A
Ricardo Bada
Ibrahim Abdullah se
rasgó la barbilla con sus dedos metálicos. ¿Cómo podría
escribir? En la batalla había perdido el anular y el índice, y
el pulgar aquel, que una vez compuso, era apenas una burda
maniobra en el aire. Comprobó. Sintió que el metal le
aplastaba la memoria del tacto, pero no tenía alternativa.
Había que hacerlo. El Supremo Ministro le había encomendado
esta misión. Reescribir. A él, nada menos que a él, mano
derecha de Hermeneutes, el Director de las bibliotecas
incendiadas, definitivamente arrasadas, letra sobre letra.
Ahora le encargaban la reconstrucción. Los habían capturado
juntos, pero mientras a Ibrahim lo trasladaron a una bóveda
del hospital para curarlo, al viejo, que se resistió en todo
momento a colaborar, lo encerraron en la cripta de la luz.
Habían recorrido
cientos de kilómetros con ese destartalado vehículo. Nadie que
conociese los riesgos de manejar se hubiera atrevido como
ellos. No hablaban. Parecía que hubieran perdido la costumbre
de la palabra, le explicaron a los puñetazos e hicieron sonar
interjecciones en sus mandíbulas y oídos. Finalmente uno de
los emisarios del Supremo le descubrió la cara magullada y
habló:
–¿Te vas a
acordar o no?
Para Ibrahim Abdullah
la pregunta era su pesadilla. Todo lo
había soportado, sin conmoción alguna, hasta que supo que la
desaparición de los tesoros impresos era irreversible, tanto
como la gravedad de Hermeneutes, su maestro, y la misión que
el Supremo le adjudicaba ahora a Ibrahim, para que elija entre
reescribir, o no ser. Como su pasado.
Acordarse podría quizás, pero nunca iba a
ser como el original.
–Y qué importa
–le contestó groseramente la figura–. Ya no quedan originales
en ninguna parte para comparar.
Volvieron a
amenazarlo.
–El único
original eres tú.
Las carcajadas
retumbaron en sus oídos.
No podía creerlo.
Memorioso había sido siempre, pero esto era mucho más de lo
que podía imaginarse. ¿Escribir de memoria los textos...?
–Bueno, no todos,
sólo aquello que el Supremo quiera, se entiende.
La guerra no
había acabado ni con las calculadoras ni con las bóvedas del
tesoro en los bancos, pero sí con la letra impresa: no había
bibliotecas particulares posibles y desde que el Estado obligó
a los ciudadanos a deshacerse de libros y papeles, toda
palabra escrita se había perdido. Ibrahim sintió una angustia
inconmensurable en la garganta, una contricción severa en el
torso y le pareció que estaba partiéndosele el corazón, pero
ni morirse lo dejaron.
Muertos los libros,
vivan los libros, hubiera deseado pronunciar Ibrahim, pero
calló. No eran tiempos éstos para abrir la boca. Una vez en el
hospital, fue rescatado de la horda militar por Kalostro, el
sacerdote.
–Olvídate
–le pidió
Kalostro, dueño y cancerbero, que desde entonces abría y
cerraba la puerta de su celda.
Y depositó sobre sus
rodillas esa máquina que se convirtió en su único contacto con
el afuera..
–Es
algo del otro mundo –susurró.
La habían encontrado en
el fondo de la ciénaga, la menos oscura y tenebrosa, que ya
llegaba hasta el hospital de campaña. Era un aparato pequeño,
como un mínimo órgano lleno de teclados semejante a la Klavier
que alguna vez tuvo Hermeneutes, aquel que hoy lloraba en la
cripta de la luz cada vez que se escondía el sol, porque
recuerda.
–Al
fin y al cabo, el aniquilamiento no es tan problemático
–le confió el
sacerdote Kalostro–.
La censura tendrá menos trabajo a partir de
ahora.
El alivio del prelado
sonó como una advertencia para Ibrahim Abdullah, condenado a
sobrevivir el campo de batalla y la destrucción posterior para
ver como el desierto extendía sus lenguas sobre los ancestros,
devorándose lo que una vez fue vergel. La tierra, o como
quiera que se llame, era ahora esa esponja llena de esquirlas
que veía por el monitor del aparato que le entregó Kalostro.
–Serás
el escribiente de la nueva era –seducía
Kalostro al joven Ibrahim, que ya se sentía huérfano como
discípulo–.
