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EL RINCÓN DE CHÉJOV   

JUICIOS FINALES

Fernando Aramburu

Fernando Aramburu, español

                       

   Algunos psicópatas son encantadores.

(Leído por ahí)

 

La primera mujer entró en la taberna de los Gorostiza un jueves del verano de 1975, ya casi al caer la tarde. De acuerdo con mi costumbre de aquella época, impuesta por la falta de trabajo, yo ocupaba mi asiento junto a la ventana y echaba el tiempo a perros viendo llover, con todas las horas del mundo para amargarme a solas. En el momento de su llegada, captó mi atención una gota de lluvia que colgaba de la punta de su nariz. Aquel detalle me indujo a dirigirle la palabra. Antes que ella dijera llamarse María Jesús Mendaro, para mí ya era y sería, por el resto de nuestra breve relación, la Mojada.

Con tal apodo acude siempre a mi recuerdo. También, por supuesto, con sus dientes largos, blancos y saledizos que impedían el cierre hermético de los labios. Nunca he vuelto a ver una sonrisa similar. La boca, literalmente, reventaba al par que por el súbito boquete irrumpía, proyectándose hacia delante con el aire de una amenaza canina, la dentadura. Ésta arrastraba consigo, en su aparente impulso por salirse del rostro, cerca de un dedo de encías por arriba y por abajo, orla de carne húmeda mostrada con una franqueza convulsiva y en la cual parecía concentrarse toda la obscena felicidad del gesto. Los labios, por extraño que resulte, no desempeñaban en dichas ocasiones la menor función. Estoy incluso tentado de afirmar que desaparecían momentáneamente de la cara. Si la sonrisa derivaba hacia la carcajada, podía suceder que asomase la lengua.

También llovió las otras tres tardes que nos vimos. La primera de ellas acudí a la cita con un globo terráqueo de obsequio, el más grande que hallé después de entrar en varias librerías, sólo por el gusto de poner a la Mojada, que era de naturaleza enclenque, en el caso de transportar la caja enorme por la calle. En la taberna de los Gorostiza, donde nos guarecimos, pasamos mucho rato mirando islas y continentes, ríos y mares, ciudades y países, y empecé a cobrar inquina a la Mojada por causa de su ignorancia en temas geográficos. Le propuse un juego que gané con facilidad. Sólo para localizar por chiripa Kuala Lumpur necesitó obra de diez minutos; casi el mismo tiempo le costó detener su dedo errante sobre Nairobi, y la isla de Pascua ni siquiera pudo encontrarla al cabo de una larga e infructuosa búsqueda que me exasperó.

La siguiente vez que nos vimos logré persuadirla para que me acompañase andando hasta el cementerio de Santa Brígida. Yo abrigaba el propósito de dedicar allí la tarde a la recogida de caracoles, gordos y abundantes más que en cualquier otro sitio de la ciudad, al menos por aquella época, hoy no lo sé. Convencido de que la lluvia los habría sacado de sus escondrijos, le dije a la Mojada que entre los dos llenaríamos la talega en un periquete. Tan pronto como advertí que en su semblante se dibujaba un gesto reprobatorio, me apresuré a declarar que no quería los caracoles para la cazuela, sino con el fin de procurarles gusto a siete pavos que criaba en casa. Sabedor de que ella albergaba escrúpulos ecologistas, omití una parte importante de la verdad: que cebaba los animales con vistas a vendérselos en diciembre a Manterola, el carnicero de mi barrio. A cambio, le di a entender que la única razón de guardar las aves en casa era sentirme menos solo. La Mojada, mostrando su sonrisa carnosa, accedió entonces a venir conmigo hasta Santa Brígida, sin preocuparle el largo trayecto ni la circunstancia de que ninguno de los dos llevaba paraguas aquella tarde de chubascos.

Nos quedamos, sin embargo, a medio camino por causa de su ojo. Apenas emprendimos la marcha, se lo miró en un espejo de mano, y al poco, deteniéndose de golpe bajo un tejadillo, otra vez. Y enseguida otra vez, y dale, y venga, siempre el mismo ojo, en el que yo, por mucho empeño que ponía, no encontraba nada raro; antes bien, un ojo normal, castaño, pequeñuelo, no especialmente idóneo para cautivar. La esfera del espejo tendría más o menos el tamaño de una rodaja de limón, lo que impedía a la Mojada escudriñarse el ojo malo con el bueno. Su inquietud aumentaba por momentos. Al principio, temeroso de hablarle, de entrometerme en su problema y agudizárselo, traté de aclarar por mi cuenta el misterio barajando diversas conjeturas, que iban desde la posibilidad de un orzuelo hasta el impacto de un bichito, sin descartar otras harto más graves. Crecía, atormentadora, mi curiosidad y cada vez me resultaba más difícil refrenar las ganas de compeler a la Mojada a declararme qué puñetas ocurría con su ojo. Ya casi decidido a agarrarla violentamente por el brazo, sucedió que en la esquina de la calle de Iturmendi, junto a la entrada del mercado de abastos, se volvió de repente hacia mí, un ojo tapado con la mano y el otro brillante de lágrimas. Me soltó que le urgía marcharse a casa y al punto se alejó corriendo bajo la lluvia.

