<%@ Language=VBScript %> Manuel Talens - El sitio web del escritor. Lecturas ajenas. Luis Goytisolo.
El escritorio de Manuel Talens

LECTURAS AJENAS

A continuación van dos visiones pesimistas y complementarias del porvenir verbal en el que ya vivimos. Luego, un texto de Manolo Vázquez Montalbán. Salud, Manuel

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EL PAÍS, 3-03-2001
El declive de la cultura verbal
Luis Goytisolo
    
Hace ya casi nueve años publiqué en este mismo periódico un ensayo titulado El declive de la novela. No era la primera vez que me refería a ese tema ni he dejado de hacerlo en diversas ocasiones desde aquel entonces. Pero aunque hoy se aprecie todavía con mayor claridad que lo que la industria editorial nos ofrece como literatura tiene muy poco que ver con la creación literaria, también resulta más claro que esa pérdida de relieve de lo literario es sólo uno de los muchos aspectos de un fenómeno bastante más amplio: el declive de la propia expresión verbal. Imagino, llegados a este punto, la contrariedad de más de un lector al decirse: ¡ya vuelve este aguafiestas a las andadas! El editor literario, por ejemplo, convencido de que reconocer que la literatura no vende hará que aún venda menos; como si el que lee fuese a soltar este periódico y dejar de comprar libros. O el novelista que acaso se sienta excluido del panorama literario, cuando, si lo que escribe es de valía, no tiene problema alguno; siempre hay frutos tardíos, yo mismo soy uno de ellos. O el obstinado botarate que, aferrado a la labor crítica que desarrolla desde una cátedra o desde las páginas de algún suplemento cultural, vea peligrar su empleo; como si de dos negaciones también en este caso resultase una afirmación: como si de una crítica sin interés de una obra sin interés pudiera salir algo bueno. Según ellos, nunca han ido tan bien las cosas, nunca se ha leído tanto, y las voces de alarma son sólo un fenómeno cíclico. Cosas que ya se decían hace cien años, o en tiempos de Ortega, temas que resurgen periódicamente. Como si la situación de la cultura hace cien años o en tiempos de Ortega fuese la misma que ahora, y lo que entonces pudiera decirse tuviese algo que ver con lo que yo digo. (Téngase en cuenta, por otra parte, que las voces que anunciaban cambios en lo que había que entender por creación literaria, también entonces acertaron). Quien sí ha expresado opiniones similares a las mías es George Steiner, y no ya durante su reciente estancia en Madrid, sino desde los años setenta. Y con extraordinaria agudeza, por cierto, ya que los indicios de quiebra en lo que él llama la Era Verbal se mostraban entonces mucho más débiles. No comparto, por otro lado, sus consideraciones respecto a los lenguajes científicos o al lenguaje musical. Pero eso es ya otro tema.
    En los setenta, las estridencias del Postmodernismo contribuyeron a embarullar el panorama cultural en la medida en que se pretendía dar una apariencia de renovación a lo que de hecho era una liquidación. Hoy, la postmodernidad pertenece al pasado y la evolución de los acontecimientos y, sobre todo, la velocidad de esa evolución -la integración, en un solo sistema, de televisor, ordenador, cámara, vídeo, impresora y teléfono móvil- han clarificado extraordinariamente el panorama. No se trata ya de que para triunfar en el mundo de la política, de los negocios y hasta de la cultura, no sea preciso ser ni leído ni culto, sino que, si así sucede, es porque tampoco el serlo es algo que se valore en la vida cotidiana. Al contrario: no ya el saber sino también el propio lenguaje que lo expresa pueden suscitar un recelo del todo contraproducente. El dirigente político del pasado suplía su eventual ignorancia con abundantes citas cultas que le preparaban sus consejeros; si hoy no lo hacen o lo hacen menos es porque los ciudadanos no se lo reclaman. En una insólita variante del Despotismo Ilustrado, el poder tiende hoy a ejercerse simultáneamente desde el pueblo, con el pueblo y contra el pueblo. El saber, la expresión verbal ajena a los conocimientos tecnológicos, no sólo se consideran inútiles sino incluso, en la medida en que fuente de preocupaciones, causa de infelicidad. No se trata de que la poesía, la novela, el ensayo, un género literario cualquiera, hayan perdido presencia en la sociedad; es la creación literaria en su conjunto la que lo ha perdido, la reflexión filosófica, la expresión verbal en sí misma, todo lo que ha vertebrado casi tres mil años de Historia en los que la cultura ha estado dominada por el lenguaje. El papel de la informática, en este sentido, ha sido decisivo: acortar el mensaje, reducir el léxico, a semejanza cada vez más de un código de señales. Y tanto como facilitar el acceso al saber almacenado, tranquiliza las conciencias con el hecho de que ahí queda ese saber, guardado y bien guardado.
