Recomendación
urbi et orbi de este artículo que ha aparecido hoy (26 de junio de
2001) en EL PAÍS.
http://www.elpais.es/articulo.html?d_date=20010626&xref=20010626elpepiopi_8&type=Tes&anchor=elpepiopi
Las flores venenosas
JOAQUÍN
ESTEFANÍA
1.
La violencia puede acabar con el movimiento sobre la globalización,
que es una de las mejores esperanzas políticas de los últimos
tiempos. Este movimiento había conseguido introducir en la agenda política
de los organismos multilaterales y de la Unión Europea los problemas
reales de la globalización: su carácter geográfico parcial, el
desarrollo sostenible, la desigualdad, la pobreza, el paro, la brecha
digital, la gobernabilidad, etcétera. Nunca como hasta hoy se había
hablado tanto de estos asuntos, tanto al menos como de mercados
liberalizados, ajustes macroeconómicos, sacrificios permanentes,
desregulaciones, etcétera. Desgraciadamente, la violencia los ha
vuelto a marginar y los líderes políticos discuten ahora sobre cómo
dar seguridad a sus reuniones y evitar los enfrentamientos.
En vez de polemizar con los jefes de Gobierno, con los ministros de
Economía o Asuntos Exteriores, con los técnicos del Fondo Monetario
Internacional (FMI) o del Banco Mundial (BM), el protagonismo lo toman
de nuevo los ministros del Interior, los jefes de la policía. El
ministro del Interior alemán, Otto Schilly, propone una suspensión
temporal del Tratado de Schengen, que permite atravesar libremente las
fronteras de varios países de la UE, para evitar la presencia de los
alborotadores. Y Aznar se suma encantado a esa iniciativa para evitar
los disturbios en el primer semestre de 2002, cuando España asuma la
presidencia europea.
Los
políticos del establishment balbucean oscuras financiaciones
del movimiento, de tácticas organizadas de guerrilla urbana y de kale
borroka multinacional; los globofóbicos acusan a la policía de
provocar los actos de violencia para oscurecer sus verdaderos fines.
Ha cambiado el terreno de juego. Es una marcha atrás muy
significativa de la agenda sobre la globalización y sus defectos.
Susan George, una de las intelectuales del movimiento (autora de
libros como El Informe Lugano o El bumerán de la deuda)
estuvo en Gotemburgo y, a través de la Red, condenó los actos de
vandalismo con los siguientes argumentos:
- Hacen inevitablemente el juego al adversario, incluso cuando la
policía es responsable del inicio de las hostilidades; los medios de
comunicación y los políticos no hablan más que de la violencia; las
ideas, las razones, las propuestas quedan escondidas.
-
Cualquiera que piense que rompiendo escaparates y atacando a la policía
'amenaza al capitalismo' no tiene pensamiento político. Es un necio.
-
No se puede construir un movimiento amplio y popular sobre la base de
la violencia; la gente no vendrá a las manifestaciones ni seminarios
de estudio.
-
No es democrático. Hay grupos que nunca están en el trabajo
preparatorio, que no hacen nada en la política de cada día, pero que
aparecen en las manifestaciones como flores venenosas para romper
cualquier acuerdo que haya sido negociado por los demás.
-
Se insulta a los que rechazan y condenan la violencia, tratándolos de
reformistas; pero no es nada revolucionario dividir el movimiento
social y rechazar aliados potenciales, no es nada revolucionario
generar la simpatía de la población hacia los adversarios; no es
revolucionario oponerse a medidas parciales (tasa Tobin, renta básica
de ciudadanía) esperando el gran día del asalto al Palacio de
Invierno.
2.
Hay al menos cinco categorías de propuestas en relación con la
globalización, con todo lo que de maniqueo supone una calificación
de este tipo, que exigiría matices. En primer lugar están los hagiógrafos
de la globalización feliz, aquellos que creen que todo lo que procura
es bueno; aquí se encuentran los neoliberales sin fisuras y toda la
carcundia que estos días escribe del movimiento sobre la globalización
sin entender nada de lo que sucede, insultando, acusando a sus
componentes de indigencia intelectual desde su propia indigencia
intelectual, que es la que les ha conducido al marginalismo de la
derecha radical; impidiendo la presentación de alternativas al
socaire de la violencia.
