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Manuel Talens habla de su última novela

«Soy un contador de historias»

por Arantxa Bea

 

«Da lo mismo si es mentira o verdad, pues lo importante en toda historia es que las cosas cuadren y lo demás son pamplinas», dice sor Gracia, una monja del Asilo de Santa Isabel que se finge bobalicona para que la dejen tranquila. Manuel Talens comparte la opinión de sor Gracia, ¡que importa que Castelbejal sea un pueblo inventado y prestado por su amigo, también escritor, Jose Giménez Corbatón! ¡Qué importa si no existieron Fausta Camarasa o Rosilda Ballester! Ni Teodoro Antuña, ni el abogado Saturnino Laborde, ni el anarquista valenciano Pantaleón Torrevieja, ni siquiera el simpático don Paco Verdaguer, médico de Poliñá del Júcar, que poseía verdadero ojo clínico.

«Todo libro se in¡cia siempre con un núcleo que a veces es solamente una pequeña historia que alguien te cuenta», dice Talens, «en este caso fue la de una muchacha que, a principios de siglo, es mandada a un convento para mejorar de vida. Allí encontró un mundo completamente diferente al de la retórica oficial y tuvo que escaparse... A partir de ahí, todo pasa por el filtro de la ficción: Talens le añadió una prima, lo situó en un contexto valenciano y aragonés y fue creando todo ese entramado de seres peculiares con historias trágicas y jocosas hasta llegar al momento en el que «el argumento inventado te atrapa, es como un corsé y tienes que seguir la lógica de ese mundo».

Todo ese rosario interminable de anécdotas enlazadas surge de la invención y de mezclar historias vividas y escuchadas: «Soy un contador de historias; reivindico esta figura que todavía existe en el Magreb y que antaño representaban nuestras abuelas, capaces de acallar los ruidos de una calle porque los niños se reunían a su alrededor para escuchar los cuentos».

Hijas de Eva posee aspectos de la novela picaresca, de la educación sentimental «porque, de alguna manera, Fausta y Rosilda cambian su visión del mundo tas todo lo que les sucede»— y de la novela cervantina, puesto que no es una primera persona quien cuenta sus aventuras y desventuras, como en la picaresca. sino un narrador omnisciente que cede la voz a muchos personajes para que relaten sus vidas.

  «Soy un escritor anárquico», explica Talens, «cuando empiezo una novela no sé cómo terminará ni cómo se titulará, simplemente voy añadiendo carne al hueso y así aparece la historia más clara»; por eso, dice, le resulta mas difícil escribir las 50 primeras páginas que las 250 últimas, porque «al principio tengo que crear el mundo, luego sólo ir poblándolo».

La novela tiene un final abierto, puesto que el proyecto inicial quedó inacabado: «La historia narra dos bloques diferentes: la iniciación en la vida conventual, que se desarrolla en Valencia, y otro que iba a ser una imagen especular en Granada. Pero me di cuenta de que la primera parte equivalía a más de trescientas páginas. Además, me gustan los finales abiertos, en los que el lector pone de su cosecha y decidí cortarla ahí». Talens ya está empezando una segunda parte, que se leerá de manera autónoma, aunque formará un bloque con Hijas de Eva. Situar esta novela en la Comunidad Valenciana ha supuesto «una manera de echar raíces en Valencia, donde resido desde hace 5 años, porque para mí, echar raíces significa conocer el lugar, comprenderlo bien y escribir sobre él».

Los clásicos son siempre un referente para este escritor, quien trata de convertirse en continuador de una tradición que viene del pasado, un eslabón más en la cadena de la historia: «No creo que el pasado haya empezado ayer, no creo en esa generación X que no conoce nada de su pasado ni le interesa, que es lo peor».

A diferencia de otros muchos escritores, Manuel Talens no se ha presentado nunca a un concurso literario ni pretende hacerlo: «No me interesan los premios literarios porque no concibo la literatura como una carrera de caballos. Este mundo está demasiado sumido en la competición y yo creo que aquí hay sitio para todos».

El próximo martes Talens clausurará con una conferencia el curso de narrativa de la UIMP. «Me invitó mi amigo Eduardo Alonso y me pareció perfecto, porque un taller literario es una manera de reunir a escritores y lectores. Todo contacto entre el creador y su público es bueno para que unos aprendamos».

 

Levante-El Mercantil Valenciano, 16 de Mayo 1997

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