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El escritorio de Manuel Talens

NOTICIAS Y ENTREVISTAS

LUCIANO G. EGIDO Y MANUEL TALENS

Callejeros de pluma

PASEAR EN LA MAÑANA HÚMEDA Y FRÍA DE UN DOMINGO, POR ALGUNOS DE LOS RIN­CONES DE LA CIUDAD EN UN VIAJE HACIA NINGUNA PARTE, Y PERMITIR QUE LAS PALA­BRAS DE DOS ESCRITORES DE CULTURAS DIFERENTES HAGAN ECO EN LAS PIEDRAS MI­LENARIAS DE ESTA CIUDAD, PUEDE SER UNA EXPERIENCIA INOLVIDABLE. EL VIEJO TICO, EL DE LAS BARBAS DE NIEVE OXIDADA, ES UN ACOMPAÑANTE DE EXCEPCIÓN QUE SE ES­CURRE ENTRE LAS PALABRAS Y RECOGE LA ESENCIA DE SUS MENSAJES QUE HABLAN DE LITERATURA, HISTORIA Y LENGUAJE, DESCUBRIENDO FANTASÍAS, LEYENDAS Y SUEÑOS.

 

TEXTO Carlos BORREGO FOTOGRAFÍA: Félix CORCHADO

 

El viejo Tico, el de las barbas de nieve oxidada, ha paseado en la mañana húmeda y fria del domingo por las calles que ciñen la zona antigua de la ciudad por encima de las murallas.

En silencio: mira, escucha, le­vanta su cabeza y encoge sus hom­bros en señal de asentimiento, cuando las palabras, envueltas en el vaho de los alientos, salen de los labios de Manuel Talens o de la boca de Luciano G. Egido.

Luciano, salmantino de pro, pa­rece que ha vivido familiarizado con las entrañas de esta ciudad. Conocedor de la Salamanca, de las leyendas y de las realidades, asegura que él no ha tenido tiem­po para desarrollar la escritura hasta que llegó su jubilación la­boral. Encadena su lenguaje su­mando adjetivos y más adjetivos. Se lamenta de la poca riqueza de vocabulario que hoy se maneja en el lenguaje escrito u oral.

Manolo, valenciano de cultu­ra, andaluz de corazón y de cul­tura. Ciudadano de la humanidad en Granada, París, Va­lencia o cualquier otro punto en los que ha residido, se siente ali­mentado por un gran parangón de culturas.

«Yo soy andaluz. Uno es de donde hace el Bachillerato. Yo lo acabé en Granada. Luego, soy an­daluz».

Mezcla de culturas, béticas y mediterráneas, Manolo quiere aclarar el porqué de sus aires del sur: «Mi padre, catalán, al que la guerra ubicó en Andalucía, casó con una granadina y yo nazco allí, pero vivo en el Mediterráneo».

Ya, cuando caminábamos por la calle Libreros, antes de doblar la esquina de La Latina, antes de lle­gar a la Ribera del Puente, en lo alto de la Peña Celestina, detrás de la Facultad de Ciencias; Ma­nolo me confesaba: «Tengo una nueva novela en el editor. Nace­rá a la luz en los alrededores de la primavera.

Un nuevo libro de Manuel Talens, su título: 'Hijas de Eva'

La acción transcurre en la Va­lencia de 1917, y su trama gira en torno a dos chicas, en la búsqueda de la vida, su vida con todos los fastidios que ésta implica, en bus­ca de la felicidad. Su título es: Hi­jas de Eva». Contemplando la ve­ga del Tormes, Manolo dice, ante la mirada de la provocación de Ti­co: «Yo escribo a la venganza. A la actividad. Un problema, mi pro­blema es un golpe de vida al cual yo le busco soluciones. Escribo desde la vida, mi vida, pero no lo hago autobiográficamente. Nun­ca mi propio yo, ni mis impulsos se dan en los personajes de mis novelas. Cuando escribo me pon­go en el personaje que estoy cre­ando como un ejercicio de gene­rosidad. El yo narrativo no es el escritor, pero sí del escritor».

El paso es lento y taciturno. Hay paradas intermitentes y apoyos en las piedras de las repisas de los miradores. Luciano camina delante, a pocos pasos. Luciano es de las personas que mas sabe el recorrido que estamos haciendo.

En estos espacios de `Culto al sol', el hombre que ha esperado a su jubilación laboral para dar rien­da suelta a su pluma, empieza a hablar con cierto apasionamien­to: «Salamanca fue ciudad de los demonios en las creencias prerro­manas que acaban ubicándose en la Cueva de Salamanca de la Cuesta de Carvajal».

Con voz pausada y girando ca­beza y vista hacia adelante y hacia atrás, y estando ya el grupo uni­do dice: «Todo es coherente. No hay casi documentos de `la Ciu­dad de los Demonios', pero en Sa­lamanca, centro de la cultura uni­versal, se contraponen la idea de la enseñanza con la leyenda al `cul­to del sol', que no deja de ser una hipótesis. Su origen está en San Cipriano, los dos San Ciprianos, el de Antioquía y el de Cartago. El primero es una leyenda. Pero la figura de este santo, equivale a la cristianización de la magia. En la Salamanca culta existía la cul­tura del Trivium y del Cuadrivium por una parte, y los estudios de Matemáticas y Química por otro. Los primeros, los verdaderos, es­taban en la Universidad, los se­gundos perseguidos por la Iglesia eran todas las `manías', las cua­les se consideraban demoniacas».