Transcurridos tres días, entró en la taberna de los Gorostiza vestida completamente de negro, no sé si en señal de luto, con gafas asimismo negras, salpicadas de gotitas, y sin la melena de rizos, que se había cortado. Al pronto no la reconocí. Y a decir verdad no le habría prestado particular atención si no fuera porque, nada más verme, enristró con
paso resuelto hacia mi mesa, sobre la que depositó varios puñados de caracoles que fue sacando del bolsillo de su gabardina. Supe entonces quién era. La saludé, le di las gracias y la invité a tomar asiento. Ella correspondió con una de sus efusivas exhibiciones de dientes y encías.

 

En septiembre de 1977, cuando conocí a la segunda, acababan de despedirme de la fábrica de muebles Ariza, donde había trabajado de temporero durante las últimas cinco semanas. Alguien con mejores padrinos que yo aspiraba a mi puesto y lo obtuvo. Decidí aceptar el revés sin queja, de forma que las puertas de la readmisión no estuvieran cerradas para mí el verano siguiente. A falta de ocupaciones útiles, frecuenté de nuevo la taberna de los Gorostiza.

Un atardecer, de retirada hacia mi casa, oí voces al fondo de la calle. Se conoce que el río seguía arrastrando gente ahogada tres días después de las inundaciones. Había bomberos, policía y una nutrida muchedumbre de curiosos junto al pretil. Me acerqué a mirar y entonces la vi, zanquivana, un palmo más alta que los más altos de cuantos la rodeaban, el pelo rubio recogido en coleta, sueltos los cordones de sus zapatillas deportivas. El deseo imperioso de averiguar si le llegaba con la frente al hombro me impulsó a seguirla hasta el portal de su casa, en el modesto barrio de Portueche; otro día hasta la academia de idiomas donde, según más tarde supe, enseñaba lengua inglesa a colegiales torpes, y por último a entablar conversación con ella al cuarto día de andar siguiéndola a distancia por las calles.

Esquiva en un principio, Idoia Marticorena me mostró su rechazo mediante una mueca de no sé si más asco que desdén, al par que estiraba el cuello como para exhibirse ante mí en toda su estatura superior. Yo, sin mala intención, me interesé por unos corros de eccema que le vi en torno a las orejas y sobre una de las sienes. No se lo esperaba. Repuesta de su turbación, dulcificó el tono de voz, hasta entonces desapacible, y repentinamente afable, humilde incluso, quiso saber mi nombre. Mientras conversábamos, me fijé en que de vez en cuando, movida de un arranque instintivo, la Larga humedecía con la lengua las yemas de sus dedos. Acto seguido las pasaba por las manchas rosadas, como si extendiese sobre ellas una crema. Le habían hablado de los efectos curativos de la saliva. A este punto fié en un embuste mi esperanza de congraciarme con ella. No muchos años antes, le dije, yo había curado el impétigo a un sobrino mío. Se lo había curado de raíz y sin contagiarme. ¿Que cómo había sido eso? Pues nada, tres o cuatro lameduras por la mañana, las mismas a la hora de acostarse y al cabo de pocos días le había dejado la cara completamente limpia.

La Larga, encendida en rubor, abandonó la piedra sobre la que habíamos tomado asiento y de manos a boca se arrodilló ante mí. Ella de rodillas, yo sentado, tendríamos aproximadamente la misma estatura. Hasta el anochecer estuve chupándole los corros de eccema. La Larga me refirió mientras tanto episodios relativos a su vida de profesora mal pagada. En el curso del relato reveló una manía: comía pelos. Me miró fijamente, quizá asustada de haber incurrido en una franqueza excesiva; pero se sosegó no bien le dije que no le creía. Entonces tomó de la solapa de mi chaqueta un pelo suelto mío y lo introdujo con ceremoniosa lentitud dentro de su sonrisa. La Larga comía los pelos caídos de sus conocidos. También, aseguró, los de los animales domésticos de sus conocidos. Los recogía disimuladamente de las espaldas, de las almohadas, de los respaldos; en fin, de cualquier parte, pero jamás probaba los de un extraño. La repugnancia se lo impedía.

Aquella tarde se consolidó entre nosotros la amistad. Mi malquerencia hacia la Larga nació una semana después, en la taberna de los Gorostiza, donde teníamos previsto que yo recibiese lecciones de lengua inglesa. Persuadida de que el eccema se le estaba mitigando por obra de las virtudes medicinales de mi saliva, me rogó (de una manera que no terminó de parecerme amable) que le lamiera ciertas ronchas que le habían salido, no sé si la víspera o la antevíspera, en un brazo. Y sin decir más, arremangada, las acercó a mi boca, mientras leía en el libro de texto: "This is John Taylor from London." Yo entre mí me enojé. "Is John Taylor from London?" Me enojé mucho al advertir que me daba a chupar picaduras de pulga, pudrición que le venía de fuera, no como el eccema, que se me figuraba interioridad exudada por los poros de la piel. Conque, no sin alguna aspereza, pretexté que debía cambiar el agua a los pavos y me fui.

Buscando una reconciliación de todo punto imposible, la Larga escenificó dos encuentros fortuitos conmigo cerca de la taberna de los Gorostiza. No le faltó en ambas ocasiones habilidad ni buen corazón; pero fue inútil. La primera vez, en la oscuridad del cine, adonde le permití seguirme, se arrodilló en el suelo, entre mis piernas, la cabeza descansada sobre mi pecho. En esa postura y mansedumbre estuvo tributándome sumisión hasta el final de la película. Cuando salimos del cine ya era noche cerrada. Caminando por la calle, rompí un silencio que duraba más de dos horas para ordenar a la Larga que metiese los pies en un charco; descalza, los metió. Que abrazara el tronco de un olmo, en el paseo de Goyanes; lo abrazó. Que se encaramara a un contenedor rebosante de escombros que topamos delante de un solar, y que desde arriba profiriera un alarido; obedeció. En vista de su buena disposición, prometí pensar en ella, le regalé un pelo y me despedí.

