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Parábola
de la vida
Pedro
M. Domene
Pocas veces un libro nos depara tanta sorpresa como
este voluminoso ejemplar que ahora nos entrega Manuel Talens (Granada,
1984) y que, en realidad, se trata de su primera novela publicada en
1992 en una desaparecida editorial, Versal, y que ahora Tusquets, pone
de nuevo en los escaparates de las librerías para aquellos que, hace
algunos años, se perdieran en disfrute de una obra calificada
entonces por la crítica de «novela total». Así La
parábola de Carmen la Reina (1999) vuelve al panorama
literario con la misma frescura y acierto de su bautismo literario y
con la garantía del buen quehacer de un autor que, desde entonces,
con una acertada dosis y no menos pulso narrativo, no ha entregado el
libro de relatos Venganzas (1994), cuyo
hilo conductor se concreta en las diferentes venganzas que
protagonizan las criaturas de estos doce relatos y en torno a los
sucesos de nuestra guerra civil, sus desastres y los años que
siguieron a ésta, y la novela Hijas
de Eva (1997), cuyo espacio es, ahora, la ciudad de
Valencia y algunos pueblos de su comarca, en un ambiente rural y una
burguesía naciente que se opone a la decadencia aristocrática de
una España caciquil y analfabeta. La
parábola de Carmen la Reina es una narración tan caudalosa
como amplia, lo primero por la abundancia de personajes que se suceden
en sus páginas, lo segundo porque abarca más de un siglo de la vida
de un pueblo perdido en la sierra alpujarreña. Pero en realidad, se
concreta en la crónica de la vida de unos seres a quienes les
faltan ciertos aires míticos, hasta concretarse en la vida de unas
cuantas familias y de unos personajes que, de alguna manera, habían
adquirido cierta relevancia entre sus vecinos a lo largo de los años.
A medida que vamos leyendo, esta especie de retrato de época se va
tornando en las mil y una historias que muchos de sus personajes van
protagonizando y que revelan, en un espacio geográfico como en el que
se desarrolla la acción, Artefa, Busquistar, Cáñar, Trevélez o el
resto de pueblos que conforman la comarca, además de someras descripciones
de la vida de Granada, se producen todo un entramado de pasiones que
desembocan, como era de esperar, en tensiones ideológicas muy de la
época descrita hasta terminar por reconstruir aquellos movimientos
liberales que frente a un feudalismo conservador caracterizaron al
siglo pasado.
La
vida de Carmen la Reina es, también, la de Eutimio Palazón, alias el
«Pichaoro», Gabriel Porra, alias el «Buitre de Granada», de
Francisco Gollonet, alias «Don Pacuqui», de Pierre Le Borgne, alias
el «Franchute», de Petra Almodóvar, alias la «Duquesa de Artefa»
y también del doctor Lucas Toledano, toda una saga de personajes a
los que hay que añadir un buen puñado mas que protagonizan episodios
de una excelente invención, porque, entre otras cosas, muestran ese
claro sentir humano que oscila entre el odio o el egoísmo más
abyecto a los sentimientos más puros que puede albergar alguien.
Talens ha sido capaz de trascender todos los episodios que componen su
novela, hacerlos creíbles e interesantes para al final ofrecer una
visión muy pormenorizada de la vida de estas gentes. Como en toda
historia real, el drama de la muerte aparece repetidamente, no sólo
por el inequívoco paso del tiempo sino por el que desatan las
pasiones incontroladas y conducen al crimen.
Esta
elegía de un tiempo pasado no produjo nada mejor, más bien la
nostalgia se deja sentir porque en estas páginas, definitivamente,
se muestra esa intrahistoria de una cotidianidad. El relato de La
parábola de Carmen la Reina está salpicado de un estilo
lingüístico propio, elegido con ese cuidado que sugiere un autor
cuya pretensión se concreta en narrar y esto de forma exclusiva, además
de demostrar una exquisita capacidad verbal que le permite al andaluz,
jugar con los registros del idioma, tanto en los niveles culto como en
el coloquial, porque su prosa es rica y abunda en juegos, parábolas,
ironías, hipérboles, sarcasmos y jerigonzas que derivan hasta una
forma de irreverencia idiomática y a la provocación, algo muy típico
de los lugareños. Dichos, refranes y frases hechas se suceden a lo
largo del relato que en boca de sus personajes provoca situaciones
de verdadera risa que nos llevan a zambullirnos en el ensayo de un
lenguaje con una expresión de contenidos que resulta lo mejor de la
novela. Otra visión que ofrece el granadino es la indagación de una
particular constitución de los españoles a un siglo de los
acontecimientos y a los que por filiación social nos sentimos
cercanos.
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