(Recuperado
del foro internético en castellano de la organización ATTAC. Se lee
de un tirón):
Ante
la sugerencia de Santi (de Zaragoza) sobre escribir de gente como
Naomi Klein, envío esta larga reseña sobre su libro
No Logo.
A la luz de los grandes movimientos antiglobalizadores aparecidos
durante la última década, la periodista canadiense escribió
No
Logo, un libro del siglo XXI, en el que registra las estrategias
de las multinacionales para dejar el mundo en manos de especialistas
en marketing, denuncia las condiciones infrahumanas que se viven en
las fábricas instaladas en el Tercer Mundo, explica por qué hay que
entender la situación actual en términos de ocupación militar y
vaticina un futuro en el que hasta nos van a prohibir hablar del mundo
en el que vivimos.
Antonio
Arnau
Cada centímetro cuadrado del espacio público
y privado está siendo colonizado por las marcas. Esta invasión es
apenas la punta visible de un iceberg que ha transformado, desde la década
pasada, la faz de la Tierra. Es la consecuencia de una estrategia económica
que condena a los empleados del Primer Mundo a vivir de trabajos
precarios y mal pagos y a los del Tercero a una explotación
infrahumana en las fábricas de Asia y América latina. Frente a la
arrogante hegemonía de las corporaciones y las organizaciones
internacionales que las apañan (FMI, OMC, G8, etc.), la mayor reacción
de la militancia política de las últimas dos décadas empieza a
tomar forma. Para ver cómo llegamos a esta situación y analizar cómo
se organiza la resistencia, la periodista canadiense Naomi Klein, de
30 años, realizó durante cuatro años una investigación que la llevó
de los suburbios de Toronto a las villas miseria de las Filipinas e
Indonesia. El resultado de este trabajo es el libro No Logo, o
cómo la pregunta "¿De dónde vienen mis zapatillas?" se
transforma .-en términos del diario inglés The Observer-. en
"el Das Kapital de la creciente lucha de los movimientos contra
las multinacionales".
LA IMAGEN ES TODO
El 2 de abril de 1993 Wall Sreet tuvo
miedo. Aquel día, que quedaría en los anales de la mercadotecnia
como el Viernes Marlboro, Philip Morris anunció una medida
inesperada: para poder competir, el atado de Marlboro pasaría a
costar un 20 por ciento menos. La decisión de la tabacalera cayó
como una bomba. Si la marca que desde 1954 había invertido fortunas
en cuidar su imagen debía retroceder, podía ser el principio de un
efecto dominó. De hecho, aquel día, el valor de las acciones de
Heinz, Quaker Oats, Coca-Cola, Pepsico y Procter & Gamble
sufrieron una importante caída, aunque ningún título bajó tanto
como Philip Morris. Eran tiempos de recesión, los baby boomers se
volcaban a las marcas de los supermercados, esnobeando los logos de
las grandes empresas tradicionales. Era la época en que proliferaban
los clones de PCs, obligando a IBM a abaratar sus productos. La
industria temía que el norteamericano medio hubiera roto el pacto y
empezado a pensar; las consecuencias podían ser desastrosas. Muchos
concluyeron que había que bajar los precios. Se habló de la muerte
de las marcas. Sin embargo, un puñado de compañías entendió todo
lo contrario; hoy manejan las riendas de la economía mundial. Se
llaman Nike, Apple, The Body Shop, Calvin Klein, Disney, Levi's,
Starbucks o Amazon, y habían apostado a un concepto fundamental: su
trabajo no era vender productos, sino marcas. Naomi Klein describe la
emergencia de estos innovadores como "una nueva raza de hombres
de negocios que te informaban con orgullo que la marca X no era un
producto, sino un estilo de vida, una actitud, un conjunto de valores,
un look, una idea". Uno de los pioneros en llevar a la práctica
esta filosofía fue el fundador de Nike, Phil Knight, quien anunció a
fines de los 80 que manejaba "una sociedad de deportes": su
misión no era fabricar zapatillas, sino "mejorar la vida de la
gente a través del deporte y la forma física". Desde entonces,
enumera Klein, "Polaroid no es una cámara de fotos, sino un
lubricante social. IBM no vende computadoras, sino soluciones para
negocios. Swatch no son relojes, sino una idea del tiempo". Pero
para la periodista nadie asimiló mejor la lección que Tommy Hilfiger,
que "se ocupa menos de fabricar ropa que de poner su firma. La
sociedad está íntegramente dirigida por medio de acuerdos de
explotación bajo licencia, y Hilfiger pasa todos sus productos a un
conjunto de sociedades distintas: Jockey fabrica la ropa interior
Hilfiger, Pepe Jeans London fabrica los Jeans Hilfiger, Oxford
Industries fabrica las camisas Tommy, la Sride Rite Corporation
fabrica su calzado. ¿Qué fabrica Tommy Hilfiger? Nada". Según
el viejo paradigma, el marketing servía para vender el producto. Con
el nuevo modelo, la producción se torna secundaria. Como resume Klein:
"Pasamos de un capitalismo de objetos a un capitalismo de imágenes".