Por espacio de varias semanas me abstuve de acudir a la taberna de los Gorostiza. Acabando octubre, regresé. Al rato de ocupar mi asiento de costumbre, junto a la ventana, divisé la silueta de la Larga que iba y venía por la penumbra de la acera de enfrente. Tuve un mal vino aquella noche; pero no me sirvió de nada. En vano traté, a vuelta de groserías, de quitarme a la Larga de encima, a ella y a su sombra que semejaba un esqueleto negro cada vez que cruzábamos el círculo de luz de alguna farola. La Larga, zamba por demás, tenía el andar difícil y desgarbado, como si fuera coja de ambas piernas; como si la necesidad de hallarle compensación dinámica a una y otra cojera le impusiese aquel modo desigual, inseguro, de dar zancadas; como si tuviese las piernas de madera, con muy escasa capacidad de doblarse por las rodillas. Calzaba un 45.

 

A comienzos de diciembre de 1981, mientras buscaba sin esperanza en el periódico ofertas de colocación, me tomó de pronto un dolor fortísimo desde el costado derecho del vientre hasta bien abajo de la zona interna del muslo. Eneko, el mayor de los Gorostiza, atendía aquella tarde detrás de la barra. Me vio sufrir y solicitó por teléfono una ambulancia. Así fue como, aquejado de un cólico de riñón, ingresé en el Hospital Provincial Nuestra Señora de Montuondo, donde un día después conocí a la tercera.

Por la mañana temprano, voz cantarina, bata blanca, entró en la habitación. Encendió la lámpara y, a tiempo que comenzaba a trajinar, dio los buenos días a los cuatro pacientes soñolientos, yo entre ellos, recuperado de mi mal en el plazo de una noche. Para cada uno, durante el cambio de sábanas, tuvo palabras joviales que yo al principio supuse dictadas por el reglamento de su oficio. Sin embargo, repetidamente en el curso de la mañana me fue dado comprobar que no de otra forma podía exteriorizarse la vitalidad de que estaba colmada aquella sonriente enfermera, la Blanca, sobrenombre que le asigné poco antes de averiguar que se llamaba María Victoria Ugarteburu.

Vista a más de diez pasos de distancia, parecía (debido, creo, a su cuerpo menudo) una mocita que acabase de estrenar adolescencia, y sólo cuando se hallaba cerca aparentaba su verdadera edad, que sin duda pasaba largamente de los treinta. Tenía las manos finas, los cabellos cortos y el óvalo del rostro amuñecado, con la barbilla puntiaguda y un lunar semejante a una lenteja al costado de los labios. Éstos eran de tal modo salientes que con facilidad podían agarrarse juntos con unas pinzas. De aquella insinuación involuntaria de beso nació mi capricho de que fuese la Blanca, en vez de la monja afable con quien ella compartía el turno matinal, la que cada hora u hora y media llevase el bacín con mi orina al laboratorio. Si entraba la monja en la habitación, me hacía el dormido. Si, por el contrario, entraba la Blanca, la estrechaba con toda clase de ruegos: que retirase el bacín, que renovara mi botella del suero, que me trajera agua, mucha agua, ya que el médico había dispuesto que yo no parase en todo el día de beber.

La primera mañana, todos mis esfuerzos por trabar conversación con la Blanca se estrellaron de plano contra su locuacidad y su prisa. Para cualquier pregunta que le formulase, disponía ella de una simpática evasiva, de una chanza afectuosa, pero terminante, y de una obligación inaplazable que la impelía a alejarse de mí sin pérdida de tiempo. Decidido a obtener de ella otras atenciones además de las meramente médicas, determiné ponerla al corriente de los presuntos problemas graves que dije me había acarreado el repentino ingreso en el hospital. En voz baja, para que no me pudiesen oír los demás enfermos, le pedí ayuda. Inventé que había dejado a los pavos sin comida ni bebida y con la ventana abierta, expuestos a las heladas y a los gatos del vecindario; aseguré haber olvidado desconectar la lavadora y que echaba de menos las llaves de mi domicilio, seguramente caídas al suelo cuando me sobrevino el dolor en la taberna de los Gorostiza.

La Blanca permaneció impasible. Tras aplicarme la loción desinfectadora en la espalda, me obsequió con una palmadita y, abroquelada en su habitual optimismo, apostó a que antes de la hora de comer todos aquellos problemas míos estarían resueltos. Recurrí a la pesadumbre, en la inteligencia de merecer conmiseración; puse cara mustia y acepté el reto. Sólo conseguí que al cabo de cinco minutos apareciera en la habitación un empleado de la portería dispuesto a sacarme de apuros. A partir de ese instante, no me cupo la menor duda de que la siguiente sonrisa de la Blanca señalaría el comienzo de una profunda animadversión hacia ella. Y así, en efecto, sucedió.

La segunda y última mañana de mi estancia en el hospital intenté distraerme de las largas horas tediosas contando los pájaros que cruzaban el cuadrado de la ventana o atisbando, si se ofrecía la ocasión, a la Blanca por detrás. Evité su mirada y preferí que fuera la monja quien en adelante acudiese a mis necesidades. Ignoro si la Blanca lo advirtió; pero, en cualquier caso, no parece que el asunto le preocupase. Recuerdo que anduve buscando con afán, entre su coronilla de mujer muchacho y los gruesos tacones de corcho de sus zuecos ortopédicos, un detalle lo suficientemente significativo como para desencadenar por sí solo, no importa al cabo de cuántos años, la reconstrucción de la imagen completa en la memoria.

