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Manuel Talens

“No me tomo la literatura como un

 medio de ascensión social”

Con una sobriedad clásica que recuerda a Chéjov, narrando la vida de unos personajes a menudo trágicos, que han sido despojados de algo –una tierra, una vida, de sí mismos-, e indagando en la función del recuerdo, de la memoria como medio de vacunarse contra las mistificaciones pero también de darle un sentido a nuestra existencia, están construidos los relatos de “Rueda del Tiempo” (Tusquets, 2001), libro del escritor granadino Manuel Talens (1948), por el que ha recibido recientemente el Premio de la Crítica de Andalucía. A caballo entre Valencia y Francia, Manuel Talens, desembarcó en el panorama de las letras españolas con “La parábola de Carmen Reina” (Tusquets, 1992), a la que se le sumarían el libro de relatos “Venganzas” y una segunda novela, “Hijas de Eva”, que le han bastado para situarse en un lugar de privilegio, siendo aplaudido por crítica y público. Escritor y articulista combativo –en la edición valenciana de El País-, con él hemos querido tomarle el pulso a la literatura actual.

- Encabeza su último libro con una cita de Borges: “Salvo en las severas páginas de la Historia, los hechos memorables prescinden de frases memorables”; y en estos relatos parece usted reivindicar precisamente eso: un realismo -trágico, podríamos decir- que no necesita de abalorios.

Borges me gusta mucho, y siempre me deslumbró su capacidad de razonar la palabra como un medio de manipular a los demás, por encima de como un medio de comunicación; pero el juego literario en el que se movió a lo largo de su vida no le impidió adquirir la lucidez necesaria para ver también que la manipulación del lenguaje abarca cualquier forma de escritura, y no sólo la de ficción. La disciplina que llamamos Historia, con mayúscula, ha servido desde la noche de los tiempos para controlar a los demás, contándoles los hechos sucedidos de una manera y no de otra. A mí siempre me intrigó que la historia, cualquier historia, ya se trate de la batalla de Bailén o de un crimen pasional, dé importancia a lo que brilla, pero se niegue a mostrar los mecanismos que mueven el motor que produce el brillo. Y ésa era una de las intenciones de “Rueda del tiempo”: contar el engranaje del motor de la historia, no la historia en sí, y el engranaje, la intrahistoria, no necesita de discursos ampulosos, sus palabras son sencillas, como creo que es el lenguaje de mi libro, que al mismo tiempo es trágico porque para que exista un triunfador hacen falta muchos perdedores y a mí sólo me interesa hablar de estos últimos.

- Con este libro ha recibido recientemente el premio de la crítica de Andalucía. ¿Qué papel piensa que juega la crítica hoy en día?

 A pesar de que soy jurado de los premios de novela de Salamanca y Badajoz, como escritor vivo ajeno a ese mundillo. De hecho, nunca me he presentado a ningún premio ni creo que lo haga en el futuro, porque no me tomo la escritura como un medio de ascensión social, lo cual no quiere decir que los rechace si me los quieren dar ni que tenga nada en contra de los compañeros que se presentan a ellos. El premio de los críticos andaluces me gustó por lo inesperado y porque significó una suerte de regreso del hijo pródigo al hogar, además de porque dio la casualidad de que pude compartirlo con mi hermano Jenaro, que lo recibió en la modalidad de poesía. Respecto a los críticos, hay de todo, como suele decirse, gente que se lo toma muy en serio y que hace un análisis adecuado de cada texto que reseña, a sabiendas de que su opinión es eso, sólo una opinión, tan válida como otra cualquiera, y gente que escribe en la sección de cultura como podría escribir en la de pompas fúnebres, para ganarse unos cuantos billetes y pagar con ellos la cesta de la compra.

- Se percibe también en su libro cierto pesimismo o cierta resignación al entender la vida: “Sigue andando y sé feliz mientras dure tu camino” (en el relato ‘Epitafio para caminantes’), o en el Epílogo al lector: “La vida es un camino sin recompensa, en el que lo único importante es la dignidad del recorrido”.

Los andaluces, por el hecho de haber nacido en una tierra pobre, somos pesimistas. Para mí que el salero y el buen humor que se nos atribuyen, que son ciertos, se deben a una manera colectiva e inconsciente de poner al mal tiempo buena cara. Pero esas ganas de reír no impiden que el pesimismo surja a la primera ocasión. El cante jondo es triste y quizá por eso es grande. Las dos frases que citas de mi libro son dos maneras de expresar la concepción materialista de la vida que profeso, pues hasta que alguien me convenza de lo contrario, creo en el más acá, no en el más allá.

- Desde el relato que da título al libro, o en otros como ‘María’, parece usted apuntar a que ese recorrido es circular. ¿Qué sentido tiene entonces?

