Era
la tercera vez en la mañana. Los niños volvieron a
acercarse. El ruido de la mar se confundía con el unánime
grito de los que hablaban. Unos segundos de silencio y la monótona
repetición como un gruñido o como un estertor: «aaa-ú».
La red iba saliendo lentamente a la áspera playa. Su dulce
color de otoño, roto por la lucecilla plateada de un pescado
muy chico o por el verde triste un alga prendida en sus
mallas, dividía la oscura desolación de grava menuda; cerca
cabeceaba la barca vacía.
Los
niños pisaban la red. Pedro había asumido la labor de
espantarlos. Decía una palabrota y hacía que corrieran
apenas unos metros para pararse en seguida y volver
confianzudamente a poco. Pedro tenía entre los labios el
chicote de un cigarrillo y les miraba superior y hostil,
porque era casi un hombre y trabajaba.
En
el copo había un parpadeo agónico y blanco de pascado y se
movía la parda masa de un pulpo con algo indefinible de víscera
o de sexo. Un último esfuerzo. Los pescadores se inclinaron más;
luego se irguieron en silencio y contemplaron el mar.
La
tercera vez en la mañana. El señor Venancio, el de la
nostalgia de los tiempos buenos de la costera, dio una patada
al pulpo, que retorció los tentáculos, y, al fin, medio dado
la vuelta, los extendió tensamente, abriéndose como una rara
flor.
-Si
llegamos a una peseta por cabeza, vamos bien –comentó.
Los
demás siguieron en silencio. Habían oído y habían
olvidado. Estaban acostumbrados, aunque no resignados, como
creían otras gentes del pueblo. De pronto, uno de ellos
comenzó a cantar en el vaivén de la ira y el ridículo.
Pedro se aproximó al pulpo y principió a jugar cruelmente
con él.
-Déjalo
ya –dijo el señor Venancio.
Pedro
sintió algo como vergüenza que le ascendió hasta los ojos y
le hizo humillar y distraer la mirada en un pececillo que cogió
entre los dedos. No, no le debía de haber dicho aquello el señor
Venancio delante de los chiquillos, que le miraban envidiosos.
Pedro era pescador, y sabía que tenía su parte en el pulpo y
un indudable derecho a jugar con él o a darle una patada como
el señor Venancio. No tuvo tiempo de pensarlo mucho.
-Dale
la vuelta a la moña, Pedro, y échalo en el cesto.
Los
chiquillos contemplaron admirados el trabajo de Pedro en
cuclillas sobre el animal.
-Cabrón
–dijo Pedro, y luego se levantó con el pulpo fláccido,
pendiente de sus dedos índice y medio de la mano derecha, los
tentáculos colgantes formando una masa inerte, salvo en sus
delgadísimos extremos, que todavía se retorcían.
El
señor Venancio hablaba con los compañeros:
-Yo
hubiera tirado el lance hacia el puntal; puede que allí hubiéramos
sacado algo más. Como siga esto así, vamos a comer piedras.
Tres veces en una mañana, y ni siquiera para comprar pan...
Pedro
fingía interesarse en la conversación de los mayores sobre
el jornal, porque para eso era pescador; pero sabía que no le
importaba demasiado. Llegaría a su casa y tendría algo que
comer. Para llevar de comer estaba el padre y no él. Acaso un
trozo de pan y un rebujón de pescado frito, pero ya era
bastante. Desde pequeño –contemplaba su infancia sin haber
salido de ella como algo muy distante- había comido poco, a
veces nada, mas siempre había tenido el derecho a llorar, a
protestar por la escasez. El que no lloraba ni protestaba era
su padre, que lo miraba todo con unos ojos muy pequeños, como
queriendo llorar y protestar con odio.
-Pedro,
lleva el cesto a la vieja y que se dé prisa en vender todo
ese lastre.
Pedro
se bajó los pantalones largos de color de arcilla, recogios a
medio muslo.
-¿A
la tarde afanamos? –preguntó.
-Se
verá. Hay que contar con la mar. Te avisará, al pasar,
Luciano.
