El Muerto Padilla tenía los ojos amarillentos
sumidos en las cuencas bajo la mata dura de cejas negras
enredadas como manglares. Inclinado sobre la mesa, con el
pecho hundido, los hombros levantados y la boca semiabierta,
parecía estar a punto de vomitar. De pronto se enderezó,
estiró la mano derecha y levantó el vaso de vino casi a la
altura de la frente. Tres segundos después lo puso bajo los
bigotes y se lo vació en la boca moviendo las mandíbulas
como si lo estuviera masticando.
Benavides
tomó su vaso, lo estrelló suavemente contra el de su amigo
y, repitiendo los ademanes del Muerto, se lo bebió de un
trago. Después se echó hacia atrás buscando algún gesto
entre los manglares y se cruzó de brazos, sonriendo.
-¿Por
qué hizo eso?- preguntó Padilla, sacando las palabras desde
el estómago.
-¿Qué
hice yo?- dijo Benavides, festivo.
-Me
está remedando, amigazo- se quejó el Muerto.
-No
se lo tome así, compadre. Estoy brindando por lo mismo que
usted. Alégrese y echémonos otro tinto.
Padilla
esperó que Benavides llenara los vasos. Después de dos horas
bebiendo el amigo parecía tener más sed que al principio y
no se sorprendió cuando lo vio levantar la mano y mover los
dedos pidiendo otra botella. El hombre era fuerte como un buey
y decía que el vino tinto engordaba la sangre. No se le podía
rechazar un brindis cuando invitaba.
-Entonces-
dijo Benavides, levantando el vaso- ¿a la salud de quién?
-Cada
uno con lo suyo, no más.
-No
me avinagre el vino, compadre, mire que esta botella es nueva,
¿qué le pasa?
-Cosas
de uno, como le digo.
-No
tome amargado- aconsejó Benavides- Se puede quedar metido en
el frasco.
-¿Me
escuchó decir que estaba amargado?
-Y
bueno, si no quiere hablar no importa, pero si quiere tomar
solo pídase una botella usted mismo.
El
Muerto se mordió los labios y achicó los ojos. No había cómo
negarse.
-Lo
que pasa es que me entró la soledad- dijo, apoyando los codos
sobre la mesa.
-Usted
es más viejo que yo, compadre, no me venga con niñerías. ¿Qué
le pasa?
-Se
va a reír.
-Por
la cara que tiene, no lo creo.
-No
se burle. Le hablo en serio- dijo Padilla, y levantó el vaso.
Los
dos hombres bebieron un sorbo sin dejar de mirarse y se
mantuvieron quietos hasta que el Muerto sacó fuerzas para
hablar.
-Anoche
estuve soñando, amigazo, y todavía parece que no despierto.
-Algo
más que trasnochado se le ve, pues. ¿Cómo fue la pesadilla?
-No
fue pesadilla, amigo Benavides. Escúcheme: soñé con una
mujer. Mi mujer.
-Usted
no tiene mujer, compadre, perdóneme...
-Ahora
sí, ¿se fija? Por eso le digo que me entró la soledad.
-No
le entiendo ni mierda, si usted me disculpa. Mejor será que
me lo explique bien.
-Cómo
le dijera... Usted me conoce y sabe que estoy hecho de una
sola pieza. No me gustan los recovecos. ¿No ha soñado nunca?
-Sí.
Tampoco me gustan los recovecos.
-Es
que no sé cómo decirle. Es muy bonita y tan real que ahora
mismo la estoy viendo. Ella sabe quién soy yo y me mira como
si estuviera soñando conmigo, ¿se da cuenta? ¿Alguna vez
sintió que una mujer así soñaba con usted?
-Todavía
no sé cómo es su mujer- respondió Benavides, turbado,
estirando la mano hacia el vino.
-Ya
le dije que es muy bonita.
-Pero
mujeres bonitas hay muchas.
-Tiene
razón, amigo, pero como ella hay una sola no más. A su
salud- dijo el Muerto, y se empinó el resto del vino.
Benavides
no bebió. Con el vaso entre las dos manos se quedó mirando a
los ojos del Muerto Padilla que brillaban como peces bajo la
luna entre los manglares.
