Donde
habita la anarquía
Texto
de Alicia Carrero
Fotografías
de Francisco Herrero
El
novelista Manuel Talens (Granada 1948) reside en Valencia, donde se
dedica a escribir. Además, colabora regularmente en la columna de
opinión de El País de la Comunidad Valenciana. El crítico literario
José María Pozuelo Yvancos ha dicho de él que "se revela como
un narrador de casta, un gran fabulador, tanto por la inventiva que
derrocha al pergeñar las historias como por la sabiduría de sus
caracterizaciones... La estampa, el tono, la frase de Talens nos
recuerdan en el estilo a grandes páginas de la literatura anterior,
pero el lector las vive como si fuesen nuevas". Como traductor,
ha vertido al castellano autores como Jim Grimsley, Georges Simenon,
Groucho Marx o Donna Haraway.
En
1992 publicaste tu primera novela, La
parábola de Carmen la Reina en
la editorial Cátedra-Versal, y que próximamente va a ser reeditada
por Tusquets. ¿Cómo reaccionaste ante la favorable acogida que tuvo
por parte de la crítica?
Al
principio me puse muy contento, porque como era el primer libro que
publicaba, no tenía ni idea de cómo funcionaba el mundillo de la
aceptación oficial, y el hecho de leer en catorce o quince periódicos
diferentes de todo el país que la ponían por la nubes y que estaba
muy bien considerada, me alegró. Y me alegró, simplemente, porque
todo libro es como un hijo más y, por lo tanto, en mi función de
padre, yo siempre me alegro de que mis hijos sean bien considerados.
Esta
novela está estructurada en forma de Epístola, y el narrador cuenta
la historia, o más bien las historias que sucedieron en Artefa, un
pueblo pequeño y mísero perdido en las Alpujarras granadinas durante
el siglo XIX. Pero antes de empezar a contar los hechos, el narrador
critica las mentiras de la Historia. Además, esto enlaza con la
primera cita del libro, que aparece en exergo: El arte
rescata la verdad de manos de las mentiras de la Historia ¿Podrías
comentar esta frase?
Ésta
es una frase de Carlos Fuentes que aparece en su libro Cervantes o
la crítica de la lectura, en el que viene a decir que la Historia
es algo escrito desde el presente para justificar dicho presente, además
del pasado, y en este sentido está siempre escrita por y desde el
poder. Por lo tanto, los hechos son manipulados. Es el arte el que
puede poner esto ‘patas arriba’ y tratar de decir otra verdad, no
necesariamente la verdad que sucedió, pero sí, por lo menos, desde
otro punto de vista. En una conferencia que dio Carlos Fuentes hace
unos años, recuerdo que mencionó que en las iglesias coloniales que
construyeron los españoles, como los obreros eran indios, los diablos
tenían cara de españoles, de hombre blanco, y las vírgenes y los
santos, cara de indios; ésa era una manera con la que el arte ponía
‘patas por alto’ las mentiras de la Historia.
¿Esto
tiene relación con el hecho de que utilices referencias bíblicas en
tu novela y que les des otro sentido totalmente distinto?
Hay
todo un juego de simbolismos en esta novela, que es un intento de
narrar la Biblia desde el punto de vista blasfemo, es decir, desde el
otro lado de la Historia, de una manera extraoficial. Si analizamos La
parábola de Carmen la Reina, vemos que se mueve en terreno bíblico:
tenemos un pueblo elegido, Artefa, y los artefeños podrían ser los
israelitas; además, está lleno de figuras que rememoran con sus
nombres y actuaciones a los personajes bíblicos: Moisés Botines es
el patriarca de la estirpe, Carmen la Reina es el Mesías femenino,
etc. Pero todo esto está pasado por los filtros de la ficción y de
la historia que ha transcurrido, ya que han pasado 2000 años desde
entonces. Y está asimismo el filtro del anarquismo, porque en el
fondo, trata de ser una Biblia anarquista.
En
tu novela, el personaje que representa al Salvador es una mujer,
Carmen la Reina, lo que supone ya una subversión de los valores
tradicionales, pero a pesar de su importancia en el texto, no adquiere
el papel principal de la novela. ¿Esto a qué se debe?
Tampoco
creo que Jesús tenga un papel destacado en la Biblia, en el sentido
de su extensión. Si tomamos la Biblia tal como la conocemos, Antiguo
y Nuevo Testamento, comprobaremos que el papel de Jesús es el de un
abocamiento a, es decir, toda la Biblia cristiana está destinada a
una figura que aparece al final y que es el Redentor, Jesús. En La
parábola de Carmen la Reina pasa un poco lo mismo, es decir, toda
la novela está destinada, durante el setenta o el ochenta por ciento
de ella a crear un ambiente destinado a que llegue un día la figura
de la Redentora, la Redentora teórica, porque al final fracasa al
igual que fracasó Jesucristo. Ella creía poder salvar a los
oprimidos.
En
tu novela la narración no sigue un orden cronológico, lo que crea
una atmósfera caótica. ¿Por qué utilizas este tratamiento pendular
del tiempo?
