LA BONDAD DEL
INVIERNO
Agustín Celis

-
También yo, como Lorca,
poseo una tristeza de hilo blanco para hacer pañuelos, una
gavilla de sueños rotos y un retablo de ilusiones sin filo que
asiste cada mañana al espectáculo de su nueva restauración. Ni
a él ni a mí nos habían hablado de esta inercia apagada. No
nos dijeron que nos pusiéramos ahí, quietos y obedientes, con
la nalga temblona, a la espera de que un civil desconocido nos
vacíe el cargador de su pistola en la cabeza acostumbrada a
componer versitos.
Yo ya sé, como Federico, que la vida no es noble, ni buena, ni
sagrada. La vida es sólo una sucesión caprichosa de pérdidas,
y el hombre no es más que la marioneta destinada a cumplir sus
caprichos. No importa si provocamos al azar y corrimos detrás
de nuestra desgracia hasta encontrárnosla de frente. Aunque me
hubiese escondido en este boquete, o en cualquier otro, trece
años antes, igualmente habría caído sobre mí la noche negra
para cubrirme con su manto y convertirme en el hombre cansado
que soy ahora.
Quizá si me hubiese ido del país habría tenido todavía una
oportunidad entre los hombres. Como tantos otros que se
marcharon a América, también yo podría haberme refugiado lejos
para mirar todo este caos a salvo, desde el velador de un café
de Buenos Aires, pongamos por caso, con una copita de anís
siempre encima de la mesa y nuevos amigos que comenten conmigo
la desgracia para seguir jugando a salvar el mundo de nosotros
mismos.
Si decidí quedarme fue sólo por la ilusión de hacer realidad
nuestras conversaciones de muchos años atrás en la Residencia,
de matar, una sola vez pero para siempre, la pesadilla de no
creer lo que creían otros, por probar a confiar en lo que
defendían con tanto ímpetu y que a mí no me interesaba. Yo
sólo quería escribirle unos versos a lo de todos los días,
permanecer ignorado entre todos aquellos que cantaban a una
bandera o levantaban un puño o entonaban un himno. Luego el
destino se ha complacido en envolverme en su capa y he
terminado huyendo de unos y otros.
No sé cuándo se torció la suerte y quedé enredado en esta bobina de
hilo que terminaré de enrollar mañana por la mañana, pero
tengo algunas sospechas. Si tuviera tiempo escribiría mi
historia para conciliar estas dos mitades y entender si lo que
he hecho en estos trece años tenía alguna justificación. No
tengo tiempo y por eso sólo puedo esbozar con pena una mínima
parte del relato.
No estoy seguro de dónde y cuándo comienza, pero sé con una certeza
que asusta y alegra cuándo y dónde termina. Quizá la noche que
le regalé mi maquina de escribir a Juan Palacios para que él
hiciera su revolución fue la noche que me condenó a todos
estos años de lucha. ¿Podía saber yo que a las pocas semanas
le requisarían la máquina, le romperían los dientes y la boca,
y en una celda de castigo, tragándose la sangre y los mocos,
iba a pronunciar mi nombre como el de un aliado, un compinche
o un traidor? O puede que fuese aquella tarde en Madrid, en el
sótano en el que Pablo y Rafael pontificaban, donde alguien
tan anónimo como yo me vio y quiso que también yo fuera uno de
ellos, y luego vino la culpa y la delación.
Cuando yo supe que el crimen fue en Granada participé con otros y
por venganza en una partida que acabó con la muerte de dos
guardias civiles en Alcalá, una noche en la que alguien gritó
y dio armas y se rompieron cristales y se quemaron algunos
camiones. Todo esto y que mis amigos fuesen Federico y Rafael,
Pablo y César, Miguel y Pedro y otros muchos contribuyó a que
la historia haya sido de este modo. Luego he sabido que
algunos de ellos murieron y que otros se exiliaron antes de
ver peligrar su posición o su vida. Los más listos huyeron
haciéndonos creer que por el bien de la causa convenía tener
una vanguardia en Francia o en Rusia desde donde luchar contra
el enemigo fascista. Los más ingenuos se quedaron defendiendo
un futuro sólo leído en los libros o se han podrido en las
cárceles nacionales creyendo cumplir un deseo que ellos no se
fijaron. A Miguel le perdí la pista y no sé si consiguió salir
del país o todavía sigue buscando el desgobierno de la carne
allí donde se encuentra. Una vez me dijeron que murió en
prisión, enfermo, pero las fuentes no eran fiables y en este
tiempo hay demasiados fantasmas que después de muchos años
enterrados han regresado al mundo para dar noticia de su
suerte.
