuerdos del hogar paterno, perdidos allá en lontananzas de
desgracias y errores, y una sentencia de muerte pegada al
pecho, como una factura de viaje a un bulto en un ferrocarril.
Iba por el mundo, de pueblo en pueblo, como bulto
perdido, buscando aire sano para un pecho enfermo; de posada
en posada, peregrino del sepulcro, cada albergue que el azar
le ofrecía le presentaba aspecto de hospital. Su vida era
tristísima y nadie le tenía lástima. Ni en los folletines de
los periódicos encontraba compasión. Ya había pasado el
romanticismo que había tenido alguna consideración con los
tísicos. El mundo ya no se pagaba de sensiblerías, o iban
éstas por otra parte. Contra quien sentía envidia y cierto
rencor sordo el número 36 era contra el proletariado, que se
llevaba toda la lástima del público. -El pobre jornalero, ¡el
pobre jornalero! -repetía, y nadie se acuerda del pobre
tísico, del pobre condenado a muerte del que no han de hablar
los periódicos. La muerte del prójimo, en no siendo digna de
la Agencia Fabra, ¡qué poco le importa al mundo!
Y tosía, tosía, en el silencio lúgubre de la fonda
dormida, indiferente como el desierto. De pronto creyó oír
como un eco lejano y tenue de su tos... Un eco... en tono
menor. Era la del 32. En el 34 no había huésped aquella noche.
Era un nicho vacío.
La del 32 tosía, en efecto; pero su tos era... ¿cómo se
diría? Más poética, más dulce, más resignada. La tos del 36
protestaba; a veces rugía. La del 32 casi parecía un
estribillo de una oración, un miserere, era una queja tímida,
discreta, una tos que no quería despertar a nadie. El 36, en
rigor, todavía no había aprendido a toser, como la mayor parte
de los hombres sufren y mueren sin aprender a sufrir y a
morir. El 32 tosía con arte; con ese arte del dolor antiguo,
sufrido, sabio, que suele refugiarse en la mujer.
Llegó a notar el 36 que la tos del 32 le acompañaba
como una hermana que vela; parecía toser para acompañarle.
Poco a poco, entre dormido y despierto, con un sueño un
poco teñido de fiebre, el 36 fue transformando la tos del 32
en voz, en música, y le parecía entender lo que decía, como se
entiende vagamente lo que la música dice.
La mujer del 32 tenía veinticinco años, era extranjera;
había venido a España por hambre, en calidad de institutriz en
una casa de la nobleza. La enfermedad la había hecho salir de
aquel asilo; le habían dado bastante dinero para poder andar
algún tiempo sola por el mundo, de fonda en fonda; pero la
habían alejado de sus discípulas. Naturalmente. Se temía el
contagio. No se quejaba. Pensó primero en volver a su patria.
¿Para qué? No la esperaba nadie; además, el clima de España
era más benigno. Benigno, sin querer. A ella le parecía esto
muy frío, el cielo azul muy triste, un desierto. Había subido
hacia el Norte, que se parecía un poco más a su patria. No
hacía más que eso, cambiar de pueblo y toser. Esperaba
locamente encontrar alguna ciudad o aldea en que la gente
amase a los desconocidos enfermos.
La tos del 36 le dio lástima y le inspiró simpatía.
Conoció pronto que era trágica también. «Estamos cantando un
dúo», pensó; y hasta sintió cierta alarma del pudor, como si
aquello fuera indiscreto, una cita en la noche. Tosió porque
no pudo menos; pero bien se esforzó por contener el primer
golpe de tos.
La del 32 también se quedó medio dormida, y con algo de
fiebre; casi deliraba también; también trasportó la tos del 36
al país de los ensueños, en que todos los ruidos tienen
palabras. Su propia tos se le antojó menos dolorosa apoyándose
en aquella varonil que la protegía contra las tinieblas, la
soledad y el silencio. «Así se acompañarán las almas del
purgatorio.» Por una asociación de ideas, natural en una
institutriz, del purgatorio pasó al infierno, al del Dante, y
vio a Paolo y Francesca abrazados en el aire, arrastrados por
la bufera infernal.
