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Las abuelas ya no
cuentan cuentos
Andrés
Cárdenas Muñoz
Trinidaica era traficante de ascuas. Hacía grandes lumbres en la chimenea
y luego vendía las ascuas a todas las vecinas de la calle, a una
perrilla el badil. Trinidaica era una vieja muy pobre, tan pobre que
robaba el trigo a las hormigas para poder echárselo a sus gallinas.
Se iba a las eras con un almocafre y una talega y escarbaba en los
hormigueros en busca de los huecos donde los insectos guardaban los
granos de trigo que habían acumulado durante el verano, en la época
de la trilla. «Yo no sé por qué guardáis el trigo si luego no os
lo coméis. Así que me lo dais a mí que a mis gallinas les vendrá
muy bien», les decía a las hormigas cuando les vaciaba el almacén.
Trinidaica tenía un patio amplio con un pozo en medio. Cuando me
acercaba a él para mirar dentro ella me decía que tuviera cuidado
porque allí en el fondo vivían muchos espíritus de personas que habían
muerto. Trinidaica cuidaba de mí cuando mi madre se iba a la plaza
del mercado a algún mandado. ¡Trinidaica, échale un ojito a mi niño!,
decía mi madre. Y Trinidaica le decía que sí, que no se preocupara,
que ella iba a cuidar de mí. Entonces me llevaba junto a la
chimenea de su casa y me preguntaba si quería oír un cuento.
Seguramente ella no se acordaba de una vez para otra pero en muchas
ocasiones me contaba el mismo. Aunque eso a mí no me importaba; por
muchas veces que lo hubiera oído me gustaba enormemente escuchar a
aquella anciana Se sentaba con las piernas separadas, bien abiertas y
la falda larga le hacía una tienda entre pierna y pierna. Luego se
ponía los codos sobre los muslos y empezaba a hablar. Y yo escuchaba
totalmente extasiado sus historias mientras la lumbre me enrojecía
las mejillas. Me narraba aventuras de personas que se convertían en
lobos, de espíritus que vivían en casas abandonadas, de animales que
se vengaban de los humanos porque los trataban mal, de malvados monfis
y preciosas hadas y de hombres que tenían que pasar pruebas
extraordinarias para poder conseguir el amor de una mujer. Trinidaica
decía que antes, cuando era joven, sabía muchos cuentos más pero
que la edad y la memoria le estaban mermando sus facultades de
narradora. Tenía relatos que siempre repetía según la época. Ahora
en tiempos de Navidad me contaba uno sobre un mendigo que iba
pidiendo por las casas y que premió a unos habitantes pobres de una
casa porque le dieron limosna y que castigó a un rico que le echó los perros.
Trinidaica ha regresado a mis recuerdos de niño después de oír el otro día
en televisión al novelista granadino Manuel Talens, que ha publicado
una novela basada en las historias que le contaba su abuela Carmen en
la Alpujarra. Se lamentaba Talens de que ahora las abuelas ya no
cuentan cuentos porque están embobadas viendo los concursos y las
novelas de la televisión. «Se ha perdido el poder oral de aquellas
ancianas y ancianos de antaño que entretenían a sus nietos relatándoles
fábulas», decía el escritor.
A Trinidaica se la encontraron muerta un día en su casa. Una vecina que fue
a pedir un badil de ascuas la vio inmóvil echada en la cama y con los brazos colgando. Mi madre, con la
intención de amortiguar en mí la tristeza por no poder ver más a
Trinidaica, no me dijo que la anciana había muerto, sino que había
desaparecido y que nadie sabía dónde estaba. Su piadosa versión era
que seguramente se había ido a vivir con una hija que tenía en
Barcelona. Pero yo estaba convencido de que las hormigas se habían
tomado la revancha y se la habían llevado a algún agujero oculto.
También sabía que si me asomaba a su pozo la podría oír de nuevo.
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