Me había propuesto recordarla de espaldas. Un cúmulo de indecisiones dificultó la tarea. Esta dificultad ha prevalecido en el tiempo por causa de mi poca costumbre y aptitud para colocar en el pensamiento a las personas en una postura que no sea la de frente. Hace un instante, mientras esperaba que mi cerebro me proporcionase el detalle que finalmente mereció mi elección, me he visto obligado a repasar otros que deseché. Y ni siquiera estoy seguro de haber conseguido de esta forma mi propósito. Se conoce que nadie puede prefijar a voluntad sus recuerdos. Yo mismo, ahora, no consigo rememorar con orden partes traseras de la Blanca. Entreveo, sí, algunas; pero no me es posible ensamblarlas para formar una sola imagen. Vislumbro, por ejemplo, un delgado cogote a lo largo del cual se marcan dos tendones paralelos; unas pantorrillas escuálidas, casi sin carne, que no termino de saber con certeza si pertenecían o no a la Blanca, y la indudable curva del espinazo cuando, sin perder un punto de su alegría dicharachera, limpiaba en cuclillas el vómito derramado por mi vecino de cama. Con achaque de hacerle llegar una caja de bombones en muestra de gratitud, logré, al despedirme, que me revelara sus señas. Desde el fondo del pasillo, curioso por ver su reacción, le mostré la lengua en son de burla. Sonriente, me sacó la suya y luego me dijo adiós con la manita.

 

Un año después, por las mismas fechas, le vendí los pavos a Manterola. Para entonces pasaban de veinte; entre ellos, creo, ocho o nueve dignos de las mesas menos contentadizas del país. A ruego de su mujer, nos retiramos a la recámara a regatear y discutir. Como en ocasiones anteriores, la porfía nos condujo por momentos a la enemistad. Manterola se atenía, según su costumbre, a las piezas que juzgaba poco cebadas para racanearme obra de mil duros. A la postre, como yo quería desprenderme de los pavos (en la taberna de los Gorostiza me habían propuesto un negocio lucrativo con chinchillas) y Manterola ya los tenía vendidos de antemano a su clientela fija de Navidad, nos plegamos a un convenio equitativamente insatisfactorio para ambos. Obtuve, después de todo, una suma al contado que me apartó de la indigencia durante varias semanas.

En dicho tiempo adquirí jaulas, endulcé mi soledad con gollerías navideñas e invertí, sin reparar en gastos, en la mejora de mi vestimenta. Hice, por último, pensamiento de dilapidar los restos de mi fortuna en un cotillón de noche vieja organizado por una conocida sala de fiestas de la ciudad, y entrar así con buen pie en el nuevo año y en la pobreza. Allá, perdido en la alegre multitud, divisé de madrugada un rostro que me intrigó. Al rato de observarlo descubrí que en realidad lo que me turbaba no eran las facciones encendidas y vulgares, sino la certeza de haberlas visto anteriormente en algún sitio y no saber dónde.

La necesidad de poner fin al desasosiego me impulsó a abordar a la cuarta. Una vez a su lado, comprobé que el natural aspecto congestivo de sus rasgos célticos no podía percibirse a más de cinco pasos de distancia, por causa del diluvio ofuscador de destellos que descargaban a un tiempo decenas de focos. Sin duda lo había recordado. La Colorada denegó con sonrisa menguante una, dos, tres, cuatro peticiones mías de baile. Con motivo de la quinta intervinieron unos al parecer acompañantes suyos, persuadidos de que un borracho estaba incordiando a la chica. Ahora que lo pienso, puede que no les faltase razón. Me agarraron entre varios con violencia innecesaria, a no ser que un velado propósito de lucimiento los indujese a caer sobre un hombre que ostensiblemente renunciaba a resistirse. A viva fuerza me arrastraron hasta la calle, donde, luego de un recio puntapié, fui arrojado a un charco de agua helada.

Durante mes y medio estuve profesando odio a una fisonomía que cada día llegaba más borrosa a mi recuerdo. Paulatinas mutilaciones inferidas por el tiempo la redujeron a un boceto de cara, sin más rasgo perceptible que la tez rojiza. A punto de olvidarla para siempre, dispuso la casualidad que topase con ella una mañana gélida de febrero, en el mismo lugar donde (lo comprendí de repente) la había visto de pasada en innumerables ocasiones: el mercado de los miércoles en la plaza de Lore-Toki, cerca del río. Allá acudí por restos de hortalizas para las diez chinchillas que, la víspera, el manguitero me había entregado en la taberna de los Gorostiza, mediadores en el negocio.

La Colorada era dueña de un puesto de frutas y verduras. Estaba sola. Raídos mitones de lana protegían sus manos del frío. Exhalaba abundante vaho. Se conoce que tenía unos pulmones en consonancia con su aspecto decididamente saludable. Vi que, pesada la mercancía, acostumbraba añadir una pieza de regalo. Atendía a la clientela con sonriente locuacidad. No me reconoció cuando a última hora de la mañana, al par que ella recogía el tingladillo, me acerqué a pedirle desperdicios. Mencioné, por descontado, a las chinchillas, no fuera que me tomase por uno de tantos menesterosos que merodean por el mercado a la busca de desechos comestibles. Accedió gustosa a complacerme, y aun me regaló una considerable cantidad de hojas de espinaca que suponía se le iban a estropear en casa antes de ponerlas de nuevo a la venta. Mientras cargaba los cestos y las cajas en la furgoneta, leí en un costado de ésta su apellido, Goitia, y un número de teléfono que por la tarde, consultando la guía telefónica de los Gorostiza, me permitió localizar unas señas situadas en Echegorría, el arrabal donde se encuentran el cuartel de ingenieros y el cementerio de Santa Brígida, y donde los gitanos montan de costumbre sus aduares.