Considero que el azar es uno más de los inventos que nos sirven para justificar las cosas a posteriori, y cuando digo el azar no me refiero a si mañana me toca la lotería o me cae una teja en la cabeza, eso es buena o mala suerte. Lo que de ninguna manera creo aleatorio es el camino que cada uno de nosotros tomamos en la vida, y en ello incluyo desde el oficio o profesión que escogemos a la pareja de la que nos enamoramos o a la implicación política que defendemos. Nada es casual: nuestra vida está ya, por así decirlo, diseñada cuando salimos de la primera infancia y luego todas las cosas que llevamos a cabo no son sino sublimaciones para acomodarnos a ese camino. Esta visión del destino, salvo en el campo de la psicología, no suele formar parte de la explicación que damos a las cosas en la vida diaria, porque es más fácil hablar de heroísmo, de maldad, de espíritu de aventura, de pasión, de amor al prójimo y así sucesivamente, lo cual me lleva al meollo de tu pregunta: en los dos relatos que mencionas, la vida tiene un recorrido circular porque para mí, que los creé, dicho recorrido estaba ya inscrito en los personajes.

- Volviendo a la literatura actual, en el relato ‘El perdedor’, habla de un editor que “más que un hombre de letras es un hombre de negocios para quien los libros son un producto de consumo”. Cuando la literatura se convierte en eso, ¿qué papel representan los editores? ¿Y los escritores?

Los verdaderos editores juegan hoy día el papel que pueden, que no es mucho. Me refiero a gente como Mario Muchnik, un editor a la antigua usanza, culto, que lee todos los libros, mima a sus autores y sólo publica lo que le gusta, o Beatriz Moura en Tusquets y Jorge Herralde en Anagrama, que se puedan permitir ofrecer un catálogo de calidad y ser al mismo tiempo independientes de las grandes multinacionales de la información Estos editores sobreviven hoy a duras penas, porque la globalización neoliberal está destruyendo en unos años todo lo que no sea negocio. Pasa igual con los libreros, una raza en estado de extinción. En cuanto a los escritores, yo sólo puedo hablar por mí mismo. No soy tan tonto como para creer que desempeño un gran papel en esta comedia. Vendo las ediciones, suelo tener buenas críticas, un público reducido pero fiel y mi editora está contenta conmigo y ha demostrado que me aprecia, lo cual no es poco, pero sé muy bien que, cuando uno se sitúa a contracorriente en la literatura y en la política, eso que se llama éxito es algo casi imposible.

- Usted ejerce ese papel a contracorriente, asumiendo un papel combativo, tanto en sus artículos como en su obras: denunciando situaciones sociales injustas, ya sean del pasado o actuales. ¿Cree que la literatura es un medio para plantear problemas?

No sé si es un medio privilegiado para plantear problemas, pero es el único que sé utilizar con propiedad. Yo me crié con la lectura como acompañante. De haber nacido quince años después, a lo mejor hoy haría películas del estilo de las de Ken Loach o sería creador de videojuegos en los que los terroristas malos, en vez de rostros árabes, tendrían la cara de Bill Gates, de Berlusconi o de Ariel Sharon. Hay amigos míos que son magníficos escritores y que no se calientan la cabeza con los asuntos que a mí me preocupan, lo cual me lleva de nuevo a lo que decía antes: cada cual hace lo que está programado para hacer y, por supuesto, lo hace si lo dejan, ya que sin una plataforma en la que publicar uno se comería los textos. Yo utilizo la literatura como un arma porque no me gusta el mundo que nos rodea, así de simple, y no es que piense que con mis libros o mis columnas periodísticas voy a cambiarlo, eso sería una ingenuidad, pero quiero dejar testimonio de que no estoy de acuerdo, porque si no, reviento.

- Con todo, no publicó usted demasiado pronto y su bibliografía no es muy extensa. ¿Hay que escribir cuando se tiene algo que decir, como diría otro granadino ilustre? ¿Qué opinión le merece el escritor “profesional”, que parece imponerse hoy día?

No publiqué demasiado pronto porque pasé muchos años abrumado ante la inmensidad de algunos maestros y convencido de que lo que escribía era de poco valor. Es evidente que, para escribir, el primer requisito es tener algo que decir, pues para contar tonterías ya está la televisión. Y en cuanto a los “escribidores” profesionales, que redactan por encargo lo que se les ordena, me parece que forman parte del paisaje, al mismo título que Gran Hermano, Operación Triunfo, el negocio del fútbol o el telediario de TV1. Cualquier sistema regresivo, y el actual lo es probablemente más que los anteriores, porque está desmontando las conquistas sociales de un siglo en unos pocos años, necesita braceros útiles que le acaricien el lomo en el sentido del pelo. Por otro lado, de algo hay que comer y tampoco me quiero poner moralista, ni con ellos ni con nadie, no es mi estilo. Simplemente, yo voy a contrapelo, por otro camino.

 

 

Ideal, Granada, 15 de junio de 2002

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