EL EVANGELIO
SEGÚN SAN PINOCHO
Ricardo Bada

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El sargento se plantó en la
puerta con los brazos en jarras. Y preguntó: «¿Alguno de
ustedes, terroristas de mierda, se llama Jesús?». Jesús Zapata
levantó la mano, no sin vacilar, pero ¿de qué le valía negar
su nombre? El sargento se lo llevó casi a rastras. «A este
hijo de puta», les dijo a los soldados, «me lo crucifican con
todas las de la ley». En una camilla basculante, metálica,
como las que usan al ejecutar la pena de muerte con una
inyección letal, amarraron a Jesús Zapata, de brazos abiertos,
mientras uno de los milicos aguardaba a que se quedase
inmovilizado para conectarle en las sienes, en las raíces de
su espesa cabellera, y en el hueco de la nuca, una corona de
electrodos. «¡Déjense de pendejadas humanitarias!», bramó el
sargento al regresar del sanitario: «¡nada de correas! ¡me lo
clavan a la mesa, con clavos, coño!, ¿o es que no se llama
Jesús este cabrón?». Durante la preparación para clavarlo en
la camilla, perforándole manos y pies con taladradoras
eléctricas, los alaridos del detenido reverberaban en el
cuarto, y a mitad de la faena se le aflojaron los esfínteres.
Haciendo una mueca de asco, el sargento ordenó limpiarlo a
manguerazos de agua a presión, todo menos la cabeza, «¡no sea
que me lo electrocuten por mala puntería!». Con el fin de
acallar sus gritos, al detenido le encajaron en la boca una
esponja empapada en vinagre. Justo en ésas, alguna salpicadura
de los manguerazos debió escaparse sin control y activar la
corona de electrodos, porque de repente la cabeza del detenido
estaba envuelta en chispas, sus ojos se desorbitaron y se
desencajó su mandíbula dejando caer la agria mordaza, al
tiempo que de sus labios salía un aullido plano donde se
atropellaban las sílabas de una pregunta: «¿Por qué no me
matan de una puta vez?». El sargento se echó a reír: «¿Para
que resucites dentro de tres putos días?». Pero al rato hubo
un soldado que no resistió más los estertores del detenido,
desenvainó su bayoneta y se la clavó en el pecho, ante la
mirada furiosa del sargento: «¡Pendejo de mierda, a la
siguiente te metes la compasión en el culo! ¿me entendiste?».
Acto seguido, el sargento miró su reloj de pulso y comprobó
que se le estaba haciendo tarde. Debería volver lo más pronto
posible a casa y descansar un par de horas: mañana tempranazo
se celebraba en la iglesia del barrio -la del Santísimo Cristo
de la Buena Muerte- una misa de aniversario por su difunta
suegra, que en paz descanse, y su devota esposa no iba a
perdonarle por nada en el mundo que dejase de asistir a ella.
Arremangándose la guerrera con esmero, para no estropear los
galones de los puños, volvió al galpón donde estaban los
detenidos y una vez más se plantó en la puerta con los brazos
en jarras. Y preguntó sabiendo la respuesta: «¿Alguno de
ustedes, terroristas de mierda, se llama Pedro?».
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(2003) |
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