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«Las
mujeres son una de las grandes suertes del mundo
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JUAN CANTAVELLA. COLPISA. MADRID
MANUEL
Talens sólo ha publicado dos novelas y un libro de cuentos, pero se
está manifestando como una voz prometedora dentro de la narrativa
española. La aparición de ‘Hijas de Eva’ ha confirmado las
expectativas que en su momento despertó con `La parábola de Carmen
la Reina' y los lectores han acogido tales relatos con creciente interés.
Manuel Talens (Granada, 1948, pero residente en Valencia) va dibujando
su camino como narrador con la ayuda de la editorial Tusquets, donde
pronto será posible encontrar toda su obra.
-¿Hijas de Eva es su mayoría de edad como novelista?
-Eso
me ha dicho algún crítico, que es una obra de madurez. No sé. Quizá
se vea un dominio de la capacidad narrativa con la que me encuentro a
gusto y espero dar mucho más de mí. Lo que yo noto es que el pulso
narrativo lo tengo más firme.
-Por lo que veo ha querido presentar la vida de unas mujeres de
principios de siglo.
-He buscado dar una visión de cómo eran las mujeres
en general, basándome en la existencia de dos de ellas. Siempre con
un ojo crítico.
-¿Qué hay entonces de negativo?
-Lo que hubo siempre: que esta condición ha sido
construida por el hombre. La mujer estaba supeditada a un mundo
hecho por y para el varón, donde ella tiene una presencia como mera
comparsa. Lo que hacen las dos primas protagonistas es tomar
conciencia de que algo anda mal.
Acomodarse
al mundo
No es mucho, pero la toma de conciencia siempre suele ser lo primero.
-Es que no son dos feministas,
sino más bien representantes de un tipo de picaresca: hacen lo que
los pícaros de siempre, no intentar cambiar el mundo, sino acomodarse
para que no les arrolle.
-Los cambios
suelen ser dolorosos.
-El mundo camina alrededor de
unos parámetros y cuando se intenta cambiarlos hay que enfrentarse
a las resistencias que ello provoca. Lo que hacen es saltarse el
destino que les había tocado vivir. No les gustaba lo que estaban
sufriendo (son víctimas incluso del incesto) y rompen con ello a través
del convento en que se encierran. Es una existencia dolorosa, pero
también lo es el vivir tratando de romper las normas.
-¿Desde entonces a ahora se ha cambiado mucho?
-Algo se ha avanzado, desde
luego. No hay que ser pesimista, porque hay derecho al voto, libertad
sexual, cargos en las empresas y en la política, integración
masiva en el trabajo... han cambiado, pero también lo ha hecho la
condición masculina, que sigue yendo por delante. Se acaba de
celebrar un congreso del PSOE y se considera una victoria el que el
cuarenta por ciento de los cargos de la nueva ejecutiva pasen a ser
desempeñados por mujeres, cuando ellas son más en nuestra
sociedad. Se ha mejorado, claro está, pero es que se partía de cero
y sigue sin haber igualdad. En la empresa privada ganan menos por el
mismo trabajo.
-¿A
eso puede ayudar una novela?
-También puede ayudar a eso,
pero no mucho. Lo único que puede hacer una novela es cambiar la
conciencia, pero sabiendo que arreglar el mundo es cuestión de
gestos políticos.
-¿Saber eso le
produce frustración?
-Tengo asumido ese papel como escritor. Mi contribución es tratar de
denunciar el aspecto retórico del mundo, pero sabiendo que
realmente lo que cambia la sociedad es lo que se decide en el
Parlamento y no lo que viene en una novela.
-Su primera novela también tuvo como protagonista a una mujer.
-Será porque me gustan. Son una
de las grandes suertes del mundo y una forma de demostrar que se las
ama es escribir sobre ellas.
-A las feministas les gustan poco
esas declaraciones solemnes; entienden que se hallan
vacías de contenido o son paternalistas.
-A
toda frase se le puede sacar muchas interpretaciones. Pero yo creo
fundamentalmente en la igualdad: cuanto más felices sean nuestras compañeras,
mejor estarán ellas y mejor estaremos nosotros. Cuando no hay
igualdad lo que hay es una relación de poder y ésta termina por
cargarse la felicidad.
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