EN
HONOR DE DARÍO Y MAXI, IMPIDAMOS EL RETORNO DE LA BARBARIE REPRESIVA
EN LA ARGENTINA
Por
CRISTINA FEIJÓO (crisfeijoo2001@yahoo.com.ar)
y LUCIO SALAS OROÑO (luciosalas@uolsinectis.com.ar)
En un contexto social signado por la situación de pobreza de más de
la mitad de los argentinos -20 millones de pobres sobre 36 millones de
habitantes-, por la indigencia de casi 8 millones y el hambre liso y
llano de 3 millones de compatriotas, con la noticia cotidiana de
decenas de muertes por desnutrición y el inusual frío, el miércoles
26 de junio un conjunto de organizaciones de desocupados (más del 25%
de la población se encuentra en estado de desocupación completa, y sólo
una parte de ellos percibe un subsidio de 40 dólares por mes) realizó
en todo el país una de las ya clásicas movilizaciones
“piqueteras” para exigir algún tipo de solución para esta
insoportable degradación de sus condiciones de vida. Según las estadísticas
policiales, desde enero de 2002 se han realizado en la Argentina más
de 10.000 acciones “ilegales”, consistentes en su mayoría en
cortes de calles y rutas por “piquetes” que marchan hacia el
Palacio Legislativo, diversas dependencias oficiales o, simbólicamente,
hacia la Plaza de Mayo, frente a la cual se ubica la Casa Rosada,
asiento del Poder Ejecutivo. Si de algo podía vanagloriarse el
gobierno de transición del presidente Duhalde era de que durante los
seis meses que lleva de gestión no había reprimido -o lo había
hecho civilizadamente- a este tipo de manifestaciones populares. Sin
embargo, durante las últimas semanas, funcionarios políticos,
policiales y militares fueron endureciendo el tono con el que se referían
al movimiento popular, calificándolo de ilegal y amenazando
veladamente con reprimirlo (las causas de este cambio pueden
encontrarse en nuestro reciente artículo “Las asambleas populares
ante el intento de resolución autoritaria de la crisis argentina”).
Consignemos que en esta nueva actitud influyen decisivamente las
presiones del “mundo civilizado”, de los Estados Unidos y los países
del G8, que exigen el fin del estado deliberativo y un
disciplinamiento social que permita reconstruir la dominación y haga
explícito el escarmiento al único pueblo del mundo que hoy no paga
su deuda externa, sin importar que no la paga no por el
“patriotismo” de sus gobernantes sino porque, sencillamente, no
puede: entre el capital financiero internacional y los sátrapas
locales se robaron todo, no dejaron ni para pagar las supuestas
acreencias externas.
Lo que normalmente sólo hubiera
ocasionado un cierto caos en el tránsito vehicular -tal como lo
reconoció la policía, estaban previstas otras vías para el acceso a
la ciudad de Buenos Aires desde el conurbano sur, que es donde se
produjeron los sucesos-, se transformó en una gigantesca cacería
humana, con dos muertos, decenas de heridos de bala y cientos de
detenidos, allanamientos ilegales a domicilios y a la sede de un
partido político con representación parlamentaria. La brutalidad de
estos hechos podría quedar subsumida en la barbarie más generalizada
y constante a la que es sometida la población argentina si no fuera
porque se troncharon dos vidas jóvenes y valiosas, las de Darío y
Maxi. Aunque cualquier vida tiene igual valor, queremos presentar sus
figuras ejemplares ante la comunidad mundial y especialmente ante
nuestros compañeros en la lucha contra la globalización neoliberal;
creemos que se merecen el honor de ser puestos en nuestros altares cívicos,
y que sus nombres sean guardados en la memoria colectiva. No confiamos
en la justicia argentina que debiera esclarecer estos crímenes, pero
estamos convencidos de que si se realizara una investigación
imparcial se llegaría a la conclusión de que sus muertes no fueron
casuales ni azarosas; por de pronto, está establecido que no murieron
en los enfrentamientos -tan parecidos a los de Palestina, con
muchachos tirando piedras y policías tirando balas de plomo- sino en
la “cacería” posterior.
