Algunos
psicópatas son encantadores.
(Leído
por ahí)
La
primera mujer entró en la taberna de los Gorostiza un jueves
del verano de 1975, ya casi al caer la tarde. De acuerdo con
mi costumbre de aquella época, impuesta por la falta de
trabajo, yo ocupaba mi asiento junto a la ventana y echaba el
tiempo a perros viendo llover, con todas las horas del mundo
para amargarme a solas. En el momento de su llegada, captó mi
atención una gota de lluvia que colgaba de la punta de su
nariz. Aquel detalle me indujo a dirigirle la palabra. Antes
que ella dijera llamarse María Jesús Mendaro, para mí ya
era y sería, por el resto de nuestra breve relación, la
Mojada.
Con
tal apodo acude siempre a mi recuerdo. También, por supuesto,
con sus dientes largos, blancos y saledizos que impedían el
cierre hermético de los labios. Nunca he vuelto a ver una
sonrisa similar. La boca, literalmente, reventaba al par que
por el súbito boquete irrumpía, proyectándose hacia delante
con el aire de una amenaza canina, la dentadura. Ésta
arrastraba consigo, en su aparente impulso por salirse del
rostro, cerca de un dedo de encías por arriba y por abajo,
orla de carne húmeda mostrada con una franqueza convulsiva y
en la cual parecía concentrarse toda la obscena felicidad del
gesto. Los labios, por extraño que resulte, no desempeñaban
en dichas ocasiones la menor función. Estoy incluso tentado
de afirmar que desaparecían momentáneamente de la cara. Si
la sonrisa derivaba hacia la carcajada, podía suceder que
asomase la lengua.
También
llovió las otras tres tardes que nos vimos. La primera de
ellas acudí a la cita con un globo terráqueo de obsequio, el
más grande que hallé después de entrar en varias librerías,
sólo por el gusto de poner a la Mojada, que era de naturaleza
enclenque, en el caso de transportar la caja enorme por la
calle. En la taberna de los Gorostiza, donde nos guarecimos,
pasamos mucho rato mirando islas y continentes, ríos y mares,
ciudades y países, y empecé a cobrar inquina a la Mojada por
causa de su ignorancia en temas geográficos. Le propuse un
juego que gané con facilidad. Sólo para localizar por
chiripa Kuala Lumpur necesitó obra de diez minutos; casi el
mismo tiempo le costó detener su dedo errante sobre Nairobi,
y la isla de Pascua ni siquiera pudo encontrarla al cabo de
una larga e infructuosa búsqueda que me exasperó.
La
siguiente vez que nos vimos logré persuadirla para que me
acompañase andando hasta el cementerio de Santa Brígida. Yo
abrigaba el propósito de dedicar allí la tarde a la recogida
de caracoles, gordos y abundantes más que en cualquier otro
sitio de la ciudad, al menos por aquella época, hoy no lo sé.
Convencido de que la lluvia los habría sacado de sus
escondrijos, le dije a la Mojada que entre los dos llenaríamos
la talega en un periquete. Tan pronto como advertí que en su
semblante se dibujaba un gesto reprobatorio, me apresuré a
declarar que no quería los caracoles para la cazuela, sino
con el fin de procurarles gusto a siete pavos que criaba en
casa. Sabedor de que ella albergaba escrúpulos ecologistas,
omití una parte importante de la verdad: que cebaba los
animales con vistas a vendérselos en diciembre a Manterola,
el carnicero de mi barrio. A cambio, le di a entender que la
única razón de guardar las aves en casa era sentirme menos
solo. La Mojada, mostrando su sonrisa carnosa, accedió
entonces a venir conmigo hasta Santa Brígida, sin preocuparle
el largo trayecto ni la circunstancia de que ninguno de los
dos llevaba paraguas aquella tarde de chubascos.
Nos
quedamos, sin embargo, a medio camino por causa de su ojo.
Apenas emprendimos la marcha, se lo miró en un espejo de
mano, y al poco, deteniéndose de golpe bajo un tejadillo,
otra vez. Y enseguida otra vez, y dale, y venga, siempre el
mismo ojo, en el que yo, por mucho empeño que ponía, no
encontraba nada raro; antes bien, un ojo normal, castaño,
pequeñuelo, no especialmente idóneo para cautivar. La esfera
del espejo tendría más o menos el tamaño de una rodaja de
limón, lo que impedía a la Mojada escudriñarse el ojo malo
con el bueno. Su inquietud aumentaba por momentos. Al
principio, temeroso de hablarle, de entrometerme en su
problema y agudizárselo, traté de aclarar por mi cuenta el
misterio barajando diversas conjeturas, que iban desde la
posibilidad de un orzuelo hasta el impacto de un bichito, sin
descartar otras harto más graves. Crecía, atormentadora, mi
curiosidad y cada vez me resultaba más difícil refrenar las
ganas de compeler a la Mojada a declararme qué puñetas ocurría
con su ojo. Ya casi decidido a agarrarla violentamente por el
brazo, sucedió que en la esquina de la calle de Iturmendi,
junto a la entrada del mercado de abastos, se volvió de
repente hacia mí, un ojo tapado con la mano y el otro
brillante de lágrimas. Me soltó que le urgía marcharse a
casa y al punto se alejó corriendo bajo la lluvia.
Transcurridos
tres días, entró en la taberna de los Gorostiza vestida
completamente de negro, no sé si en señal de luto, con gafas
asimismo negras, salpicadas de gotitas, y sin la melena de
rizos, que se había cortado. Al pronto no la reconocí. Y a
decir verdad no le habría prestado particular atención si no
fuera porque, nada más verme, enristró con
paso resuelto hacia mi mesa, sobre la que depositó varios puñados
de caracoles que fue sacando del bolsillo de su gabardina.
