LOVER Alfons
Cervera

-
Lo suyo era estar siempre enamorado. Las paredes de su casa,
ubicada en un barrio periférico de la ciudad, donde las
sombras acuchillaban las calles solitarias, estaban llenas de
fotografías de sus amantes. Solía encontrarlos en los bares
nocturnos, en las estaciones de ferrocarril, limosneando por
las entradas y salidas de los cines. Había miles de fotografías,
miles de sonrisas, miles de historias volando por las
habitaciones. Y ninguna repetida, ninguna con la sonrisa
forzada, ninguna con la historia partida en dos por la
derrota. Él, qué duda cabe, era un triunfador, un técnico,
decía, en la materia. Y los amantes se le rendían a las
primeras de cambio, cuando recién iniciada la ceremonia del
acercamiento, recién desvelado el código de la identificación,
alargaba una mano de marfil y acariciaba, con una suavidad
extraña de animal selvático, la mano que se le ofrecía, y
fijaba la mirada en todo el cuerpo, como aceptando el
vasallaje sin condiciones del otro, como asumiendo, desde ese
instante, el papel de maestro en el rito del enfrentamiento.
Un día, mientras andaba rondando los suburbios del barrio
chino, uno de sus antiguos amantes le pegó un navajazo entre
dos costillas: la carne cedió al filo salvaje y la sangre
inundó el espacio del asco y de las sombras. Pero la muerte
no llegó entonces. Y ya restablecido, sentado cómodamente en
el sillón de orejas, rodeado por todas las historias de amor
que habían construido su vida, rompió en mil pedazos la
fotografía del amante despechado. Después, sin moverse de
donde estaba, lanzó una cerilla a la alfombra peluda, otra a
las cortinas de fibra y la tercera fue a parar a la consola
previamente rociada con gasolina. Desde el otro extremo de la
ciudad se podían ver las llamas impresionantes y escuchar los
gritos de las gentes que se agolpaban en la calle. Sólo él,
como una llama más entre las explosiones, mantenía la
sonrisa de siempre, hasta que una corriente de aire (ya no había
puertas ni ventanas) lo llenó de fuego y la sonrisa se torció
hacia arriba: como una monalisa de broma. O un juguete de cartón.
O una máscara de espuma.
|
|
De La ciudad
oscura (1987) |
|