André Agassi, en una publicidad para Canon en 1992, sintetizaba
perfectamente el nuevo credo: "Image is Everything". La
imagen es todo. De pronto las empresas competían a ver cuál era más
liviana. "Un consenso había emergido entre los dirigentes según
el cual las grandes empresas poseían demasiados bienes (fábricas,
materiales) y empleaban a demasiada gente; en pocas palabras, les
molestaba el peso de tantas cosas concretas". Era el auge del New
Age, los nuevos empresarios como Bill Gates o Richard Branson (de
Virgin Records) inyectaban en las multinacionales su interpretación
de la cultura espiritual de los 60. Todo debía ser cool y light:
asistíamos a un momento en el que imperaba la "trascendencia de
lo comercial", un nuevo componente espiritual deseoso de
"liberarse del mundo material". La cultura empresaria se había
transformado. Los jefes ya no llevaban corbata, y se imponía una
nueva jerga donde los empleados se convertían en "coequipers"
o "partners" que trabajan en lugares parecidos a campus
universitarios o laboratorios secretos. En este universo depurado, la
producción pasaba a ser un mal necesario, "una actividad
fastidiosa y marginal". Mientras los cerebros creativos se
concentraban en las estrategias de mercadotecnia, la fabricación
adoptaba "el papel subalterno del que debían ocuparse los
proveedores y subcontratistas, cuya función se limitaba a cumplir con
el pedido a tiempo y dentro de los límites presupuestarios
("idealmente en el Tercer Mundo, donde la mano de obra no cuesta
nada, donde las leyes son laxas y las ventajas fiscales moneda
corriente)".
EL NACIMIENTO DEL COOL
Los presupuestos de marketing se van a
las nubes; las marcas despliegan todas sus fuerzas para ocupar nuevos
espacios. Empieza una búsqueda frenética de soportes y de recetas
cada vez más efectivas. Porque, como lo explica David Lubars (del
grupo publicitario Omnicom) con una metáfora de inusual franqueza:
"Los consumidores son como cucarachas, uno los rocía, los rocía
y, después de un tiempo, están inmunizados". Entonces las
iniciativas deben renovarse constantemente para cazar al target
preferido: el adolescente mundial. Para conseguirlo los publicitarios
largan en las calles a sus "cool hunters" (cazadores de lo
cool), que se infiltran entre los jóvenes, toman nota de su
comportamiento y leen sus diarios íntimos. Para estar al tanto de la
moda, practican el "bro'in", una técnica que consiste en ir
a los barrios bajos y testear el impacto de la nueva indumentaria
entre los "brothers". Nike, Adidas y Tommy Hilfiger
practican la explotación del "ghetto cool" de la población
negra para vender a través de rappers como Puff Dady la "street
credibility" (algo así como la credibilidad de la calle) a la
clase media. O, como teoriza Klein, "la trayectoria marketing de
Hilfiger se nutre de la alienación que reside en el corazón de las
relaciones raciales en Norteamérica: venderle a la juventud blanca su
fetichismo del estilo negro, y a la juventud negra su fetichismo de la
riqueza blanca".
En los colegios, Levi's pega calcomanías
en los baños; Mac Donald's se implanta en los comedores escolares;
Pepsi tiene la exclusividad de los expendedores de bebidas. En la
pequeña ciudad de Ontario, la gaseosa compró el derecho de estampar
por toda la escuela su logo junto al eslogan: "Pepsi, la bebida
oficial del colegio secundario de Cayuga". Por ahora, la bebida
que pretende adueñarse de la utilización del color azul no ha
llevado a cabo la amenaza de proyectar su logo sobre la superficie
lunar. Pero Mattel, para el festejo del Mes en Rosa de Barbie, ha
pintado con un rosa chillón toda una calle de Salford en Inglaterra,
incluyendo autos, casas y veredas, pero también árboles y perros. La
avidez del logo no conoce límites, y se muestra particularmente
insidiosa cuando aborda el ámbito de las artes. Porque a las grandes
marcas no les bastan con esponsorizar la cultura: ellas sueñan con
ser la cultura. El ejemplo más acabado es el de la cerveza Molson,
que, harta de ser eclipsada por los inmanejables rockeros que
financiaba, inventó el Blind Date Concert: la gente iba al recital
sin saber qué artista ocuparía el escenario y punto. Eso sí, la
cerveza era siempre Molson.
