Su abuelo era un inmigrante
de Palestina. Su padre, un comerciante de piedras preciosas
en Bagdad. Él, en su juventud, fue halterófilo olímpico. En
su ciudad lo llamaban «El Rey».
Una noche, recibió un mensaje
del exterior, según el cual iba a nacer un niño que salvaría
a su pueblo de las siete plagas: ocupación extranjera,
hambre, enfermedades, dictadores, el pueblo elegido,
dirigentes fantoches y desempleo. Le ordenaba que siguiera
una estrella brillante para dar la bienvenida al Salvador.
El viaje a través de
Babilonia era peligroso a causa de la ocupación extranjera.
Necesitaba disfrazarse de colaborador, pero ¿dónde conseguir
la vestimenta? Un policía murió estrangulado en el
vecindario y apareció sin uniforme. Éste sólo le fue útil
hasta el centro de la ciudad, donde los soldados de las
fuerzas de ocupación podrían detenerlo. Para evitarlo, se
afilió al Partido Fantoche y obtuvo un salvoconducto. Llegó
a la frontera confundido entre los soldados. Presenció el
asesinato de un niño de nueve años, la violación de una
muchacha, la desnudez forzada de una madre ante su hijo y el
ultraje de la hija.
Una tarde, un soldado
solitario le dio el alto y maldijo a su pueblo. Sin decir
palabra, El Rey lo estranguló. Eran todos iguales: blancos o
negros, españoles o polacos, estaban allí para la conquista
y el pillaje.
Por la noche, la estrella lo
llamó. Pasó a Siria. En el camino a Damasco, gentes
extranjeras lo invitaron a compartir pan y carne de cabra
con voluntarios que viajaban a su país para unirse a la
resistencia.
En la frontera de Israel,
disfrazado de comerciante hebreo, adujo que había huido de
la opresión de los terroristas árabes y musulmanes. Cuando
llegó a la Tierra Prometida, vio un muro faraónico
custodiado por soldados con ametralladoras.

Se dirigió hacia
el sur por una nueva autopista. A lo lejos, contempló casas
destruidas y pilas de troncos y ramas de olivos, limoneros y
naranjos, convertidos en leña para calentar a palestinos
desahuciados sin hogar.
Es de noche, víspera del 24
de diciembre y hace mucho frío. Aún va ataviado de
comerciante de joyas hebreo.
El Rey está seguro de que
vigilan cada uno de sus pasos, pero confía en el Espíritu
Santo y en su ingenio.
–Ni es hebreo ni comerciante,
pero lleva joyas e incienso y parece un forzudo de circo
–informó el oficial judío del puesto fronterizo a su
superior militar en Tel Aviv.
–Déjelo pasar. Nos conducirá
al nido de víboras y allí los mataremos a todos –le ordenó.
A la mañana siguiente, El Rey
siguió camino por la autopista. A un lado había hermosos
jardines, piscinas, pistas de tenis e invernaderos con tomates
maduros, al cuidado de inmigrantes de países pobres; al
otro, tierras yermas, veredas polvorientas, pozos secos y
unos cuantos pastores que guardaban cabras en colinas de
escasa vegetación.
Entró en la ciudad de
Jerusalén. Desde la estación terminal de autobuses anduvo
por calles estrechas y entró en una tienda para comprar un
bonete negro de terciopelo que hiciera juego con su barba y
su vestimenta. Un taxista lo llevó a Belén. Las calles
estaban repletas de coches y transeúntes, los cafés y las
pizzerías atiborradas de jóvenes que escuchaban música
ruidosa, mientras que santos varones con sombreros negros se
abrían paso a codazos entre la muchedumbre.
Conforme avanzaba por las
calles de la ciudad, vio los rostros pintarrajeados de
rubias polacas, ucranianas y rusas, recostadas en los
soportales de las casas, con provocativos vestidos de faldas
cortísimas. Vio criadas filipinas que llevaban bolsas de la
compra a la zaga de señoras con abrigos caros y botas de
cuero.
Sabía que no viajaba solo.
Una larga cola de palestinos
soportaba el frío de medianoche ante un puesto de control a
las afueras de Belén: trabajadores, familias y, junto a
ellos, un grupo de hombres y mujeres medio desnudos,
sometidos a interrogatorios y cacheos. El Rey no exteriorizó
lo que sentía, pero reconoció cada acto, cada ignominia:
aquellas fuerzas de ocupación eran la misma gente que en
Babilonia. Una vez escaneados sus documentos, le permitieron
pasar, mientras los demás permanecían allí, ahítos de
sorpresa y de ira.