Yo pasé tres años de un lugar a otro comiéndome la rabia y las
ganas de decir basta, y cuando todo acabó para los otros yo
seguí aquí, o en un penal que no sé si es de este mundo, lo
mismo da, obstinado en no aceptar lo evidente, que el mundo
que íbamos a construir no era posible y tocaba perder. Tres
años en el presidio de Ocaña sobran para domar a un hombre,
así que cuando conseguí salir de allí con veinte kilos menos y
media boca deshecha a palos me retiré a Requena, donde vivía
entonces mi hermana, buscando librarme de mis recuerdos y mis
errores pasados. Salta a la vista que fue inútil.
Allí la guerra no había acabado. Todos los domingos bajaban a la
cantina del Sordo los perseguidos del monte. Allí fue donde
conocí a aquellos hombres que todavía creían que podía
prenderse la llama revolucionaria, un grupo de individuos que
habían decidido continuar una guerra de guerrillas contra la
guardia civil y el gobierno de Franco, antiguos cabecillas del
PCE, anarquistas sin lugar en esta tierra, represaliados de
toda condición, soñadores sin causa o delincuentes que habían
encontrado en las partidas un refugio a la acción de la
justicia.
Yo solía ir a la cantina del Sordo todas las mañanas a tomarme mi
copita de coñac y pasar a limpio las cartas que escribía para
las gentes del pueblo, mi único oficio entonces o mi única
forma de subsistir. Con el hijo del Sordo hablaba de la guerra
y de cómo nos habían dado por culo tres años seguidos los que
finalmente ganaron y ahora nos tenían derrotados y en
silencio. El Sordo había muerto dos años antes pero aún su
sombra continuaba presidiendo aquella cantina de mala muerte
que acogía cada semana a los fantasmas que bajaban del monte
en busca de noticias y nuevas formas de resistencia. Algún día
muchos de esos hombres serán una leyenda reprimida que pocos o
ninguno se atreverá a contar, y quizá yo mismo forme parte de
ella, yo o lo que queda de mí, no lo que hice durante siete
años sino lo que he hecho en estas semanas movido por el asco
y el cansancio, no yo con mi nombre y mi apellido sino este
otro nombre que llevo como una cicatriz desde hace siete años
y que se ha adherido a mi piel como los tatuajes y las manchas
que me ha dejado la intemperie.
Como necesitaban a un hombre que supiera unir palabras con sentido
sobre un papel, me tomaron como colaborador y yo acepté de
nuevo participar en esta lucha porque era mejor seguir del
lado de los que siempre pierden que sufrir a diario y sin
perdón el castigo de la sospecha no siendo culpable. Ya que
debía pagar la culpa de andar metido en intrigas, al menos que
esas intrigas fuesen verdad y sirvieran para algo, aunque sólo
fuese para el insomnio y los quebraderos de cabeza del alcalde
y del comandante de la guardia civil.
Durante dos años pude permanecer en el pueblo realizando labores de
apoyo. Proporcionaba suministros regularmente, informaba de
los movimientos de los civiles y servía de contacto con los
cabecillas del Partido en el exilio. Fue la ley de fugas la
que echó por tierra esta situación y la que me obligó a
echarme al monte.
Si lo que pretendían era romper la unión entre el pueblo y la
guerrilla, doy fe de que lo han conseguido los muy hijos de
puta. La represión, la vieja amante bastarda del poder, fue de
nuevo la que pulió a conciencia el aguante y la paciencia de
quienes decidieron quedarse allí abajo. Quizá creyeron que
quedaba todavía un modo de salvarse.
Muchos no se dan cuenta y resisten sólo porque eso es lo único que
les queda. No tienen otra vida que vivir y se acostumbraron a
correr y esconderse y no creo que supieran hacer ya otra cosa.
Siguen aguantando sin pararse a pensar en las consecuencias de
esa resistencia, en lo podrida que está ya esta lucha, en la
desolación de las gentes del pueblo.