MEJOR NO HABLAR DE CIERTAS COSAS
La omnipresencia de las marcas se
convirtió en un monólogo ininterrumpido. El problema es que frente a
este bombardeo constante de imágenes, a las marcas les gusta ser
escuchadas pero odian que les respondan. Y para mantener este discurso
unidireccional, la industria utiliza distintas formas de censura. Por
un lado está la comercial. El caso más famoso tuvo lugar cuando la
cadena Wal-Mart decidió que no vendería el disco de Nirvana In Utero
porque en la tapa figuraba un feto, lo que iba contra el "espíritu
familiar" de la compañía. Frente al riesgo de vender un 10 por
ciento menos de copias, Warner y Nirvana dieron el brazo a torcer y
cambiaron la ilustración, así también como el título de la canción
"Rape-me" ("Viólame") por "Waif-me"
("Chico abandonado"). Pero existe otro tipo de censura todavía
más perverso: la tiranía de los derechos de autor. Aquí no se trata
de defender la propiedad intelectual de un artista, sino de privatizar
el discurso. Klein: "Tenemos en nuestro activo casi dos siglos de
historia de marcas que, juntas, forman una suerte de código morse de
la cultura pop mundial. Pero hay una trampa: tenemos quizá todo el código
implantado en nuestro cerebro, pero no se nos permite realmente
utilizarlo". Klein se refiere a la dificultad que encuentran los
artistas que intentan "dialogar" con las marcas. Es lo que
denunciaba Michel Houellebecq en su ensayo La privatización del mundo
(Ver Radar Libros 24/09/2000). En aquella declaración de guerra, el
autor de las Partículas elementales se solidarizaba con su colega Frédéric
Beigbéder. Este ex publicitario había sido echado de la agencia
Young & Rubicam por publicar 99 Francos, un panfleto
antipublicitario que se convirtió en el best-seller del año 2000. En
ese libro, el narrador se ocupaba de la cuenta la empresa de lácteos
Madone. Beigbéder se había protegido alterando el nombre de la
multinacional (de hecho el libro empieza con la aclaración: "Los
nombres han sido cambiados para proteger a los culpables"). Pero
hoy, cuando Danone anuncia simultáneamente su buena salud financiera
y organiza despidos masivos en Francia, Beigbéder y sus amigos
periodistas de la revista Technikart organizan un boicot desde un web
site. Y como ocurre cada vez más a menudo, la habilidad de la empresa
atacada consiste en no hacer un juicio por difamación, sino en ir a
los tribunales invocando la violación de los sacrosantos derechos de
autor, impidiendo así la sátira del nombre y el logo de la
transnacional. A estas horas ni el boicot ni el juicio han terminado.
En un mundo donde el ágora se ha transformado en un centro comercial,
éste es sólo un ejemplo entre muchos (ver recuadro). En otros
lugares, la censura suele ser mucho más expeditiva. En Nigeria, la
etnia Ogoni, con el poeta y dramaturgo Ken Saro-Wiva a la cabeza,
acusaba a la Shell de la destrucción del medio ambiente del delta y
de ser responsable de impedir toda salida económica para los
granjeros de la región. Temeroso de perder los beneficios del petróleo,
el régimen decidió ejecutar a Ken Saro-Wiva junto a otros ocho
militantes. Para los Ogonis, los soldados nigerianos actuaban como una
milicia privada de Shell.
EL FIN DEL TRABAJO
Klein recuerda que Nike es el prototipo
de la marca sin producto. La empresa del swoosh -tal el nombre del
alita- no posee ninguna de sus fábricas, sino que subcontrata la
producción de indumentaria en los sweatshops (fábricas de sudor),
verdaderos depósitos de mano de obra instalados en las zonas francas
de países como Indonesia, China, México, Vietnam y las Filipinas.
