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La generación de los ochenta

Vicente Muñoz Puelles

Hace pocos meses publiqué un artículo sobre los narradores de mi generación que viven y trabajan en Valencia. Dicho artí­culo fue acogido con la natural división de opiniones. Quienes nos habían leído y conocían las dimensiones de nuestra obra conjunta -más de medio cente­nar de novelas y libros de rela­tos de un nivel medio considera­ble- me felicitaron por consta­tar un hecho: en estas dos últimas décadas del siglo XX la novela en Valencia goza de excelente salud. Otros, que acaso nunca nos han leído b nos han leído mal, me reprocharon la intención, no de pro­clamar la existencia de un grupo literario, sino de querer constituirlo, quién sabe con qué fines corpo­rativistas o acaso sólo por aquello tan socorrido de que «la unión hace la fuerza».

Siempre sucede lo mismo cuando alguien propo­ne un apelativo generacional que por fuerza ha de abarcar a escritores dispares. En la generación del 98, que ahora vuelve a estar de moda a causa del centenario, alguno de sus miembros más significati­vos, como Pío Baroja se negaba a dejarse encasi­llar como tal. Azorín, en cambio, fue el primero en aceptar dicho apelativo.

De tos requisitos fijados por Julius Petersen (1930) para identificar una generación literaria es ob­vio que bastantes de ellos se concitan en nuestra ge­neración valenciana de los ochenta. Edad parecida; todos nacimos entre 1944 y 1951, y empezamos a publicar en las postrimerías de los setenta o en los ochenta. Formación ideológica semejante; todos nos identificamos con un ideario progresista. Hechos his­tóricos sentidos por todos: el franquismo, la transición a la democracia, el 23-F Coincidencias estilísticas y temáticas: las hay. Convivencia en un mismo medio; aunque nacidos de diferentes lugares, la mayoría de nosotros vivimos o hemos vivido en la ciudad de Va­lencia. El examen de cada una de estas condiciones en el caso de la generación del 98 nos demostraría que la tan cacareada unidad de los miembros de esa generación presenta más fisuras que la nuestra.

Por haber, en la generación valenciana de los ochenta hubo hasta proyectos editoriales comunes. Varios de nosotros colaboramos en Dichosa Valen­cia, una antología de relatos urbanos publicada en 1987, y en otra curiosa antología -más bien un ex­perimento editorial del Impiva para la exposición de Sevilla- llamada Descubrimiento. Al menos cuatro de nosotros publicamos alguna de nuestras primeras novelas o libros de relatos en la editorial Víctor Oren­ga, y tres de nosotros hemos coincidido en la editorial Tusquets. De modo que en más de un sentido puede hablarse de trayectorias paralelas.

Un número considerable de los autores más re­nombrados que viven en esta Comunidad no han na­cido en ella, como es el caso de Pilar Pedraza, de Eduardo Alonso y de Manuel Talens. Quizá habría que referirse aquí a esa frase de Max Aub de que uno es de donde hace el bachillerato, aunque en defi­nitiva qué más da.

Seguramente, la verdadera patria de un novelista es el lugar donde sitúa sus libros. «Un libro nunca ha sido para mí, escribió Flaubert, más que una mane­ra de vivir en un medio dado. » Acaso la patria elegida por Pilar sea una ruina sombría o un camposanto; la de Eduardo se llame los jardines de Aranjuez, Villa­hermosa o el museo de los Estenses en Ferrara; la de Alfons Cervera se encuentre en una sala de cine, preferiblemente de París, o en un pueblo agreste y emblemático llamado Los Yesares; la de Manuel esté repartida entre el tajo de Ronda, las cuestas de Gra­nada o la Valencia de comienzos de siglo, y la mía, aún más alocada y errante, haya que buscarla en las selvas de Tasmania, en los ventosos canales de la Tierra del Fuego o en los muelles de Burdeos.

Pero, por dispersos que sean esos escenarios, muchas veces coinciden, y así ocurre que Pilar ha situado una de sus novelas en una isla tropical que hasta entonces yo había considerado de mi incum­bencia, y yo he escrito otra novela que transcurre en un cementerio que en cierto modo le pertenece, y Eduardo Alonso ha descrito en Palos de ciego la dura picaresca de la supervivencia que Manuel Ta­lens explora en Hijas de Eva, sólo que en otro siglo. y los maquis de Alfons Cervera se juntan con los anarquistas de Manuel y con los bandoleros de Fer­nando Arias y su novela Pájaros de altura para perder una y otra vez en la misma batalla, y al final resulta que todos estamos empeñados en compo­ner la misma novela, que es la suma de todas las que hemos escrito más la suma de las que han es­crito los demás, para dar la réplica a una realidad que se nos antoja demasiado monótona o demasia­do próxima, y con cuyo carácter irrevocable no es­tamos de acuerdo.

Estas coincidencias no me parecen del todo ca­suales, porque entre escritores suele ocurrir lo con­trario: que nuestros mundos privados estén excep­cionalmente individualizados y rara vez sean trans­feribles a otros. Entre las muchas razones que tene­mos para escribir destaca el afán de diferenciación, y cada escritor es, en cierto modo, un ave exótica. adornada con manías seleccionadas y cultivadas con amor por él mismo.

Se ha contado muchas veces una anécdota de Goethe, que llegó de visita a casa de Schiller cuan­do éste no estaba, y decidió aguardarle en su (,..,arto de trabajo. Llevado por esa curiosidad que siempre sentimos por los métodos de trabajo ajenos, o bien, como dice en sus memorias, atraído por cierto cu fo­so aroma, Goethe se detuvo ante el escritorio y abrió uno de su cajones. Estaba lleno de manzanas en avanzado estado de putrefacción. Al parecer. Schiller abría aquel cajón de vez en cuando y aspiraba pro­fundamente dicho aroma, que para él era el de la ins­piración y sin el cual se sentía incapaz de completar una sola línea. Pero Goethe, que no había estableci­do esa vinculación con las manzanas podridas. sintió deseos de vomitar. Cerró el cajón con violencia y se fue aprisa, admirado de que su mejor amigo se en­contrara a sus anchas y pudiese trabajar en una at­mósfera que a él le resultaba irrespirable.

No sé si alguno de mis compañeros de generación y oficio hace uso también de ese olor estimulante de las manzanas podridas, pero sí que me siento plena­mente identificado con los resultados de todos ellos.

 

Levante (Valencia), 4 de mayo de 1998

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