Supe entonces quién era. La saludé, le di las gracias y la
invité a tomar asiento. Ella correspondió con una de sus
efusivas exhibiciones de dientes y encías.
En
septiembre de 1977, cuando conocí a la segunda, acababan de
despedirme de la fábrica de muebles Ariza, donde había
trabajado de temporero durante las últimas cinco semanas.
Alguien con mejores padrinos que yo aspiraba a mi puesto y lo
obtuvo. Decidí aceptar el revés sin queja, de forma que las
puertas de la readmisión no estuvieran cerradas para mí el
verano siguiente. A falta de ocupaciones útiles, frecuenté
de nuevo la taberna de los Gorostiza.
Un
atardecer, de retirada hacia mi casa, oí voces al fondo de la
calle. Se conoce que el río seguía arrastrando gente ahogada
tres días después de las inundaciones. Había bomberos,
policía y una nutrida muchedumbre de curiosos junto al
pretil. Me acerqué a mirar y entonces la vi, zanquivana, un
palmo más alta que los más altos de cuantos la rodeaban, el
pelo rubio recogido en coleta, sueltos los cordones de sus
zapatillas deportivas. El deseo imperioso de averiguar si le
llegaba con la frente al hombro me impulsó a seguirla hasta
el portal de su casa, en el modesto barrio de Portueche; otro
día hasta la academia de idiomas donde, según más tarde
supe, enseñaba lengua inglesa a colegiales torpes, y por último
a entablar conversación con ella al cuarto día de andar
siguiéndola a distancia por las calles.
Esquiva
en un principio, Idoia Marticorena me mostró su rechazo
mediante una mueca de no sé si más asco que desdén, al par
que estiraba el cuello como para exhibirse ante mí en toda su
estatura superior. Yo, sin mala intención, me interesé por
unos corros de eccema que le vi en torno a las orejas y sobre
una de las sienes. No se lo esperaba. Repuesta de su turbación,
dulcificó el tono de voz, hasta entonces desapacible, y
repentinamente afable, humilde incluso, quiso saber mi nombre.
Mientras conversábamos, me fijé en que de vez en cuando,
movida de un arranque instintivo, la Larga humedecía con la
lengua las yemas de sus dedos. Acto seguido las pasaba por las
manchas rosadas, como si extendiese sobre ellas una crema. Le
habían hablado de los efectos curativos de la saliva. A este
punto fié en un embuste mi esperanza de congraciarme con
ella. No muchos años antes, le dije, yo había curado el impétigo
a un sobrino mío. Se lo había curado de raíz y sin
contagiarme. ¿Que cómo había sido eso? Pues nada, tres o
cuatro lameduras por la mañana, las mismas a la hora de
acostarse y al cabo de pocos días le había dejado la cara
completamente limpia.
La
Larga, encendida en rubor, abandonó la piedra sobre la que
habíamos tomado asiento y de manos a boca se arrodilló ante
mí. Ella de rodillas, yo sentado, tendríamos aproximadamente
la misma estatura. Hasta el anochecer estuve chupándole los
corros de eccema. La Larga me refirió mientras tanto
episodios relativos a su vida de profesora mal pagada. En el
curso del relato reveló una manía: comía pelos. Me miró
fijamente, quizá asustada de haber incurrido en una franqueza
excesiva; pero se sosegó no bien le dije que no le creía.
Entonces tomó de la solapa de mi chaqueta un pelo suelto mío
y lo introdujo con ceremoniosa lentitud dentro de su sonrisa.
La Larga comía los pelos caídos de sus conocidos. También,
aseguró, los de los animales domésticos de sus conocidos.
Los recogía disimuladamente de las espaldas, de las
almohadas, de los respaldos; en fin, de cualquier parte, pero
jamás probaba los de un extraño. La repugnancia se lo impedía.
Aquella
tarde se consolidó entre nosotros la amistad. Mi malquerencia
hacia la Larga nació una semana después, en la taberna de
los Gorostiza, donde teníamos previsto que yo recibiese
lecciones de lengua inglesa. Persuadida de que el eccema se le
estaba mitigando por obra de las virtudes medicinales de mi
saliva, me rogó (de una manera que no terminó de parecerme
amable) que le lamiera ciertas ronchas que le habían salido,
no sé si la víspera o la antevíspera, en un brazo. Y sin
decir más, arremangada, las acercó a mi boca, mientras leía
en el libro de texto: "This is John Taylor from London."
Yo entre mí me enojé. "Is John Taylor from London?"
Me enojé mucho al advertir que me daba a chupar picaduras de
pulga, pudrición que le venía de fuera, no como el eccema,
que se me figuraba interioridad exudada por los poros de la
piel. Conque, no sin alguna aspereza, pretexté que debía
cambiar el agua a los pavos y me fui.
Buscando
una reconciliación de todo punto imposible, la Larga
escenificó dos encuentros fortuitos conmigo cerca de la
taberna de los Gorostiza. No le faltó en ambas ocasiones
habilidad ni buen corazón; pero fue inútil. La primera vez,
en la oscuridad del cine, adonde le permití seguirme, se
arrodilló en el suelo, entre mis piernas, la cabeza
descansada sobre mi pecho. En esa postura y mansedumbre estuvo
tributándome sumisión hasta el final de la película. Cuando
salimos del cine ya era noche cerrada. Caminando por la calle,
rompí un silencio que duraba más de dos horas para ordenar a
la Larga que metiese los pies en un charco; descalza, los metió.