Los
pescadores extendían la red sobre la playa. Algunos niños se
divertían cogiendo pececillos minúsculos enmallados; otros
iban detrás de Pedro tocando el pulpo temerosamente. Pedro se
volvía hacia ellos:
-Largo
muchachos; ¿es que nunca habéis visto un pulpo?
Les
lanzaba arena con los pies.
-Largo,
largo, largo...
Dijo
una frase obscena...
Llegó
donde la vieja. La vieja estaba sentada en el escalón del
umbral de la casa. Miraba distraída.
-Nada,
¿verdad? –dijo.
-Poco;
se dio mal toda la mañana –contestó Pedro.
-Bueno,
deja eso ahí; ahora saldré a ver lo que dan. Venancio quiere
muchas cosas. Ya te puedes ir; aquí no pintas nada.
La
vieja tenía un genio malo. Solía beber. Bebía aguardiente,
a veces con agua, a veces con pan, mojando en la copa migas
que amasaba entre los dedos y arrancaba de un corrusco
guardado en uno de los profundos bolsillos de su delantal.
Pedro no se había marchado todavía.
-Que
ya te puedes ir –repitió la vieja.
Pedro
caminó hacia su casa. Iba pensando en el mar. Le gustaría
ser pescador de mar, dejar de pescar desde la playa. Le gustaría
salir con la traíña y estar encargado en ella de los faroles
de petróleo. Y, sobre todo, hablar del viento de Levante.
Decir al llegar a casa, con la superioridad del trabajador de
mar: «Como siga esto así, vamos a comer piedras. El levante
nos ha llenado la traíña tres veces de mar. Si no llega a
ser por el señor Feliciano, nos vamos a fondo.» Y decir esto
mirando a sus padres alternativamente. Ver los ojos del padre
casi tristes, casi alegres; y los de la madre, temerosos; y
contar a los hermanos cómo una morena le tiró un muerdo y él
le dio con el cuchillo de partir el cebo en la cabecilla de
bicha, y la tuvo a sus pies retorciéndose más de dos horas.
Le
llamaban los amigos que estaban jugando con cajas de cerillas.
-¿Juegas,
Sánchez?
Estaban
en corro sobre el sucio principio de la playa.
-Ahora
no, voy a casa. Esta tarde tenemos faena.
Y
una voz:
-Los
de la Tres Hermanos han venido hasta arriba de pesca. Nadie
sabe cómo se las han arreglado. Es el señor Feliciano, que
tiene ojo de gato para esas cosas.
Pescar
en la traíña del señor Feliciano era el deseo de todos lo
muchachos de la playa. Pero el señor Feliciano no llevaba
muchachos en su embarcación, porque pensaba que estaría mal
que un niño ganase por ir con él más que su padre, que
pescaba de playa o que estaba en otra lancha con poca fortuna.
Al
pasar junto a la taberna de Sixto, se asomó.
-Hola,
padre.
El
padre de Pedro y el señor Feliciano estaban celebrando la
pesca. Se había vendido bien en Vélez.
-¡De
modo que tú ya andas en la labor! Bueno, hombre, bueno
–dijo el señor Feliciano.
-Aprendiendo
–aclaró el padre.
Pedro
miraba fijamente al señor Feliciano.
-¿Quieres
una copa? ¿Qué tomas?
-Un
pintao –respondió Pedro.
-Pon
al chico un pintao –gritó el señor Feliciano-. ¿Qué tal
se dio hoy? Venancio sabe mucho; hay que largar donde él
diga. Él sabe mucho de eso. Claro que las playas andan mal de
pesca... Vete haciendo ojo. El año que viene, que paco se
marcha al servicio... Bueno, ya hablaré con tu padre; ya se
lo diré a él cuando sea.
Dejaron
de hacerle caso y siguieron hablando de toreros, a los que no
habían visto nunca torear. Pedro se bebió un vaso y dijo adiós.
Al salir, el padre le llamó:
-Dile
a tu madre que ya voy para allá.
Pedro
movió la barbilla y cerró los ojos, asintiendo.
La
madre de Pedro estaba sentada en el escalón del umbral de la
puerta. Cosía algo. Preguntó:
-¿Qué
tal se os dio?
-Mal,
madre.
