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MANUEL TALENS ACABA DE PUBLICAR «RUEDA DEL

TIEMPO», SU ÚLTIMO LIBRO

 

«No me interesa el arte por el arte»

 

por ALFONS CERVERA

 

Hace años conocí a Manuel Talens por culpa de un libro de relatos que se titu­la «Venganzas». El libro era suyo, es suyo. Luego supe de una novela ante­rior, «La parábola de Carmen la Reina». Y después «Hijas de Eva», otra nove­la. Ahora acaba da salir, en la editorial Tusquets, su último libro de relatos: «Rueda del tiempo». Y aún estoy flipando. Sabia de ese proyecto desde el verano del dos mil. Me envió Manuel uno de sus relatos escrito todavía al ordenador. Antes me había preguntado por sitios montañosos de mi pueblo, por algunas de las gentes que él sabe que ocupan mi memoria desde la gratitud, por algunas historias que, él también sabe, me tienen cogida el alma con sus zarpas. En «María», el relato que recibí ese verano, estaba lo que le había contado a Manuel de mi tierra y de mi gente y de mi memoria. Y me moría de gusto al leerlo en ese estilo amargo, suyo, de escritor subli­me. Al final de «Rueda del tiempo» me dedica ese cuento y creo que lo he vuelto a leer no sé cuántas veces. Casi las mismas que el resto del libro. Algún crítico serio ha dicho que «María» es un relato magistral: yo estoy de acuerdo. Y también estoy seguro de que todos los demás rozan esa maestría que Manuel Talens impone a su literatura. Ahora el escritor vive en Francia. Antes había nacido en Granada, vivió en París, luego muchos años en América, después en Valencia y ahora anda entre el barrio de Russafa y Francia de nuevo. «Jenaro -su hermano- y yo siempre nos hemos sen­tido un poco nómadas desde que salimos de la ciudad donde habíamos crecido, lo cual termina por darle a uno la sensación de que no pertenece a ninguna parte o bien que pertenece a todas». Desde Francia escribe en le edición valenciana de «El País», cartas a los amigos, reenvía por ordenador artículos de prensa que él cree interesan­tes para aliviar el desastre de la globalización de la mentira.

 

LA MAGNITUD DE LOS RECUERDOS

«Rueda del tiempo» se lee como si fuera una novela. Hay el mismo universo común en casi todos los relatos, el mismo espíritu que ensancha las tripas de los pro­tagonistas, esa mezcla de humor y de tragedia que hace grande la apuesta narrativa de un autor que, para mí, es ahora mismo de los más importantes que existen en medio de ese bluf del negocio literario que se han inventado los del PP igual que los socialistas se inventaron el de los artistas plásticos. El humor del abuelo que no que­ría un váter en su casa de El Vallecillo porque decía que las casas con váter se aca­ban cayendo por el peso de la mierda y aún guardaba en esa casa el fusil de la gue­rra por si a Franco se le ocurría un día pasar por el pueblo. La tragedia de una memoria hecha polvo que al final de su vida verá cumplida la venganza que Santiago Fadrique lleva a cabo sobre el canalla que le jodió la vida siendo un adolescente: este relato, «Fin de viaje», que cierra el volumen, es uno de los más estremecedores que he leído en mi vida. Y por encima de todo, la vida y la muerte que se buscan, que se encuentran, que se pelean con saña en estas páginas extraordinarias y al final vence la vida porque, lo dice en uno de los cuentos, la vida vence siempre porque se sus­tenta en el recuerdo. La muerte es el final, la clandestina invisibilidad de la memoria, la vida se engancha a los recuerdos y sigue fumigando los bosques del olvido para que las derrotas («quizá las únicas victorias que valen la pena», escribe) sean menos derrotas cuando se alimentan de la dignidad, del estupor que araña cualquier descu­brimiento, de la seguridad que Manuel Talens sigue teniendo en la facultad terapéuti­ca de la literatura.

Al final del libro explica los motivos por los que escribe, los hilos que mueven a sus personajes, esos personajes que buscan la vida por caminos en que «lo único que importa es la dignidad del recorrido». Un día me llamó escritor de corazón rojo y él escribe maravillosos libros rojos llenos de compromiso: «es que el arte por el arte no me interesa, termina por ser algo reaccionario. Al igual que tú, soy un materialista que no cree en eternidades. Este mundo es lo único que tenemos y como está hecho una porquería hay que tratar de arreglarlo. Mi contribución a ese posible arreglo es la escritura».  

 

Turia (Valencia), 21-27 de diciembre de 2001

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