 

Crear un mundo

Hacemos un silencio en la na­rración. Nos emparejamos, a cor­tos pasos unos de los otros. Ma­nolo Talens, a mi derecha, vuel­ve a retomar la memoria de sus orígenes y de las sensaciones que experimenta cuando uno de sus li­bros ha llegado a las librerías:

«Yo siento una inmensa alegría por haber creado un mundo, y a la vez un gran vacío por haber perdido la convivencia con los personajes que los conforman. Pe­ro las ideas vuelven, poco a poco, generando un nuevo mundo y en­tonces recupero con otros perso­najes y situaciones, las vivencias durante un periodo más o menos largo, que hacen que llegue otra vez el disfrute».

Hemos bajado la calle de la Ve­racruz y por Tentenecio. Se habla someramente del Archivo de la Guerra Civil.

Luciano ha tomado el camino de entrada al Huerto de Calixto y Melibea, no sin antes hacer una parada en el patio chico. Le se­guimos, y una vez dentro, en tor­no al pozo, después de posar el grupo para la foto, comienza a ha­blar de la Cueva de Salamanca, no sin antes recordar lo ficticio de los personajes que aparecen en las no­velas de todos los tiempos:

«Ni Melibea sabía de este po­zo, ni paseaba por estos jardines. Tampoco Calixto escalaba por la parte de la muralla que la envuel­ve y mira a Levante. Pero es un lugar para la paz bien recuperado».

Al lado de un olivo Luciano nos comenta: «Para escribir he te­nido que esperar a la jubilación laboral. Cuando escribo parto de una palabra generadora a la cual quiero llegar. Cuando he cubier­to ese camino, y aparece esa pa­labra generatriz, he construido mi novela».

«Nuestra lengua es de gran ri­queza semántica. Muy rica en ad­jetivos. Yo utilizo el adjetivo más el adjetivo en combinación con el verbo, de ahí la fluidez de mis es­critos. A veces nos empecinamos en el significado de una palabra, cuando esa palabra podemos de­cirla de mil maneras. Hay que sen­tirse cómodo con el lenguaje. Hay que dar vueltas y vueltas hasta lle­gar a esa palabra, que es un hecho que crea la trama».

 

Crítica literaria

En el mirador del Jardín del Vi­sir, antes de partir hacia la Cuesta de Carvajal, le he pedido a Mano­lo Talens que opine sobre la crí­tica y los críticos de la novela: «Cuando comienzan las críticas, bien sean las críticas profesionales o las de los lectores, tú eres ajeno a la novela en sí. Te conviertes, cuando el libro está editado, en un lector más de tu propia obra. Ol­vidas los ratos que estuviste con los personajes y te conviertes en el lector que lee, opina e incluso valora lo escrito. Todo libro de ficción es un artificio que creas en un momento determinado, pero es ficción. Las cosas son, como son y tratar de reescribirlas es tonto. El libro leído por el autor después de su publicación ya ha adquirido su independencia de todo lo que ro­deó a su escritura mientras lo construyes. Es empezar y acabar con la convivencia que has teni­do con los personajes».

«Los críticos -añade Manolo- ­son todos los lectores. Ellos son los que en realidad hacen opinión y, ésta es tan válida como la opi­nión culta que pueda hacer un pro­fesional. La Literatura es un uni­verso donde uno crea y otros des­cifran. Siempre hay un referente. La Literatura está llena de refe­rentes. Cuando se pierden estos referentes, creamos un nuevo mundo que también a su vez da puntos de referencia a las genera­ciones de lectores que vienen de­trás. El crítico es importante por la aportación que te puede hacer a los referentes».

Estamos situados en la Cuesta de Carvajal, frente a la verja de la Cueva de Salamanca. Aquí el hombre que más sabe de este lu­gar, Luciano G. Egido, nos va contestando a los interrogantes que le planteamos, y vuelve a to­mar la palabra para hablar: del cul­to al sol, de los demonios, de San Cipriano, de las más de cuarenta `mencías' que se estudiaban y practicaban en la época.

 

La cueva de Salamanca era el lu­gar de contacto con el diablo

«Las Matemáticas y la Quími­ca eran materias demoniacas. Aquí lo único que sabemos que es rea­lidad es la escalera que baja a la cripta. Esta escalera aparece en muchas obras clásicas. El hueco tapado bajo la cueva era el lugar de contacto con el diablo. Todo o casi todo lo que rodea a la cueva es leyenda. El mundo mágico, donde la matemática y la quími­ca entraban en contraposición con las materias clásicas del Trivium y Quadrivium, no tenía sentido pa­ra los que se las daban de cultos. En casi todas las circunstancias los estudiosos de la química cho­caban con la Iglesia. Pero esto no es una cueva. El misterio y la os­curidad no existen aquí».

Hemos caminado por la calle del Silencio hasta llegar a la Plaza de Anaya. En la trasera del Palacio de Castellanos, Luciano nos co­menta las torturas llevadas a ca­bo en el lugar. Ya en Anaya, Lu­ciano, cuenta anécdotas de Una­muno. Nos enseña su `Víctor'. Ha­blamos de las palomas que viven en la parte alta del claustro. De la brutalidad de las palomas: «Se matan entre sí, son hipócritas, no son símbolos de paz», dice Lu­ciano.

En camino por la Rúa, buscan­do tomar un café en la Plaza, ha­cemos la última parada frente a la Casa de las Conchas, y nuestros ojos han barrido en abaniqueo rá­pido la monumentalidad de la zo­na. Hemos entrado en el silencio pausado de haber paseado tres ho­ras por algunos de los rincones con más historia de la ciudad.

Cuando llegamos al Corrillo, Tico, ha desaparecido sin que nin­guno nos diéramos cuenta.

Los escritores emprenderán via­je a sus casas después de comer, llevándose consigo nuevos refe­rentes o palabras generadoras, que quizás algún día se conviertan en tramas para sus novelas.  

 

Tribuna de Salamanca (Salamanca), 22 de diciembre de 1996

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