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NOTICIAS Y ENTREVISTAS

De viajes, estaciones y tiempo

José María Pérez Zúñiga

 

Si hay un concepto equívoco, cambiante e inseguro, que con sólo pronunciarlo, escribirlo o pensar en él nos induce a la melancolía, es el de tiempo; por propia definición hace referencia a duración, a mudanza: pasa sin pasar o sin que nosotros queramos que pase y, cuando queremos, se hace lento, espeso, sin que tengamos conciencia de él aunque nos arrastre, como ese rostro que, sin que nos demos cuenta -por su misma imperceptible y cotidiana sucesión-, va cambiando en el espejo. «¿Dónde vas?», te pregunta irónico; y tú no sabes qué contestarle, pues aunque te pertenezca no puedes controlarlo, como tampoco esas canas que empiezan a poblar tus sienes y esa arruga que se empeña en torcer tu boca. La misma mueca que ponía San Agustín si le preguntabas qué era el tiempo, ya que no sabía decirlo; pero si no se lo preguntabas, sí, aunque sólo fuese en su imaginación o en la ficción del pensamiento -ni siquiera en esos actos que llevamos a cabo sin saber por qué y que inmediatamente se escapan sin que tampoco acertemos a explicárnoslos-; es decir, intuyéndolo. Como Rafael Guillén: «El presente es recuerdo» y «El futuro es pasado», «El mañana es ahora» y «El ayer es mañana», «El hoy es un después» y «El pasado es ahora»; que encabeza de este modo enigmático y circular cada una de sus «Variaciones temporales», otro bucle melancólico.

No sabemos qué es el tiempo, pero sentimos el frío y el calor, y al margen del calendario, sabemos que estrenamos el verano por el sudor, por la manga corta, porque el trabajo se hace más trabajo y por esas faldas cortas y esos bustos orgullosos que pa-sean ahora por las calles de Granada. El sopor ha invadido las calles, y como si a duras penas avanzásemos por un desierto, vemos espejismos con forma de coches, de semáforos, aceras y asfalto derretido, de pisadas que se vuelven pesadas y pegajosas y de pasos que ralentizan nuestro trayecto, única curva inequívoca de nuestra vida. «¿Dónde vas?», vuelves a preguntarte. Y sigues sin saberlo; caminas, simplemente, y como el poeta gritas que a veces te cansas de ser hombre; que entras en las tiendas y en los cines marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro; que acaso sólo quieres un descanso de piedras o de lana: no ver establecimientos ni jardines, ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.

No sabemos qué es el tiempo, pero sí ganarlo o perderlo en duras jornadas de trabajo, en esos proyectos que lo jalonan con sus éxitos y fracasos, en los hallazgos de la amistad y el amor, con sus mágicos encuentros y sus amargas despedidas. Pero pasan los meses y te sientes encadenado sin saber por qué, aunque vivas un día a día consentido porque sí sabes de la necesidad de esa rutina, cómoda o incómoda pero fiable, cierta, no como estas cuestiones de escritores pasados de moda, con su halo bohemio y de existencialismo ocioso; porque no hay conflictos existenciales cuando la misma vida se te escapa y tienes que vivirla sin más, cuidando de que vaya bien el trabajo y la familia, y de que, afortunadamente, puedas resumirla en unas cuantas certidumbres que te dirán quién eres. Pero hasta las certidumbres cansan y cansa la misma seguridad, y llegado el calor quieres dejar el trabajo y escapar de una vez al mar o a la montaña o a una ciudad diferente, dejando tu ciudad solitaria, cohibida, muerta entre horas, con ese sopor que la envuelve a ratos y la hace fantasmal. Siempre han tenido los viajes un halo de aventura, de cambio y vida nueva, de misterio y evasión para esta comunidad sedentaria, en todas las religiones del mundo el simbolismo de la vida y la muerte además, como si fuesen lo único definitivo y entre la infancia y la vejez no existiese sino un mal sueño.

Y también en estas fechas recuperamos esos libros que vamos posponiendo a lo largo del año y que nos ayudan a escapar aunque duren lo mismo que en un viaje: unos cientos de páginas o de kilómetros que terminan devolviéndonos a nosotros mismos. Yo leo en estos días 'Rueda del tiempo', de Manuel Talens; y también sus personajes están llenos de desencanto, también tratan de recuperar su pasado o de concluir dignamente lo que les queda de futuro, que quizás, como él dice, sea lo único que podamos hacer en nuestra vida. «¿Dónde vas?», vuelve a preguntarnos ese rostro equívoco del espejo; y esta vez no le contestamos pero nos acordamos de Marco Aurelio, y como él nos decimos -a nosotros, a nadie más, en la oscuridad y en silencio- que más nos valdría retirarnos en nosotros mismos que en la costa o en el campo; pues siendo el mundo una gran ciudad, quién podría escapar de sí mismo.

 

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Ideal, Granada, 11 de junio de 2002

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