    Para apreciar mejor un cuadro conviene retirarse unos pasos. Para comprender la situación presente conviene asimismo tomar distancias. Prescindir de la tradicional división de la Historia en Edades -Antigua, Media, Moderna y Contemporánea- y situar el comienzo de nuestra cultura verbal unos mil años antes de Cristo, cuando los primeros textos literarios griegos y los autores de la Biblia establecieron los cimientos de lo que ha llegado a ser la cultura predominante en el mundo entero. Lenguaje, religiones, escritura, creación literaria, leyes, amor, ética, ciencia, filosofía, constituyen las líneas maestras de la evolución histórica de esa Era, de toda una sucesión de culturas desarrolladas a partir de un soporte verbal, cuando no directamente de un Libro.
    Si a esa Era le buscásemos una adscripción de lugar, al modo de los antropólogos cuando hablan del hombre de Atapuerca o del de Neanderthal, habría que llamarla Era Mediterránea, ya que casi todo tuvo su origen en torno a ese viejo mar. Desde sus orillas, a lo largo de los siglos, se expandió de forma continuada hacia el resto del mundo, tomando gran número de cosas de otras culturas, pero, sobre todo, aportándoles tantas otras, que ese contacto ha terminado por provocar en ellas una profunda transformación. Si hoy la gente tiende a vivir de forma parecida, a vestir y comer y ver la televisión conforme a gustos muy similares, es porque esa cultura que nació junto al Mediterráneo y cuyo soporte era la palabra se ha extendido a la totalidad del planeta.
    El proceso de globalización política, social y económica ha venido gestándose a lo largo de todo el siglo XX. Su triunfo, a primera vista, supondría el triunfo de esa cultura basada en la palabra. Pero, paradójicamente, la coincidencia de tal proceso con el desarrollo informático y audiovisual de los últimos años, ha convertido al lenguaje en poco menos que un estorbo para esa cultura fundada en el lenguaje. Lo que hoy requiere la comunicación no es idiomas, sino un código, un lenguaje instrumental lo más simplificado posible. La verdadera sustituta de la palabra no es hoy la imagen sino la presencia virtual de la realidad evocada, y leer y escribir se convierten paulatinamente en actividades superfluas en relación a la vida de cada día.
    Una cosa son las posibilidades que ofrece la informática a la cultura verbal y otra muy distinta lo que en la práctica supone su uso generalizado: un instrumento de trabajo, ya imprescindible en muchos casos, se convierte en pasatiempo no menos imprescindible, a la vez que superfluo y excluyente. Un hábito cultural que, asociado al móvil y al espacio televisivo, no favorece precisamente al gusto por la lectura ni, menos aún, predispone a la creación literaria.
    Consecuentemente, el libro se convierte cada vez más en un artículo de regalo cuya compra está sujeta al calendario de fiestas y celebraciones, un acto que, por lo que tiene de cívico, redime en cierto modo a quien lo realiza de tener que entregarse a su lectura. Pero si para el adulto el libro empieza a representar una especie de convención social, para el escolar la lectura es, sobre todo, una penosa obligación de la que los planes de estudio tienden en todas partes a eximirle. Por otro lado, el hecho de que el ordenador escriba a nuestro dictado puede dar lugar a que, en breve, del mismo modo que las calculadoras han relegado al olvido las operaciones matemáticas, los escolares terminen olvidándose de escribir. Y la corrección ortográfica será responsabilidad exclusiva del ordenador.
    El rincón dedicado a los libros de un gran centro comercial, lo que en él se ofrece al público, es fiel reflejo, al igual que cuanto exhiben los quioscos, de lo que la gente realmente lee. Merece la pena considerar con detenimiento los productos que ofrecen esos quioscos y librerías, su escasa relación con la creación literaria; comparar con lo que ofrecían las librerías de hace sólo quince o veinte años, imaginar lo que pueden llegar a ofrecer dentro de otros quince o veinte. Y echar cuentas.

