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EL RINCÓN DE CHÉJOV   

EL SUEÑO DEL MUERTO PADILLA

Jaime Casas

Jaime Casas, chileno

 

 El Muerto Padilla tenía los ojos amarillentos sumidos en las cuencas bajo la mata dura de cejas negras enredadas como manglares. Inclinado sobre la mesa, con el pecho hundido, los hom­bros levantados y la boca semiabierta, parecía estar a punto de vomi­tar. De pronto se enderezó, estiró la mano derecha y levantó el vaso de vino casi a la altura de la frente. Tres segundos después lo puso bajo los bigotes y se lo vació en la boca moviendo las mandíbulas como si lo estuviera masticando.

Benavides tomó su vaso, lo estrelló suavemente contra el de su amigo y, repitiendo los ademanes del Muerto, se lo bebió de un trago. Después se echó hacia atrás buscando algún gesto entre los manglares y se cruzó de brazos, sonriendo.

-¿Por qué hizo eso?- preguntó Padilla, sacando las palabras desde el estómago.

-¿Qué hice yo?- dijo Benavides, festivo.

-Me está remedando, amigazo- se quejó el Muerto.

-No se lo tome así, compadre. Estoy brindando por lo mismo que usted. Alégrese y echémonos otro tinto.

Padilla esperó que Benavides llenara los vasos. Después de dos horas bebiendo el amigo parecía tener más sed que al principio y no se sorprendió cuando lo vio levantar la mano y mover los dedos pidiendo otra botella. El hombre era fuerte como un buey y decía que el vino tinto engordaba la sangre. No se le podía rechazar un brindis cuando invitaba.

-Entonces- dijo Benavides, levantando el vaso- ¿a la salud de quién?

-Cada uno con lo suyo, no más.

-No me avinagre el vino, compadre, mire que esta botella es nueva, ¿qué le pasa?

-Cosas de uno, como le digo.

-No tome amargado- aconsejó Benavides- Se puede quedar metido en el frasco.

-¿Me escuchó decir que estaba amargado?

-Y bueno, si no quiere hablar no importa, pero si quiere tomar solo pídase una botella usted mismo.

El Muerto se mordió los labios y achicó los ojos. No había cómo negarse.

-Lo que pasa es que me entró la soledad- dijo, apoyando los codos sobre la mesa.

-Usted es más viejo que yo, compadre, no me venga con niñerías. ¿Qué le pasa?

-Se va a reír.

-Por la cara que tiene, no lo creo.

-No se burle. Le hablo en serio- dijo Padilla, y levantó el vaso.

Los dos hombres bebieron un sorbo sin dejar de mirarse y se mantuvieron quietos hasta que el Muerto sacó fuerzas para hablar.

-Anoche estuve soñando, amigazo, y todavía parece que no despierto.

-Algo más que trasnochado se le ve, pues. ¿Cómo fue la pesadilla?

-No fue pesadilla, amigo Benavides. Escúcheme: soñé con una mujer. Mi mujer.

-Usted no tiene mujer, compadre, perdóneme...

-Ahora sí, ¿se fija? Por eso le digo que me entró la soledad.

-No le entiendo ni mierda, si usted me disculpa. Mejor será que me lo explique bien.

-Cómo le dijera... Usted me conoce y sabe que estoy hecho de una sola pieza. No me gustan los recovecos. ¿No ha soñado nunca?

-Sí. Tampoco me gustan los recovecos.

-Es que no sé cómo decirle. Es muy bonita y tan real que ahora mismo la estoy viendo. Ella sabe quién soy yo y me mira como si estuviera soñando conmigo, ¿se da cuenta? ¿Alguna vez sintió que una mujer así soñaba con usted?

-Todavía no sé cómo es su mujer- respondió Benavides, turbado, estirando la mano hacia el vino.

-Ya le dije que es muy bonita.

-Pero mujeres bonitas hay muchas.

-Tiene razón, amigo, pero como ella hay una sola no más. A su salud- dijo el Muerto, y se empinó el resto del vino.