Que abrazara el tronco de un olmo, en el paseo de Goyanes; lo
abrazó. Que se encaramara a un contenedor rebosante de
escombros que topamos delante de un solar, y que desde arriba
profiriera un alarido; obedeció. En vista de su buena
disposición, prometí pensar en ella, le regalé un pelo y me
despedí.
Por
espacio de varias semanas me abstuve de acudir a la taberna de
los Gorostiza. Acabando octubre, regresé. Al rato de ocupar
mi asiento de costumbre, junto a la ventana, divisé la
silueta de la Larga que iba y venía por la penumbra de la
acera de enfrente. Tuve un mal vino aquella noche; pero no me
sirvió de nada. En vano traté, a vuelta de groserías, de
quitarme a la Larga de encima, a ella y a su sombra que
semejaba un esqueleto negro cada vez que cruzábamos el círculo
de luz de alguna farola. La Larga, zamba por demás, tenía el
andar difícil y desgarbado, como si fuera coja de ambas
piernas; como si la necesidad de hallarle compensación dinámica
a una y otra cojera le impusiese aquel modo desigual,
inseguro, de dar zancadas; como si tuviese las piernas de
madera, con muy escasa capacidad de doblarse por las rodillas.
Calzaba un 45.
A
comienzos de diciembre de 1981, mientras buscaba sin esperanza
en el periódico ofertas de colocación, me tomó de pronto un
dolor fortísimo desde el costado derecho del vientre hasta
bien abajo de la zona interna del muslo. Eneko, el mayor de
los Gorostiza, atendía aquella tarde detrás de la barra. Me
vio sufrir y solicitó por teléfono una ambulancia. Así fue
como, aquejado de un cólico de riñón, ingresé en el
Hospital Provincial Nuestra Señora de Montuondo, donde un día
después conocí a la tercera.
Por
la mañana temprano, voz cantarina, bata blanca, entró en la
habitación. Encendió la lámpara y, a tiempo que comenzaba a
trajinar, dio los buenos días a los cuatro pacientes soñolientos,
yo entre ellos, recuperado de mi mal en el plazo de una noche.
Para cada uno, durante el cambio de sábanas, tuvo palabras
joviales que yo al principio supuse dictadas por el reglamento
de su oficio. Sin embargo, repetidamente en el curso de la mañana
me fue dado comprobar que no de otra forma podía
exteriorizarse la vitalidad de que estaba colmada aquella
sonriente enfermera, la Blanca, sobrenombre que le asigné
poco antes de averiguar que se llamaba María Victoria
Ugarteburu.
Vista
a más de diez pasos de distancia, parecía (debido, creo, a
su cuerpo menudo) una mocita que acabase de estrenar
adolescencia, y sólo cuando se hallaba cerca aparentaba su
verdadera edad, que sin duda pasaba largamente de los treinta.
Tenía las manos finas, los cabellos cortos y el óvalo del
rostro amuñecado, con la barbilla puntiaguda y un lunar
semejante a una lenteja al costado de los labios. Éstos eran
de tal modo salientes que con facilidad podían agarrarse
juntos con unas pinzas. De aquella insinuación involuntaria
de beso nació mi capricho de que fuese la Blanca, en vez de
la monja afable con quien ella compartía el turno matinal, la
que cada hora u hora y media llevase el bacín con mi orina al
laboratorio. Si entraba la monja en la habitación, me hacía
el dormido. Si, por el contrario, entraba la Blanca, la
estrechaba con toda clase de ruegos: que retirase el bacín,
que renovara mi botella del suero, que me trajera agua, mucha
agua, ya que el médico había dispuesto que yo no parase en
todo el día de beber.
La
primera mañana, todos mis esfuerzos por trabar conversación
con la Blanca se estrellaron de plano contra su locuacidad y
su prisa. Para cualquier pregunta que le formulase, disponía
ella de una simpática evasiva, de una chanza afectuosa, pero
terminante, y de una obligación inaplazable que la impelía a
alejarse de mí sin pérdida de tiempo. Decidido a obtener de
ella otras atenciones además de las meramente médicas,
determiné ponerla al corriente de los presuntos problemas
graves que dije me había acarreado el repentino ingreso en el
hospital. En voz baja, para que no me pudiesen oír los demás
enfermos, le pedí ayuda. Inventé que había dejado a los
pavos sin comida ni bebida y con la ventana abierta, expuestos
a las heladas y a los gatos del vecindario; aseguré haber
olvidado desconectar la lavadora y que echaba de menos las
llaves de mi domicilio, seguramente caídas al suelo cuando me
sobrevino el dolor en la taberna de los Gorostiza.
La
Blanca permaneció impasible. Tras aplicarme la loción
desinfectadora en la espalda, me obsequió con una palmadita
y, abroquelada en su habitual optimismo, apostó a que antes
de la hora de comer todos aquellos problemas míos estarían
resueltos. Recurrí a la pesadumbre, en la inteligencia de
merecer conmiseración; puse cara mustia y acepté el reto. Sólo
conseguí que al cabo de cinco minutos apareciera en la
habitación un empleado de la portería dispuesto a sacarme de
apuros. A partir de ese instante, no me cupo la menor duda de
que la siguiente sonrisa de la Blanca señalaría el comienzo
de una profunda animadversión hacia ella. Y así, en efecto,
sucedió.
La
segunda y última mañana de mi estancia en el hospital intenté
distraerme de las largas horas tediosas contando los pájaros
que cruzaban el cuadrado de la ventana o atisbando, si se
ofrecía la ocasión, a la Blanca por detrás. Evité su
mirada y preferí que fuera la monja quien en adelante
acudiese a mis necesidades. Ignoro si la Blanca lo advirtió;
pero, en cualquier caso, no parece que el asunto le
preocupase. Recuerdo que anduve buscando con afán, entre su
coronilla de mujer muchacho y los gruesos tacones de corcho de
sus zuecos ortopédicos, un detalle lo suficientemente
significativo como para desencadenar por sí solo, no importa
al cabo de cuántos años, la reconstrucción de la imagen
completa en la memoria.