EL PAÍS, 4-03-2001
Reforma
Fernando Lázaro Carreter
    
Es casi seguro que, en la plaza, el torero y el toro enfocan la corrida de modo distinto. Y muy cierto que la noticia de que va a regularse de otra manera (endurecerse, se decía en estas páginas) el ingreso en la Universidad será acogida con cierta ira y temor por quienes viven en la edad áurea del estudiantado. El propósito ministerial tiene mucho de positivo: que el gobierno, un gobierno, se haya decidido a mirar el panorama que ofrece la enseñanza; y bastante de malo: el precedente triste de que todo cambio en tal tinglado conduce a peor.
    Sin embargo, cada renovación es seguida por una esperanza, como quizá haya brotado en la profesora andaluza de Leyes que me ha enviado, con una carta estremecida, un manojo de ejercicios de Selectividad estremecedores. Huyendo de todo dramatismo, declarándolo sin énfasis y sin olvidar nada, la situación de todo el sistema educativo figura desde hace varios decenios entre lo más grave que le pasa a España. En todas las carencias nacionales, disimuladas bajo una policroma sombrilla de bonanza material, subyace la enorme debilidad de la instrucción nacional, que, dicho con brevedad, incumple su función social.
    Como es natural, el lenguaje exhibe esa realidad como una radiografía o, mejor, como una resonancia. No se trata de que se entrometan en él neologismos, tantas veces beneficiosos, sino de una creciente falta de intimidad que poseen los hispanohablantes con su idioma; parece que, en muchos dedicados a hablar o a escribir para el público, se ha quebrado la relación entre los vocablos y su significado, de tal modo que ambos tiran por su lado: no tienen el gusto de conocerse. Así debió de ser Babel.
    Eso no siempre ocurre con palabras raras, antes al contrario. Seguramente, atravesó con nota el coladero de la Selectividad aquel comunicador que, hace poco, escribía: 'Quince kilos de cocaína han sido puestos a recaudo de la Guardia Civil'. Si algo significa esta frase es que la coca ha sido puesta a salvo de unos guardias perseguidores, tal vez jadeantes como galgos tras liebre.
    Quizá un primo del anterior es el causante de este otro estropicio: a alguien se le ha dado una medalla por los méritos contraídos, con lo cual esos méritos eran probablemente una gripe, a no ser que un bajón de temperatura los hubiera achicado; porque en español, contraer se reserva para las enfermedades y para lo encogible. Aparte, claro, el matrimonio, indeciso entre ser enfermedad o mengua.
    He aquí otro ejemplo de corrimiento del significado: un locutor de radio, narrando un caso de abnegación maternal, ha enternecido a la audiencia hasta la lágrima. Y el narrador glosa el relato: es, dice, 'una historia llena de humanismo'. Resulta extraordinaria la capacidad de humano para inducir disparates. Cuando la creíamos limitada al aborto ya asentado de crisis o catástrofe humanitaria (adjetivo, todo el mundo lo sabe menos muchos, que califica a lo que mira o atiende al bien de las personas: ni de lejos es propio de los terremotos), he aquí que humano traslada sus inocentes priones a humanismo y lo enferma. No bastaba con hablar de una catástrofe humana o de una historia llena de humanidad. Parece fácil aprender las diferencias entre humano, humanitario, humanismo y humanidad; pues no: para muchos, chino.
    Ahora estamos viendo, faltaba más, un partido de fútbol: el estadio Bernabeu es una inmensa olla de luz y de rugidos hirviendo en la gran avenida madrileña. Sobre la hierba acontece el ordinario vaivén del balón. De pronto, a un jugador contrario se le suelta el pie, hiere un muslo casero y le hace una larga brecha; el lesionado sangra por ella, y el locutor hace notar lo grande que es aquella cicatriz. Otro pigre a quien la significación se le desprende del significante: repetimos que ocurre mucho.
    Un nuevo caso: en un encuentro reciente, un defensa infligió a un adversario una patada sin sangre pero con dolor, si lo medimos por los retorcimientos que hacía el supuesto dolido por el césped. El partido estaba caliente, los jugadores acudieron rápidos a la dialéctica de los puños, y se armó la tángana. El narrador televisivo no dio importancia al asunto; con voz tranquila, aseguró que era un choque costumbrista siempre que se enfrentaban aquellos rivales. Por falta de puntería, su locuela fue a llamar costumbrista a lo que era acostumbrado. ¿Mero lapsus casual? Es posible pero improbable, dada la amplitud de esa forma de errar que vamos viendo.
    La cual tiene otra refulgente manifestación en la reciente noticia de una encuesta hecha entre entrenadores de fútbol: se les preguntaba qué equipo ganaría la Liga, y todos coincidieron -con matices- en el Madrid. Lo cual expresó así un gran periódico de la Corte: Unanimidad en cuanto al favoritismo del Madrid. Dado que el favoritismo se produce cuando el favor prevalece sobre la justicia, los tales místeres, según el reportero, se adhieren a aquella tontería coral, tan cantada por esos campos de Dios, según la cual 'Así, así, así gana el Madrí'.
    Justo al llegar a este punto del escrito, me llega una carta de mi tierra con el recorte de un querido diario: corrobora con fulgor la tembladera que ha entrado al idioma. Más de una vez he señalado cuánto aumentaba la confusión de corpulencia con envergadura, identificando la fortaleza física con la largura de ambos brazos extendidos. Ya anda consagrada la equivalencia por varios diccionarios y entrará sin remedio en el académico: otra distinción significativa que se esfuma. ¡Son tantas desde que, hace ya mucho, se suprimió el examen de ingreso a los diez años! En el recorte antedicho, se refiere cómo varios testigos vieron a un etarra colocando un coche-bomba en Madrid hace unos días, y continúa: 'Los vecinos explicaron en su primera declaración que era de envergadura delgada'. Al lado de quien se expresa con tanta valentía, los místicos, maestros del oximoron ('muerte que das vida', 'oh regalada llaga', 'que muero porque no muero'), parecen poco inspirados.
    Tan oportuna sorpresa me ha quitado holgura para otro asunto constituido en epidemia. Salta a los ojos cuando se leen o se oyen cosas así: 'El consejero dijo que era necesaria una actuación radical contra la pobreza', 'Hay barriadas en situación de actuación permanente', 'A lo largo de este año se actuará en las carreteras', etc., etc. Actuar y actuación: son la última moda, y caen tanto sobre el papel como misiles en Bagdad. Habremos de verlo con más espacio. Y aún hallo en otro diario no madrileño esta pepita de oro: 'Durante doce horas consecutivas, cientos de almonteños pasarán por la Casa de la Cultura para recitar los versos que componen Platero y yo'.
    Reforma ya, o nos anegamos. Pero, eso sí, con tiento, pericia y justicia; si no, recemos lo de aquel paralítico en Lourdes.