-Dígame
cómo es la mujer, compadre, a ver qué tiene de especial.
El
Muerto se chupó los restos de vino del bigote y se inclinó
hacia Benavides para hablarle en voz baja.
-La
veo hermosa, pero no me importó saber si estaba gorda o
flaca, si es eso lo que quiere saber. La cosa está en la
mirada. ¡Ah! Se siente un repiqueteo en el pecho.
-¿Y
cómo sabe que estaba soñando con usted?
-Es
mi mujer- dijo Padilla, sonriendo- Yo soñaba con ella y ella
soñaba conmigo. ¿Me creerá si le digo que estoy seguro de
volver a verla?
-¿No
se le ocurre otra cosa mejor?
-No
hay otra cosa mejor, amigo Benavides.
-Se
le nota en la cara, compadre, pero tal vez la mujer piense
diferente.
-¿A
qué se refiere?
-No
dudo que ella estuviera soñando, pero, si me disculpa, me
extraña que se conforme con unas miradas no más.
-Qué
está diciendo...
-Con
franqueza, yo creo que la mujer lo miraba a usted, pero soñaba
con algo más.
El
Muerto se acomodó en la silla, nervioso. Benavides hablaba
muy seguro de sus palabras, como si conociera a la mujer mejor
que nadie.
-Usted
no la ha visto...
-¿Lo
miró con los ojitos a medio cerrarse?
-Algo
así...
-¿Como
suspirando? ¿Como queriendo algo? ¿Como si no importara nada
más en el mundo?
-Exacto.
Como si no importara nada más en el mundo que yo.
-¿Ve?
Padilla
arrugó la frente y se le erizaron los manglares.
-No,
amigazo Benavides. No veo nada- dijo, inquieto.
-La
mujer esperaba una reacción suya, compadre, y usted no hizo
nada más que mirarla.
-Se
equivoca. Yo soñé que ella me estaba soñando. Sin querer lo
soñé y así no más fue, no como usted dice, que no tiene
idea de nada de esto.
-Una
pena que le moleste, pues Padilla, pero el caso es que la
mujer se quedó con las ganas. Y no es falta de amor y ensueño.
Es falta suya.
El
Muerto tomó la botella, llenó su vaso con vino y se lo tomó,
lanzándoselo a la garganta con un diestro golpe de muñeca.
-El
sueño es mío, Benavides. No pasó como usted dice.
-No
es cierto. Se da cuenta de que la mujer esperaba otra cosa y
ahora no quiere admitirlo. No volverá a salir en sus sueños.
Debió agarrarla firme.
-¿Cómo?
Benavides
se pasó la lengua por los labios, cerró suavemente los
ojos y abrazó al sueño del Muerto, estirando una mano hasta
más abajo de la cintura. La apretó contra su cuerpo y se
movió hacia adelante y atrás como si fuera cabalgando en la
silla.
-Y
si vuelve a soñar con ella- dijo Benavides- ya tiene quien le
dé el gusto.
La
sangre corrió más rápido que el vino y estalló en venas
relampagueantes en los ojos del Muerto. Se le hincharon las
sienes, se le abrieron las aletas de la nariz y se le enfrió
la frente.
-Es
mi mujer- afirmó el soñador- y usted no puede agarrarla de
ese modo.
-Es
una mujer- discutió Benavides- y puedo agarrarla como ella
quiera. Lo siento mucho. Estas cosas yo no las discuto con
nadie.
El
Muerto Padilla movió los ojos asintiendo, tragó aire y llenó
los vasos. Bebieron en silencio hasta que se acabó la
botella. Luego pidieron otra y la vaciaron sin pronunciar ni
una palabra. El
cantinero ofreció una más y la aceptaron con un movimiento
seco de las cabezas.
Tres
horas estuvieron los dos bebiendo sin mirarse a la cara hasta
que el Muerto sacó un fajo de billetes y abrió la boca.
-Pago
la mitad del consumo- dijo, contando el dinero.
Cancelaron
la cuenta y se quedaron con los ojos clavados el uno en el
otro.
