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PALABRAS EN LIBERTAD
Por
Ricardo Senabre
Hace un par de semanas se han cumplido noventa años
y nadie parece haberlo recordado. Nuestra memoria es frágil y el
tiempo un voraz roedor: tempus edax rerum, escribió Ovidio
con inobjetable precisión. El 22 de febrero de 1909, Filippo
Tommaso Marinetti lanzó en París el primer Manifiesto del futurismo
-luego seguido por otros muchos para matizar y ampliar la doctrina-,
que inauguraba tempranamente la larga serie de los movimientos
vanguardistas de nuestro siglo, tan pródigo en sangrientas
convulsiones bélicas como en proclamas estéticas. Pero el futurismo,
que nacía con la mira puesta en un porvenir radicalmente nuevo, es
hoy pasado remoto, residuo arqueológico, pasto de estudiosos e
historiadores. Marinetti proponía un cambio en los cánones estéticos
vigentes, anquilosados y excesivamente apegados, según él, a los
modelos de la Antigüedad grecolatina, y su inmediata sustitución por
otros nuevos más acordes con las formas dé vida propias de la era
del maquinismo y la velocidad «Un automóvil de carreras es más
bello que la Victoria de Samotracia», reza una de sus consignas más
repetidas.
No le faltaba razón a Marinetti en algunas
de sus apreciaciones, aunque su entusiasmo por los artefactos mecánicos,
por los automóviles y los «velívolos»,o aviones no le
permitiera intuir el carácter perecedero de estos objetos,
forzosamente sometidos a cambios constantes y, por ello, demasiado
inestables para servir de modelos duraderos. Se propuso Marinetti ir
eliminando la forzosa monotonía visual de la página impresa,
siempre con letras del mismo tamaño y color. Si las palabras de un
texto significan cosas distintas, y a veces contrarias, ¿por qué
no diferenciarlas imprimiéndolas en colores diferentes? ¿Por qué no
reservar una tonalidad cromática para los vocablos que representen
nociones como amor o amistad y otra diversa para los que signifiquen
odio, envidia, encono? Sería también oportuno, según Marinetti,
sustituir los signos de puntuación por símbolos matemáticos y
musicales, mucho más precisos, así como alternar tipos y tamaños
diferentes de letra en la misma página, de acuerdo con los contenidos
de cada pasaje. Huyendo de nexos y ataduras sintácticas y rechazando
el uso de fórmulas fijas y desgastadas, esa página multicolor, con líneas
que podrían entrecruzarse zigzaguear o formar círculos a fin de
subrayar las afinidades entre vocablos distantes, sería el
asentamiento natural de las palabras en libertad. En algún libro suyo,
como Zang-Tumb-Tumb, Marinetti trató de aplicar sus
postulados, aunque es preciso reconocer que con resultados un tanto
pobres. Lo cierto es que las dificultades tipográficas que era
necesario vencer para seguir al pie de la letra radicales propuestas
de Marinetti habrían hecho compleja y problemática la composición
de libros futuristas, además de encarecerlos sin remedio hasta
convertirlos en productos inasequibles.
Pero
no todo cayó en el olvido. La explosión más inocua deja siempre
restos desperdigados y algunos cristales rotos. Y hay huellas del
futurismo en casi todas las escuelas vanguardistas de entreguerras: el
cubismo, el dadaísmo, el ultraísmo, muchos aspectos del letrismo y
de la poesía visual... Pero, sobre todo, las propuestas tipográficas
más revolucionarias de Marinetti -colores y tamaños de letras
diferentes, líneas no necesariamente horizontales, supresión de
nexos, multiplicación de onomatopeyas- han encontrado un campo
fecundo de aplicación en el cartel publicitario, donde los
experimentos gráficos y la libertad en la mezcla de imágenes y
palabras parecen no tener límite. No deja de ser inquietante que las
ideas que nacieron para renovar la literatura y el arte se hayan
convertido hoy, primordialmente, en instrumentos para servir a fines
comerciales. Se diría que tropezamos aquí con un símbolo de los
nuevos tiempos: el arte aprisionado en las sutiles redes del
intercambio mercantil; la rebeldía domesticada y puesta al servicio
del más poderoso caballero. Hay algo descarnado y atroz en esta
coincidencia. ¿Cómo no sentir un regusto de melancolía?
Pero hoy
existen otras posibilidades. La tipografía ha dado un salto
gigantesco gracias a la composición mediante ordenadores, y muchas
ideas que hace treinta años parecían irrealizables tienen ahora fácil
solución. Algunas excelentes novelas de esto últimos años han
apuntado caminos cuyo desarrollo es imposible predecir. En Hijas
de Eva (1997), Manuel
Talens ha demostrado que la narración podía ir acompañada de
materiales gráficos -fotografías reproducciones de páginas de
periódico y de portadas de libros- que, lejos de convertirse en
marchamo de autenticidad del relato, son también elementos ficcionales,
elaborados de propósito para jugar con el problema de los límites
entre la realidad y la invención, entre la vida y la novela. Por su
parte, Jorge Márquez ha operado en El claro de los trece perros
(1997) con procedimientos que hubieran encantado a Marinetti y que,
un tanto desvaídamente, hemos visto alguna vez utilizados en los
bocadillos de tebeos e historietas cómicas. El artificio consiste en
componer los parlamentos de los distintos personajes con tipos y tamaños
de letras diferentes, de modo que los caracteres tipográficos
sirvan como rasgos identificadores y, al mismo tiempo, sugieran la índole
de cada personaje: letra cursiva y de cuerpo pequeño para una niña,
letra gótica para un cura y otras numerosas variedades convierten
algunas páginas de la novela en un insólito espectáculo visual,
difícilmente concebible en la literatura narrativa anterior. Sin
llegar a los excesos inaceptables del programa futurista, El claro
de los trece perros deja también las palabras en esa libertad que
brota -como cualquier tipo de libertad que valga la pena de la
independencia y de la imaginación.
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