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Aurelio
Martínez Estévez
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El
ritmo del silencio
El pasado domingo,
mientras escuchaba un disco antiguo de Simón & Garfunkel y leía
la prensa diaria, me impresionó más que nunca una de sus canciones
por lo actual de su contenido, The
sound of silence. Como
resulta bien conocido, la canción nos lleva a un lugar atemporal en
el que los habitantes adoran una luz de neón, hablan sin pronunciar
una palabra, oyen sin escuchar, escriben canciones que ninguna voz
cantará. Nadie osa perturbar el sonido del silencio. A pesar de los
frenéticos gritos del viajero ofreciendo su ayuda, sus brazos, sus
palabras, su voz, nadie le escucha, sus palabras caen como gotas de
lluvia silenciosas y rebotan en los muros del silencio, mientras
la gente se inclina y adora el dios de neón que ellos mismos se han
construido.
Tal
vez sea también producto de una pesadilla, pero por desgracia algo
de eso parece detectarse en nuestra sociedad en el momento presente.
Cuando los medios de comunicación son intimidados directamente (con
llamadas) o indirectamente (dígase publicidad o reparto en los
colegios o aviones, lo mismo da). Cuando algunos empresarios te
reconocen que han comprado aparatos para saber si tienen sus teléfonos
intervenidos, pero no se atreven a decir nada. Cuando sospechan
abiertamente que sus conversaciones son interceptadas. Cuando se
calumnia a un rector que ha recibido un doctorado honoris causa por
una universidad inglesa como premio a su gestión universitaria y aquí
se le acusa impunemente de lo contrarío. Cuando ciertos medios
manipulan constantemente la información. Cuando se prohíben
determinadas manifestaciones culturales por capricho o doble moral.
Cuando se dilapidan los
recursos públicos o se destroza un medio de comunicación público y
se transfiere sus producción a una empresa privada en la que median
relaciones personales. Cuando se tachan nombres de personas y técnicos
para estrictos trabajos de investigación simplemente porque
pertenecen a otra ideología con independencia de su valía profesional
y su capacidad. Cuando se vetan determinadas personas para impartir
conferencias. Cuando se separan altos cargos de la administración
por estar contaminados al haber cooperado, como era su obligación
profesional, con los gestores anteriores. Cuando se contratan empresas
de marketing agresivo especializadas en destrozar al enemigo, con
independencia de que sus argumentos sean o no válidos. Cuando la
sociedad tiene miedo de hablar y algunas personas prefieren no
intervenir en charlas y coloquios por las consecuencias que le pueda
reportar en su trabajo. Cuando sucede todo esto y la sociedad se
mantiene en silencio, algo realmente grave está pasando.
Cuando denuncias las cosas
y observas que todo sigue igual. Cuando intentas razonar, aportar tus
argumentos desde un plano positivo y constructivo, y eres consciente
de que no va a servir para nada. Como decía el otro día Manuel
Talens en un desgarrado artículo «cuando
pienso en la poca o nula eficacia que tiene
este ingenuo
papel de Pepito Grillo al
estrellarse blandamente
contra la armadura de quienes
utilizan el
mando según sus intereses
privados, me hago
la pregunta de todos los días:
¿para qué sirve escribir? Y como quiero encontrar
la respuesta, aprieto los dientes
y sigo escribiendo». Difícilmente
se puede expresar mejor mi propio sentir y puedo asegurar que el de
otras muchas personas con las que intercambio opiniones y debato la situación
actual.
Todo
queda recogido y estructurado como un mero recurso propagandístico,
sin el menor recato a la veracidad de lo que se presenta. Da igual,
todo vale. No podemos estar más cerca de la idiotización de la razón
y de la anulación completa del conocimiento. Hoy se premia al
corrupto, se intenta clonizar la sociedad en la necedad y vaciedad
sin necesidad de expertos escoceses, se mercantiliza la política,
todo es susceptible de ser comprado o vendido, se calumnia al que
mantiene opiniones independientes, se ataca hasta el exterminio
político al que osa defenderlas, se articula un estado judicial, se
sitúa al fútbol en el centro del debate público y del interés
general, marginando la cultura y la educación. Cuando hemos
conseguido que la principal preocupación de nuestros jóvenes sea
conocer lo que va a suceder en el programa Esta noche
cruzamos el Mississipi.
Cuando todo esto sucede y sólo claman en el desierto unos pocos, la
sociedad en su conjunto no reacciona, algo muy grave está pasando en
nuestro país. Mientras tanto las voces de Simón & Garfunkel
siguen sonando en mis oídos. Espero que, cuando, en palabras de Ramón
Ferrando «el estilete popular se haya adueñado
de todos los
escenarios posibles», nos
queden por lo menos, al igual que en la canción, los muros del metro
y los vestíbulos de las viviendas para poder leer las palabras de los
profetas.
*
Portavoz del grupo socialista del Ayuntamiento de Valencia.
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