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NOTICIAS Y ENTREVISTAS

Narrativa Hispánica

¿TODOS LOS QUE SON?

Por IGNACIO SOLDEVILA

Los cuentos que cuentan

Edición de J.A. Masoliver Ródenas y Fernando Valls.

Anagrama, Barcelona 1998

 

No por añeja menos útil es la lección de Francisco Ayala, maestro del cuento, cuando nos enseñaba a indagar en los títulos de las obras, en los que, sintéti­camente, podía recogerse el contenido aunque, en últi­mo extremo, tal deducción pudiera provocar la tenta­ción de prescindir de la lectura del texto que tan feliz título resumiera. No alcanza tales y tan peligrosos extremos el título del libro que ahora me toca comen­tar, puesto que, si bien su título subsume perfecta­mente las intenciones que han llevado a los antólogos a seleccionar los veintiún cuentos de otros tantos auto­res contemporáneos nuestros y entre sí coétaneos (pues­to que todos empezaron a publicar relatos en los años que van de 1984 a la fecha), una antología no puede nunca aspirar, salvo si se inspira en fuertes restriccio­nes temáticas o estilísticas, a dar un título que abarque el contenido. Pero los criterios de estos antólogos son,

si he entendido sus respectivos comentarios, de orden cualitativo y calitativo, exclusivamente. Y sólo uno de esos dos criterios está revelado en el título, cuya ambi­güedad no va a engañar a nadie. El calitativo, ya lo hemos mencionado, es de orden cronológico, y quiere ofrecernos un muestrario de lo que, a su entender, hay de más valioso en la última oleada (le cuentistas que opera en este país que nos confunde, puesto que ya no sabemos cómo llamarlo sin molestar a alguien. Otra limitación tiene esa antología -creo que no explicita­da- y es que los cuentos hayan sido redactados en cas­tellano, lo que explica ciertas ausencias (le otro modo inexplicables.

Virtud me parece de los antólogos el haber obtenido de los autores la redacción de una breve poética -¿habría que decir cuentística?- con la cual el lector puede permitirse el goce complementario de contras­tar los propósitos y los resultados. Y más aún, aunque tal vez no lo hubieran previsto los antólogos, contras­tar las cuentísticas de unos con los cuentos de los otros y, por supuesto, las cuentísticas entre ellas, para inten­tar extraer ese mínimo denominador común que sería el metro patrón por el que medir todos los cuentos -los que están y los que no. Y que, similia similibus curantur, sería de una acrisolada brevedad.

Necesidad más que virtud me parece, por otra parte, que los antólogos hayan recurrido al más universal y más abstracto de los recursos -el alfabético-- para poner en orden -de 1 a 21- los cuentistas -que no los

cuentos-, cosa que también pudo haber ocurrido. Pero, a diferencia de los autores, los cuentos no ve­rían nunca intenciones siniestras en el orden en que los antólogos los hubieran situado. Ni edad, ni menos dignidad, ni gobierno -que para algo el mundo de las letras forma más anarquía que república, aunque esté lleno de monarcas in pectore- hubieran sido criterios admitidos sin provocar casus belli por lo que es de admi­rar la prudencia con que los antó­logos han procedido. No obstante lo cual, el azar -que es una forma de necesidad inexplicada, como muy bien apunta Masoliver en su texto epilogal- ha hecho de las suyas, en la medida en que la ruti­na del lector le haya empujado -como es mi caso- a leer los cuen­tos por el orden en que aparecen en la antología, dando así lugar a inevitables comparaciones que, como ya he anotado, no implican solamente los cuentos, sino las poéticas que se encuentran así ave­cindadas con el cuento que se aca­ba de leer, de mano ajena. Por poner un ejemplo, el resultado de comparar la poética de Aramburu con el relato de Abad no le es pre­cisamente favorable al relato de ésta. Es un ejercicio tal vez injus­to, pero, que no puedo menos de recomendar a los posibles lectores, que quisiera numerosos porque la experiencia es enriquecedora: se lo garantiza quien suscribe. Otra inevitable consecuencia de la an­tología -y esta la comparte con todas las habidas y por haber- es la de que, puestos en inmediato contacto y sucesiva lectura, los re­latos sufran de agravios compara­tivos, de los que sin duda el más aparente es el del relato -por cier­to suculento-de Luis Magrinyá, a quien supongo haber dudado mucho antes de autorizar la pre­sencia de su texto en esta antolo­gía, en evidente inferioridad de condiciones, puesto que su cuento -cualquiera de los suyos- es algo más que un cuento, y exige, para su cabal satisfacción, la lectura de los otros que con él se constituyen en libros, (le manera tan homogé­nea como en una novela sus capí­tulos. Otro agravio comparativo, sin duda inevitable en este género (le ejercicio, es el que proviene de las características específicas de cada cuento, y que, en la presencia inmediata (le otros que le prece­den o le seguirán, puede ver resta­da su efectividad sobre el lector. No se me ocurre otra comparación más solvente que la de una expo­sición de pintura en la que alter­nasen cuadros expresionistas, (le tremendos contrastes coloristas y fuerte trazo, con suaves acuarelas o dibujos orientales de exquisita finura. Pero de este riesgo es indu­dable que estaban conscientes los antologados y aceptaron correrlo. Lo que no tiene nada que ver con que haya lectores a quienes, de antemano, les atraiga uno u otro tipo de relato.

