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Una de aceite, ¡venga!
JOSÉ-MIGUEL ULLÁN
Como la fatalidad de la analogía tiende a acrecentarse en los
puentes, fui yo este último a dar a Altea. Y,
una vez allí, anduve en compañía del matrimonio Barranquí, que mal
cabe en este resumen huracanado: edición cuidada de libros, restauración
cabal en chiringuito playero, tienda de cerámicas, castillo de
fuegos artificiales y, por encima de todo, el sentido certero de la
amistad. Pues bueno, no sabiendo ahora mismo a lo que aquí se iba
-que el lector me perdone, una vez más-, resulta que acabamos allí,
en Altea, en La Posada de san Miguel, restaurante de toda la vida,
o de la vida en tanto que paella arcangélica, ante un plato de melva
en salazón, buceando ésta, cachito a cachito, en generoso aceite
de oliva, tan amarillo oscuro, el muy puñetero, que tiraba a
verduzco militar, a un pelo de dejar de ser líquido, mas todavía
en la euforia de lo untuoso. Horas antes, lo confieso,
no habría reparado "con tanto encono" (Olga Guillot) en
ese aceite allí expandido, aun acaso pudiéndolo apreciar medio
de reojo. Pero lo cierto es que yo llegaba de Jávea, todavía
embebido con la lectura de uno de esos libros de verdad
inclasificables (y ojalá que todos lo fuesen), instructivos y
apasionantes: La aceituna,
de Mort Rosenblum, en traducción de Manuel Talens, publicado por
Tusquets dentro de la colección Los
5 sentidos.
Aquel aceite indolente, si bien harto empeñado en desalar con su
virginidad al bicho, adquiría, en lo oscuro del comedor del fondo,
al lado de la cocina, una tonalidad imantada de mercurio bañado en
cobre (Por mezclarlo todo, contaré que tengo una amiga,
llamada Carmen, que, en cuanto le presentan el plato que ha
pedido, exclama "¡Qué barbaridad!". Pues eso.) El sabor
de aquel aceite, hijo de sí mismo y de la mar salada, te daba
el subidón por la sien derecha, la nalgada en la nuca, y luego, a
pesar de lo uno y de la otra, casi igual que en un trance masocón de
alcoba (por lo que dicen), algo bramaba en tí que se lo agradecía,
¡venga!, reclamaba otra dosis y otra, hasta acabar, de gusto y
paladeo, convenciendo de lleno al todo, que mojaba pan sin desmayo en
ello para incluso chuparse varios dedos. Pero a ver quién vende estas
burras, sensaciones sabrosamente rudas, como neosentimientos a
galope en auxilio de alguna noble causa en la boca, hecha agua,
que es sobre lo que aquí tanto se escribe, a Dios gracias, en lugar
de atender a los leprosos. No hay modo, no, por mucho que se crea en
el humanismo.
A menos, claro, que se haga lo que ha hecho, en La aceituna, Mort
Rosenblum: contemplar, palpar y probar; y, a la ahora de describirlo,
empaparse, cual politoxicómano confeso, de todo cuanto tenga que
ver con el olivo, enarbolando éste con múltiples reflejos: caligrafía
de la vida humana, estampa plástica que sobrecoge, brasa duradera,
modos de trato al fruto sagrado (ordeñar, varear), religión y política,
economía y mafia, cosmética y lujuria, al tiempo que delicia
para los paladares viciosos y, en fin, río de oro en la triunfante
dieta mediterránea, que fluye entre las matas de tomillo y
zumaque.
Rosenblum, en la actualidad reportero de la agencia Associated Press
y antes redactor en el International
Herald Tribune, se compró, en 1986, un terreno,
con 200 olivos, en la Provenza francesa. Hasta entonces, él era uno
de esos universitarios que creen que las aceitunas verdes proceden de
un árbol y las negras de otro. Total, que hace sólo 10 años que
empezó a enrollarse con las extrañas formas de los troncos y de
las ramas, los adobos frutales, los molinos, el color y el picor de
cada aceite... En busca de 800 millones de olivos, hizo el
peregrinaje de un fanático: Andalucía, Palestina, Lesbos, Kalamata,
Marraquech, Túnez, California y hasta una Bosnia olivarera en armas.
Después se puso a escribir ese estupendo libro, La
aceituna, aun sabiendo que no debió de ser casualidad
que don Vito Corleone fuese tiroteado, precisamente, a la entrada de
un negocio familiar de aceite de oliva, en Manhattan.
Brusco
final, con lo que empiezo a sospechar que el viernes próximo
pediremos otra de aceite, más suave, y, en efecto, se nos dará.
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