LA RESACA
Por Mario Rapoport*
¿Puede un país ser saqueado
impunemente sin sufrir una guerra, una invasión o una explotación
colonial?. La Argentina parece demostrar que sí. Esta sensación de
vacío que nos circunda, de vivir sin justicia, posibilidades de
trabajo o seguridad social (los verdaderos indicadores del
"riesgo país"); sin una clase política que verdaderamente
nos represente; con un poder económico ajeno y todopoderoso, donde se
entrelazan organismos internacionales, empresas multinacionales y lo
que queda de un capitalismo nacional que ha renunciado, por lo
general, a apostar al futuro; con un Estado disminuido y paralizado;
no es producto de una "enfermedad psicológica" de los
argentinos, como algunos inescrupulosos funcionarios o intelectuales
del "primer mundo" quieren hacernos creer. Puede argüirse
que, nuevamente, como en la conquista española, los
"nativos" se dejaron deslumbrar por "espejitos de
colores" (ahora los del neoliberalismo) y que el saqueo (las
privatizaciones salvajes, el endeudamiento externo, la desregulación
de la economía, la virtual desaparición del Estado) fueron una
consecuencia de la desidia, la incultura o la ignorancia de la mayoría
de la población. Sin embargo, la historia no fue así. Para
imponernos este simulacro de país se necesitaron varias cosas: una
dictadura cruenta, la destrucción de lazos comunitarios establecidos
desde la independencia y reafirmados por trabajadores inmigrantes y
nativos y por amplios sectores medios, el quiebre de un aparato
productivo con deficiencias pero en marcha, la liquidación de
derechos sociales que costó mucho adquirir y consolidar. Se necesitó
liquidar no uno si no varios proyectos de país. Que pujaban por
afirmarse hace tan sólo 30 ó 40 años, con los consiguientes y
necesarios debates y conflictos políticos en medio de una democracia
imperfecta y a menudo amenazada e interrumpida; y en el que estaban
implicados partidos alguna vez mayoritarios y minorías de distinto
tipo y color, con la ilusoria seguridad de que la Argentina en su
conjunto podía remontar sus problemas. Un país que, por otra parte,
creció económicamente varias veces más (con una mejor distribución
de sus riquezas y escaso desempleo) entre mediados de las décadas de
1940 y 1970, que en los últimos 25 años de apogeo del
neoliberalismo. Un historiador francés, Jean-Baptiste Duroselle, señalaba,
como uno de los principales motivos de los cambios de rumbo en las
sociedades modernas, lo que denomina la conciencia de lo insoportable,
siendo lo insoportable, las situaciones en las que se viola la
dignidad humana fundada sobre el derecho a la igualdad verdadera y a
la libertad, incluyendo en este último término la toma de conciencia
de una comunidad nacional cuando sus fundamentos comienzan a
disolverse. Si los piqueteros constituyen una nueva forma de
reivindicación social, la reafirmación de una identidad propia a
partir del vaciamiento de Aerolíneas Argentinas y del cruce de un
jumbo en Ezeiza nos recuerda el incendio de algunos colectivos de la
Compañía Anglo-Argentina a principios de los años 40, símbolos de
una "década infame", marcada por exageradas concesiones a
intereses extranjeros. En todo caso, después de la borrachera viene
la resaca. El país ha llegado al final de un camino que es hora de
rectificar. Lo insoportable está dejando de ser una sensación de
angustia para transformarse en la creciente toma de conciencia de que
vivimos el fin de una época.
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*Mario Rapoport es economista y presidente del Consejo Académico de
ATTAC - Argentina.
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De: EL GRANO DE ARENA
Correo de información ATTAC n°96
Miércoles, 11/07/2001
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