¿No decías que conocías los textos? ¿No eras acaso el terror
de la documentación y la investigación? Ahora serás quien
resucitará lo muerto y reconstruirás las palabras que
recuerdes, serás el almacén de este resto de humanidad para
que se sepa que somos poderosos, pero la aniquilación nos es
ajena...
Kalostro se secó la
frente como si el cinismo de su discurso le hubiera provocado
algún escrúpulo.
¿Cuánto pesa un
escrúpulo, Hermeneutes? ¿Cuánto? Rogó, gimió, se retorció
Ibrahim, pero no había caso. Su Maestro ya no estaba ahí para
responder, acaso no estaría más para nada, había quedado solo,
definitivamente solo en esta tierra que alguna vez también
había sido suya, de ambos, de millones, pero ahora ya no se
podía caminar por ella ni usar las piernas, los que aún las
tuviesen. La tierra que había sido de todos y de todas se
había convertido en una ciénaga de plástico mortal para quien
se aventurase fuera de su cápsula.
–Aunque
los más pobres lo intentan –le
contó Kalostro en un ímpetu de sinceramiento–,
como no les queda otra... verás, siempre hay alguna loca que
se atreve a quitarse todo y a gritar a la intemperie.
Y el monitor de la
pequeña máquina se iluminaba para revelar el mundo exterior.
Ganas de eles, pensó
Ibrahim. Morir por una lápida, lámina, lacerante, litigio,
luz, lagar, lilith, leer pidió.
–Lágrimas
–agregó el
sacerdote–.
Lágrimas y látigo te faltan.
Desde entonces
practicaba. Todas las tardes, desnudo y silencioso, mutaba
sonidos, palabras, letras, gárgaras, todo lo que pueda ser que
no haya sido. Pero hasta ahora no le había sido posible
reencontrar ni reescribir ni confirmar alguno de los antiguos
escritos. El viejo Hermeneutes, en tanto, se retorcía durante
los interrogatorios en la cripta blanca y pulcra y rechinaba
por un poco de sombra. Basta ya de luz, déjenme en paz,
bramaba el prisionero, mientras Ibrahim Abdullah tomaba nota
de cualquier cosa que recitase el viejo Maestro.
Aquella tarde,
Hermeneutes había despertado de su letargo y se abalanzó como
gato enloquecido sobre Ibrahim, volvió a escupir como cuando
lo habían recogido en la biblioteca humeante, mientras sus
escribas se hundían en la ciénaga de plástico para siempre.
Con ella desaparecían también las láminas, los mensajes, el
papel, la última fibra de luz donde alguna vez habían dejado
sus huellas los seres. Ninguno de los asesinos lloró.
Definitivamente aliviados, los saqueadores se dedicaron a la
farra viva de lotearse las escrituras y después eliminarlas
para siempre. No habrá nada que las recuerde ni palabras que
digan que alguna vez fueron, de aquí en más no serán nunca
jamás y para siempre estarán fuera del mundo y el olvido.
Perecederas serán. Fue la condena.
¿Cuán amplio es el
olvido? ¿De qué color son sus praderas? Será como la pampa,
acaso, como el desierto, los contornos bajo el hacha, se
preguntó Ibrahim. En vano. Nadie vendrá a responderle. El
viejo Hermeneutes acababa de expirar. Su vida ya no será. Su
memoria tampoco. Y el viejo se hundió lentamente en la
hierviente textura de la ciénaga que como todos saben,
encierra el paraíso.
Entonces Ibrahim
Abdullah comenzó a escribir, tembloroso, con sus dedos
metálicos, aquello que le dictara su memoria, embelesado,
poseso, como si copiara de algún papiro imaginario reflotado
por un instante del olvido.
–Muéstrame
lo tuyo, Ibrahim –le
sobó el lomo por la noche el Supremo, que amaba el perfume de
los jóvenes más que cualquier otro sentido y que hubiera dado
gran parte de ese reino maldito por un poco más de belleza y
menos de codicia. Pero, ah, la perra vida siempre se salía con
la suya. Husmeó por sobre el hombro del joven, reconoció
aquella frase que reproducía el monitor y entonces supo que
todo comenzaría de nuevo.
–Lindo
tu apócrifo, muchacho, dijo, y leyó en voz alta como si
supiera:
“hen un lugar de La
Mancha de cullo nonvre no quiero hacordarme...”