Desde hace varios años sólo el invierno nos proporciona un alivio
duradero. Esperamos el invierno como quien aguarda la llegada
de un pariente lejano que le confirme que las cosas cambiarán
un día. El frío y las dificultades que nos trae la nieve nos
aísla de todo, pero también nos salva. En ese descanso de unos
meses es cuando he visto con claridad lo deshechos y cansados
que estamos, lo romo de nuestra capacidad de lucha y de
cambio. Nosotros íbamos a restablecer el orden natural de las
cosas. Íbamos a transformar el mundo con nuestra lucha. La
tierra sería al fin para quien la trabajara. Las viejas frases
son ya sólo consuelo y respuesta. Algunas veces una broma de
mal gusto. Otras, una pregunta mal intencionada. Una réplica,
una riña, un remedo de promesa. Nunca una ilusión.
La bajada al pueblo es la confirmación de nuestra derrota
inevitable. Imposible mantener la fe ante aquellos rostros
condenados a penar la audacia de nuestros pasados sueños. En
las caras de quienes decidieron quedarse y sufrir en silencio
y sin molestar la pérdida de sus antiguas convicciones, ahora
sólo veo la repulsiva forma que dejó en ellos la represión y
el miedo. Bocas silenciadas que ni se atreven ya a delatarnos,
indiferentes ante el espectáculo de nuestra miseria y nuestra
ambición. Miradas que tensan su reproche y nos recuerdan en
voz baja a cada uno de sus muertos. Cuerpos gastados que nos
culpan sin palabras por alargarles una guerra que para ellos
terminó hace muchos años.
Llevo un rato tratando de seleccionar las anécdotas que ilustren o
justifiquen mi deserción. Porque esto que yo he hecho no es
una vulgar falacia. Es otro malentendido. Como todo lo que nos
ha tocado vivir. La camaradería, la resistencia, mi amistad
con Bienvenido, la muerte de Peñaranda hace ya dos años, qué
increíble cómo pasa el tiempo, todas las cartas que les he ido
escribiendo uno a uno a todos para que mintieran a la familia,
a una novia, a ellos mismos. La propia lucha es un
malentendido. Desde muchos años atrás hemos construido para
nosotros un refugio donde no cabían los que nos esperaban en
el pueblo. Ellos no lo saben, pero sólo fueron personajes sin
guión que aguardaron un año y otro a formar parte de alguna
representación que nunca se va a interpretar, arrastran sus
papeles sin fe ni coraje y no esperan ya nada, ni siquiera la
carta mentirosa que les recuerde a un fantasma que murió hace
años. Sólo viven, y ese vivir inmóvil, al día, borrando cada
mañana las huellas de la noche anterior, me advierte, desde la
oscuridad de este refugio, que también es posible vivir sin
esperanza ni memoria.
Si bajo al pueblo y hablo con Famara, ya no es más aquella Famara
que aguardaba la carta del hijo del sordo que yo escribía por
las tardes después de que los dos nos echamos al monte. Si me
acerco a la huerta de Paco para recordar con su mujer aquellos
días en los que todos decidimos ocultarle la muerte del hijo,
sólo encuentro ya a dos fantasmas que lo olvidaron todo hace
meses y sólo esperan el mazazo definitivo que les borre de la
cara esa mirada llena de sueño. Sólo quedan las mujeres y los
niños cebando su rencor hacia nosotros por haberlos condenado
a penar un castigo que no habían buscado. Nadie mejor que
ellas entienden la sudorosa magnitud de nuestra derrota. Ahora
que todos sueñan con la posibilidad de escapar a Francia, las
caras endurecidas de estas mujeres que sufrieron a solas la
condena de estar preñadas algún invierno, me golpean la
conciencia y me llaman traidor y cobarde por no haber sabido
aceptar a tiempo que el mundo que habíamos deseado no era
posible y tocaba perder. Hemos estado luchando contra nosotros
mismos y es justo que hasta la gente del pueblo nos haya
olvidado. La sombra de lo que ocurrió en Arrancapinos cubre
con su velo hediondo cada una de nuestras hazañas, y ya todos
nuestros esfuerzos nacen muertos y sin fe, vencidos por el
miedo a otra represión que se cebe con quienes no tomaron
parte en esta lucha sin futuro.
Desde que la guardia civil se echó al monte y montó sus
contrapartidas, ya nadie confía en nadie y todos buscan un
salvoconducto que lo aleje de esta tierra para soñar que se ha
alcanzado una mínima victoria. En ese absurdo acaba esta
guerra que nadie sabe quién prolongó y para qué. Tampoco nadie
se atreve a preguntarlo. Queríamos libertades pero todos
cumplimos órdenes. Queríamos igualdad pero nadie se atreve a
contrariar a quienes se alzaron con la voz de mando.