Klein se dio una vuelta por Cavite, una ciudad a 150 kilómetros al
sur de Manila. Detrás de guardias armados, los esclavos modernos
trabajan en condiciones dignas del sigloXIX. Klein cuenta el caso de
costureras de ropa Gap, Guess y Old Navy. El baño abre sus puertas sólo
dos veces al día durante quince minutos. Así que muchas veces deben
orinar en las bolsas de basura que guardan bajo sus máquinas de
coser. El salario mínimo de la región, que las empresas evitan
pidiendo una exoneración al gobierno, es de 6 dólares diarios. Lo
que es mucho, comparado con el promedio de 87 centavos de dólar al día
que gana uno de los 18 millones de obreros en China, destinación cada
vez más preciada porque mantiene los curiosos a distancia. En estas
regiones, las principales víctimas son siempre mujeres jóvenes.
Klein menciona el caso de sweatshops en Honduras, donde la
administración obliga a sus obreras a abortar; en México, deben
mostrar sus toallas higiénicas una vez por mes para que se les
renueve el contrato estándar de 28 días.
Mientras, en el Primer Mundo, las
multinacionales chantajean a los gobiernos exigiendo más flexibilidad
laboral, so pena de mandarse a mudar a lugares como Cavite. No es de
extrañar entonces que, por ejemplo, Manpower sea el primer empleador
de Francia. Los "MacJobs", tal como Douglas Coupland bautizó
a los empleos precarios y mal pagos en su Generación X, se convierten
así en la norma. El mundo cool ha desterrado de su léxico los términos
"trabajadores", "fábricas" y
"sindicatos". En este contexto, a Klein le parece lógico
que entre las empresas que más abusan de las pasantías no pagas
figuren MTV EE.UU. y MuchMusic Canadá. Bienvenidos a la aldea global.
¡BAJO EL PAVIMENTO, LA PLAYA!"
Concibo la realidad en que vivimos en términos
de ocupación militar. Hemos sido ocupados de la misma forma que los
franceses y los noruegos por los nazis durante la Segunda Guerra
Mundial, pero esta vez por un ejército de especialistas en marketing.
Debemos reconquistar nuestro país de las manos de quienes lo ocupan
en nombre de los dueños del mundo." La que habla es Ursula
Franklin, profesora honoraria de la Universidad de Toronto, y
representa el (re)sentimiento de estudiantes, intelectuales y artistas
impregnados de situacionismo que intentan recuperar el espacio público.
Entre ellos sobresale Reclaim The Streets, un grupo que, bajo la forma
de un carnaval, organiza happenings de protesta en las grandes
capitales. En una ocasión, en Londres, llegaron a congregar 10 mil
manifestantes que, vestidos con disfraces, empezaron a bailar en una
autopista de seis vías. Mientras la policía intentaba comprender lo
que ocurría, sin que nadie lo advirtiera, usaron taladros para
perforar la ruta y plantar árboles jóvenes. RTS buscaba reconquistar
la calle a través de un mensaje que era un eco del llamado de mayo
del 68: "Bajo los adoquines, la playa", aunque esta vez se
trataba de "Bajo la autopista, el bosque".
Al estudiar los movimientos
contestatarios, Klein nota dos cosas: primero, el increíble nivel de
organización de estos grupos, gracias a Internet. Segundo, la
desaparición de fronteras entre los reclamos ecologistas y sociales.
Como lo expresa John Jordan, de RTS: "Sin proponérselo, las
multinacionales nos han ayudado a encarar todo el problema como un
mismo sistema". Esto se reveló particularmente cierto en el caso
de Shell.
¿Pero por qué concentrarse en atacar a
los logos? Porque, explica Klein, el talón de Aquiles de las marcas
es su visibilidad. Su imagen es todo, y su ubicuidad las convierte en
un blanco inmóvil. La denigración de las marcas arrancó realmente
entre 1995 y 1996, un período que el Director de Estudios Americanos
de la Universidad de Nueva York llamó "el año del sweatshop".