En esta antología hay textos de factura tan dispar temática y esti­lísticamente hablando como "Los viajes de Anatalia" y "Ucronía", por no citar sino dos (de los más notables, siéndolos todos, y que el azar alfabético ha puesto codo con codo. Este y otros ejemplos evi­dencian a qué extremo es falso el concepto de que una generación literaria pueda definirse por una tendencia estilística, cuando más (le una, normalmente, están vi­gentes, y eso, entre otras cosas, ca­racteriza los conflictos dentro (le una generación, que existe no tan­to por las respuestas que da como por las preguntas que se plantea. También se ve claro aquí que la "edad de nacimiento" que más cuenta no es la que aparece en el documento de identidad, sino la

de entrada en liza en el campo de las letras. Si los antó­logos no han dudado en poner a Talens junto a Tizón o a Juan Manuel de Prada, cuando, por edad, veintidós años les separan, es porque Talens se instaló en el campo literario después de muchos años de ejercer otra profesión ajena a las letras. La historia de Benjamín Jarnés o de Moreno Villa se repite aquí, por no dar más que un par de ejemplos de la generación del 27. Por supuesto, si los relatos de Talens y de Tizón son estilísticamente tan distantes, tanta distancia hay entre el (le éste y el de Prada, que son rigurosamente coétaneos. Y el de Prada, por su parte, está muy pró­ximo, en su enfrentamiento con los temas, del de Talens.

Otra cuestión que el conjunto me plantea es la de las relaciones entre la fantasía que aporta el narrador y el efecto que su uso produce en el lec­tor. Y me parece que la fantasía no debe ponerse como excusa cuando el lector no encuentra creíble lo que se cuenta. Me estoy refiriendo a una credibilidad distinta a la que, al abrir un libro de ficción, todos estamos obligados a asumir, so pena de fraca­so, y que se resume en la conocida fórmula de la suspensión de la exi­gencia de veracidad del discurso. Y esa distinta credibilidad es la que con su arte narrativo el autor suscita en el lector durante el tiempo que dura su relato. En otras palabras, la capacidad, así sea instantánea, de in­ducir al más racionalista de los lecto­res a aceptar que un burro está volando en ese mundo que le propone en su texto (Véase el cuarto objetivo de la poética de Hatero, por ejemplo). Y viceversa, el fra­caso consistiría en no lograr del mejor dispuesto de los lectores que acepte la existencia de dos personajes idénticos al extremo de engañar a la mujer de uno de ellos. Y vive Dios que tales individuos existen, real­mente. El problema está en hacerlo creíble dentro del relato. (Tomo el ejemplo - a mi entender no bien resuelto- del cuento "Sueldo de marido"). Véase, a este propósito, cómo lo logra a la perfección Isabel del Río con un peligrosísimo argumento.

