Desde Resistencia
por Mempo Giardinelli
En materia cultural algunos
países latinoamericanos han vivido breves siglos de
oro. Chile con su proliferación de poetas y
dos Premios Nobel. Las letras mexicanas mientras vivieron Rulfo,
Paz, Arreola y Revueltas. Cuba con Lezama Lima, Carpentier y Guillén.
Y los argentinos con Borges y Cortázar, Puig y Bioy, Soriano y
Orozco, y aún con las obras de Gelman, Cossa y una
nutrida generación de narradores.
La visión de mundo que los hispanoamericanos
hemos venido teniendo en las últimas décadas, y casi diría en
todo el siglo XX, estuvo gobernada en gran medida
por el intercambio de personas y de ideas, de obras y conflictos.
Esos sentimientos, proyectos e historias, comunes o
compartibles, han venido determinando nuestra
manera de ver las cosas. Hoy esos nombres, y muchos más,
son fundamentales para la cultura latinoamericana. Y no sólo en la
literatura; también en el cine, el teatro, las artes
plásticas, la música y la danza, en todos
los campos esa común visión de mundo constituyó
nuestra cultura continental: plural, diversa y magnífica. Esa que
ahora está en emergencia grave porque agoniza una de
sus partes. Y no es metáfora ni exageración:
la cultura en la Argentina está siendo rematada como
nunca antes. Aunque aquí todavía se resiste con denuedo, nuestro
teatro, nuestro cine, nuestras editoriales, nuestra
cultura están desapareciendo.
La ferocidad del modelo neoliberal chupó la
sangre de por lo menos dos generaciones y
corrompió a este país hasta el tuétano, destruyó la otrora
culta clase media, está sumiendo en el analfabetismo
funcional a grandes masas proletarias, y
coloca a esta sociedad hasta hace poco orgullosa y engreída
en un peligrosísimo estado de caos y anarquía. Es el resultado de
casi 20 años de democracia genuflexa en la que se
permitió que las semillas venenosas sembradas
por Videla y Massera germinaran en frutos llamados impunidad,
doble discurso, inequidad e indolencia.
El mejor camino, para muchos, parece ser la nueva
diáspora. A las puertas de los consulados hay
colas interminables de gentes que se quieren ir, corridas por
la nueva pobreza, la rabia y la angustia. En todas esas colas hay
cineastas, escritores, músicos, actores. La sangría
aumenta por la falta de industrias, los
ahorros robados impunemente por el "bancoterrorismo" y la
desprotección de un Estado que es un ausente, apenas
un instrumento de vulgares sirvientes de
bancos y empresas privatizadas. La defensa de la cultura
hoy está en manos de los que tienen internet en sus casas y
organizan heroicas, conmovedoras cadenas de denuncia y solidaridad.
Cada mañana, al sentarme ante mi ordenador,
escucho los bombos de los manifestantes y las
sirenas policiales en la plaza que está a dos cuadras. Ver
la tele y sumirse en la desgarradora realidad es todo uno. Escribir,
crear, se han tornado quimeras. Habría que estar
demasiado chiflado, o ser un cretino
insensible, para sumergirse en las indagaciones de la creación.
Esto le pasa a muchos. Miguel Pereira, el cineasta
que dirigió hace años La deuda
interna, me cuenta desde Jujuy que ya no
puede filmar y que se va a Barcelona. Y como
he vivido y tengo amigos en el exterior, me llueven
pedidos de recomendación, incluso de gente que no conozco.
Nunca, jamás he visto algo igual. Ni durante la
dictadura, cuando por lo menos teníamos la
convicción de que la lucha era noble, el futuro estaba en nuestras
manos y teníamos, además, la ilusión de la victoria sobre las
Juntas asesinas.
Algunas mañanas pienso en lo que se viene, en términos
culturales, y siento deseos de llorar.
Enseguida me enfurezco conmigo mismo y resisto todo el día,
participo de marchas y protestas, y completo la militancia cotidiana
como miembro de un foro de resistencia que se llama
"El Manifiesto Argentino" y que
integro con una veintena de intelectuales de todo el país y algunos
que ya se han radicado en el extranjero. Pero cada noche,
inexorablemente, siento que se derrumban otros
ladrillitos de mi esperanza. Mi mujer me
contiene y yo a ella, y no queremos irnos aunque se ha vuelto
tan difícil vivir aquí. Yo le digo que alguien debe
quedarse a sostener las vigas del techo y
luego me duermo para no llorar.
Durante los últimos seis meses casi todas las
editoriales, además de bajar salarios y de
organizar despidos, prácticamente suspendieron la actividad industrial.
Muchas casas porteñas, y casi todas las del interior, o desaparecieron
o se mantienen semicerradas. Las ventas de libros bajaron dramáticamente
y hay un dato pavoroso: en sólo un año cerraron más de 300
librerías en todo el país y en dos provincias no
hay ni una sola. Todo aumenta la masa de
argentinos furiosos que deambula en busca de inexistentes trabajos,
o, en el mejor de los casos, de una visa emigratoria.
Hubiera deseado no escribir este texto. En medio
de la catástrofe de los últimos dos meses me
abstuve de escribir una sola línea depresiva, nada que pudiera
sonar a desánimo. Y si ahora lo hago es como prueba de resistencia
cultural, que es nuestro deber cívico y artístico.
Porque aquí y ahora es tiempo de apretar los
dientes y aguantar, pero dándole pelea a los corruptos y
mentirosos que nos gobiernan, así como a los charlatanes del mundo
global que nos sermonean y dan recetas desde
diarios españoles y norteamericanos. La
resistencia cultural es el único texto noble y decente ¿escritura
de vida y escritura debida? que hoy se puede escribir en la Argentina.
Lejos ya de los siglos de oro, rodeados de sombras y tantas veces
en la incertidumbre, aquí seguimos siendo muchos.
Abollados y maltrechos, pero tenaces y todavía
de pie, aún somos muchos los que -sépanlo los amigos y
los que no lo son- no nos entregamos. Lo afirmo y firmo desde mi
ciudad de nombre emblemático.
______________________________________________________________________________________
Mempo Giardinelli pasó en México el exilio de los setenta y
vive en Resistencia (Argentina).