Me
había propuesto recordarla de espaldas. Un cúmulo de
indecisiones dificultó la tarea. Esta dificultad ha
prevalecido en el tiempo por causa de mi poca costumbre y
aptitud para colocar en el pensamiento a las personas en una
postura que no sea la de frente. Hace un instante, mientras
esperaba que mi cerebro me proporcionase el detalle que
finalmente mereció mi elección, me he visto obligado a
repasar otros que deseché. Y ni siquiera estoy seguro de
haber conseguido de esta forma mi propósito. Se conoce que
nadie puede prefijar a voluntad sus recuerdos. Yo mismo,
ahora, no consigo rememorar con orden partes traseras de la
Blanca. Entreveo, sí, algunas; pero no me es posible
ensamblarlas para formar una sola imagen. Vislumbro, por
ejemplo, un delgado cogote a lo largo del cual se marcan dos
tendones paralelos; unas pantorrillas escuálidas, casi sin
carne, que no termino de saber con certeza si pertenecían o
no a la Blanca, y la indudable curva del espinazo cuando, sin
perder un punto de su alegría dicharachera, limpiaba en
cuclillas el vómito derramado por mi vecino de cama. Con
achaque de hacerle llegar una caja de bombones en muestra de
gratitud, logré, al despedirme, que me revelara sus señas.
Desde el fondo del pasillo, curioso por ver su reacción, le
mostré la lengua en son de burla. Sonriente, me sacó la suya
y luego me dijo adiós con la manita.
Un
año después, por las mismas fechas, le vendí los pavos a
Manterola. Para entonces pasaban de veinte; entre ellos, creo,
ocho o nueve dignos de las mesas menos contentadizas del país.
A ruego de su mujer, nos retiramos a la recámara a regatear y
discutir. Como en ocasiones anteriores, la porfía nos condujo
por momentos a la enemistad. Manterola se atenía, según su
costumbre, a las piezas que juzgaba poco cebadas para
racanearme obra de mil duros. A la postre, como yo quería
desprenderme de los pavos (en la taberna de los Gorostiza me
habían propuesto un negocio lucrativo con chinchillas) y
Manterola ya los tenía vendidos de antemano a su clientela
fija de Navidad, nos plegamos a un convenio equitativamente
insatisfactorio para ambos. Obtuve, después de todo, una suma
al contado que me apartó de la indigencia durante varias
semanas.
En
dicho tiempo adquirí jaulas, endulcé mi soledad con gollerías
navideñas e invertí, sin reparar en gastos, en la mejora de
mi vestimenta. Hice, por último, pensamiento de dilapidar los
restos de mi fortuna en un cotillón de noche vieja organizado
por una conocida sala de fiestas de la ciudad, y entrar así
con buen pie en el nuevo año y en la pobreza. Allá, perdido
en la alegre multitud, divisé de madrugada un rostro que me
intrigó. Al rato de observarlo descubrí que en realidad lo
que me turbaba no eran las facciones encendidas y vulgares,
sino la certeza de haberlas visto anteriormente en algún
sitio y no saber dónde.
La
necesidad de poner fin al desasosiego me impulsó a abordar a
la cuarta. Una vez a su lado, comprobé que el natural aspecto
congestivo de sus rasgos célticos no podía percibirse a más
de cinco pasos de distancia, por causa del diluvio ofuscador
de destellos que descargaban a un tiempo decenas de focos. Sin
duda lo había recordado. La Colorada denegó con sonrisa
menguante una, dos, tres, cuatro peticiones mías de baile.
Con motivo de la quinta intervinieron unos al parecer acompañantes
suyos, persuadidos de que un borracho estaba incordiando a la
chica. Ahora que lo pienso, puede que no les faltase razón.
Me agarraron entre varios con violencia innecesaria, a no ser
que un velado propósito de lucimiento los indujese a caer
sobre un hombre que ostensiblemente renunciaba a resistirse. A
viva fuerza me arrastraron hasta la calle, donde, luego de un
recio puntapié, fui arrojado a un charco de agua helada.
Durante
mes y medio estuve profesando odio a una fisonomía que cada día
llegaba más borrosa a mi recuerdo. Paulatinas mutilaciones
inferidas por el tiempo la redujeron a un boceto de cara, sin
más rasgo perceptible que la tez rojiza. A punto de olvidarla
para siempre, dispuso la casualidad que topase con ella una mañana
gélida de febrero, en el mismo lugar donde (lo comprendí de
repente) la había visto de pasada en innumerables ocasiones:
el mercado de los miércoles en la plaza de Lore-Toki, cerca
del río. Allá acudí por restos de hortalizas para las diez
chinchillas que, la víspera, el manguitero me había
entregado en la taberna de los Gorostiza, mediadores en el
negocio.
La
Colorada era dueña de un puesto de frutas y verduras. Estaba
sola. Raídos mitones de lana protegían sus manos del frío.
Exhalaba abundante vaho. Se conoce que tenía unos pulmones en
consonancia con su aspecto decididamente saludable. Vi que,
pesada la mercancía, acostumbraba añadir una pieza de
regalo. Atendía a la clientela con sonriente locuacidad. No
me reconoció cuando a última hora de la mañana, al par que
ella recogía el tingladillo, me acerqué a pedirle
desperdicios. Mencioné, por descontado, a las chinchillas, no
fuera que me tomase por uno de tantos menesterosos que
merodean por el mercado a la busca de desechos comestibles.
