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EL LARGO Y CÁLIDO VERANO - 1

LECTURAS MÁS O MENOS SUBVERSIVAS

Por Alfons Cervera

 

Cuando llegan estas fechas hay una cosa que, por más que repetida, no deja de sorprenderte: los políticos no leen nunca o sólo leen en verano. Lo decía el otro día, en las páginas del diario «Levante- EMV», una crónica de Désirée Mira. Allí estaban con sus preferencias: playa o montaña, tranqui­lidad o marcha sabrosona, contemplación de la naturaleza o batiburrillo de activi­dades playeras a la manera de los Beach Boys con sus tablas de surf, sus patines marineros y su cámara guiri de fotografía compacta. Y la lectura. Casi todos ellos se dedican a la lectura sólo en verano. Claro que si se les llama la atención sobre tan escaso acercamiento a los libros, dirán que se refieren a literatura, que ellos leen mucho pero lo que leen son informes para mejorar su gestión de gobierno o de oposición y sesudos ensayos que mezclan lecciones de autoayuda en versión inte­lectual con la exitosa y cargante «tercera vía», de Gicidens, que Zaplana ha graba­do, coreado por Antoni Asunción, para los jukebox de la era popular. Dirán eso los políticos indígenas y añadirán que no pueden permitirse el lujo asiático de perder tiempo leyendo las mentiras de las novelas ni destripando el alma de un poeta. Casi que mejor, porque cuando un político pronuncia benignamente el nombre de un escritor lo arruina moralmente de por vida: recuerden, si no, el caso de Luis García Montero y José María Aznar; o el de Luis Landero y Carmen Romero. Son dos escri­tores que respeto pero cuyos nombres fueron barridos por el viento de la sospecha al ser mentados por tan elevadísimas personalidades de la vida política. En esa cró­nica que les cuento, Ana Noguera decía que se había comprado dos libros para este verano: uno no lo recuerdo, el otro era «La tempestad», novela con la que el escritor fascista Juan Manuel de Prada ganó el Premio Planeta. Por si le hace falta para enriquecer bibliografía en las áreas sociales de su trabajo en el ayuntamiento de Valencia, le recomiendo un artículo sobre el aborto que el tal De Prada publicó en «ABC» hace un tiempo y que reprodujo «Ajoblanco» para vergüenza de adictos exquisitos que no ven más allá de sus exquisiteces. Ojo, pues, con las lecturas de verano. Y mucho más ojo cuando esas lecturas las ponen en la cursiva de sus bocas nuestros políticos de turno y oficio.

 

PASEN Y LEAN

Por si les sirve, les voy a recomendar tres o cuatro novedades que me vienen a la cabeza. Las primeras: pregunten en cualquier librería por la colección «Malditos heterodoxos!». Ahí, en sus magníficos libros encontrarán diversión a raudales, altu­ra intelectual y rompimiento de las normas morales y literarias a que todo dios aspi­ra por lo menos cuando sueña. Los publica con el esmero de siempre la editorial paisana La Máscara. Y entre sus títulos, vean: «Doce pruebas que demuestran la no existencia de Dios», de Sébastien Faure, «La Doncella de Orléans», de Voltaire, «Arte de las putas», de Nicolás Fernández de Moratín y «Quema de brujas en Logroño», de Leandro Fernández de Moratín. Delante de esos textos sabrosones, los prólogos sabios de López Campillo, Muñoz Puelles, Pilar Pedraza y Eduardo Alonso. Tienen además tapas duras, de las que aguantan, seguro, las ruinas del agua salada y los mordiscos de las zorras.

Y la otra novedad, recién salida a los escaparates en las fechas aciagas del verano: «La parábola de Carmen la Reina», de un ácrata amigo mío que escribe igual de bien que Quevedo y Saramago. Ya la publicó hace unos años en una editorial desaparecida y ahora la repesca Tusquets a todo trapo, en su mejor colección de narrativa. Volveremos a hablar de esta novela después de agosto, pero espero que alguno de los políticos que decían leer en los veranos la busque en las librerí­as de la playa o la montaña y se la coma cruda. Eso sí: que la lean, pero no core­en el nombre de Manuel Talens, mi amigo escritor y autor de la novela. No quiero que el maleficio le joda la carrera.

Y si aún les queda tiempo, pues recuperen de las tiendas «El refugio», del maestro Haro Tecglen, «Son de mar», de Manuel Vicent, «L'illa de holandés», de Ferran Torrent, «La dama de blanco», de Wilkie Collins, «Mujer en guerra», de Maruja Torres, «Los adioses», de Juan Carlos Onetti, «Les veus de la ciutat», de Ignasi Mora, «Últimas tardes con Teresa», de Juan Marsé, «Tatuaje», de Vázquez Montalbán, «Los perros ladran», de Truman Capote, «Amanecer con hormigas en la boca», de Miguel Barroso, «El chico», de Naeem Murr, «La señora Berg», de Soledad Puértolas y «El ario que viene en Tánger», de Ramón Buenaventura. Me dejo muchos pero hoy es el primer día de este «largo y cálido verano» y no quisiera aturullarles con mis neuras.

 

Turia (Valencia), 2-8 de agosto de 1999

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