En algunas poéticas del cuento aparece la exigencia de producción de sorpresa. (" La falta de sorpresa mata al cuento", afirma tajantemente Aramburu, mientras que a Tizón le parece que "los cuentos que caen en el efectismo del final inesperado resultan decepcionan­tes", y Vidal-Folch asevera que " si en las últimas fra­ses, además, se esconde un desenlace que resuelve la trama en forma de apoteosis, mejor aún"). Conse­cuente con una poética previa a su puesta en práctica, si le hemos de creer, Vidal-Folch reconoce que, por miedo de no lograr la apoteosis final, su primer cuen­to fue apoteósico desde el principio hasta el fin. Aun­que es un reconocimiento que creo hay que pasar por el filtro de la ironía, ese filtro cuya presencia es tan difícil de buscar en un texto como las huellas delato­ras en un crimen perfecto.

Otro ejemplo de cómo el azar alfabético ha puesto en evidencia relaciones que, de otro modo, podrían haber pasado desapercibidas, es el que nos ola la vecindad (le los relatos de Ovejero y de Juan Manuel de Prada. De una parte, la filosofía del personaje Aurelio M. (¿ M. (le Marco?), no le permite ver lo que obviamente está poniendo de relieve el narrador desde el comienzo del relato: que la curiosidad humana va hacia lo excepcional y descuida lo habitual, aun cuando lo habitual sea intrínse­camente valioso y lo excepcional, despreciable. Y a renglón seguido, la poética de Prada aparece clara­mente definida en función (le la reflexión precedente: el hecho (le introducir en el ámbito de lo habi­tual, por gris e insignificante que éste sea, una alteración (le la norma­lidad, produce -o revela- una nue­va realidad desquiciada que irreme­diablemente atrae al lector. Y como pocas veces, entre el relato y la poé­tica de Prada hay una irreprochable adecuación, no menos notable que la pasmosa coherencia entre forma y contenido, en ese espléndido relato que está, además pidiendo a gritos una plasmación fílmica'. Y es que las relaciones entre el cuento y el cine son mucho más fecundas que las del cine con la novela, cuando ésta merece plenamente su nombre, y no se deja encerrar en los límites naturales del filme. Lo que me lleva a comentar la inmensa ventaja que, desde el punto de vista de la credibilidad del receptor, tiene el cine sobre la narrativa. Porque mientras que el narrador ha de ganar la aquiescencia del lector a unas revelaciones que se le transmiten indirectamente, el cineasta se esconde detrás del objetivo y pone al espectador en posición de testigo visual y auditivo de los hechos y las palabras. De modo que su reticencia a dar crédito a lo que ven sus ojos dependerá exclusivamente (le aquella suspen­sión del descreimiento que se produce al apagarse la luz e iluminarse la pantalla, y tomarse el espectador por testigo directo del fingimiento, con mucha más fuerza que el espectador de teatro.

Con la teoría sobre los cuentos puede como con las teorías aristotélicas sobre la tragedia: que se tome por norma lo que no es sino simple constatación de las características comunes a los textos de su tiempo. Y así podría ocurrir si tomáramos como exigencia abso­luta que el cuento, por su brevedad, exija un mínimo de trama, o un final sorprendente. Y consecuentemen­te, tendríamos que decir que no es cuento "ortodoxo" el de Bonilla, por ejemplo, porque el relato pudo haberse terminado con la sorpresa del destinatario del ramo, y sin embargo se prolonga en una segunda his­toria con un nuevo agonista: la alegre comadreja. En tal diagnóstico la única torpeza sería la del dómine crí­tico porque, tal como es, el cuento arrebata al lector en su ensañamiento contra -digámoslo sin ambages- la puta vida. Lo que me lleva a cuestionar -una golon­drina no trae el verano, como decimos en francés -la afirmación de Masoliver, según la cual "en ninguno de los cuentos incluidos hay una intención moral o didác­tica". En primer lugar, hay aquí una cuestión termi­nológica son para Masoliver sinónimos moral y ética? En cuyo caso, no creo defendible más que una cosa: que en ninguno de los relatos aparece esa cosa que pone fin a las fábulas: la moraleja. Ni en el final, ni en ningún otro lugar de los relatos. Ningún narrador explicita su filosofía moral, su reacción ética ante los hechos que relata. Y sin embargo, la supuesta asepsia por la que clamaban en los años veinte los narradores de la generación lorquiana no se encuentra en ningún relato de los aquí recogidos. Por una simple razón: la mirada del narrador, antes de empezar su relato, tiene entera libertad para escoger entre posibilidades que parecen ilimitadas (como apunta Ovejero en su poéti­ca, y que no sólo es afirmación válida para la novela, sino para el cuento y para la más sencilla de las frases). Pues bien, el gesto mismo de optar por una palabra, por una imagen, por un personaje, por un asunto, entre todos los que se ofrecen al narrador, implica ya tomar partido. Y no hace falta decir que no hablo de partidos políticos. El escritor asume su responsabili­dad al escoger. Y poco a poco, el producto se va cerran­do hasta que al final, sólo existe una palabra posible para terminar. ¿Ejemplificar con algunos cuentos de esta antología las intenciones, para mí evidentes, con las que están escritos? Todos tienen una intención, aunque algunos, como " Ucronía", o " Todos somos poliedros" (que, por cierto, no engaña a nadie con esas insólitas substituciones de palabras esperables por otras inesperadas, ni lo pretende, es de suponer) la tie­nen más aparente. ¿O es que la desveladora instantá­nea de Roger Wolfe no pone en solfa cierta realidad social en la que se ven inmersos los escritores de hoy? ¿O " Nadie" no revela, a través de toda su hermosura, una lacra de las relaciones humanas? Incluso ese relato sin tema alguno con el que soñaba Flaubert, ¿no habría tenido una intención evidente? Tal vez habrá que reconocer que con la literatura nos pasa lo que Théophile Gautier decía- ¿o era Alexandre Dumas, el padre? -que le pasaba con las posadas españolas: que en ellas encontraba lo que a ellas había llevado.