La traición es una debilidad del alma. Por eso entiendo que en
estos últimos meses haya habido tantas deserciones. Pero el
mundo éste, el que nos ha tocado padecer, el de aquí arriba y
el de abajo, el que continúa igual a sí mismo indiferente a
nuestra existencia y que yo dejé de vivir en mil novecientos
treinta y seis, no sufrirá mi traición y permanecerá
irresponsable y olvidadizo, siempre al margen de lo que he
sido, sin importarle si me hizo feliz o desdichado.
Mi último arreglo no es muy diferente a todos los planeados con
Andrés, Rodolfo o Jalisco. Sólo cambiaron el escenario y los
actores. Todo igual. Pierden otra vez los mismos. Es justo que
se hable de nosotros en pasado.
En alguna ocasión traté con el alcalde y a solas algún negocio que
a él y a nosotros nos incumbía o sólo nos interesaba. Los
otros no estaban para charlas y acuerdos, se ponían nerviosos
con las negociaciones, así que me dejaban a mí, que yo
hablara, que yo decidiese. Durante años y a escondidas aquel
hombre y yo compartimos una botella de coñac que ahogara el
frío y la dureza de este tiempo y trajera un simulacro de
solución a nuestra lucha. Poca cosa: un intercambio de
botellas de orujo, un alto el fuego necesario después de
varios días de tiroteo y acoso, el perdón de alguno que se
refugió más de lo debido en casa de Paulina la boticaria sin
saber que ese día estaba reservado al desahogo de los
falangistas del pueblo, la entrega o canje de algún marqués al
que sorprendimos con el batín puesto y arreglando desde su
despacho el reparto equitativo del racionamiento. No es un
hombre inflexible. Está cansado, como todos, de esta guerra en
la que se sabe del bando vencedor. Por eso le asquea que se
prolongue innecesariamente. No es un fanático del orden.
Alguna vez propuso pactar una solución pacífica.
-Mire usted, yo le comprendo. No es fácil aceptar lo que ha
ocurrido en este país. Pero entiéndame. Yo estoy presionado
por las autoridades de Madrid. Ustedes molestan y además no
van a ninguna parte. Si ustedes quisieran yo podría arreglar
una salida cómoda. A los cabecillas, por supuesto. Francia
está ahí al lado, a un paso como quien dice. Sin ustedes el
resto de los hombres no harían nada. ¿Entiende? Si ustedes
quisieran esto se acababa mañana, aquí y en otros sitios.
Yo iba allí como portavoz de la resistencia a tratar con el enemigo
y encontraba en las palabras de aquel hombre un entendimiento
que nunca hallé en las palabras embrutecidas de los hombres
del monte, sumidos en una inercia confusa donde sólo laten
todavía las consignas apagadas de los años de la guerra que
hoy no aportan ya nada. Ni siquiera una esperanza.
-A mí también me mataron un hijo en el frente, sabe usted. Me lo
mataron ustedes y en Talavera dos días antes de que cayera
Madrid. Ya habían perdido, y lo sabían, pero seguían empeñados
en defender unas canciones, una bandera, un país que no era
sólo de ustedes.
Yo iba allí con mis argumentos deshechos, con mi resistencia al
límite, harto de todo, suponiendo que me iba a encontrar con
un fascista digno de un balazo en la cabeza, un asesino que
nos había robado una libertad que nunca he conocido. Pero allí
delante de mí sólo había un viejo cansado al que le habían
matado un hijo en la guerra.
-Mire usted, yo sólo quiero que esto se acabe, y que ustedes
acepten que esta guerra se acabó hace años y que ustedes lo
perdieron todo. Que se vayan a robar gallinas y a vivir libres
a Francia, o a América, o a donde ustedes quieran, pero aquí
no si eso supone un quebradero de cabeza y tener a la guardia
civil invadiéndome el pueblo porque ustedes existen.
Otras veces nos olvidábamos de lo que me había llevado allí y
hablábamos de los años anteriores a la guerra, apurando la
botella durante horas, toda la noche, recordando la vida que
se hacía en el pueblo antes de todo, en un tiempo que parece
muy lejano cuando se recuerda.
-Sabe usted, yo ya fui alcalde de este pueblo durante los años de
la república. Y aquí abajo, en el bar del Lucio, nos reuníamos
en una mesa los potentados del pueblo, que entonces éramos el
alcalde, el maestro, el cura y el médico, que se pasaba dos
veces por semana para darle las recetas al boticario, además
de don Cosme cuando estaba de vacaciones y el teniente de la
guardia civil que venía algunas veces. Entonces sólo había un
teniente y ni siquiera cuartel. Como pasa en esas películas
americanas que ahora nos pone el hijo del Lucio en el bar
algunas tardes, también nosotros hablábamos de política y
todavía no sabíamos que se estaban fraguando tantos odios en
el país y en el pueblo, que es como un país pero en pequeñito.