Accedió gustosa a complacerme, y aun me regaló una
considerable cantidad de hojas de espinaca que suponía se le
iban a estropear en casa antes de ponerlas de nuevo a la
venta. Mientras cargaba los cestos y las cajas en la
furgoneta, leí en un costado de ésta su apellido, Goitia, y
un número de teléfono que por la tarde, consultando la guía
telefónica de los Gorostiza, me permitió localizar unas señas
situadas en Echegorría, el arrabal donde se encuentran el
cuartel de ingenieros y el cementerio de Santa Brígida, y
donde los gitanos montan de costumbre sus aduares.
Hasta
la llegada de la primavera no dejé un solo miércoles de
frecuentar su generosidad. Por abril, en prueba de
agradecimiento, le regalé una palmatoria de bronce, recuerdo
de familia, con una vela de cera virgen, muy antigua, clavada
en el receptáculo. La Colorada me cobró ley pensando que yo
era hombre con inclinaciones religiosas. Advertí su decepción,
su disgusto, su alarma incluso, cuando le confesé que hacía
más de veinte años que no pisaba una iglesia. Ella juntó
las manos encallecidas, sucias del barro polvoriento
desprendido de las zanahorias y patatas, y un instante mantuvo
la cabeza gacha. Le pregunté en voz baja si estaba rezando.
Asintió en silencio, sin levantar la vista. Una crencha
sinuosa dividía su melena bermeja, peinada sin esmero. En el
cuello ostentaba una mancha blanquecina, debida seguramente al
vitíligo. Adiviné que rezaba por mí y, agradecido, le dije
que me causaba dolor la falta de fe. La Colorada se ofreció
entonces, muy seriamente, a procurarme el consuelo que a su
modo de ver necesitaba mi alma.
Idea
suya fue que al término de la jornada de mercado nos encerráramos
los dos a rezar en la furgoneta. Llegado el momento, nos
acomodamos uno frente a otro entre los cestos y los costales.
Yo debía repetir los versículos que ella previamente
recitase. Prometí, no sé si con sinceridad, aprenderlos de
memoria. El segundo miércoles que rezamos juntos formé propósito
de sobrepujar en unción a la Colorada. Con tal objeto estuve
alza que te alza la mirada hacia el techo de la furgoneta, oré
con fervor aspaventoso, apuñeé en dos ocasiones mi propio
rostro y al fin, prosternado ante la Colorada, le imploré que
me permitiera agradecerle mediante un acto de sumisión el
auxilio virtuoso con que en un lapso milagrosamente breve me
había restituido la fe. Tan pronto como comencé a
descalzarla percibí, sin necesidad de mirar sus ojos, que le
acometía un grandísimo temor. Hizo, incluso, amago de
detenerme; pero su candidez de muchacha arrabalera, habituada
al trato del azadón y a las consejas acerca de mártires y
prodigios, carecía de fuerza suficiente para contrarrestar mi
santidad desatada. A mi vista aparecieron los toscos
calcetines deshilachados; enseguida los pies tendinosos,
malolientes, infestados de sabañones. Les prodigué besos
lentos y traté de transmitirles el calor de mis mejillas.
Una
semana después la Colorada me deparó una sorpresa. Acabada
la venta y recogida la mercancía sobrante, nos recluimos una
vez más en el interior de la furgoneta. Dentro de una caja de
cartón sonó de pronto un balido. Miré, extrañado, a la
Colorada y la Colorada me miró a mí con pupilas revestidas
de insólito fulgor. Temblorosamente se declaró indigna de mi
virtud, ya que había pecado. Le rogué que me revelara su
falta. El miedo a ofenderme se lo impedía; pero al fin
consideró que era justo allanarse a mi insistencia. Supe
entonces que golpeaba a menudo a su madre, a quien por ese
tiempo una enfermedad de los huesos obligaba a guardar cama día
y noche. No la golpeaba, dijo, por maldad, sino por
impaciencia y algunas veces por fatiga. Esto confesado, abrió
la caja de cartón. Por la abertura asomó la cabecita blanca
de un cordero. Sin decir palabra, la Colorada me tendió el
cuchillo; pero lo rechacé, haciéndole saber que prefería
que fuera ella quien llevase a cabo el sacrificio.
La
quinta, Inmaculada Larrea, de cincuenta y ocho años, vivía
sola en un caserón de la calle de Sartalde. Perecieron a raíz
de un accidente de tráfico los inquilinos a quienes tenía
alquilada una parte del piso alto y por consejo de no sé quién
resolvió habilitar para la cría de chinchillas las
habitaciones desocupadas. Buscando quien la instruyese, oyó
que por las tardes acudía a la taberna de los hermanos
Gorostiza un hombre con fama de experto en dichos animales. Así
fue como conocí a la Acechada un día tórrido de agosto de
1987. Me dio a estrechar su mano blanda y se sentó. De sus
orejas enormes, con lóbulos de carne fofa, colgaban sendos
broquelillos verdes de bisutería. La mujer parecía
angustiada. Mirando hacia la ventana, como si en lugar de
dirigirse a mí, que estaba delante, hablase con algún transeúnte
parado al otro lado del vidrio, declaró de forma atropellada
el objeto de su venida. Ni su agitación, ni sus extraños
ademanes, ni mucho menos su atuendo estrafalario podían pasar
inadvertidos a los presentes. Vi en derredor alguna que otra
sonrisa burlona. Tal vez yo fui el último en observar que la
mujer calzaba dos zapatos distintos o, por mejor decir, un
zapato y una sandalia. A sus espaldas, mientras le servía una
manzanilla con anís, Eneko me hizo el ademán de enroscar
tornillos en la sien.