Hasta la llegada de la primavera no dejé un solo miércoles de frecuentar su generosidad. Por abril, en prueba de agradecimiento, le regalé una palmatoria de bronce, recuerdo de familia, con una vela de cera virgen, muy antigua, clavada en el receptáculo. La Colorada me cobró ley pensando que yo era hombre con inclinaciones religiosas. Advertí su decepción, su disgusto, su alarma incluso, cuando le confesé que hacía más de veinte años que no pisaba una iglesia. Ella juntó las manos encallecidas, sucias del barro polvoriento desprendido de las zanahorias y patatas, y un instante mantuvo la cabeza gacha. Le pregunté en voz baja si estaba rezando. Asintió en silencio, sin levantar la vista. Una crencha sinuosa dividía su melena bermeja, peinada sin esmero. En el cuello ostentaba una mancha blanquecina, debida seguramente al vitíligo. Adiviné que rezaba por mí y, agradecido, le dije que me causaba dolor la falta de fe. La Colorada se ofreció entonces, muy seriamente, a procurarme el consuelo que a su modo de ver necesitaba mi alma.

Idea suya fue que al término de la jornada de mercado nos encerráramos los dos a rezar en la furgoneta. Llegado el momento, nos acomodamos uno frente a otro entre los cestos y los costales. Yo debía repetir los versículos que ella previamente recitase. Prometí, no sé si con sinceridad, aprenderlos de memoria. El segundo miércoles que rezamos juntos formé propósito de sobrepujar en unción a la Colorada. Con tal objeto estuve alza que te alza la mirada hacia el techo de la furgoneta, oré con fervor aspaventoso, apuñeé en dos ocasiones mi propio rostro y al fin, prosternado ante la Colorada, le imploré que me permitiera agradecerle mediante un acto de sumisión el auxilio virtuoso con que en un lapso milagrosamente breve me había restituido la fe. Tan pronto como comencé a descalzarla percibí, sin necesidad de mirar sus ojos, que le acometía un grandísimo temor. Hizo, incluso, amago de detenerme; pero su candidez de muchacha arrabalera, habituada al trato del azadón y a las consejas acerca de mártires y prodigios, carecía de fuerza suficiente para contrarrestar mi santidad desatada. A mi vista aparecieron los toscos calcetines deshilachados; enseguida los pies tendinosos, malolientes, infestados de sabañones. Les prodigué besos lentos y traté de transmitirles el calor de mis mejillas.

Una semana después la Colorada me deparó una sorpresa. Acabada la venta y recogida la mercancía sobrante, nos recluimos una vez más en el interior de la furgoneta. Dentro de una caja de cartón sonó de pronto un balido. Miré, extrañado, a la Colorada y la Colorada me miró a mí con pupilas revestidas de insólito fulgor. Temblorosamente se declaró indigna de mi virtud, ya que había pecado. Le rogué que me revelara su falta. El miedo a ofenderme se lo impedía; pero al fin consideró que era justo allanarse a mi insistencia. Supe entonces que golpeaba a menudo a su madre, a quien por ese tiempo una enfermedad de los huesos obligaba a guardar cama día y noche. No la golpeaba, dijo, por maldad, sino por impaciencia y algunas veces por fatiga. Esto confesado, abrió la caja de cartón. Por la abertura asomó la cabecita blanca de un cordero. Sin decir palabra, la Colorada me tendió el cuchillo; pero lo rechacé, haciéndole saber que prefería que fuera ella quien llevase a cabo el sacrificio.

 

La quinta, Inmaculada Larrea, de cincuenta y ocho años, vivía sola en un caserón de la calle de Sartalde. Perecieron a raíz de un accidente de tráfico los inquilinos a quienes tenía alquilada una parte del piso alto y por consejo de no sé quién resolvió habilitar para la cría de chinchillas las habitaciones desocupadas. Buscando quien la instruyese, oyó que por las tardes acudía a la taberna de los hermanos Gorostiza un hombre con fama de experto en dichos animales. Así fue como conocí a la Acechada un día tórrido de agosto de 1987. Me dio a estrechar su mano blanda y se sentó. De sus orejas enormes, con lóbulos de carne fofa, colgaban sendos broquelillos verdes de bisutería. La mujer parecía angustiada. Mirando hacia la ventana, como si en lugar de dirigirse a mí, que estaba delante, hablase con algún transeúnte parado al otro lado del vidrio, declaró de forma atropellada el objeto de su venida. Ni su agitación, ni sus extraños ademanes, ni mucho menos su atuendo estrafalario podían pasar inadvertidos a los presentes. Vi en derredor alguna que otra sonrisa burlona. Tal vez yo fui el último en observar que la mujer calzaba dos zapatos distintos o, por mejor decir, un zapato y una sandalia. A sus espaldas, mientras le servía una manzanilla con anís, Eneko me hizo el ademán de enroscar tornillos en la sien.