Pues fíjese cómo son las cosas, cuando empezó la guerra
resultó que cada cual pertenecía a un bando. No pregunté quién
fue, pero alguien decidió que los que antes eran sólo unos
amigos que se reunían alrededor de una mesa para charlar un
rato por las tardes y arreglar el mundo, ahora fuesen enemigos
irreconciliables que debían matarse los unos a los otros
porque sus intereses estaban enfrentados. Así de simple y así
de absurdo. Este es el modo que yo tengo de resumir esa guerra
que duró tres años y que ahora ustedes están empeñados en
hacérnosla durar un poquito más porque no tienen donde caerse
muertos. Y no se lo va a creer, pero al cura lo mataron unos y
al maestro de escuela lo mataron los otros. Así que no venga a
convencerme de nada porque yo también estuve aquí y lo vi
todo.
Sentado en un cómodo sillón de polipiel rojo, el alcalde me iba
contando su versión de los hechos y yo no podía distinguir si
aquella fatiga del hombre era la decadencia de sus cualidades
o si todo respondía a un mismo modo de enfrentar los reveses
de las circunstancias. No podía saber si en su juventud aquel
hombre vencido habría sacudido con mayor violencia nuestra
permanencia en el monte. Me intrigaba saber a cuántos hombres
habría matado con sus propias manos, a cuántos inocentes
habría condenado a garrote sólo para eternizarse en su cómodo
sillón de alcalde de pueblo. Cinismo o derrota. Desprecio por
las libertades y la vida de la gente o la sucia conciencia que
deja en los que sobreviven los horrores de una guerra civil.
Estaba claro que poco o nada le importaban nuestras
reivindicaciones. No se paraba a pensar si el estado actual de
las cosas era el justo o el más conveniente. Con disgusto, con
pesar, con la lenta resolución que impone la vejez en un
cuerpo, aceptaba la solución que el destino o la constancia de
los hombres ha traído a este lugar.
-¿Quién le dice a usted que ésta no es la mejor propuesta? ¿Qué
garantía tenemos de que los otros sólo traían debajo de la
cartera más libertad y más oportunidades para todos? Un mundo
mejor, ¿no es eso? A costa de todos los siglos que llevamos
vividos, verdad, a costa de volar toda esta basura. ¿Usted
cree de verdad que con escombros y el rencor de quienes no
aceptan se puede hacer algo bueno?
No era en realidad un verdadero diálogo. Era sólo el monólogo por
turnos de dos hombres amargados. Tratábamos las grandes
cuestiones sin ni siquiera intentar salvar nuestras pequeñas
diferencias, sólo que él me llevaba unos veinte años de
ventaja y jugaba con mejores cartas su partida. Al final,
cuando por fin las descubría después de varias horas de
alcohol y tabaco su comentario era el mismo, y yo sabía,
siempre, que no podía irle a Rodolfo con aquello, que aquella
no era la solución. -Eso es lo que hay.
Siempre las mismas palabras. Siempre el mismo ademán que invitaba a
marcharse. Práctico, irreductible, seguro, en su paciencia
incuestionable, de que los hombres no aceptarían aquella
propuesta. Quizá dudando si yo llegaría a pronunciar el
irremediable sí alguna vez.
-¿Se da usted cuenta de lo irónico del asunto? Los cabecillas, los
jefes, los culpables de la situación, tienen todavía, y
siempre, una oportunidad. Ya le dije que podemos arreglar una
salida discreta. Sin embargo el futuro de los otros lo dejamos
a la suerte. Que ella decida por ellos. Pero usted sabe, usted
es un hombre listo y culto que comprende y se da cuenta, yo
tengo aquí a un comandante de la guardia civil al que me veo
en la obligación de convertir en un héroe.
Yo salía de aquella habitación acosado por las dudas y los errores.
Maldecía la suerte de haber tenido que vivir una época tan
propicia para creer en tantas cosas. De vuelta al campamento
me inventaba los argumentos que le expondría a Rodolfo,
consciente de que no era posible la verdad, que esa verdad
dicha por mi boca podía ser malinterpretada. Junto con las
nuevas palabras me inventaba un nuevo alcalde que se volvía
más odioso y ruin conforme se sucedían los encuentros.