-Traes
hambre. Anda, pasa. Encima de la hornilla hay pescado. Ojo,
que hay que repartirlo. ¿Has visto a tu padre?
No
daba lugar a las contestaciones; hablaba rápida,
andaluzamente.
-Estará
tomándose sus copas. Lo mismo da sacar buen jornal que malo.
Hoy de juerga, mañana de queja. Así va todo.
-Hoy
han tenido suerte –comentó Pedro-; el señor Feliciano
tiene ojo de gato para la pesca.
-El
señor Feliciano no tiene familia que mantener como tu padre;
se puede gastar lo que gane con quien le dé la gana.
-Puede
que el año que viene... paco se marcha al servicio. Ha dicho
que hablará con padre. En casa de Sixto...
-Los
hombres debían pensar más las cosas cuando se casan. Creerá
que os voy a alimentar de aire.
-Cuando
Paco se marche al servicio... Me ha dicho que vaya haciendo
ojo...
-Vendrá
cuando quiera, claro está, y supongo que bebido.
-Me
ha invitado a un pintao. Aprecia al señor Venancio. Dice que
hay que hacerle mucho caso en los lances, porque sabe mucho de
eso... Lo que pasa es que las playas...
Pedro
miraba a través de la puerta la playa y el mar. La madre dejó
un momento la labor.
-Sin
comer no se puede trabajar. Anda y come algo.
Pedro
seguía mirando la playa y el mar.
-Aviva,
que ya te quedará tiempo para trabajar durante toda la vida.
Pedro
entró lentamente en la cocina. En el rescoldo de la hornilla
había un plato de porcelana desportillado con un montón de
pescado. Sobre los azulejos partidos, media hogaza de pan.
Cortó un trozo y mascó sin ganas. La ventana de la cocina
daba a una calle de polvo y suciedad, hecha entre dos filas de
casas de una sola planta. Al sol del otoño dormitaba un
perro. Las moscas s agolpaban en huellas de humedad. El
vecindario vertía el agua sucia en la calle. Pedro apretó
dos o tres pescados sobre el pan y salió a la puerta que daba
sobre la playa. Mascaba, lenta, concienzudamente. Volvió la
vista a la derecha y vio a su padre, que se acercaba. Dos
delos hermanos pequeños de Pedro venían cogidos de sus
manos. El padre sonreía. Llegó.
-Hola,
María –hablaba lentamente-; hoy hemos salido bien. Tengo
una buena noticia para ti, Pedro: Feliciano ha hablado con
Venancio. Hoy te vas a venir con nosotros.
Pedro
apretaba el pan y el pescado fuertemente. El padre continuó:
-De
prueba. Te encargarás de las farolas; es sencillo. Ya te enseñaremos.
-Ya
sé, padre.
-Bueno,
te enseñaremos de nuevo, aunque digas que ya sabes.
El
padre entró en la casa. Los hermanos de Pedro quedaron con la
madre. La madre comenzó a hablar en voz baja, rabiosamente.
Dijo por fin:
-A
ver si ahora te haces un zángano como los otros, Pedro.
Pedro
no la escuchaba. Entró en la cocina, donde el padre estaba
comiendo.
-¿Qué
ha dicho de mí padre?
-Lo
dicho, que te vienes esta noche con nosotros; que cree que te
puede hacer un sitio. Ya puedes hacerlo bien...
-Pero
no ha dicho nada más.
¿Qué
quieres que dijera, criatura? Ha dicho lo que ha dicho y es
bastante.
Pedro
volvió la vista.
-Podía
haber dicho algo.
Pedro
dejó la cocina.
Andaba
ya por la playa. Iba mirando las embarcaciones varadas.
Aspiraba el olor de la brea, el de las redes puestas a secar.
Se acercó a la traíña Tres Hermanos. De vez en vez mordía
el pan y el pescado. Dio una vuelta en torno a ella, pasando
lentamente la mano vacía por sus costados. Terminó el pan y
el pescado. Se tendió al sol. La lancha daba una breve sombra
de mediodía pasado.
Pedro
cerró los ojos. Los abrió. Las olas acababan suavemente en
la playa. Cerró los ojos y escuchó como un gruñido o como
un estertor: la mar.