¿Porqué recién en ese momento? Por un lado debido a que en los años
anteriores el debate público estaba monopolizado por el tema de las
minorías, que desembocaría en lo políticamente correcto. Pero sobre
todo porque en el '95 fue el incendio de la fábrica de Kader en
Bangkok. Los norteamericanos podían ver en la televisión cómo los
188 cadáveres (y 469 heridos) de los obreros que trabajaban para la
empresa Toys 'R' Us se mezclaban con los muñecos derretidos de Bugs
Bunny y Bart Simpson. Los militantes de derechos humanos y los medios
empezaron a hacer "sweatshopping", como bautizaron a las
expediciones al Tercer Mundo. Uno de los responsables de este fenómeno
fue Charles Kernaghan, director del National Labor Commitee, que supo
convencer a medios prestigiosos como el programa "60
Minutes" o The New York Times de realizar importantes
investigaciones. Fue también el centro de interés de programas más
sensacionalistas, como Hard Copy, que acompañó a Kernaghan a ver las
condiciones de trabajo en Nicaragua. Al volver de uno de estos viajes,
Kernaghan le escribió a Michael Eisner, patrón de Disney:
"Antes de partir a Haití, fui a un negocio Wal-Mart de Long
Island y compré ropa de Disney fabricada en Haití. Luego se la mostré
a la multitud de trabajadores, que inmediatamente reconocieron la ropa
que habían fabricado. Les mostré una remera Pocahontas talle 4. Les
mostré la etiqueta Wal-Mart con el precio 10, 97 dólares. Pero sólo
cuando les traduje el precio en moneda local, de golpe, al unísono,
los trabajadores gritaron con indignación, incredulidad, bronca, con
una mezcla de dolor y tristeza, con los ojos clavados en la remera de
Pocahontas. El precio de venta de una sola de estas remeras en Estados
Unidos, equivalía para ellos a casi cinco días de salario". A
partir de entonces muchos norteamericanos empezaron a tener vergüenza
de prender la televisión. "¿Cómo decirle a Steve que su padre
posee un sweatshop?", preguntaba alarmada Tori Spelling en
Beverly Hills 90210, luego de descubrir que su propia línea de ropa
era fabricada en un sweatshop de Los Angeles. Al mismo tiempo, la
campaña consistía en llevar trabajadores de las zonas francas a las
universidades, colegios y programas televisivos norteamericanos para
explicar lo que se escondía detrás de sus marcas favoritas. Lo que
hace Kernaghan en los medios, Michael Moore al invitar a fundador de
Nike a Indonesia en el film The Big One y Klein en No Logo, es atar
los cabos de la mundialización. Klein une las zonas geográficas del
mundo como piezas de un rompecabezas, fragmentado voluntariamente por
el capitalismo, para mostrar la verdadera cara de la aldea global.
Pero su tesis es que es absurdo oponerse a la globalización, lo que
hay hacer es adueñársela. Así como Internet fue inventada por el
Pentágono y luego invadida por los militantes, hay que apropiarse del
esquema para usarlo en favor de sus actuales víctimas. No Logo
concluye explicando que el boicot funciona. Resulta sobre todo eficaz
cuando las ciudades deciden excluir de sus licitaciones a las empresas
que hacen negocios con las dictaduras. Al mismo tiempo, Klein descarta
la utilización de una etiqueta en la ropa que pruebe el origen
"laboralmente correcto" de las prendas, ya que las empresas
impiden controles verdaderamente independientes de las condiciones de
trabajo. Para la canadiense, las soluciones pasan por la democracia
local y una rehabilitación de la política. No Logo estaba en la
imprenta durante las manifestaciones de Seattle. Hoy ya es un libro de
culto que, junto a la cámara de video y la máscara antigases, llevan
en su mochila los que buscan crear la otra mundialización.
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Beck,
Pluto y Photoshop
Un fragmento de "No Logo" en
el que Naomi Klein ilustra el pulso entre las multinacionales y las
personas por ver quién tiene derecho a mencionar una marca y quién
no. por Naomi Klein El acoso por los derechos de autor y las marcas registradas se
ha convertido en una industria creciente, y aunque sus resultados son
demasiado abrumadores para ser registrados cabalmente, he aquí
algunos ejemplos al azar. En 1991, la Disney obligó a un grupo de
padres neocelandeses a borrar las figuras de Pluto y Donald de un
mural pintado en el patio. El dinosaurio Barney viene arruinando
fiestas de cumpleaños a lo largo y ancho de Estados Unidos, aduciendo
que cualquier padre dentro de un disfraz de dinosaurio violeta hace
uso indebido de la marca registrada. El Grupo Lyons, propietario del
dinosaurio Barney, "ha despachado más de mil cartas a los
propietarios de locales" que alquilan o venden tales atuendos.