Los hombres comenzaban a estar inquietos. Se sucedían las
discusiones por los asuntos más nimios. Se repetían, con una
violencia renovada, las antiguas disputas. Con cada insulto
volvían las pequeñas traiciones, la sospecha y el miedo al
otro, que se iba convirtiendo en un traidor en potencia, en un
chivato posible. Hacía tiempo que sabíamos que algunos civiles
se habían echado al monte y acechaban esperando un desliz.
Llegamos a saber que en Cantabria se infiltraron en algunos
grupos y que varios campamentos cayeron a las dos semanas.
Cualquier nuevo contacto era una sospecha. El monte había
dejado de ser ese lugar seguro en el que nos refugiábamos
esperando el invierno desde hacía tantos años. Un día fue una
palabra que lo decía todo. Ahora es sólo un penal que disfraza
nuestro encierro.
Los escasos contactos que tuvimos en los últimos meses con el
Partido nos invitaban a resistir. Pero nosotros sabíamos que
esa resistencia no era posible, que nos habían olvidado, que
urgía la retirada, que sólo era posible la huida, que éramos
animales acorralados, una presa fácil, el trofeo del ganador a
punto.
No quieren reconocerlo, pero hace mucho que fuimos abandonados por
la mano de Dios. Hasta la guerra en Europa terminó hace ya
años y aquí hemos seguido nosotros peleando, dejando pasar los
meses y la ocasión de rehacer nuestras vidas, aprendiendo a
mirar con lentitud y esfuerzo un mundo del que hemos sido
privados. Nos hemos ido suicidando cada día y ni siquiera ha
de quedar nadie con la firmeza suficiente para recordarnos.
Si he vuelto una vez más a ver al alcalde no ha sido por debilidad
o cobardía, sino por acabar del todo, por aceptar al fin lo
que me he negado a admitir durante años y mirarlo de frente.
No me importan ya las consecuencias de mis actos, las muertes
que pueden acarrear mis palabras y todas las revelaciones que
le he hecho esta tarde al alcalde, cuando mañana se vean
sorprendidos en el campamento. Ya nadie es inocente.
Otra vez en su despacho, el alcalde y yo volvimos a reconocer que
no hay que amar demasiado la vida. Con las palabras de siempre
nuevamente renovadas volvimos a repasar la diversidad de los
destinos humanos. Fumando y bebiendo hasta que la fatiga y el
asco al alcohol y la nicotina nos aflojaron el ánimo,
entendimos de nuevo que él y yo sólo éramos los instrumentos
sin punta de un azar implacable. Que no había estado y no iba
a estar en nuestra mano salvar al mundo de la codicia de los
hombres. Que todo iba a seguir igual, ajeno a nosotros, cuando
ya no estuviéramos sobre esta tierra. Que aquí no gana nadie.
Que la delación y el miedo pueden servir tanto o más que el
crimen y la lucha para seguir viviendo, y que no importa el
nombre que llevemos o adónde nos conduzcan nuestros pasos si
atrás sólo dejamos un montón de muertos.
-No se atormente usted más, la traición sólo es una debilidad del
alma -me dijo ya en la puerta, entregándome los papeles que
hacía meses que tenía preparados con mi nombre real, no este
otro que he llevado los últimos años y que mañana abandonaré
para iniciar una nueva vida lejos de aquí. El viejo sabía.
Intuía o inventó para mí esta solución definitiva. Sabía que
algún día iría a su despacho a recoger esos salvoconductos
para cruzar la frontera de Francia, libre ya de todo, dueño de
un secreto que ha de morir conmigo aunque llegue a contarlo
mil veces y de mil modos distintos y a voces como se cuenta un
recuerdo o se inventa una mentira.
He pasado esta noche escondido en este boquete porque quiero así
despedirme de cada uno de mis fantasmas. No me apena lo que va
a ocurrir. No me duele. No he renunciado a trece años de vida
para dejar que los remordimientos vuelvan a mancharme con su
terca conquista. Las primeras luces de la mañana estiran su
pereza y me devuelven la perdida confianza. Es el invierno del
cuarenta y nueve. Se dice pronto. Bastan unas pocas palabras
para comprender la implacable rigidez de nuestro fracaso. Es
el invierno del cuarenta y nueve. Vendrá la mañana y me verá
indefenso.
|
|
Premio Unión Latina
2002. Mi agradecimiento al autor. |
|