En breve comencé a explicarle buenamente a la Acechada mis métodos de crianza, nada del otro mundo, según dije y repetí pensando que con ello se sosegaría. No me escuchaba. Sus dedos aporretados manoseaban sin cesar la flor de tela que lucía en el escote. Su atención continuaba puesta en la calle. Impensadamente llevó la taza a los labios, con el saquito de la manzanilla aún en su interior. Se abrasó, claro, y hubo algunos conatos de carcajada en la taberna. Ella, con aire de confidencia, me susurró: "Déjelos usted que rían, ellos no saben nada." La gravedad de su tono de voz me impresionó y no pude menos de otear la calle en busca de no sabía qué. A la extrañeza que me invadía sucedió de golpe un vivo sentimiento de alarma no bien descubrí que el reloj de pulsera de la Acechada carecía de manecillas. Una posterior comprobación me permitió advertir que también le faltaba el cristal. Por un momento me supuse enredado en una alegoría funesta. Decidido a deshacer el enigma, pedí a la Acechada que me dijera la hora. Ella lanzó una mirada rápida a la esfera vacía de su reloj y contestó "las cinco y cuarto" sin titubear. Eran las cuatro menos veinte de la tarde. Ignoro por qué razón suspiré aliviado. En cambio, sabía con certeza que en adelante no me iba a ser posible guardar respeto a aquella mujer.

Apenas me hube percatado de ello, le tomé la mano y con un bolígrafo de tinta azul dibujé sobre su palma el tipo de jaula que en mi opinión convenía a las chinchillas. Le hice luego saber que tenía un pétalo de manzanilla junto al labio: más arriba, un poco a la izquierda, hacia abajo, y de aquella suerte estuve guiando durante más de medio minuto a su dedo de un lado para otro de la cara. Sin esperar su asentimiento la convidé a un tazón de leche, del cual bebió dos o tres sorbos, no sé si por gusto o cortesía. A la media hora de habernos conocido, me confió en voz baja el motivo de su inquietud. Agarrando mi cabeza con ambas manos y ladeándola no sin alguna brusquedad, murmuró junto a mi oreja (tan cerca que me produjeron una sensación cosquilleante en el oído los chasquidos de su lengua) que había venido huyendo del hombre amarillo. Con secreto ánimo de burlarme, le pregunté a continuación si se refería al coreano de la calle de Ibarreta. Ni que decir tiene que esa persona no ha existido jamás. La Acechada se encogió de hombros para significarme que no estaba segura. Su semblante denotaba desvalimiento, al par que en sus ojos llameaba una intensa ansiedad. Con la excusa de comprobar si hablábamos del mismo individuo, enumeré las señas raciales comunes a cualquier oriental. A los pocos detalles, la Acechada, empavorecida, se tapó los oídos con las manos. No creo que le faltase mucho para soltarse a gritar.

Así pues, un hombre con rasgos asiáticos la perseguía a diario por las calles y rondaba su casa de noche. Me puse cínico: "¿Le debe usted dinero?" Negó. "Tal vez ha contrariado usted las aspiraciones amorosas del coreano respecto a su persona." Volvió a negar, esta vez con vehemencia, y acto seguido prorrumpió sin más ni más en una escandalosa risotada que atrajo sobre su rostro congestionado la atención de todos los presentes. Detrás de la barra, Eneko Gorostiza me apremiaba por medio de señas imperiosas a sacar cuanto antes de la taberna a aquella guillada. Yo propuse enseguida a ésta que saliéramos a la calle en busca del coreano. Mostrando el puño en actitud amenazadora, juré que, si encontrábamos al sinvergüenza, le quitaría de una vez para siempre las ganas de divertirse a costa de la gente de bien. No fue difícil convencer a la Acechada. En realidad, ella estaba anhelando que alguien se tomase la molestia de ser su santelmo.

Minutos después, mientras bajábamos en dirección al río, me enseñó el cuchillo de cocina que, según dijo, acostumbraba llevar oculto dentro del bolso cada vez que se aventuraba fuera de su casa. Formulé un escueto comentario: excelente decisión, o algo por el estilo, ya no recuerdo. Claro que de poco había de servir el cuchillo, añadí, si no lo clavaba certeramente en uno de los ocho puntos de muerte que, con escasas excepciones, tienen los cuerpos de los hombres orientales. Me miró sorprendida. En tono de súplica solicitó una explicación. Le dije que para causar solamente daño al coreano bastaba con hincarle el cuchillo a la ventura; ahora bien, si su deseo era acabar con él, entonces no había más remedio que dirigir el filo hacia una de las ocho zonas vitales. Como confesase la Acechada que no me comprendía, tracé en la tierra con la punta de un palito una figura humana. Hecho lo cual, le obligué a confrontarse con la pregunta: ¿herir o matar? Miró en torno, como para cerciorarse de que nadie salvo yo la escuchaba. Luego, con mucho misterio, declaró un tanto avergonzada sus sangrientas intenciones. Le pedí el cuchillo. Lo sacó del bolso y me lo dio, y yo lo clavé con furia teatral en ocho lugares del dibujo elegidos fingidamente a conciencia. "En conclusión", le dije, "si usted desea liquidar a un ser humano oriundo de la franja geográfica comprendida entre la isla de Java y la de Hokkaido, deberá inferirle una de estas ocho heridas; de lo contrario habrá usted desperdiciado el tiempo".