En
breve comencé a explicarle buenamente a la Acechada mis métodos
de crianza, nada del otro mundo, según dije y repetí
pensando que con ello se sosegaría. No me escuchaba. Sus
dedos aporretados manoseaban sin cesar la flor de tela que lucía
en el escote. Su atención continuaba puesta en la calle.
Impensadamente llevó la taza a los labios, con el saquito de
la manzanilla aún en su interior. Se abrasó, claro, y hubo
algunos conatos de carcajada en la taberna. Ella, con aire de
confidencia, me susurró: "Déjelos usted que rían,
ellos no saben nada." La gravedad de su tono de voz me
impresionó y no pude menos de otear la calle en busca de no
sabía qué. A la extrañeza que me invadía sucedió de golpe
un vivo sentimiento de alarma no bien descubrí que el reloj
de pulsera de la Acechada carecía de manecillas. Una
posterior comprobación me permitió advertir que también le
faltaba el cristal. Por un momento me supuse enredado en una
alegoría funesta. Decidido a deshacer el enigma, pedí a la
Acechada que me dijera la hora. Ella lanzó una mirada rápida
a la esfera vacía de su reloj y contestó "las cinco y
cuarto" sin titubear. Eran las cuatro menos veinte de la
tarde. Ignoro por qué razón suspiré aliviado. En cambio,
sabía con certeza que en adelante no me iba a ser posible
guardar respeto a aquella mujer.
Apenas
me hube percatado de ello, le tomé la mano y con un bolígrafo
de tinta azul dibujé sobre su palma el tipo de jaula que en
mi opinión convenía a las chinchillas. Le hice luego saber
que tenía un pétalo de manzanilla junto al labio: más
arriba, un poco a la izquierda, hacia abajo, y de aquella
suerte estuve guiando durante más de medio minuto a su dedo
de un lado para otro de la cara. Sin esperar su asentimiento
la convidé a un tazón de leche, del cual bebió dos o tres
sorbos, no sé si por gusto o cortesía. A la media hora de
habernos conocido, me confió en voz baja el motivo de su
inquietud. Agarrando mi cabeza con ambas manos y ladeándola
no sin alguna brusquedad, murmuró junto a mi oreja (tan cerca
que me produjeron una sensación cosquilleante en el oído los
chasquidos de su lengua) que había venido huyendo del hombre
amarillo. Con secreto ánimo de burlarme, le pregunté a
continuación si se refería al coreano de la calle de
Ibarreta. Ni que decir tiene que esa persona no ha existido
jamás. La Acechada se encogió de hombros para significarme
que no estaba segura. Su semblante denotaba desvalimiento, al
par que en sus ojos llameaba una intensa ansiedad. Con la
excusa de comprobar si hablábamos del mismo individuo, enumeré
las señas raciales comunes a cualquier oriental. A los pocos
detalles, la Acechada, empavorecida, se tapó los oídos con
las manos. No creo que le faltase mucho para soltarse a
gritar.
Así
pues, un hombre con rasgos asiáticos la perseguía a diario
por las calles y rondaba su casa de noche. Me puse cínico:
"¿Le debe usted dinero?" Negó. "Tal vez ha
contrariado usted las aspiraciones amorosas del coreano
respecto a su persona." Volvió a negar, esta vez con
vehemencia, y acto seguido prorrumpió sin más ni más en una
escandalosa risotada que atrajo sobre su rostro congestionado
la atención de todos los presentes. Detrás de la barra,
Eneko Gorostiza me apremiaba por medio de señas imperiosas a
sacar cuanto antes de la taberna a aquella guillada. Yo
propuse enseguida a ésta que saliéramos a la calle en busca
del coreano. Mostrando el puño en actitud amenazadora, juré
que, si encontrábamos al sinvergüenza, le quitaría de una
vez para siempre las ganas de divertirse a costa de la gente
de bien. No fue difícil convencer a la Acechada. En realidad,
ella estaba anhelando que alguien se tomase la molestia de ser
su santelmo.
Minutos
después, mientras bajábamos en dirección al río, me enseñó
el cuchillo de cocina que, según dijo, acostumbraba llevar
oculto dentro del bolso cada vez que se aventuraba fuera de su
casa. Formulé un escueto comentario: excelente decisión, o
algo por el estilo, ya no recuerdo. Claro que de poco había
de servir el cuchillo, añadí, si no lo clavaba certeramente
en uno de los ocho puntos de muerte que, con escasas
excepciones, tienen los cuerpos de los hombres orientales. Me
miró sorprendida. En tono de súplica solicitó una explicación.
Le dije que para causar solamente daño al coreano bastaba con
hincarle el cuchillo a la ventura; ahora bien, si su deseo era
acabar con él, entonces no había más remedio que dirigir el
filo hacia una de las ocho zonas vitales. Como confesase la
Acechada que no me comprendía, tracé en la tierra con la
punta de un palito una figura humana. Hecho lo cual, le obligué
a confrontarse con la pregunta: ¿herir o matar? Miró en
torno, como para cerciorarse de que nadie salvo yo la
escuchaba. Luego, con mucho misterio, declaró un tanto
avergonzada sus sangrientas intenciones. Le pedí el cuchillo.
Lo sacó del bolso y me lo dio, y yo lo clavé con furia
teatral en ocho lugares del dibujo elegidos fingidamente a
conciencia. "En conclusión", le dije, "si
usted desea liquidar a un ser humano oriundo de la franja
geográfica comprendida entre la isla de Java y la de Hokkaido,
deberá inferirle una de estas ocho heridas; de lo contrario
habrá usted desperdiciado el tiempo".
