Venía desde lejos,
desde el sertâo de Brasil, así
lo dijo. Ojos añorazados en
el alma
solitaria. Ni por más de
sentir le di pan, palabras
mías. El
miraba a lo hondo, como cavando
mi alma en pena, en
luces. Alma en
luces pareció verme. Breñales de
los suyos propios andares quedaron
prontamente en mí. Sentido
que hubo las doloranzas o
dolores de
los propios sertâos, los de
su cuerpo, la
piel juntada a sí mismo, la
piel seca, los soles
secando la
piel suya, muy propia, oscura, o
quien sabe qué formas de su
tristeza. Fue que el hombre
anduvo en mis
alrededores, de mí cavándolo todo,
mis cuentos, mi
risa, mi
piedad, mis temblores. Todo
cavándolo, a su manera, a
sus formas de mirar, hondo, sin
decires, sin
sutilezas, formas, para mí,
profundas de mirar. Eso administró
mis sentidos. Cayuquito de
sus soledades él mismo queriéndome, dijo.
Esto lo expresaba con
todo su
cuerpo, sus largas manos,
su lengua en mi
cuello. Dio en
sentarse por fin sobre
los tristes
muebles, apenas un catre de
lona vieja, sillas de
totora, el ropero que mi padre
trajo desde Areguá, en
el Paraguay. Lo
cargó días y
días en su viejo carro, tirado por
los caballos del abuelo que
murieron después del viaje.
El hombre aquel
que llegó un
día al
amanecer, tenía una luna propia, como vuelo de
ave, hasta que
volvió en sí.
Volvió de sus andares, de
su socavado mundo. Lloró entonces
bajamente, con bajuras, como
llanto de vida perdida, como
un hombre sin amores más
que los suyos. Contó su historia.
Un pasado propio, en
ríos, lagunares,
todo un gran
ruido del agua en su cabeza, según
dijo. «He cazado cocodrilos,
yacarés en Brasil. He
visto hombres sin
piernas, sin
brazos, hombres mochos mirando
las costas, hombres
aquellos como una bahía, una bahía propia
en sus pesares. ¿Quién ha
visto esos muñones, esos pedacitos
de hombre quedando en
lontananza de la vida,
tendidos en las
costas sobre las arenas,
mirando, mirando, sólo para ver un
día morir al
cocodrilo, esperando ver esa
agonía del yacaré maldito que lo
mochó?». Así decía y lloraba
quedito, amurallado en su
propio cuerpo. Habló de
los propios sertâos, de sus
miedos y
llantos. Y entonces vi
como se iba
formando él mismo en yacaré,
recordando a esos malditos
lagartos que mochaban
hombres.
«¿Y para qué tanto
dolor, tanta espesuras de
hombres?. Para aquellos que
vienen desde otros mundos y
llegan allá a las
fronterizas verdes y
compran apenas por nada, por una botella
de ron amargo, una camisa, una
muda apenas, unas monedas, compran la
piel del cocodrilo o un
lagarto vivito. ¿Y para
eso tanto hombre
mocho, sin
brazos, sin piernas, tantos
hombres desolados», dijo y se
doblaba sobre su
propio vientre.
Doblado él
en sus fiebres, temblando, tembladeral
de su cuerpo y de su alma.
Y ya no
parecía verme. Sólo buscaba mi
piel para calentamiento de
sus propios sentidos en
esa soledad del sertâo,
aunque no es sertâo mi casa en la
selva espesa.
Sola yo,
ido mi hombre en
otro largo
tiempo, ya sin esperas,
calmé aquel triste de mi
cuerpo con este hombre
nuevo que
luego entró en los delirios. Cada
día los ojos como vidrios y muchas
lunas se encendían en
esos, sus oscurantes
modos de
vivir. Le hablé necesariamente
de la calma, de estarse quieto,
de olvidar sertâos, de
estos otros tiempos andando conmigo por
la selva, escuchando a
los pájaros, mirando la sombra
del yaguareté y las
otras muchas remembranzas. Pero el
hombre entró a
contar historias
propias, las de la
fiebre.
«Yo soy cocodrilo
ahora, yacaré -me dijo- yo
también
soy
yacaré, lagarto cazado por los
hombres, soy yo, yo mismo». Y
diciendo esto se
azotaba sobre
paredes y barros aquel
hombre lagarto. Y
solícita lo
llevé al río muchas veces y
creo que
lagarto yacaré era porque
se arrastraba en las arenas. Y
miedo fue cavando en mi
pecho, miedo por el día y
por la noche.
Tarde alguna,
tiempos idos, calmado muchas veces en
el sosiego de mi
cuerpo, queriéndome mucho -según dijo-
y evitándome males,
volvía a su
naturaleza de hombre lagarto
y se largó por el río, en
la correntada se
fue, yacaré vuelto -dijo él aunque
yo sólo vi forma de hombre sobre
el agua. Se
iba más lejos, hacia Foz de Iguazú se
iba, quien sabe.
¿Y mi hijo será
también yacaré?, me preguntaba
yo en esta selva-sertâo.
Rogué a los dioses de la
selva su
protección. Y ellos anduvieron
en mis alrededores hasta la
parición. Rondaban ciertamente dulces.
Alejaron los sertones que el
hombre dejó en mi
cuerpo, pero no
pudieron desenredar mi
lengua. El hombre me
dejó sus
modos, su forma de dar vuelta
las palabras, de cortarlas.
Y mi hijo no
será yacaré lagarto, me
dijo la mujer
de la Villa Grande, cuando
me dio la
ropa para el niño, y se
rió muy bajito, como de
muy querido se
rió. Me volví
a la selva con mi
hijo, nunca más sola, aunque lagarto
yacaré fuera su padre.