Otra cuestión debatible es la (le los límites entre el cuento y la nouvelle, ya que en esta selección se inclu­yen textos que son más nouvelles (novelas cortas) que cuentos, y así lo reconoce el propio Masoliver en su muy estimulante postfacio, al admitir que no han que­rido privarse, victimados por sus propios criterios, de dos autores imprescindibles. Así que el título del libro, por el que habíamos empezado el comentario, nos vuelve de nuevo a las manos, y observamos que, como vestidura, muestra un par de superficies dema­siado tensadas por tan adorables turgencias. So what? como dirían concisamente los anglosajones. Ha pasa­do con el término cuento lo mismo que con el de novela, que, de cualquier modo, no significan hoy lo mismo que en su origen, e intentar reducir los textos que hoy llamamos con esos nombres a lo que éstos designaban originalmente es dar a la prehistoria fun­ciones actuales que no tiene. Lo que no quiere decir, bien al contrario, que uno de los métodos más eficaces para acercarse al conocimiento de un género literario es seguirle el camino a la palabra -o más precisamen­te, al significante- desde sus más remotos orígenes conocidos, a pelo primero, y a redropelo después, si tales recorridos son transitables. Lo que nos lleva a lamentar la incuria de nuestra lexicografía, que aún no ha tenido los redaños para darnos un diccionario his­tórico del castellano, cuando los de uso sobreabundan. Y a subrayar las consecuencias, tan evidentes cuando leemos las poéticas del cuento que los narradores reco­gidos en esta antología nos ofrecen, en cuanto se atre­ven a trenzar sobre el término con tan inevitable ca­rencia de mimbres.

Terminaré sin cometer la imprudencia de la que se han guardado los propios antologistas: intentar poner por orden de valor lo que va por el alfabético. No por­que no los tenga ordenados según mi gusto y opinión personal, sino porque ésta no tiene el menor interés para los lectores. Bastará con repetir lo que afirma Masoliver: que son todos los que están. Cada uno, en función de su propia experiencia como lector y de sus preferencias, pondrá su propio ordenamiento dentro de este palmarés de relatos que están aquí no por el espúreo criterio de que se venden bien, sino porque a los antologistas les parece que están entre los mejores. Ni Valls ni Masoliver -creo- han pretendido cons­cientemente decir que en su antología están todos los que son. Aunque inconscientemente, se les escapa en ese artículo por el que empieza el título. ¿O no?

Notas

1. En cambio, me parece que sería una misión imposible extraer un filme del relato " Nadie", porque todo su secreto me parece estar en su magia verbal.  

 

Quimera (Barcelona), nº 178, marzo 1999

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