He aquí dos visiones opuestas de lo ocurrido en
Nueva York y Washington. La primera, del columnista Charles
Krauthammer, procede del periódico The Washington Post. El
original inglés puede ser consultado en la siguiente dirección: http://www.washingtonpost.com/wp-dyn/articles/A1138-2001Sep20.html.
La segunda es del escritor, periodista y traductor israelí Israel
Shamir y puede ser consultada, en su versión original inglesa, en
http://www.IsraelShamir.com. Me he tomado el trabajo de traducir ambos
textos al castellano.
Voces de estupidez moral
Charles Krauthammer
Washington, 21 de septiembre de 2001
Después de una
masacre que ha matado a más de 5,000 inocentes estadounidenses en un
día, sería de desear un poco de claridad moral. Al fin y al cabo,
cuatro días después de Pearl Harbor, el aislacionista Comité
America First, que incluía gente bienintencionada como Gerald Ford y
Potter Stewart, se disolvió de manera oficial. Había habido
discusiones y confusión sobre la función de Estados Unidos en el
mundo y sobre las intenciones de sus enemigos, pero en aquel momento
se acabaron.
Igualmente, dos días
después de que Hitler invadiese Polonia, fue el propio Neville
Chamberlain, seducido y engañado por el führer durante años,
quien declaró la guerra a Alemania..
Y, sin embargo, a los
pocos días de la masacre del World Trade Center, que ha sido un
acontecimiento de cegadora claridad, estamos empezando a oír voces
-voces prominentes- cargadas de estupidez moral.
Susan Sontag se siente
consternada ante la pueril pretensión de que éste haya sido un
"ataque contra la civilización", en vez de un ataque contra
Estados Unidos, cometido como consecuencia de determinadas alianzas y
acciones estadounidenses. "¿Cuántos ciudadanos estadounidenses
-añade- están al tanto de los actuales bombardeos de EE.UU. contra
Irak?"
Lo que Sontag
pretende, pero no tiene la valentía de decir, es que a causa de
"alianzas y acciones" tales como los bombardeos de Irak, nos
lo habíamos merecido. La implicación es tan repugnante como la de
Jerry Falwell al echar las culpas del ataque a los pecados
sexuales y al aborto, con la salvedad de que Falwell pronunció tales
vituperios en la televisión basura, mientras que Sontag lo hace en el
New Yorker.
Veamos ahora estas
acciones. ¿Los bombardeos de Irak? En primer lugar, no estamos
bombardeando a la población civil iraquí. Atacamos posiciones antiaéreas
que pretenden derribar nuestros aviones. ¿Por qué están nuestros
aviones allí? Para impedir que Irak incremente su poder y vuelva a
invadir y a atacar a sus vecinos.
¿Por qué mantenemos
encajonado a Sadam? Porque estamos al tanto de que está desarrollando
armas nucleares, químicas y biológicas y sabemos de lo que es capaz:
ya gaseó a 5,000 kurdos, utilizó armas químicas contra Irán y lanzó
misiles contra Teherán, Riad y Tel Aviv, con el objetivo explícito
de matar al mayor número posible de personas.
O quizá Sontag se
refiera al apoyo de Estados Unidos a Israel. Quizá se refiera a que
Estados Unidos debería de haber abandonado a Israel, después de que
ésta hiciera su increíblemente generosa oferta de paz a los
palestinos (con la confirmación explícita de nuestro apoyo ante los
riesgos que aceptaba en favor de la paz) y sólo obtuviese a cambio
una guerra de guerrillas que emplea el mismo salvajismo terrorista que
hemos contemplado el 11 de septiembre.
Veamos ahora la política
estadounidense. Estados Unidos estuvo implicado en tres guerras
durante la década de los noventa. La Guerra del Gofo salvó al pueblo
kuwaití de Sadam. La intervención estadounidense en los Balcanes
salvó a Bosnia. Y luego salvamos a Kosovo de Serbia. ¿Qué tienen en
común esas tres campañas militares? Pues que cada una de ellas salvó
pueblos musulmanes.
Y también estuvo lo
de Somalia, que fue una operación militar de altruismo sin mancha. Su
único objetivo fue salvar a la población que se moría de hambre en
Somalia. Todos ellos eran musulmanes.
La recompensa que
hemos obtenido de esas alianzas y acciones consiste en 5,000
estadounidenses asesinados o, para expresarlo con palabras de Sontag,
en "la monstruosa dosis de realidad del martes pasado".
La estupidez moral no
se limita a los intelectuales. He sido testigo de un sermón por parte
de un rabino que, exactamente siete días después de este Pearl
Harbor de nuestro tiempo, ponía en guardia a su congregación contra
"una simplificación excesiva" hablando en términos de
"buenos y malos".
