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Conversación
entre amiguetes
Por
Alfons Cervera
Vives
entre Francia y Valencia, ¿sientes eso que se llama extrañamiento?
El
sentido del extrañamiento es fundamental para un escritor que
pretenda reflexionar sobre la realidad que lo rodea, ya se trate de
una reflexión desde el “yo” personal, como suele suceder en mis
columnas periodísticas de contenido político valenciano en EL PAÍS,
o de una reflexión desde el personaje interpuesto que es la voz
narradora en el caso de mis libros de ficción, pues no hay mejor
manera de analizar algo que desde una cierta distancia. Yo comprendí
Granada, donde pasé los primeros veintidós años de mi vida, cuando
me fui. Mi hermano Jenaro publicó el año pasado un libro muy hermoso
titulado La constancia del nómada
en que se habla de esto: el “yo” de sus poemas –como dice Ángela
Vallvey en el prólogo- es errante, sigue un camino que no lleva a
ninguna parte y, además, ha renunciado a la certidumbre. Se ve que es
cosa de familia también en la vida real, porque ambos, Jenaro y yo,
nos hemos sentido siempre un poco nómadas y exiliados desde que
salimos definitivamente de la ciudad en que habíamos crecido, lo cual
termina por darle a uno la sensación de que no pertenece a ninguna
parte o bien que pertenece a todas. Yo viví en París en mi juventud,
luego en América, luego en Valencia y ahora estoy a caballo entre el
barrio de Ruzafa y de nuevo Francia. Algo ha cambiado, sin embargo,
quizá porque al cumplir los cincuenta uno tiene ganas de echar raíces,
y es que ya nunca me alejaré de Valencia. A pesar de las idas y
venidas, mi hogar está aquí.
Dime
algo sobre el compromiso intelectual del escritor y sobre si su obra
también ha de hacer notar ese compromiso.
En
esto existe división de opiniones, pues como decía no se qué
torero, hay gente pa tó.
Yo, desde luego, no me tomo el oficio de escribir –ni en EL PAÍS,
ni en las múltiples traducciones que hago de otros autores, ni en mis
libros de ficción- como una manera de crear belleza porque sí. El
arte por el arte no me interesa, termina por ser algo reaccionario. Al
igual que tú, soy un materialista que no cree en eternidades. Este
mundo es lo único que tenemos y, como está hecho una porquería, hay
que tratar de arreglarlo. Mi contribución a ese posible arreglo es la
escritura.
Internet
es para ti la ventana al mundo, y a tus amigos, y a... Yo soy un
negado para esos viajes...
Es
un mundo fascinante y, al mismo tiempo, peligroso, ya que puede llegar
a ser peor que una droga, de tal manera que muchos terminan pegados
todo el día a la pantalla, como pasmarotes. No creas, yo tampoco soy
un gran visitador internético, quizá porque no tengo tiempo. Sólo
navego por las mañanas, nada más levantarme. Miro la prensa
valenciana, la nacional y algunos diarios extranjeros importantes.
Copio en el Word los artículos que más me interesan, lo cual me toma
en total quince o veinte minutos, y me hago un periódico personal, a
mi medida. Luego, lo imprimo y lo leo durante el desayuno, así de
simple. Otra cosa es el correo electrónico, que le permite a uno
estar en contacto constante con los amigos, aunque vivan en Buenos
Aires, así como con las editoriales o con EL PAÍS. El saber que las
colaboraciones llegarán siempre a tiempo a la redacción aunque esté
uno de viaje en Sebastopol es una tranquilidad.
¿Crees
que tu último libro, Rueda
del tiempo, a pesar de que está estructurado en relatos, se podría
leer como una novela?
Sí,
porque reúne las condiciones necesarias para ello, que son una unidad
temática, el tiempo como universo cíclico, como bucle que se cierra
sobre sí mismo. Posee también un universo moral común, los líquidos
de la derrota supurando las heridas individuales y colectivas… A Venganzas,
mi otro libro de relatos, le pasaba lo mismo, y es que yo no junto
cuentos que son cada uno de una madre para formar un volumen, sino que
escribo muchos, cuarenta o cincuenta, y luego escojo los pocos que me
parece que pertenecen a un linaje. A la inversa, se podría decir que
mi novela La parábola de Carmen la Reina reúne las condiciones de un libro
de relatos, ya que son historias fragmentarias, engarzadas en un texto
común. Y es que esto de los géneros no es más que un artificio, muy
útil, eso sí, para clasificar y para que los profesores de
literatura tengan de qué vivir.
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