EL PAÍS, 5-03-2001
Orientación
Manuel Vázquez Montalbán
   No ha podido ser noticia necesaria que de los 30.000 ecuatorianos devueltos al Ecuador sólo puedan volver unos 2.000, en una de las operaciones de legitimización o más idiotas o más cínicas. En cambio, está toda España muy preocupada por el racismo antiinmigrante de Heribert Barrera, que algunos extienden al conjunto del catalanismo aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid. Si abrimos las orejas como hacen los protagonistas marginales de algunas películas inglesas, escucharemos un run run racista generalizado especialmente percibible en sectores sociales económicamente débiles, tal como fueron recalificadas las capas populares por los tecnócratas franquistas del Opus Dei.
   Un taxista te habla de esos moratas o un técnico apolítico coincide con lo que dice Barrera aunque lo haya dicho en catalán, y esto no queda así, esto se hincha porque la intolerancia es una flor del mal que crece al margen de las estaciones. Como una carpa blanca sobre esta realidad, se emite un discurso moralmente correcto que habla de la necesidad de integrar y rechazar la tentación xenófoba; curiosamente, lo emiten a veces los mismos que legitiman la expulsión de los moriscos; perdón, ha sido un lapsus: la expulsión de los ecuatorianos.
   Desde el siglo XV país exportador de exiliados políticos o económicos, España tiene hoy más emigrados activos que inmigrantes y carece de una cultura de asilo, aunque sean frecuentes magníficos ejemplos de solidaridad. Ni siquiera esa cultura de asilo la enraizaron Franco y los franquistas cuando acogieron a nazis y fascistas supervivientes a la derrota en la II Guerra Mundial. Si sumamos a la falta de cultura de asilo el complejo de nuevo rico de buena parte de nuestra burguesía media y baja y la mirada agraviada de los económicamente débiles, porque son los que conviven con los inmigrantes obligados a unas miserables condiciones de vida y a veces la marginación, tendremos el marco donde puede crecer la intolerancia, en el que podremos escuchar y ver majaderías y barbaridades de guía Guinness.
   ¡Con lo fácil que es ser holandés!, un país donde por no tener obstáculos ni siquiera tienen montañas. Me voy a México DF a presenciar la entrada zapatista. A ver si me oriento un poco.

Enviado el 5 de marzo de 2001

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