¿Simplificación
excesiva? ¿Acaso ha habido un tiempo en que la distinción entre
buenos y malos haya estado más clara?
¿Y dónde están los
clérigos musulmanes -En Estados Unidos, Europa y Oriente Medio- que
podrían manifestar con unanimidad dicha distinción? ¿Dónde están
sus fatwas contra el asesinato por suicidio? ¿Dónde las
declaraciones comunes, desde su posición de autoridad, afirmando
que tales crímenes son contrarios al Islam?
El Presidente Bush sí
que lo dejó bien claro en su visita a la principal mezquita de
Washington. Pero Bush es un cristiano y no tiene autoridad alguna en
el Islam.
¿Por qué el líder
espiritual de la Sociedad islámica de América del Norte, el Dr.
Muzammil Siddiqi, no dijo durante el servicio de oración nacional en
la catedral Nacional de Washington que el terrorismo es contrario al
Islam? Sus palabras dieron la vuelta al mundo, pero fueron vagas e
indefinidas: "El castigo es terrible contra quienes hacen el
mal". Es verdad. Pero, ¿quiénes hicieron el mal? ¿Los que
perpetraron el ataque contra el World Trade Center, o bien fue Estados
Unidos, tal como afirman miles de musulmanes en la calle? El Imán
podría haberlo aclarado, pero no lo hizo.
No son éstos momentos
para la ofuscación. Ni para caer en un angustiado relativismo. Ni
para echarle obscenamente la culpa a Estados Unidos (la fuerza de la
costumbre...). Son momentos para que seamos claros. En situaciones
como éstas, quienes buscan zonas de sombra y la raíz del mal son,
según las palabras de Lance Morrow, "demasiado filosóficos para
ser decentes".
Orient Express
Israel Shamir
Jaffa, 12 de septiembre de 2001
Al igual que los
Cuatro Jinetes del Apocalipsis, los desconocidos kamikazes se
precipitaron a lomos de máquinas gigantes contra los dos símbolos
visibles de la dominación global estadounidense, Wall Street y el
Pentágono, que se derrumbaron envueltos en llamas y humo sin que
todavía sepamos de quién se trata. Prácticamente pueden ser
cualquiera: nacionalistas estadounidenses, comunistas estadounidenses,
cristianos fundamentalistas estadounidenses, anarquistas
estadounidenses, cualquiera que se oponga a los dioses gemelos del dólar
y del M-16, que odie el mercado de valores y las intervenciones en
ultramar, que sueñe con una América para los americanos o que no
desee apoyar la política de dominación del mundo. Podría tratarse
de indios nativos que regresaban a Manhattan o de afroestadounidenses
que todavía no han recibido compensación alguna por la antigua
esclavitud.
También podrían ser
extranjeros de cualquier origen, puesto que Wall Street y el Pentágono
han arruinado muchas vidas en todo el globo. Los alemanes pueden
recordar el horrible holocausto de Dresde, con sus cientos de miles de
pacíficos refugiados incinerados por la US Air Force. Los japoneses
no olvidarán el holocausto nuclear de Hiroshima. Los rusos y los
europeos del Este sienten vergüenza por la venganza de Belgrado. Los
latinoamericanos piensan en las invasiones de Panamá y de Granada, en
la Nicaragua destruida y en la Colombia defoliada. Los asiáticos
cuentan por millones sus muertos de la guerra de Vietnam, de los
bombardeos de Camboya, de las operaciones de la CIA en Laos. Incluso
un locutor ruso de televisión, favorable a Estados Unidos, no pudo
contenerse y afirmó que "ahora los estadounidenses empiezan a
comprender lo que sintieron las gentes de Bagdad y de Belgrado".
Los Jinetes podrían
ser cualquiera que ha perdido su casa a manos de un banco, que fue
despedido de su trabajo y lanzado al paro en permanencia o que fue
declarado "persona inferior" por la nueva "raza
superior". Podrían ser rusos, malasios, indonesios, paquistaníes,
congoleños, ya que sus economías fueron destruidas por Wall Street y
el Pentágono. Podrían ser cualquiera, y son todos ellos. Su
identidad no tiene importancia, pues los judíos ya lo han decidido:
han de ser los árabes.
