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EL RINCÓN DE CHÉJOV   

LOVER

Alfons Cervera

Alfons Cervera, español

                                                                                      

    Lo suyo era estar siempre enamorado. Las paredes de su casa, ubicada en un barrio periférico de la ciudad, donde las sombras acuchillaban las calles solitarias, estaban llenas de fotografías de sus amantes. Solía encontrarlos en los bares nocturnos, en las estaciones de ferrocarril, limosneando por las entradas y salidas de los cines. Había miles de fotografías, miles de sonrisas, miles de historias volando por las habitaciones. Y ninguna repetida, ninguna con la sonrisa forzada, ninguna con la historia partida en dos por la derrota. Él, qué duda cabe, era un triunfador, un técnico, decía, en la materia. Y los amantes se le rendían a las primeras de cambio, cuando recién iniciada la ceremonia del acercamiento, recién desvelado el código de la identificación, alargaba una mano de marfil y acariciaba, con una suavidad extraña de animal selvático, la mano que se le ofrecía, y fijaba la mirada en todo el cuerpo, como aceptando el vasallaje sin condiciones del otro, como asumiendo, desde ese instante, el papel de maestro en el rito del enfrentamiento. Un día, mientras andaba rondando los suburbios del barrio chino, uno de sus antiguos amantes le pegó un navajazo entre dos costillas: la carne cedió al filo salvaje y la sangre inundó el espacio del asco y de las sombras. Pero la muerte no llegó entonces. Y ya restablecido, sentado cómodamente en el sillón de orejas, rodeado por todas las historias de amor que habían construido su vida, rompió en mil pedazos la fotografía del amante despechado. Después, sin moverse de donde estaba, lanzó una cerilla a la alfombra peluda, otra a las cortinas de fibra y la tercera fue a parar a la consola previamente rociada con gasolina. Desde el otro extremo de la ciudad se podían ver las llamas impresionantes y escuchar los gritos de las gentes que se agolpaban en la calle. Sólo él, como una llama más entre las explosiones, mantenía la sonrisa de siempre, hasta que una corriente de aire (ya no había puertas ni ventanas) lo llenó de fuego y la sonrisa se torció hacia arriba: como una monalisa de broma. O un juguete de cartón. O una máscara de espuma.

 

De La ciudad oscura (1987)

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© Manuel Talens 2002