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LECTURAS AJENAS

Los vértices del pentágono
Gonzalo Hidalgo Bayal

     En la mañana otoñal de un sábado reciente tuve la oportunidad de ver cómo unos niños de entre nueve y once años se entrenaban en un simulacro de campo de fútbol. Eran seis y su sistema de entrenamiento, rígido y riguroso: uno de los niños se colocaba en el centro de un círculo o, mejor, de un pentágono cuyos vértices eran marcados por los otros niños. Los vértices del pentágono se pasaban la pelota unos a otros mientras el jugador interior intentaba interceptar el pase (que ahora a veces los periodistas deportivos, que son los de mayor incompetencia lingüística, se empeñan en llamar «asistencia»). En alguna medida me pareció una suerte de aplicación inversa del juego del ratón y el gato sobre el tablero de ajedrez, un peón jugando contra cuatro con el único objetivo de romper el cerco y abrir brecha. Los vértices del pentágono cantaban a voz en grito cada toque de balón y, siguiendo durante un rato la peripecia, pude apreciar que se atenían básicamente a dos mandamientos: uno, asegurarse la posesión de la pelota, esto es, no dejar en modo alguno que el jugador del centro se la arrebatara; y dos, conseguirlo con el menor número posible de toques, como máximo dos. Advertí que si daban dos toques (los otros cantaban a gritos ¡uno!, ¡dos!, en el intervención de cada vértice) apenas corrían peligro de perder el «esférico», si daban tres se declaraban como malos jugadores y si daban uno corrían el riesgo de que el pase no fuera preciso y lo interceptara con facilidad el jugador del centro. El jugador que, bien por imprecisión, bien por lentitud, bien por exceso de florituras, perdía el «cuero», era inmediatamente castigado y ocupaba el sitio del ratón en el centro del pentágono para tratar a su vez de interceptar los pases de los otros, a los que el jugador liberado se había sumado con notable alegría, a juzgar por la euforia renovada que ponía en el recuento de ¡uno!, ¡dos!, ¡uno!, ¡dos!

     Incluso, situado a cierta distancia perspectiva del pentágono, había un joven de unos veinte años, al que los niños (no sé si por mimetismo o si con ironía) llamaban «míster», que seguía con atención los movimientos de los jugadores y que daba voces desaforadas de banquillo cuando tocaban tres veces el balón, cuando lo perdían, o cuando dejaban de cantar el ¡uno!, ¡dos!, ¡uno!, ¡dos!, un mecanismo numeral que me hizo recordar los versos célebres y tristes de Machado, la monotonía de la tarde y de la lluvia cayendo sobre los colegiales: «Y todo un coro infantil / va cantando la lección: / mil veces ciento, cien miel; mil veces mil, un millón», si bien, desde un punto de vista aritmético, en el coro del pentágono había más proximidad al aprendizaje marcial de los desfiles que a las cantilenas escolares de la multiplicación.

     Qué lejos, pensé, de aquellos años oscuros en que los muchachos aprovechaban los recreos y las tardes para asaltar plazas, plazuelas o descampados, «echar a pie», decidir una alineación en la que tenían cabida todos los presentes, ya resultara un equipo de once, de siete o de catorce, e improvisar un partido interminable. O en que los muchachos de un pueblo o de un barrio acudían en pandilla, balón en mano, a desafiar a los muchachos de otro pueblo o de otro barrio, en campos de barro, sin árbitros, sin apenas reglamento, sin fueras de juego, sin tácticas ni estrategias, peleando con el pequeño orgullo patriótico local, corriendo todos detrás de la pelota (salvo el portero, que a menudo no tenía más mérito que una escasa habilidad para el regate), en alboroto creciente, puntual y apasionado. Y no era infrecuente que al final del partido, tras la desmesura siempre discutible de los goles, se armara una bronca monumental (hoy se diría «tangana») y sucediera a la batalla deportiva una batalla campal, con insultos, con gestos obscenos, con lanzamiento de piedras, con piteras, con canciones burlonas, lo que no impedía que al domingo siguiente se devolviera la visita al pueblo vecino o al barrio de al lado para repetir la gesta bélicodeportiva.

     La conclusión es inmediata: aquello (los partidos de entonces) era el juego, esto (los vértices del pentágono) es el deporte; aquello era diversión, esto es entrenamiento, es decir, repetición y repetición de un movimiento hasta incorporarlo a las habilidades inconscientes y reflejas del individuo; aquello era épica, esto es Paulov; aquello era libertad, esto es pedagogía. Pero es comprensible. Toda actividad se vincula en origen a las perspectivas de promoción social y de estatus económico y, puesto que el desprestigio del conocimiento (no ya del conocimiento puro y objetivo, que tal vez nunca haya tenido mucho predicamento, sino del conocimiento académico, con titulación oficial) ha dejado un amplísimo hueco en el ranquin de la movilidad social, el fútbol, invadiendo un alto porcentaje del vacío, se ha convertido en una verdadera fábrica de sueños cenicientos: contratos millonarios, coches deportivos, autógrafos, multitudinaria idolatría.

     De ahí que la pedagogía haya decidido entrar en la manipulación de los nuevos caminos del éxito. Y si los pedagogos tradicionales han esgrimido palabras huecas y altisonantes, como «motivar», «incentivar» y demás jerga adyacente (su incompetencia lingüística es comparable a la de los periodistas deportivos), los pedagogos del deporte han inventado términos como «cantera», «fútbol base», «fútbol siete» o, en fin, «escuelas de fútbol», el lugar donde se aprende, con método, criterio, sistema y programación, a ser profesional: no se pretende jugar, sino ser jugador, abrir la puerta de una profesión que reduce el paraíso a club y el porvenir a gloria deportiva.

     Resulta, pues, que se ha producido o se está produciendo un vuelco en los principios de la «paideia». Mientras los pedagogos de crianza insisten, por una parte, en que la adquisición de conocimientos matemáticos, lingüísticos, filosóficos o históricos, debe ser divertida, lúdica, participativa, sin esfuerzo, más de colegas que de colegio, los pedagogos de pitarra se afanan, por otra, en convertir el juego en un ejercicio metódico, científico, aplicación práctica y pedestre de diversos supuestos geométricos. Se pretende, en definitiva, que las asignaturas sean un juego y que los juegos sean asignaturas. Y, como no se puede atentar en vano contra la frágil voluntad del hombre, no será un disparate vaticinar que, antes o después, el tiempo, la inercia y el desencanto obrarán en consecuencia. Yo así lo espero.

Diario HOY, 8/11/2001

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