Eso
es una técnica narrativa. Toda novela puede ser escrita de miles de
maneras y el autor tiene que elegir una. Me venía bien utilizar el
tiempo de esta forma, por el hecho de tener que narrar un periodo tan
extenso. Es, simplemente, una opción de autor.
¿Por
qué elegiste como fondo histórico el siglo XIX?
Porque
esta novela está escrita por una persona que vive en las postrimerías
del siglo XX y, por lo tanto, yo no puedo escaparme a mi tiempo. Y el
tiempo de mi formación fue el del franquismo, y lo que quise plasmar
fue una lucha en contra del militarismo. Si analizamos bien la
Historia, comprobaremos que el militarismo español empezó en el
siglo XIX, es decir, cuando la monarquía les cedió a los militares
la capacidad de dar ‘cuartelazos’. A partir de entonces empezó a
gestarse la figura de Franco. La novela está planteada como una
reivindicación anarquista de las libertades. El anarquismo también
empezó por aquella época. Por eso, yo no tenía más remedio que
utilizar el siglo XIX, ya que todo lo que hemos sido y lo que somos en
el siglo XX se gestó entonces.
La
idea del anarquismo que planea por tu novela me parece muy
interesante. ¿Te gustaría comentarla?
En
todos mis libros sale siempre algún anarquista. En el fondo es que,
desde el punto de vista teórico y sentimental, a mí me gusta el
anarquismo. Otra cosa muy distinta es que hoy en día se pretenda
plasmar en la realidad, pero creo que el anarquismo es una idea muy
sublime.
En
tu obra la idea del anarquismo aparece siempre unida a la del desengaño.
¿Por qué?
Porque
la historia del anarquismo y de las sublevaciones populares en contra
del poder es siempre una historia de derrota.
Me
gustaría que explicaras la frase que piensa uno de tus personajes, el
maestro comunista, Mateo Botines:
La literatura no sirve para
nada si uno se dedica solamente a leer, ¡hay quc luchar también!
Yo
creo que el arte no logra cambiar el mundo. De hecho, creo que es prácticamente
imposible hacerlo. En este sentido, opino que toda novelística de
tipo social que hubo en los años sesenta en España estaba muy bien,
pero era un poco ingenua. Lo que sí se puede hacer, tal como lo veo
actualmente, es mantener en quien lo utiliza una actitud de
militancia, de protesta, de oposición, y esta actitud sirve, por lo
menos, para contener la avalancha del poder, de la derecha, que
termina siempre por prevalecer, porque es así.
Esta
actitud me recuerda a la de uno de tus personajes, el descreído
doctor Lucas Toledano.
Es
una actitud descreída, pero incluso si lo es y se piensa que se va a
fracasar, hay que luchar, porque si no, nos ‘comen con patatas’.
Parece
una constante en todas tus obras el que, a veces, los hechos reales
son tratados como ficticios y viceversa, los hechos ficticios son
tratados como verídicos. ¿Por qué te interesa tanto desdibujar la
frontera que separa lo real de la ficción?
Creo
que en toda obra lo importante no es la realidad objetiva, sino la
realidad interna de la obra. Las leyes por las que se debe regir una
novela son las leyes internas de la propia novela, y hay que escribir
esas leyes de tal manera que el lector, mientras las lee, se las crea,
incluso si luego mira al exterior y dice ‘esto no puede pasar en la
realidad’. Pero dentro de este universo sí funciona, y tiene que
ser coherente. Otra táctica consiste en darle verosimilitud al texto
mediante una acumulación sin fin de datos supuestamente verdaderos,
dichos con total desfachatez y seriedad para que el lector termine por
creérselos. Ten en cuenta que una novela no es un libro de Historia y
el novelista no tiene por qué respetar la realidad.
La
sexualidad es vivida por los habitantes de Artefa de una manera
natural y divertida. Tan sólo las personas que detentan poder, como
La Duquesa o los dos párrocos, tienen una sexualidad más retorcida y
antinatural.
El
amor es visto como algo sublime cuando se comparte de una manera
igualitaria. Cuando no se comparte, sino que uno lo usa y el otro lo
padece, se convierte en ese amor devaluado que es el de Petra Almodóvar.
Al
final de la novela se da un salto asombroso en el tiempo, pues acaba
en 1917, cuando se produce la Revolución de Octubre, y de una manera
pesimista, con una reflexión del doctor Lucas Toledano y con una cita
del Apocalipsis. ¿Qué pretendías transmitir con esto?
La
incapacidad del hombre para hacer revoluciones y mantenerlas después.
La novela termina diciendo que los hombres son libres solamente cuando
están luchando por conseguir la libertad y, una vez que la consiguen,
dejan de serlo. Es lo que pasó con los bolcheviques y la Revolución
de Octubre. Se trata de
una
tesis anarquista: desde el momento que se institucionaliza el poder,
se termina la libertad.