La idea de la pareja, del amor, del dúo, surgió antes en el
número 32 que en el 36.
La fiebre sugería en la institutriz cierto misticismo
erótico; ¡erótico!, no es ésta la palabra. ¡Eros! El amor
sano, pagano ¿qué tiene aquí que ver? Pero en fin, ello era
amor, amor de matrimonio antiguo, pacífico, compañía en el
dolor, en la soledad del mundo. De modo que lo que en efecto
le quería decir la tos del 32 al 36 no estaba muy lejos de ser
lo mismo que el 36, delirando, venía como a adivinar.
«¿Eres joven? Yo también. ¿Estás solo en el mundo? Yo
también. ¿Te horroriza la muerte en la soledad? También a mí.
¡Si nos conociéramos! ¡Si nos amáramos! Yo podría ser tu
amparo, tu consuelo. ¿No conoces en mi modo de toser que soy
buena, delicada, discreta, casera, que haría de la vida
precaria un nido de pluma blanda y suave para acercarnos
juntos a la muerte, pensando en otra cosa, en el cariño? ¡Qué
solo estás! ¡Qué sola estoy! ¡Cómo te cuidaría yo! ¡Cómo tú me
protegerías! Somos dos piedras que caen al abismo, que chocan
una vez al bajar y nada se dicen, ni se ven, ni se
compadecen... ¿Por qué ha de ser así? ¿Por qué no hemos de
levantarnos ahora, unir nuestro dolor, llorar juntos? Tal vez
de la unión de dos llantos naciera una sonrisa. Mi alma lo
pide; la tuya también. Y con todo, ya verás cómo ni te mueves
ni me muevo.»
Y la enferma del 32 oía en la tos del 36 algo muy semejante a
lo que el 36 deseaba y pensaba:
Sí, allá voy; a mí me toca; es natural. Soy un enfermo,
pero soy un galán, un caballero; sé mi deber; allá voy. Verás
qué delicioso es, entre lágrimas, con perspectiva de muerte,
ese amor que tú sólo conoces por libros y conjeturas. Allá
voy, allá voy... si me deja la tos... ¡esta tos!... ¡Ayúdame,
ampárame, consuélame! Tu mano sobre mi pecho, tu voz en mi
oído, tu mirada en mis ojos...»
Amaneció. En estos tiempos, ni siquiera los tísicos son
consecuentes románticos. El número 36 despertó, olvidado del
sueño, del dúo de la tos.
El número 32 acaso no lo olvidara; pero ¿qué iba a
hacer? Era sentimental la pobre enferma, pero no era loca, no
era necia. No pensó ni un momento en buscar realidad que
correspondiera a la ilusión de una noche, al vago consuelo de
aquella compañía de la tos nocturna. Ella, eso sí, se había
ofrecido de buena fe; y aun despierta, a la luz del día,
ratificaba su intención; hubiera consagrado el resto,
miserable resto de su vida, a cuidar aquella tos de hombre...
¿Quién sería? ¿Cómo sería? ¡Bah! Como tantos otros príncipes
rusos del país de los ensueños. Procurar verle... ¿para qué?
Volvió la noche. La del 32 no oyó toser. Por varias
tristes señales pudo convencerse de que en el 36 ya no dormía
nadie. Estaba vacío como el 34.
En efecto; el enfermo del 36, sin recordar que el
cambiar de postura sólo es cambiar de dolor, había huido de
aquella fonda, en la cual había padecido tanto... como en las
demás. A los pocos días dejaba también el pueblo. No paró
hasta Panticosa, donde tuvo la última posada. No se sabe que
jamás hubiera vuelto a acordarse de la tos del dúo.
La mujer vivió más: dos o tres años. Murió en un
hospital, que prefirió a la fonda; murió entre Hermanas de la
Caridad, que algo la consolaron en la hora terrible. La buena
psicología nos hace conjeturar que alguna noche, en sus
tristes insomnios, echó de menos el dúo de la tos; pero no
sería en los últimos momentos, que son tan solemnes. O acaso
sí.
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De Cuentos morales,
1896 |
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