<%@ Language=VBScript %> Manuel Talens - El sitio web del escritor. Antología de cuentos. El evangelio según San Pinocho.
El escritorio de Manuel Talens

EL RINCÓN DE CHÉJOV

EL EVANGELIO SEGÚN SAN PINOCHO

Ricardo Bada

Ricardo Bada, español

 

 

    El sargento se plantó en la puerta con los brazos en jarras. Y preguntó: «¿Alguno de ustedes, terroristas de mierda, se llama Jesús?». Jesús Zapata levantó la mano, no sin vacilar, pero ¿de qué le valía negar su nombre? El sargento se lo llevó casi a rastras. «A este hijo de puta», les dijo a los soldados, «me lo crucifican con todas las de la ley». En una camilla basculante, metálica, como las que usan al ejecutar la pena de muerte con una inyección letal, amarraron a Jesús Zapata, de brazos abiertos, mientras uno de los milicos aguardaba a que se quedase inmovilizado para conectarle en las sienes, en las raíces de su espesa cabellera, y en el hueco de la nuca, una corona de electrodos. «¡Déjense de pendejadas humanitarias!», bramó el sargento al regresar del sanitario: «¡nada de correas! ¡me lo clavan a la mesa, con clavos, coño!, ¿o es que no se llama Jesús este cabrón?». Durante la preparación para clavarlo en la camilla, perforándole manos y pies con taladradoras eléctricas, los alaridos del detenido reverberaban en el cuarto, y a mitad de la faena se le aflojaron los esfínteres. Haciendo una mueca de asco, el sargento ordenó limpiarlo a manguerazos de agua a presión, todo menos la cabeza, «¡no sea que me lo electrocuten por mala puntería!». Con el fin de acallar sus gritos, al detenido le encajaron en la boca una esponja empapada en vinagre. Justo en ésas, alguna salpicadura de los manguerazos debió escaparse sin control y activar la corona de electrodos, porque de repente la cabeza del detenido estaba envuelta en chispas, sus ojos se desorbitaron y se desencajó su mandíbula dejando caer la agria mordaza, al tiempo que de sus labios salía un aullido plano donde se atropellaban las sílabas de una pregunta: «¿Por qué no me matan de una puta vez?». El sargento se echó a reír: «¿Para que resucites dentro de tres putos días?». Pero al rato hubo un soldado que no resistió más los estertores del detenido, desenvainó su bayoneta y se la clavó en el pecho, ante la mirada furiosa del sargento: «¡Pendejo de mierda, a la siguiente te metes la compasión en el culo! ¿me entendiste?». Acto seguido, el sargento miró su reloj de pulso y comprobó que se le estaba haciendo tarde. Debería volver lo más pronto posible a casa y descansar un par de horas: mañana tempranazo se celebraba en la iglesia del barrio -la del Santísimo Cristo de la Buena Muerte- una misa de aniversario por su difunta suegra, que en paz descanse, y su devota esposa no iba a perdonarle por nada en el mundo que dejase de asistir a ella. Arremangándose la guerrera con esmero, para no estropear los galones de los puños, volvió al galpón donde estaban los detenidos y una vez más se plantó en la puerta con los brazos en jarras. Y preguntó sabiendo la respuesta: «¿Alguno de ustedes, terroristas de mierda, se llama Pedro?».

 

(2003)

Pulse para volver a la página anterior

 

Signo del copyleft

Manuel Talens 2003