No
me abstuve de adobar la patraña con profusión de citas
entresacadas de presuntos informes médicos, menos por afán
de verosimilitud (que la portentosa credulidad de mi acompañante
hacía de todo punto innecesario) como por el deleite que me
procuraba escucharme a mí mismo. El calor apretaba en la hora
sofocante del resistero. Yo añoraba el vino de los Gorostiza;
pero aun así determiné zancajear con la Acechada por las
calles desiertas en busca del imaginario hombre amarillo. Me
había tomado grandísimo deseo de comprobar si, como se me
figuraba, ella la emprendería a cuchilladas con el primer
peatón de ojos rasgados que se cruzase en nuestro camino.
Anocheció sin que hubiéramos visto ninguno. Acordamos por
fin despedirnos. A punto de separarnos, le propuse un negocio:
la vida del coreano de la calle de Ibarreta a cambio de veinte
chinchillas. Aceptó al momento.
Dos
días después, en el patio contiguo a su caserón, le mostré
el cuchillo tinto en la sangre del más esmirriado de mis
animales. La Acechada obtuvo de aquella forma su emoción, su
júbilo, su risa dichosa en la penumbra del patio, y yo una
ganancia estimable. Al irme le pregunté la hora. Miró su
reloj sin manecillas, dijo: "Van a dar las diez y
media", y esgrimiendo cómicamente el cuchillo
sanguinolento, prosiguió con sus carcajadas, bailoteos y
visajes. Me di la vuelta y salí con mi saco lleno de
chinchillas vivas a la calle de Sartalde, donde hice un breve
alto para comprobar que eran las nueve menos cinco.
Días
después, llegó a la taberna un hombre fornido, de espeso
bigote, a quien yo no había visto jamás. Le sucedió lo que
a tantos otros cuando visitan el lugar por vez primera: no
advirtió el escalón de la entrada y dio un traspié. La
prontitud y agilidad con que evitó el ridículo me puso de
inmediato en la senda de recelar que aquel individuo
aparentemente sosegado venía lleno de precaución, de
disimulo, de órdenes estrictas que debía cumplir. Tomó
asiento sobre un taburete, junto a la barra. Me dije: "Va
a pedir algo barato, rápido de beber." Y así ocurrió.
"Enseguida dedicará una mirada fugaz a cada uno de los
circunstantes sentados a las mesas y a mí unas cuantas."
Acerté. Por la ventana lo vi alejarse bajo el sol opresivo de
las tres y doblar la esquina por la que ya me figuraba que de
un momento a otro aparecería la persona encargada de
solicitarme consejo sobre la crianza de chinchillas. Que la
persona en cuestión se tomara media hora para llegarse a la
taberna, me pareció una medida inteligente; que se tratase de
una mujer, no me sorprendió en absoluto. Tres motivos de
sonrisa tuve en un breve espacio de tiempo: cuando vi a la
sexta bajar la calle con aquellos zapatos rojos de tacón de
aguja, enteramente disconformes con su aire marcial de
karateca avezada; cuando al entrar dio idéntico paso en falso
al del hombre que la había precedido y cuando, olvidando sin
duda preguntarle al tabernero cuál de los diez o doce
presentes era el experto en chinchillas, cometió el error de
venirse a mí directamente. Por curiosidad hice el propósito
de seguirle el juego, formulándole sin demora las preguntas
convencionales que ella a buen seguro esperaba. Traía, por
descontado, su provisión de respuestas aprendidas. Su única
tacha fue que a veces forzaba en exceso la gesticulación, de
tal forma que el trajín de facciones y manos no se correspondía
con la calma imperturbable que imprimía a sus palabras ni con
el escaso valor confidencial de éstas. En cuanto al nombre
elegido por ella para la ocasión, Marta Fernández, he de
reconocer que atinó a pronunciarlo con naturalidad. Calculé
que en la guía telefónica se repetiría no menos de diez
veces la inicial M. seguida de aquel apellido común. Me daba
igual. Incluso antes que hubiese atravesado la calle, camino
de la taberna, ella era y se llamaba para mí la Carnada.
Me
fijé en que al sonreír se formaban sendos hoyuelos en sus
mejillas. El gusto de contemplarlos hizo de mí esa y otra
tarde un hombre superficial, bromista en extremo. Dije, sin
decir nada, muchas cosas, cuchufletas las más, encaminadas a
provocar aquellas diminutas simas en el rostro de la Carnada,
la cual soportó con paciencia risueña la sarta de
estupideces. Ni siquiera hablé en serio de las chinchillas.
Poseía tantas, dije, que a menudo, debido a la falta de
espacio, me veía en la obligación de congelar cierto número
de ellas. Noté que la sonrisa de la Carnada perdía poco a
poco intensidad, y que, consiguientemente, los hoyuelos de sus
mejillas eran cada vez menos profundos. ¿Se me estaba
acabando el juguete? Aunque sabía los riesgos que mi decisión
entrañaba, propuse a la Carnada que viniera otro día a mi
casa a echarles un vistazo a las chinchillas. Yo se las
mostraría con mucho gusto, y también las jaulas, y le pondría
al corriente de mis métodos de nutrición y de higiene, así
como de todo lo relativo al trato y comercio con el gremio de
manguiteros. Aceptó encantada. No me cabía la menor duda de
que aquel desenlace de nuestra entrevista sobrepasaba
ampliamente lo que tanto ella como sus superiores habían
esperado. Yo recobré, a cambio de abrirle las puertas de mi
hogar, su sonrisa y sus hoyuelos. Una vez más menudeé las
chirigotas. La Carnada me interrumpió para anunciarme que tenía
necesidad de ir al servicio, adonde supuse que la llevó el
propósito de establecer secreta comunicación por teléfono móvil
con los dos tipos que estaban dentro de un coche gris
estacionado junto a la acera de enfrente.