Benavides no bebió. Con el vaso entre las dos manos se quedó mirando a los ojos del Muerto Padilla que brillaban como peces bajo la luna entre los manglares.

-Dígame cómo es la mujer, compadre, a ver qué tiene de especial.

El Muerto se chupó los restos de vino del bigote y se inclinó hacia Benavides para hablarle en voz baja.

-La veo hermosa, pero no me importó saber si estaba gorda o flaca, si es eso lo que quiere saber. La cosa está en la mirada. ¡Ah! Se siente un repiqueteo en el pecho.

-¿Y cómo sabe que estaba soñando con usted?

-Es mi mujer- dijo Padilla, sonriendo- Yo soñaba con ella y ella so­ñaba conmigo. ¿Me creerá si le digo que estoy seguro de volver a verla?

-¿No se le ocurre otra cosa mejor?

-No hay otra cosa mejor, amigo Benavides.

-Se le nota en la cara, compadre, pero tal vez la mujer piense dife­rente.

-¿A qué se refiere?

-No dudo que ella estuviera soñando, pero, si me disculpa, me extraña que se conforme con unas miradas no más.

-Qué está diciendo...

-Con franqueza, yo creo que la mujer lo miraba a usted, pero soñaba con algo más.

El Muerto se acomodó en la silla, nervioso. Benavides hablaba muy seguro de sus palabras, como si conociera a la mujer mejor que nadie.

-Usted no la ha visto...

-¿Lo miró con los ojitos a medio cerrarse?

-Algo así...

-¿Como suspirando? ¿Como queriendo algo? ¿Como si no importara nada más en el mundo?

-Exacto. Como si no importara nada más en el mundo que yo.

-¿Ve?

Padilla arrugó la frente y se le erizaron los manglares.

-No, amigazo Benavides. No veo nada- dijo, inquieto.

-La mujer esperaba una reacción suya, compadre, y usted no hizo nada más que mirarla.

-Se equivoca. Yo soñé que ella me estaba soñando. Sin querer lo soñé y así no más fue, no como usted dice, que no tiene idea de nada de esto.

-Una pena que le moleste, pues Padilla, pero el caso es que la mujer se quedó con las ganas. Y no es falta de amor y ensueño. Es falta suya.

El Muerto tomó la botella, llenó su vaso con vino y se lo tomó, lanzándoselo a la garganta con un diestro golpe de muñeca.

-El sueño es mío, Benavides. No pasó como usted dice.

-No es cierto. Se da cuenta de que la mujer esperaba otra cosa y ahora no quiere admitirlo. No volverá a salir en sus sueños. Debió agarrarla firme.

-¿Cómo?

Benavides se pasó la lengua por los labios, cerró sua­vemente los ojos y abrazó al sueño del Muerto, estirando una mano hasta más abajo de la cintura. La apretó contra su cuerpo y se movió hacia adelante y atrás como si fuera cabalgando en la silla.

-Y si vuelve a soñar con ella- dijo Benavides- ya tiene quien le dé el gusto.

La sangre corrió más rápido que el vino y estalló en venas relampagueantes en los ojos del Muerto. Se le hincharon las sienes, se le abrieron las aletas de la nariz y se le enfrió la frente.

-Es mi mujer- afirmó el soñador- y usted no puede agarrarla de ese modo.

-Es una mujer- discutió Benavides- y puedo agarrarla como ella quiera. Lo siento mucho. Estas cosas yo no las discuto con nadie.

El Muerto Padilla movió los ojos asintiendo, tragó aire y llenó los vasos. Bebieron en silencio hasta que se acabó la botella. Luego pidieron otra y la vaciaron sin pronunciar ni una palabra.  El cantinero ofreció una más y la aceptaron con un movimiento seco de las cabezas.

Tres horas estuvieron los dos bebiendo sin mirarse a la cara hasta que el Muerto sacó un fajo de billetes y abrió la boca.

-Pago la mitad del consumo- dijo, contando el dinero.

Cancelaron la cuenta y se quedaron con los ojos clava­dos el uno en el otro.