–Los judíos sólo se preocupan
de los judíos –refunfuñó un viejo árabe.
El Rey no sonrió.
Las calles de Belén estaban
en silencio y el cielo encapotado. Pasó por la plaza y por
el lugar donde en otros tiempos hubo una iglesia memorable.
Alzó la vista y la estrella se le apareció entre las nubes.
Enfrente había un pequeño edificio con un signo en lengua
árabe: «Hospital de Belén».
Mientras entraba, el reloj
dio la medianoche. El personal se asustó al ver a aquel
hombre cetrino, barbudo, musculoso, con un bonete en la
cabeza.
–Un colono –gritó la
recepcionista–. ¿Qué quiere? –le preguntó.
–Vengo a visitar al Salvador
–contestó El Rey–. Le traigo regalos de incienso y joyas.
La recepcionista señaló su
bonete y El Rey se lo quitó.
–¿Cómo se llama su Salvador?
–le preguntó.
El Rey estaba mencionando los
nombres de María y José de Nazaret y del recién nacido Jesús
cuando entraron otros dos extranjeros, que también buscaban
al Salvador. Los tres Reyes se abrazaron.
En la penumbra del pasillo se
escuchó el llanto del recién nacido. El hospital olía a
química y orina.
Apenas cupieron en la
diminuta habitación donde María amamantaba a Jesús. José, el
viejo carpintero, contemplaba a ambos lleno de orgullo y
alegría, con su gorro en la mano.
Los tres Reyes inclinaron la
cabeza, ensalzaron al Salvador y desataron sus bolsas. El
aire se impregnó de un dulce incienso y la habitación
resplandeció con las piedras preciosas. El niño Jesús
sonrió.
Un estruendo de puertas
derribadas, cristales rotos y gritos de pacientes, médicos y
enfermeras interrumpió aquel momento de gozo. Se oyeron
disparos, órdenes en hebreo y ruido de botas.
Los tres Reyes cerraron filas
para proteger a la madre y al Salvador de la violencia. Los
soldados israelíes les apuntaron con sus armas, pero ellos
no se movieron. El oficial amenazó con abrir fuego.
Entonces, El Rey de Babilonia
le dijo en un hebreo defectuoso:
–Iremos con usted, pero el
Salvador debe quedarse con su madre.
El oficial empezó a ladrar
órdenes a sus soldados conforme los tres Reyes abandonaban
la habitación. Tiró del cobertor que tapaba a María y dejó
al aire sus pechos y su vientre. El niño Jesús rompió a
llorar.
El Rey de Babilonia agarró
por el brazo al oficial y lo atrajo hacia él. El israelí
bramó de dolor.
–Cuando los hijos del
Salvador cesen de llorar y las tierras ocupadas sean libres,
también tú dejarás de dar órdenes, pues tu pueblo tendrá que
plantar de nuevo los olivos y cultivar los campos y
compartir la tierra y el agua con los palestinos, no lo
olvides. Y las putas que habéis traído aquí regresarán con
su familias a sus casas, y los filipinos se ocuparán de sus
propios hijos y comprarán en sus propios mercados, y
tendréis que reconocer que no sois ningún pueblo elegido,
sino igual que el resto de la humanidad. Así sea.
El Rey se dio la vuelta y
volvió con sus dos camaradas.
Los israelíes anunciaron la
captura de tres terroristas extranjeros. El presidente de
los bushitas, protectores de los israelíes, los felicitó.
Los medios de comunicación diseminaron por el mundo la
noticia de su captura.
Fueron torturados durante
cuarenta días y cuarenta noches. Se decía que los israelíes
y los bushitas colaboraban en Babilonia. Los israelíes
compartieron la información, pero no las piedras preciosas.
El Rey de Babilonia se negó a hablar. Cuando estaba a punto
de dar el último suspiro, sus ojos cavernosos desafiaron a
los torturadores israelíes y a sus discípulos bushitas, y de
sus labios partidos surgieron estas palabras:
–Ocuparéis nuestro país y
mataréis inocentes, pero nunca conquistaréis a nuestro
pueblo. Seréis expulsados de nuestros campos y nuestras
plagas os perseguirán hasta los confines de la tierra.
Luego, expiró. Y aquella
noche se escucharon tremendas explosiones desde Babilonia a
Palestina. Y el Alto Mando israelí no emitió comunicado
alguno, porque, según dicen, también ellos sufrieron muchas
bajas.
Título
original:
The King from
Babylon Witnessed the Birth of the Savior in Bethlehem
Traducción de Manuel Talens
20 de diciembre de 2003