-No
hay vuelta que darle- dijo Padilla.
-No-
respondió Benavides.
-Uno
de los dos está demás, pues- afirmó el Muerto.
-Y
ya sabe usted quién, compadre.
-Bueno,
amigazo, ahí vemos- contestó Padilla, con toda tranquilidad.
Los
hombres se levantaron de las sillas con dificultad, se calaron
los sombreros y salieron a la calle envueltos en las mantas.
Hacía frío. El cielo estaba limpio y podían verse los cristales de
escarcha en el aire bajo la luna. Caminaron hacia las afueras
del pueblo guardando una prudente distancia de dos metros
entre ambos. Cuando ya no se vio ninguna luz artificial el
Muerto se detuvo y se quitó la manta. Benavides hizo lo
mismo, arrojándola con fuerza lejos de sí. Las diestras
buscaron el cinturón a la altura de los riñones y la luna
brilló en las hojas de los cuchillos.
Benavides
dio un salto hacia la izquierda, lanzó un grito desgarrador y
se santiguó con la punta del fierro sobre la frente. El
Muerto se hizo un corte pequeño en la palma de la mano
izquierda, se chupó la sangre y la escupió hacia los pies de
su adversario. Después hizo tres giros con el cuchillo
apuntando al cuerpo de Benavides, como si lo estuviera
marcando, y comenzó a dar pasos hacia adelante, arqueado
como un gato montés. Benavides lo esperó inmóvil, agachado
y con las piernas semiflectadas para saltar en cualquier
momento.
Los
ojos amarillentos se movieron con rapidez buscando alguna
imperfección en el terreno para empujar al enemigo y hacerlo
tropezar, pero Benavides sabía donde estaba parado y, antes
que el Muerto alcanzara a terminar su evaluación, saltó
violentamente y lanzó la primera estocada. Padilla giró
sobre los talones para esquivar y la muerte le rozó la
frente dejándole una huella roja sobre el ojo derecho. Suspiró
profundo, apretó los dientes y avanzó otra vez, tomando el
cuchillo con las dos manos.
Benavides
no sacó cuentas felices del primer entrevero. Sabía que el
Muerto lo estaba probando y le había revelado uno de sus
mejores movimientos. Esperó agazapado como un arquero frente
a un penal y lo vio venir demasiado seguro para su gusto, como
si la rabia le hubiera nublado el entendimiento. Cuando el
fierro de Padilla estuvo a un par de pasos comprendió sus
intenciones y trató de retroceder sin desarmar la guardia.
Pero el Muerto saltó hacia adelante y abrió los brazos en el
aire sin que Benavides pudiera adivinar en cuál mano tenía
el arma. Lanzó un corte violento desde abajo hacia arriba con
la hoja vuelta al cielo y el cuchillo del Muerto Padilla vino
como una flecha desde la izquierda y le hizo un tajo en la
cabeza detrás de la oreja derecha.
Se
dio vueltas Benavides en un remolino moviendo los brazos como
aspas para dar algún corte y parar el ataque temerario. En
uno de los giros alcanzó a ver el cuerpo de Padilla dispuesto
a saltar nuevamente y supo que ya no tenía defensa posible.
Lanzó un cuchillazo ciego al bulto que se le venía encima
y sintió que la hoja tocaba carne y se hundía hasta la empuñadura.
Padilla cayó sobre él con toda la fuerza de la embestida y
le metió la muerte por el costado izquierdo, debajo de las
costillas.
No
hubo gritos ni quejidos.
Benavides
soltó el cuchillo que aún tenía empuñado y se llevó las
manos a las costillas. El dolor era demasiado intenso y no
pudo desenterrarse el arma. Buscó, entonces, la cara
del Muerto para verlo por última vez antes que la
vista se le nublara por completo. Le vio los manglares
manchados de sangre y lo escuchó resollar a escasos centímetros
de su cara. Hizo un esfuerzo sobrehumano y le habló a media
voz.
-Cómo...se
lla...maba...la mu...mujer...
El
Muerto sonrió a duras penas y contestó, escupiendo sangre:
-Ahí...se...ve
que...era...mía.