A
continuación están los que cuestionan tan sólo los más flagrantes
defectos de la globalización, como por ejemplo el trabajo y la
explotación infantil, pero obviando u ocultando otros efectos
centrales de la globalización como la creciente desigualdad que
genera, o la ausencia de muchas zonas del mundo de los beneficios de
la misma. En tercer lugar, los que defienden otro tipo de globalización
que acompañe a la única realmente existente, la financiera; son los
que pretenden una globalización de los derechos económicos y
sociales, de los derechos humanos, de la ecología, y que sea
gobernada por los representantes libremente elegidos por los
ciudadanos, no por los mercados: se confrontan con esta globalización,
pero no con el sistema ni con la economía de mercado. Por ello, no se
sienten cómodos con el calificativo de globofóbicos. Están contra
la globalización sin semáforos, sin reglas del juego, que produce
perdedores con los que nadie sabe qué hacer. En cuarto lugar, están
aquellos que critican la globalización, pero también se confrontan
con radicalidad con el sistema, pero son pacíficos. Pretenden ganar
la batalla en el campo de las ideas y de las alternativas. Por último,
están los violentos, claramente minoritarios, pero que quieren
quedarse con las señas de identidad del movimiento y pueden
destruirlo o dejarlo en la marginalidad de las vanguardias, y no en el
marco de referencia central de nuestra época como es la globalización.
No han aprendido de la historia y de las consecuencias despóticas de
la violencia organizada.
El
movimiento antiglobalización, tan heterogéneo y también tan antinómico,
es la demostración práctica de la globalización desde abajo, frente
a la globalización desde arriba, que es la que hemos contemplado
hasta ahora. No debe decir tan sólo: el mal está fuera, sino ejercer
la crítica de sus debilidades y de los excesos violentos de sus minorías.
3.
Si no hubiera un movimiento de este tipo, con todas sus
contradicciones, habría que inventarlo. En pocos años ha conseguido
algunos objetivos que benefician a todos los ciudadanos: actualizar la
causa de los derechos económicos y sociales, que en muchos casos son
desconocidos y están más retrasados que los derechos civiles,
medioambientales o de género (el 80% de la población mundial no
tiene ningún tipo de protección social); mostrar las lacras de la
globalización, que no se mencionaban o permanecían ocultas o
subsidiarias en los discursos; tensar a la izquierda sistémica -a la
que ha sustituido en muchas movilizaciones y en la calle- y hacerla
asumir algunos de sus puntos de vista; lograr la autocrítica de
organismos como el FMI, el Banco Mundial, la Organización Mundial de
Comercio, a favor de una democratización de los mismos, mayor
transparencia en sus actuaciones, etcétera. Aunque una parte de esta
autocrítica sea sobrevenida: lágrimas de cocodrilo.
La
parte central de este movimiento está a favor de una globalización
global. Son globofóbicos de una globalización exclusivamente
financiera y, además, mutilada: hay una buena parte del mundo que
querría entrar en los circuitos de la globalización y no lo
consigue: mientras la renta per cápita de los países
avanzados se sitúa en alrededor de los 25.000 dólares, ninguno de
los 49 países menos avanzados (de los que 34 son africanos) alcanza
los 900 dólares; estos países sólo reciben el 0,5% de las
inversiones directas mundiales. El secretario general de la ONU, Koffi
Annan, recordaba hace unos días que 630 millones de personas quieren
entrar en el mercado global como productores y consumidores.
Los
globofóbicos han recibido últimamente apoyos inesperados. En El
Informe Lugano, Susan George describe la preocupación de algunas
personas por los abusos de la globalización económica: Alan
Greenspan se inquieta ante la exuberancia irracional del mercado;
George Soros cree que demasiado capitalismo mata al capitalismo (luego
de haber hecho su fortuna con la especulación); Joseph Stiglitz,
antiguo economista jefe y vicepresidente del Banco Mundial, se muestra
obsesionado por la repercusión y severidad de los programas de ajuste
estructural en los países pobres; el director de Economía Global de
Morgan Stanley se turba ante la inminente cruda guerra entre capital y
mano de obra; etcétera. Sin embargo, nadie parecía unir todo eso, al
menos en público, hasta ahora.
El
movimiento ha tenido la virtud de recordarnos que una cosa es
constatar el aumento de los intercambios mundiales y el papel de las
nuevas tecnologías y otra distinta decir que constituye un sistema
mundial autorregulado y, por lo tanto, que debe escapar a los
controles políticos. Lo primero es una descripción exacta; lo último,
una ideología.