Podría uno pensar
que, después de Oklahoma, habría que darse menos prisa en sacar
conclusiones. Pero mis conciudadanos, los políticos israelíes, son
gente apresurada. Las llamas de Manhattan todavía no se habían
extinguido cuando empezaron a sacar provecho político. Ehud Barak
apareció en directo en la BBC y dijo: "Arafat, en tres
minutos". En la CNN, su gemelo Bibi Natanyahu acusó a árabes,
musulmanes y palestinos. Shimon Peres, ese viejo brujo acartonado,
habló contra el suicidio como lo haría un consejero psiquiatra,
recordando a su público los ataques palestinos. Parecía preocupado:
es duro esclavizar gente que no tiene miedo a morir. Este viejo
homicida de Kana incluso mencionó los Evangelios. La densidad de los
israelíes en las ondas llegó casi al punto de saturación.
Insinuaban e incitaban, mostrando con insistencia su lista de la
compra a unos Estados Unidos de rostro blanco como la cera: ¡Por
favor, destruid Irán, e Irak, y Libia, por favor!
Las primeras
veinticuatro horas de máxima exposición fueron utilizadas hasta el límite
por la maquinaria de propaganda judía. Aún no se sabía nada, pero
los comentarios racistas antiárabes eran la norma. Mientras que los
judíos nos oponemos, con toda la razón, a cualquier referencia
negativa contra uno de los nuestros, no nos preocupa lanzar
estupideces racistas contra otros. James Jordan, un buen activista
estadounidense judío, le advirtió a al-Awda: "El hecho
de hacer afirmaciones e insinuaciones indiscriminadas sobre los Œjudíos¹
margina y desacredita por completo vuestra organización". ¿Y cómo
es que el reguero sin fin de Œafirmaciones e insinuaciones
indiscriminadas sobre los árabes¹ no Œmarginó y desacreditó¹ a
las organizaciones judías y a los medios de comunicación que los han
utilizado? Parece ser que los judíos tienen derecho a decidir quién
será marginado en Estados Unidos y quién no.
La conexión era un
asunto mental. Los supremacistas judíos estadounidenses quieren
convertir a todo el mundo en Palestina, donde los nativos serán
gobernados por un implacable poder local y tendrán derechos locales
limitados, mientras que la raza de los amos disfrutará de un nivel de
vida muy diferente. Israel es sólo un modelo a escala reducida del
nuevo mundo feliz de la globalización.
Como no había pruebas
evidentes contra los palestinos, los israelíes aprovecharon las
escenas de alegría filmadas en Jerusalén Este. Es un argumento
bastante débil y diré por qué. En la novela de Agatha Christie Asesinato
en el Orient Express su detective favorito, Hércules Poirot, se
enfrenta a una complicación poco habitual: todos los pasajeros a
bordo del tren tienen una buena razón para quitarse de en medio a la
desagradable anciana. Mis queridos amigos estadounidenses, vuestros líderes
han situado a vuestro gran país en la misma posición de la
desagradable anciana del Orient Express.
Los israelíes han
utilizado el acontecimiento al máximo. Incluso han matado a unos diez
palestinos y destruidos cinco casas "gentiles" en Jerusalén.
Los informes fueron bastante joviales, del estilo de "os lo habíamos
advertido", y los expertos de la televisión israelí concluyeron
hacia la una de la tarde que el ataque "era bueno para los judíos".
¿Por qué? Porque reforzaría el apoyo de Estados Unidos a Israel.
El ataque kamikaze
puede lograr exactamente eso. Estados Unidos podría entrar en un
nuevo ciclo de violencia en sus perturbadas relaciones con el mundo.
La venganza seguirá a la venganza, hasta que uno de ambos
contendientes desaparezca víctima de una explosión nuclear. Al
parecer, el presidente Bush prefiere dicho camino. Ha declarado la
guerra a sus adversarios y a los de Israel. Bush ni siquiera comprende
que la guerra fue declarada hace muchos años por Estados Unidos, pero
que sólo ahora acaba de llegar a su país. Hay tanta gente hastiada
de la mano dura de Estados Unidos que ya se inició la cuenta atrás
del próximo ataque.
Otra alternativa podría
ser que Estados Unidos considerase este doloroso golpe a Wall Street y
al Pentágono como la última oportunidad para arrepentirse. Podría
sustituir a sus consejeros y construir sus relaciones con el mundo de
una nueva manera, en pie de igualdad. Probablemente tendría que
desprenderse de las elites supremacistas judías de Wall Street y de
los medios de comunicación, obsesionadas por el poder, y separarse
del Estado judío del apartheid. Podría convertirse de nuevo en los
Estados Unidos de América que todos amaban, en la pueblerina América
de Walt Whitman y de Thomas Edison, de Henry Ford y de Abe Lincoln.
Presidente Bush, puede
usted elegir entre el impulso de venganza que impregna el Antiguo
Testamento o el espíritu de amor del Nuevo Testamento.