"Por supuesto que pueden ofrecer un disfraz de dinosaurio
-argumentan-, pero no violeta, porque es ilegal. Y no importa de qué
tono de violeta estemos hablando", dice Susan Elsner Furman,
vocera de Lyons. McDonald's, mientras tanto, continúa acosando a los
pequeños propietarios gastronómicos descendientes de escoceses que
se empecinan en utilizar ese molesto prefijo Mc al comienzo de sus
apellidos. La empresa ha querellado a la marca de salchichas
dinamarquesas McAllan y al local de sandwiches escoceses McMunchies de
Buckinghamshire; se lanzó sobre Elizabeth McCaughey y su McCoffee en
San Francisco; y sostuvo una batalla legal durante 26 años contra un
hombre llamado Ronald McDonald cuyo Restaurante Familiar McDonald's,
ubicado en una minúscula ciudad de Illinois, había sido fundado en
1956.
Esos casos testigo pueden parecer
triviales, pero la misma agresividad se aplica a los artistas y
productores culturales que desean hablar del mundo en el que vivimos.
Los músicos padecen, cada vez más seguido, demandas no sólo por
samplear música ajena sino por cantar sobre una realidad que parece
patentada. Eso es lo que le sucedió a la banda de San Francisco
Negativeland cuando editó un disco de "audio collage"
llamado U2 en el que sampleaba diferentes momentos del célebre
programa radial "American Top 40". Y le sucedió también a
John Oswald, uno de los músicos más destacados de la escena avant
garde de Toronto, cuando, en 1989, remixó la canción "Bad"
de Michael Jackson y la incluyó en un disco de distribución
gratuita. Negativeland fue demandada por la compañía discográfica
de U2, Island Records, y Oswald por CBS, la compañía de Jackson.
Como parte del arreglo por violación de derechos de autor, Oswald
debió entregar todas las copias de su CD para ser destruidas.
Por supuesto que esto no siempre fue así.
Hasta fines de los ochenta, los casos por derechos de autor y marcas
registradas se reducían a conflictos entre corporaciones que
avanzaban sobre el nicho de mercado ajeno. Artistas como REM, The
Clash, Dire Straits y k.d. lang pudieron cantar sobre marcas como la
Crush, los Cadillacs, MTV y la revista Chatelaine respectivamente. Sin
embargo, por esa época el consumidor promedio no tenía acceso a
herramientas que le permitieran tomar elementos de la cultura de masas
y reconvertirlos en algo propio: un fanzine, una película en Súper-8
o una grabación electrónica. Eso llegó con el desembarco en el
mercado de los scanners, las fotocopiadoras y los programas de
computación: bienes de consumo accesibles que convirtieron las leyes
de derecho de autor y marca registrada en un problema para los
artistas independientes dispuestos a llevar adelante sus propias
ediciones, páginas en internet y grabaciones.
Pero lo que más irrita a artistas como los Negativeland y Oswald no
es que su trabajo sea ilegal, sino que sea ilegal sólo para algunos
artistas. Cuando Beck, un artista contratado por un sello discográfico
internacional, graba un disco plagado de cientos de sampleados, Warner
Music se encarga de arreglar la situación legal de cada uno de los
fragmentos sonoros del patchwork, y el trabajo es elogiado por captar
la saturación mediática y sonora de nuestro tiempo. Pero cuando
artistas más independientes hacen lo mismo, intentando cortar y pegar
fragmentos de su realidad patentada para armar una obra artística,
son penalizados bajo la figura jurídica de robo. Esta fue la
declaración de principios del disco under Deconstructing Beck (1998),
donde se recontextualizaban electrónicamente los sonidos ya
recontextualizados por Beck en sus propios discos. Por supuesto,
apenas el disco salió a la calle, los abogados del sello de Beck
enviaron una andanada de cartas exigiendo a los responsables que
desistieran de continuar con la distribución. La declaración, de
todos modos, ya estaba hecha. Los artistas siempre crearán arte
reconfigurando nuestras referencias y lenguajes culturales, pero a
medida que estas experiencias dejen de ser de primera mano y pasen a
ser cada vez más mediáticas, y las corporaciones multinacionales
encarnen cada vez más a las grandes fuerzas políticas de nuestra
sociedad, se impone una discusión sobre lo que se entiende por
libertad de expresión en una cultura donde todo está patentado. En
este contexto, decirle a un cineasta que no puede utilizar comerciales
viejos o a un músico que no puede samplear o distorsionar otras melodías,
es como prohibir la guitarra o el uso del rojo en un cuadro. El
mensaje subyacente parece ser que la cultura es algo que a uno le
sucede. Uno lo compra en la disquería, en la juguetería o lo alquila
en Blockbuster. No es algo en lo que uno participa, ni algo a lo que
uno tiene derecho a responder.
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