-No hay vuelta que darle- dijo Padilla.

-No- respondió Benavides.

-Uno de los dos está demás, pues- afirmó el Muerto.

-Y ya sabe usted quién, compadre.

-Bueno, amigazo, ahí vemos- contestó Padilla, con toda tranquilidad.

Los hombres se levantaron de las sillas con dificultad, se calaron los sombreros y salieron a la calle envueltos en las mantas.

 Hacía frío. El cielo estaba limpio y podían verse los cristales de escarcha en el aire bajo la luna. Caminaron hacia las afueras del pueblo guardando una prudente distancia de dos metros entre ambos. Cuando ya no se vio ninguna luz artificial el Muerto se detuvo y se quitó la manta. Benavides hizo lo mismo, arrojándola con fuerza lejos de sí. Las diestras buscaron el cinturón a la altura de los riñones y la luna brilló en las hojas de los cuchillos.

Benavides dio un salto hacia la izquierda, lanzó un grito desgarrador y se santiguó con la punta del fierro sobre la frente. El Muerto se hizo un corte pequeño en la palma de la mano izquierda, se chupó la sangre y la escupió hacia los pies de su adversario. Después hizo tres giros con el cuchillo apuntando al cuerpo de Benavides, como si lo estuviera marcando, y comenzó a dar pasos hacia adelante, ar­queado como un gato montés. Benavides lo esperó inmóvil, agachado y con las piernas semiflectadas para saltar en cualquier momento.

Los ojos amarillentos se movieron con rapidez bus­cando alguna imperfección en el terreno para empujar al enemigo y hacerlo tropezar, pero Benavides sabía donde estaba parado y, antes que el Muerto alcanzara a terminar su evaluación, saltó violentamente y lanzó la primera estocada. Padilla giró sobre los talones para esqui­var y la muerte le rozó la frente dejándole una huella roja sobre el ojo derecho. Suspiró profundo, apretó los dientes y avanzó otra vez, to­mando el cuchillo con las dos manos.

Benavides no sacó cuentas felices del primer entrevero. Sabía que el Muerto lo estaba probando y le había revelado uno de sus mejores movimientos. Esperó agazapado como un arquero frente a un penal y lo vio venir demasiado seguro para su gusto, como si la rabia le hubiera nublado el entendimiento. Cuando el fierro de Padilla es­tuvo a un par de pasos comprendió sus intenciones y trató de retroce­der sin desarmar la guardia. Pero el Muerto saltó hacia adelante y abrió los brazos en el aire sin que Benavides pudiera adivinar en cuál mano tenía el arma. Lanzó un corte violento desde abajo hacia arriba con la hoja vuelta al cielo y el cuchillo del Muerto Padilla vino como una flecha desde la izquierda y le hizo un tajo en la cabeza detrás de la oreja derecha.

Se dio vueltas Benavides en un remolino moviendo los brazos como aspas para dar algún corte y parar el ataque temerario. En uno de los giros alcanzó a ver el cuerpo de Padilla dispuesto a saltar nuevamente y supo que ya no tenía defensa posible. Lanzó un cuchi­llazo ciego al bulto que se le venía encima y sintió que la hoja tocaba carne y se hundía hasta la empuñadura. Padilla cayó sobre él con toda la fuerza de la embestida y le metió la muerte por el costado izquierdo, debajo de las costillas.

No hubo gritos ni quejidos.

Benavides soltó el cuchillo que aún tenía empuñado y se llevó las manos a las costillas. El dolor era demasiado intenso y no pudo desenterrarse el arma. Buscó, entonces, la cara  del Muerto para verlo por última vez antes que la vista se le nublara por completo. Le vio los manglares manchados de sangre y lo escuchó resollar a escasos centímetros de su cara. Hizo un esfuerzo sobrehumano y le habló a media voz.

-Cómo...se lla...maba...la mu...mujer...

El Muerto sonrió a duras penas y contestó, escupiendo sangre:

   -Ahí...se...ve que...era...mía.

 

De La noche de Acevedo (1987)

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© Manuel Talens 2002