Tu
segundo líbro, editado por Tusquets, se publicó en 1994 y es una
recopilación de cuentos bajo el título de Venganzas.
¿Es
la escritura tu manera particular de vengarte?
Sí,
claro, yo no creo en la violencia física. La única manera de ajustar
cuentas con la Historia, con el pasado o con la vida misma es a través
de la escritura, del arte, no de las armas.
Los
cuentos están agrupados en dos secciones. Cuéntanos a qué responde
dicha distribución.
Es,
simplemente, porque los primeros son más cortos y están relacionados
con diversos aspectos de la guerra civil, sin tema amoroso en el
argumento. Los tres últimos son más largos y también cuentan
historias sobre la guerra civil, pero con el amor como trasfondo.
En
La
parábola de Carmen la Reina creaste
un mundo que reaparece luego en tus obras. Por ejemplo, en el cuento «Espejo
deformado por el tiempo» el
protagonista es Celestino de Guadix, un personaje de tu primera
novela. Asimismo, en el cuento «Señorita
Custodia» aparecen
Fausta y Rosilda, las protagonistas de tu tercer libro, que aún no
habías escrito, ya que se publicó en 1997.
Podríamos
decir lo mismo que acabamos de comentar a propósito de La parábola
de Carmen la Reina, que todos mis libros tratan de los mismos
personajes en uno u otro momento de sus vidas. Yo pretendo que, en el
futuro, si se analiza mi obra, se la considere como un mundo coherente
dividido en secciones, que serían los libros, en los cuales los
personajes tendrían la función de vasos comunicantes que van pasando
de
uno a otro; y que en ese mundo hormigueen toda una serie de criaturas
que viven, aman, odian, crean conflictos políticos y se mueven por
unas leyes internas paralelas a las del mundo real.
En
uno de tus cuentos, el titulado «Hasta que la vida nos separe», la
protagonista es una mujer. ¿Te ha resultado difícil meterte en la
piel de la mujer?
A
mí el universo femenino siempre me gustó mucho y he tratado de
conocerlo. Si lo he logrado o no, eso ya no soy yo quien debe decirlo.
En
este cuento, la protagonista define lo que es para ella el arte con
estas palabras: y
te
das cuenta de que el verdadero arte equivale al desgobierno total, a
lanzarse a tumba abierta por encima de la pesadilla. ¿Podrías
explicarlo?
La
pesadilla es concebida como la realidad actual, es decir, como los
deseos pequeño-burgueses de seguridad, de tenerlo todo cubierto. Y el
arte es justamente lo contrario: el desgobierno, el hacer las cosas
por amor, por deseo y no por una imposición económica.
Tu
segunda novela, Hijas
de Eva, se publicó en 1997 y narra la historia de dos muchachas
que se rebelan contra el destino al que la sociedad de la época
-1917- condenaba a las mujeres pobres: servir como criadas, casarse o
ejercer la prostitución. La novela se divide en tres partes y la
primera se titula «El pecado original». ¿Cuál es el pecado
original en Hijas de Eva?
El
pecado original en Hijas de Eva
nace de la relación socialmente inaceptable entre un gitano
(Facundo Ballester) y una chica de un pueblo de Valencia (Vicenta
Camarasa), que se escapan juntos. De esta relación nace Rosilda,
socialmente marcada. Ése es, metafóricamente, su pecado original y
de ahí nace, también metafóricamente, la subordinación en la que
vive, que hace que se vea abocada a toda una serie de situaciones
imposibles que ella trata de resolver con las armas que tiene a su
alcance.
¿El
final abierto de Hijas
de Eva tiene relación con la búsqueda que supone el querer vivir
como realmente uno quiere?
Yo
no consideraría que Fausta y Rosilda están viviendo una vida como
ellas quieren. Se trata de dos personajes arquetípicos del pícaro,
que no buscan cambiar el mundo, sino acomodarse a él, forzadas por la
pobreza y por la situación inferior de ser mujeres en esa época. Y,
simplemente, se dan cuenta de que lo que tienen oportunidad de ser, no
les gusta y quieren mejorar. Mejorar significa acomodarse al mundo, no
cambiarlo. No son personajes revolucionarios. Y el hecho de que el
final de la novela quede abierto es un avatar de la vida, que de
pronto empieza a irles bien, lo cual no significa que vaya a continuar
bien en el futuro. De hecho, es una novela abierta porque va a tener
una segunda parte, que estoy escribiendo en la actualidad, y en la que
unas veces les va bien y otras veces mal, tal como suele pasar en la
vida.
Todos
tus libros se caracterizan por el humor que destilan y porque tienen
una lectura amena, pero si se leen con más detenimiento, se aprecia
una segunda estructura que subyace, mucho más enriquecedora y, según
parece, totalmente intencionada, ¿no es así?
Está
claro que en mis libros cada palabra y cada frase tienen una intención,
no están puestas ahí por casualidad, por eso requieren tanto tiempo
de escritura. Intento que puedan tener una lectura lineal, que sea
divertida, pero también, a la vez, una segunda
lectura más simbólica.
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