Flotaba
en el aire un olor sutil de sospecha que también rozó el
olfato de Eneko Gorostiza. Ausente la Carnada, se acercó a
pasar el paño húmedo por el tablero de la mesa y me susurró:
"No entiendo cómo las mujeres se pueden prendar de un
hombre como tú, feo, pequeño y sin trabajo." Minutos
después, concordes en que nos encontraríamos a la tarde
siguiente en mi casa, la Carnada pretextó una serie de
compromisos inaplazables, me obsequió con una última sonrisa
y se despidió. Era evidente que carecía del hábito de
caminar sobre tacones de aguja. Mientras subía la calle, fijé
mi atención en sus tobillos. Vi que a cada paso se arqueaban
con no poco peligro de dislocarse. También advertí que todas
las prendas de vestido destinadas a realzar su feminidad
(tanto los zapatos como la falda ceñida y corta, sin excluir
la chaquetilla superflua en un día abrasador, pero útil,
cuando no imprescindible, para ocultar un arma), le
estorbaban. Medio tropezando ganó por fin la esquina por la
que, transcurrido breve tiempo, se perdió asimismo de vista
el coche gris.
Me
había tomado para entonces una gran inquietud. A lo largo de
una noche de insomnio y de una mañana interminable, no
experimenté un segundo de sosiego pensando en la temeridad
que había cometido al permitir que aquella mujer se metiese
en mi casa. Sonó el timbre a la hora convenida, abrí la
puerta y de nuevo me hallé ante los dos agujeritos lindos en
las mejillas, la falda prevista sin duda para seducirme y los
zapatos rojos de tacones exagerados cuyo poder de embeleso, si
es que alguno poseen, imagino que consistirá en producir la
impresión de que quien va subido a ellos no puede escapar
deprisa. A la vista de semejante traza me tranquilicé,
persuadido de que en el espacio de veinticuatro horas la
Carnada no había variado un ápice su opinión sobre mí.
Bastó mirarla a los ojos para comprobar que seguía considerándome
un imbécil. Mientras estuviese convencida de ello, no tenía
yo nada que temer. Esta certeza me exaltó. No fue, pues, del
todo insincero el alborozo que mostré cuando la Carnada me
obsequió con la botella de vino. Me apresuré a descorcharla
y, como un glotón que no sabe comedirse, le di unos cuantos
tientos desaforados. Tras limpiarme los labios con el dorso de
la mano, tendí la botella a la Carnada para que también
bebiese; pero rehusó. Su gesto, excluida la débil sonrisa de
circunstancias, denotaba una profunda repulsión.
De
mala fe, y como para compensar, le regalé un crucifijo
revestido de conchas y un huevo crudo que cogí de la nevera.
Sin perder ni por un momento su presencia de ánimo, ella
agradeció las dádivas y las guardó. En el cuarto de las
chinchillas dirigió parte de su atención al techo y los
tabiques, como si los examinase. Pidió luego ir al servicio.
Con una oreja pegada a la puerta, la oí cuchichear. Ignoro qué
decía y a quién. A su salida expresó el deseo de vivir
alguna vez en un piso como el mío. ¿Había inconveniente en
que echara un vistazo a las habitaciones? Fingí avergonzarme
por anticipado a causa de la suciedad y el desorden que iba a
encontrar en ellas. La Carnada, sonrisa y hoyuelos, restó
importancia al caso y, decidida a mostrarme alguna comprensión,
reveló que su casa no era precisamente la más limpia de la
ciudad. No me aguanté la tentación de tirar del hilo de su
falsa franqueza. Y así, le dije que me costaba creer que una
persona como ella, de aspecto tan aseado, se llevase bien con
la incuria. Obligada al parecer a propiciarse mi voluntad, me
susurró al oído que llevaba días (no dijo cuántos) sin
ducharse. La palabra mentira me salió disparada de la boca.
La Carnada se apresuró a levantar el brazo y sin ninguna
clase de pudor acercó el sobaco a mi nariz. Su camisa
ostentaba en dicho lugar una marca sudorienta. Percibido el
olor a catinga (que por aquellos días caniculares era el
usual de cualquier ciudadano, a menos que se lavase cada diez
minutos), concluí que, efectivamente, ella y yo éramos dos
seres parecidos, predestinados a entenderse, por lo que no había
problema ninguno para que inspeccionase el piso a su antojo.
Tan sólo puse como condición que me aceptara una taza de café.
La Carnada no dudó en plegarse al agasajo y enseguida se
entregó de lleno a su propósito.
Desde
la cocina estuve largo rato oyéndole abrir puertas y cajones,
no siempre con sigilo. A tiempo de tomar juntos el café,
quiso husmear, por la vía de las preguntas oblicuas, en mi
vida privada. Yo hablé sin rebozo de mis hemorroides, de mi
apego al vino, de mi esperanza en obtener antes del invierno
una buena colocación y de las chinchillas; pero me cuidé de
cometer ningún desliz que corroborara las sospechas que sobre
mí recaían. Al fin nos despedimos con mucha cordialidad. Sé
que otra tarde, hallándome yo ausente, el piso fue registrado
en secreto. También sé que durante varias semanas me
siguieron por la calle sombras más o menos cautelosas. En otoño,
tan pronto como me cercioré de que nadie me vigilaba, emprendí
la búsqueda de la Carnada. Tres años y medio han
transcurrido desde entonces y continúo buscándola: por la
zona céntrica, por los barrios apartados, a la salida de los
cines, a la puerta de las iglesias y por todos los rincones de
la ciudad. A mí jamás se me ha escapado ninguna, conque no
he de parar hasta encontrar también a ésta.