No me abstuve de adobar la patraña con profusión de citas entresacadas de presuntos informes médicos, menos por afán de verosimilitud (que la portentosa credulidad de mi acompañante hacía de todo punto innecesario) como por el deleite que me procuraba escucharme a mí mismo. El calor apretaba en la hora sofocante del resistero. Yo añoraba el vino de los Gorostiza; pero aun así determiné zancajear con la Acechada por las calles desiertas en busca del imaginario hombre amarillo. Me había tomado grandísimo deseo de comprobar si, como se me figuraba, ella la emprendería a cuchilladas con el primer peatón de ojos rasgados que se cruzase en nuestro camino. Anocheció sin que hubiéramos visto ninguno. Acordamos por fin despedirnos. A punto de separarnos, le propuse un negocio: la vida del coreano de la calle de Ibarreta a cambio de veinte chinchillas. Aceptó al momento.

Dos días después, en el patio contiguo a su caserón, le mostré el cuchillo tinto en la sangre del más esmirriado de mis animales. La Acechada obtuvo de aquella forma su emoción, su júbilo, su risa dichosa en la penumbra del patio, y yo una ganancia estimable. Al irme le pregunté la hora. Miró su reloj sin manecillas, dijo: "Van a dar las diez y media", y esgrimiendo cómicamente el cuchillo sanguinolento, prosiguió con sus carcajadas, bailoteos y visajes. Me di la vuelta y salí con mi saco lleno de chinchillas vivas a la calle de Sartalde, donde hice un breve alto para comprobar que eran las nueve menos cinco.

 

Días después, llegó a la taberna un hombre fornido, de espeso bigote, a quien yo no había visto jamás. Le sucedió lo que a tantos otros cuando visitan el lugar por vez primera: no advirtió el escalón de la entrada y dio un traspié. La prontitud y agilidad con que evitó el ridículo me puso de inmediato en la senda de recelar que aquel individuo aparentemente sosegado venía lleno de precaución, de disimulo, de órdenes estrictas que debía cumplir. Tomó asiento sobre un taburete, junto a la barra. Me dije: "Va a pedir algo barato, rápido de beber." Y así ocurrió. "Enseguida dedicará una mirada fugaz a cada uno de los circunstantes sentados a las mesas y a mí unas cuantas." Acerté. Por la ventana lo vi alejarse bajo el sol opresivo de las tres y doblar la esquina por la que ya me figuraba que de un momento a otro aparecería la persona encargada de solicitarme consejo sobre la crianza de chinchillas. Que la persona en cuestión se tomara media hora para llegarse a la taberna, me pareció una medida inteligente; que se tratase de una mujer, no me sorprendió en absoluto. Tres motivos de sonrisa tuve en un breve espacio de tiempo: cuando vi a la sexta bajar la calle con aquellos zapatos rojos de tacón de aguja, enteramente disconformes con su aire marcial de karateca avezada; cuando al entrar dio idéntico paso en falso al del hombre que la había precedido y cuando, olvidando sin duda preguntarle al tabernero cuál de los diez o doce presentes era el experto en chinchillas, cometió el error de venirse a mí directamente. Por curiosidad hice el propósito de seguirle el juego, formulándole sin demora las preguntas convencionales que ella a buen seguro esperaba. Traía, por descontado, su provisión de respuestas aprendidas. Su única tacha fue que a veces forzaba en exceso la gesticulación, de tal forma que el trajín de facciones y manos no se correspondía con la calma imperturbable que imprimía a sus palabras ni con el escaso valor confidencial de éstas. En cuanto al nombre elegido por ella para la ocasión, Marta Fernández, he de reconocer que atinó a pronunciarlo con naturalidad. Calculé que en la guía telefónica se repetiría no menos de diez veces la inicial M. seguida de aquel apellido común. Me daba igual. Incluso antes que hubiese atravesado la calle, camino de la taberna, ella era y se llamaba para mí la Carnada.

Me fijé en que al sonreír se formaban sendos hoyuelos en sus mejillas. El gusto de contemplarlos hizo de mí esa y otra tarde un hombre superficial, bromista en extremo. Dije, sin decir nada, muchas cosas, cuchufletas las más, encaminadas a provocar aquellas diminutas simas en el rostro de la Carnada, la cual soportó con paciencia risueña la sarta de estupideces. Ni siquiera hablé en serio de las chinchillas. Poseía tantas, dije, que a menudo, debido a la falta de espacio, me veía en la obligación de congelar cierto número de ellas. Noté que la sonrisa de la Carnada perdía poco a poco intensidad, y que, consiguientemente, los hoyuelos de sus mejillas eran cada vez menos profundos. ¿Se me estaba acabando el juguete? Aunque sabía los riesgos que mi decisión entrañaba, propuse a la Carnada que viniera otro día a mi casa a echarles un vistazo a las chinchillas. Yo se las mostraría con mucho gusto, y también las jaulas, y le pondría al corriente de mis métodos de nutrición y de higiene, así como de todo lo relativo al trato y comercio con el gremio de manguiteros. Aceptó encantada. No me cabía la menor duda de que aquel desenlace de nuestra entrevista sobrepasaba ampliamente lo que tanto ella como sus superiores habían esperado. Yo recobré, a cambio de abrirle las puertas de mi hogar, su sonrisa y sus hoyuelos. Una vez más menudeé las chirigotas. La Carnada me interrumpió para anunciarme que tenía necesidad de ir al servicio, adonde supuse que la llevó el propósito de establecer secreta comunicación por teléfono móvil con los dos tipos que estaban dentro de un coche gris estacionado junto a la acera de enfrente.