Darío Santillán tenía 21 años, y desde hacía dos participaba del
Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD) de Lanús, en el
conurbano bonaerense. Más que participar, “vivía” dentro del MTD,
pues estas organizaciones proveen a sus integrantes de un marco donde
realizar su existencia, un marco que se hace necesario cuando la
sociedad oficial argentina deja a millones en situación de completa
marginación. Hacía pocos días, Darío había conducido a la
periodista Laura Vales, del matutino Página
12, hasta el asentamiento donde vivía, poniéndola en contacto
con los demás vecinos y haciéndole conocer las diversas experiencias
de ayuda mutua y autogestión productiva con la que solidariamente
enfrentan la crisis. Dentro de la organización, Darío estaba
dedicado a la producción de bloques de material con la que los
miembros del MTD habían comenzado a construir sus propias casas; Darío
mismo, con su hermano, estaban levantando su casita en un barrio
conocido con el significativo nombre de “La Fe”. La periodista
Vales se cruzó con Darío durante la mañana del miércoles 26, y
estaba tranquilo, despreocupado y orgulloso de la magnitud -miles de
personas- de la acción que habían organizado. Hay testimonios de cómo
murió: en medio de la “cacería”, Darío se refugió con otros
compañeros en la estación de trenes de Avellaneda. Como uno de los
muchachos que iban con él estaba herido, Darío resolvió quedarse
con él, cuidándolo, mientras alentaba a los demás a que continuaran
su huida, a que buscaran mejor protección. La policía llegó y lo
asesinó a quemarropa.
De Maximiliano Costeki sabemos por ahora mucho menos; tenía 25 años
e integraba el MTD de San Francisco Solano, una localidad cercana a
Lanús. Fue encontrado con un balazo mortal en el pecho. Según sus
compañeros de Solano, “Maxi era un referente del movimiento” (y
referente es lo más que se puede ser en estas organizaciones
horizontales que carecen de dirigentes al estilo tradicional). Este
“peligrosísimo subversivo” -ésta es la forma en que ha tratado
de mostrarlo a él y a sus compañeros el informe oficial- trabajaba
en el área de capacitación (autoeducación) del MTD de Solano,
donde, entre otras cosas, era el encargado de la biblioteca.
Es importante señalar que tanto el MTD de Lanús como el MTD de
Solano forman parte -con nueve movimientos más- de la Coordinadora de
Trabajadores Desocupados Aníbal Verón, que honra con su nombre a un
“piquetero” caído en la lucha. Estos once movimientos de
desocupados tienen diferencias entre sí, pues unos son más antiguos
y otros más recientes, algunos han alcanzado mayor grado de
organización para la sobrevivencia
y otros han llegado más lejos en sus proyectos productivos
autogestionarios. Pero todos ellos cuentan ya con sus productoras de
materiales para la construcción, sus guarderías infantiles, sus
panaderías, sus provisiones de medicamentos. Estas pequeñas
diferencias son mucho menores que las que sostienen con otros
movimientos de desocupados que se encuentran ligados a partidos políticos
o centrales sindicales; sólo en oportunidades excepcionales -como la
de este infausto miércoles 26 de junio de 2002- realizan acciones
conjuntas con ellos. Lo más distintivo de los integrantes de la
Coordinadora Aníbal Verón es su actitud político-social, la forma
creativa en que han asumido las experiencias de las generaciones de
luchadores argentinos anteriores (especialmente la de los años 1970)
y la forma en la que se apropian -desde condiciones de vida casi
subhumanas- de las nuevas orientaciones que guían a las corrientes
mayoritarias del movimiento social mundial. Proclamando su absoluta
independencia del Estado y los partidos políticos -incluidos los de
izquierda-, los miembros de la Coordinadora Aníbal Verón afirman que
su lucha no es por “la toma del poder del Estado” (para luego
realizar desde arriba las transformaciones) sino por producir desde
abajo un cambio del sistema social, reconstruyendo relaciones
solidarias y colectivas. Por ello, sólo en términos de autodefensa
acuden a prácticas violentas, siempre limitadas a una actitud de
resistir, no de agredir. El centro de la vida en los MTD es la
autoeducación y la autogestión productiva; la regla es la del
funcionamiento horizontal y las decisiones por consenso, y la
perspectiva general es la de construir espacios de autonomía que
permitan una tarea mucho mayor que la de “conquistar” el poder:
los MTD luchan por reapoderarse de la vida, tomarla en sus manos y, si
no es posible construir el cielo, al menos hacer desaparecer el
infierno.
Darío Santillán y Maximiliano Costeki amaban la vida y la vivieron
con plenitud, encontrándole su sentido colectivo en el desarrollo del
conflicto social; no buscaban la muerte, ni siquiera la muerte heroica
de las revoluciones que se transforman en pesadillas sino ejerciendo
su sagrado derecho a la rebelión, a la construcción de un mundo
nuevo. En cualquier latitud donde suene el latido de un corazón
solidario, pedimos para ellos que no haya olvido, que haya un recuerdo
emocionado como el que desde estas antípodas de la “civilización”
sentimos por Carlo Giuliani, el pibe caído en Génova.