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El escritorio de Manuel Talens

NOTICIAS Y ENTREVISTAS

MANUEL TALENS

La entrañable inocencia de un inconformista

ALFONS CERVERA

(Mejor Contribución Literaria)

 

Conocí a Manuel Talens hace tres o cuatro años. Yo acababa de publicar «Nos veremos en París, seguramente» y él presentaba en la antigua Casa del Libro (hoy la Llavors de mi querido Pepe Moreno) su libro de relatos «Venganzas», editado por Tusquets. Me lo presentó su hermano Jenaro Talens y desde entonces no hemos dejado de admirar el uno lo que hace el otro y al revés: el otro lo que sale del ordenador de uno. Además hasta, según criterios dignos de crédito, formamos junto a Vicente Muñoz Puelles, Pilar Pedraza y Eduardo Alonso, lo que se ha venido en llamar «grupo de los cinco» en el contexto de la literatura valenciana en castellano de ahora mismo. Pero, sobre todo, lo que quería decir en esta breve introducción es que Manuel Talens es mi amigo: y tener al lado tipos del gremio como los que antes les nombré es algo que no se encuentra por ahí todos los días: tal como está el patio de la literatura valenciana en castellano (un patio en que un amplio colectivo de ficticios escritores se dedica al trapicheo cultural por los sótanos de La Beneficencia y por los cursillos de orfandad narrativa de la UIMP), no es moco de pavo juntarte con los amigos, que además escriben como dios, y ponerte a charlar de cómo va el mundo y a escribir novelas tan de puta madre como las que escribe Manuel Talens.

LOS LIBROS

La primera novela se llama «La parábola de Carmen la Reina» (Ed. Versal) y la prensa especializada le dedicó los mejores elogios. Acababa de llegar de América,

donde Manuel era médico, creo. Aquí se dedica a escribir, a traducir excelentemente novelas excelentes: la última que le conozco: «Betty», de Georges Simenon. La editorial Versal cerró y ahora esa novela la rescatará Tusquets. Prosa enjundiosa, pero de una enjundia fresca que diría aquel: bebe Manuel Talens en los mejores lenguajes del clasicismo: la picaresca y tal: pero lo eleva todo a su propio tono: y sus narraciones rezuman la entraña de quien ha leído de sobra y se aplica luego los mejores cuentos. De ahí sale su segundo libro: «Venganzas», el que les contaba de cuando le conocí.

Estos relatos se nutren de una memoria cuya indignidad provoca en Manuel Talens una revancha literaria que hinca sus rabias en tipos y personajes que nos amargaron la existencia cuando vivieron: por ejemplo Franco. Y Manuel Talens se venga del enano matándolo a su manera: ahogado en su propia mierda y luego la guerra la ganarían los republicanos: así «España ya no pudo ser ni una ni grande, sino libre como el viento». Escribí de ese libro en su momento: una joya que se repitió hace unos meses con «Hijas de Eva», su última novela y la que ha hecho merecedor a su autor del premio anual de la Turia.

Va por libre Manuel Talens cuando escribe sus historias: no hay para él modas y sus modelos le llegan, ya lo dije, de antiguo y de lo riguroso: la novela picaresca, el realismo más digno (nada de lentitudes sarnosas y con los exabruptos en su sitio), hasta de la crónica cervantina cuando se pone a tirar del carro de sus personajes por esos cami­nos donde el hidalgo flaco se daba de hostias con sus pesadillas. Excelente «Hijas de Eva», donde un par de monjas se van de farra por esos mundos de Dios y se topan de frente con el mismísimo Diablo en sus gamas más diferentes.

LA PRENSA

En la presentación de esa novela, decía Vicente Muñoz Puelles que «la incon­formidad con el mundo es un motivo de los novelistas para escribir sus historias y esa inconformidad está en las novelas y en los artículos de Manuel Talens». Porque además de escribir novelas y relatos, Manuel Talens escribe en los periódicos: es fijo en las columnas de opinión de El País (en su edición valenciana) y bastantes veces aparece también en Levante-EMV. En esos artículos se va el escritor por los cerros del descontento cuando escribe de lo que hay alrededor: pocos títeres se quedan con la cabeza puesta después de haber pasado por el ordenador de Manuel Talens, pocos: seguramente sólo aquellos que se lo merecen. La vena libertaria le sale por todos los renglones y con el mismo corazón rojo que a mí me piropeó una vez en su columna dejo aquí constancia de esa amistad y ese orgullo que a uno le viene de tener amigos como este tipo que vino de médico un día a Valencia y se deja las cejas ahora por los barrios oscuros donde Simenon aparca a Maigret y se pone a perseguir fantasmas por los trenes de Francia y los tugurios de Pigalle. Me ha salido de un tirón este final, sin pausas. Lean a Manuel Talens, disfruten con sus historias, con sus artículos de prensa, con su inocencia de personaje entrañable. Él es así de bueno: se lo juro.

 

Turia (Valencia), extra de julio 1998

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