Flotaba en el aire un olor sutil de sospecha que también rozó el olfato de Eneko Gorostiza. Ausente la Carnada, se acercó a pasar el paño húmedo por el tablero de la mesa y me susurró: "No entiendo cómo las mujeres se pueden prendar de un hombre como tú, feo, pequeño y sin trabajo." Minutos después, concordes en que nos encontraríamos a la tarde siguiente en mi casa, la Carnada pretextó una serie de compromisos inaplazables, me obsequió con una última sonrisa y se despidió. Era evidente que carecía del hábito de caminar sobre tacones de aguja. Mientras subía la calle, fijé mi atención en sus tobillos. Vi que a cada paso se arqueaban con no poco peligro de dislocarse. También advertí que todas las prendas de vestido destinadas a realzar su feminidad (tanto los zapatos como la falda ceñida y corta, sin excluir la chaquetilla superflua en un día abrasador, pero útil, cuando no imprescindible, para ocultar un arma), le estorbaban. Medio tropezando ganó por fin la esquina por la que, transcurrido breve tiempo, se perdió asimismo de vista el coche gris.

Me había tomado para entonces una gran inquietud. A lo largo de una noche de insomnio y de una mañana interminable, no experimenté un segundo de sosiego pensando en la temeridad que había cometido al permitir que aquella mujer se metiese en mi casa. Sonó el timbre a la hora convenida, abrí la puerta y de nuevo me hallé ante los dos agujeritos lindos en las mejillas, la falda prevista sin duda para seducirme y los zapatos rojos de tacones exagerados cuyo poder de embeleso, si es que alguno poseen, imagino que consistirá en producir la impresión de que quien va subido a ellos no puede escapar deprisa. A la vista de semejante traza me tranquilicé, persuadido de que en el espacio de veinticuatro horas la Carnada no había variado un ápice su opinión sobre mí. Bastó mirarla a los ojos para comprobar que seguía considerándome un imbécil. Mientras estuviese convencida de ello, no tenía yo nada que temer. Esta certeza me exaltó. No fue, pues, del todo insincero el alborozo que mostré cuando la Carnada me obsequió con la botella de vino. Me apresuré a descorcharla y, como un glotón que no sabe comedirse, le di unos cuantos tientos desaforados. Tras limpiarme los labios con el dorso de la mano, tendí la botella a la Carnada para que también bebiese; pero rehusó. Su gesto, excluida la débil sonrisa de circunstancias, denotaba una profunda repulsión.

De mala fe, y como para compensar, le regalé un crucifijo revestido de conchas y un huevo crudo que cogí de la nevera. Sin perder ni por un momento su presencia de ánimo, ella agradeció las dádivas y las guardó. En el cuarto de las chinchillas dirigió parte de su atención al techo y los tabiques, como si los examinase. Pidió luego ir al servicio. Con una oreja pegada a la puerta, la oí cuchichear. Ignoro qué decía y a quién. A su salida expresó el deseo de vivir alguna vez en un piso como el mío. ¿Había inconveniente en que echara un vistazo a las habitaciones? Fingí avergonzarme por anticipado a causa de la suciedad y el desorden que iba a encontrar en ellas. La Carnada, sonrisa y hoyuelos, restó importancia al caso y, decidida a mostrarme alguna comprensión, reveló que su casa no era precisamente la más limpia de la ciudad. No me aguanté la tentación de tirar del hilo de su falsa franqueza. Y así, le dije que me costaba creer que una persona como ella, de aspecto tan aseado, se llevase bien con la incuria. Obligada al parecer a propiciarse mi voluntad, me susurró al oído que llevaba días (no dijo cuántos) sin ducharse. La palabra mentira me salió disparada de la boca. La Carnada se apresuró a levantar el brazo y sin ninguna clase de pudor acercó el sobaco a mi nariz. Su camisa ostentaba en dicho lugar una marca sudorienta. Percibido el olor a catinga (que por aquellos días caniculares era el usual de cualquier ciudadano, a menos que se lavase cada diez minutos), concluí que, efectivamente, ella y yo éramos dos seres parecidos, predestinados a entenderse, por lo que no había problema ninguno para que inspeccionase el piso a su antojo. Tan sólo puse como condición que me aceptara una taza de café. La Carnada no dudó en plegarse al agasajo y enseguida se entregó de lleno a su propósito.

Desde la cocina estuve largo rato oyéndole abrir puertas y cajones, no siempre con sigilo. A tiempo de tomar juntos el café, quiso husmear, por la vía de las preguntas oblicuas, en mi vida privada. Yo hablé sin rebozo de mis hemorroides, de mi apego al vino, de mi esperanza en obtener antes del invierno una buena colocación y de las chinchillas; pero me cuidé de cometer ningún desliz que corroborara las sospechas que sobre mí recaían. Al fin nos despedimos con mucha cordialidad. Sé que otra tarde, hallándome yo ausente, el piso fue registrado en secreto. También sé que durante varias semanas me siguieron por la calle sombras más o menos cautelosas. En otoño, tan pronto como me cercioré de que nadie me vigilaba, emprendí la búsqueda de la Carnada. Tres años y medio han transcurrido desde entonces y continúo buscándola: por la zona céntrica, por los barrios apartados, a la salida de los cines, a la puerta de las iglesias y por todos los rincones de la ciudad. A mí jamás se me ha escapado ninguna, conque no he de parar hasta encontrar también a ésta.

 

Editado por Senén Librería (Ávila), 28 de diciembre de 2000

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© Manuel Talens 2002