EL PAÍS, lunes 17 septiembre 2001
Móviles
M. VÁZQUEZ MONTALBÁN
Los
teléfonos móviles parecen maquinillas de afeitar aplicadas a la
oreja, para hacerle compañía. Me voy. Ya voy. Hace frío. ¿Te has
acordado de comprar queso rallado? A veces un teléfono móvil sirve
para comunicar un accidente, una agresión, y entonces el cacharrillo
se agiganta y puede alcanzar la condición de mejor amigo del hombre
y, cómo no, de la mujer. Hete aquí que ahora descubrimos que esos móviles
forman parte de un tríptico impotente, a manera de frágil dique
frente a la muerte: el amor, el arte y los teléfonos móviles. El
amor traslada a una dimensión donde desaparece la contingencia, el
arte crea una alternativa a lo real y prolonga la memoria del artista
hasta el día del juicio final de los dioses o de la Historia, y los
teléfonos móviles han permitido a algunas víctimas del holocausto
norteamericano despedirse de sus madres o de sus esposas o maridos, la
única posibilidad de imponerse sobre la premonición de muerte
inevitable.
Antes de morir me encantaría
despedirme de mis prójimos más queridos o necesarios, y me angustia
la posibilidad de morir lejos de mí mismo, en lo que mi mismidad
participa de un paisaje y unos colegas biológicos y afectivos
concretos, ésos a los que llamamos seres queridos. Cuando los
que van a morir son capaces de encontrar un espacio entre las navajas
o las hogueras para utilizar el móvil y así despedirse para siempre,
escogen con urgencia interlocutor y palabras, ya que interpretan su último
papel y alcanzan la inmortalidad en las ondas que transmiten sus voces
de víctimas de despedida y rostros concretos.
Esta miserable y fanática
salvajada no es sólo un choque entre geometrías estratégicas, la
que construye torres de capital especulativo y la que socava sótanos
para el Dr. No de los condenados de la Tierra. Los telefonistas de su
propia muerte merecen que no se pierda esa parte de la razón que
opone la compasión a la geometría. No respaldemos otra lucha entre
el Bien y el Mal, desde fanatismos enfrentados, ni de civilizaciones,
esa guerra de las galaxias inventada por algunos sociólogos. Hay
causas y monstruosos efectos. Que lo ocurrido no se convierta en una
fiesta de la bandera y del desquite.