Hola a todos. Manu Chao
reaparece con un nuevo disco. He aquí la entrevista que ha concedido
a Tentaciones.
<http://www.tentaciones.elpais.es/T/D/20010504/portada/p01.htm>
4 de mayo de 2001
MANU SE DEJA TOCAR
Clandestino, el debú de Manu Chao, fue todo menos clandestino.
Tres millones de discos vendidos le han convertido en leyenda. El ex
Mano Negra ha alimentado el morbo con tres años de súbitas
apariciones, nomadismo y paradojas. Por fin ha vuelto. Tentaciones
le interroga.
Texto: Diego A. Manrique
Antoine Chao, el hermano de Manu, todavía echa de menos al grupo de
ambos, Mano Negra. Estábamos en La Habana, deslumbrados por el festín
sonoro cubano, pero era inevitable recordar los tiempos en que tocaba
la trompeta, cuando Mano Negra visitaba Cuba en misión de
solidaridad. "Nos alojábamos en casas particulares, mis amigos
habaneros ironizan ahora al verme en el Meliá Cohiba". Con
delicadeza, evitando decir algo que pudiera ofender a su hermano Manu,
quien está a punto de publicar su segundo disco en solitario, Próxima
estación, Esperanza, Antoine decía: "Mano Negra era el
grupo perfecto, ganábamos mucho dinero haciendo lo que nos apetecía".
Tentaciones. ¿Coincides con esa valoración, Manu?
Manu Chao. Es cierto. Además, hoy no me avergüenza ganar dinero.
Para comprar libertad, necesitas dinero. El otro día estaba en Italia
y pensaba en lo afortunado que soy: llevo la tira de años de músico
y siempre he hecho lo que quería. He metido la pata veinte veces, me
he arrepentido de muchas cosas, pero siempre por decisión mía.
Mano Negra fue un volcán. Una orquestina salvaje creada por el hijo
de un gallego emigrado a Francia que tocaba rock and roll, reggae,
blues, rap, rumba, punk rock, salsa, lo que le viniera en gana. Un
conjunto integrado en una multinacional pero que funcionaba por
canales alternativos. A pesar de diversos choques, esta banda sembró
sus modelos estéticos y éticos por donde pasó: incontables las
propuestas actuales herederas de Mano Negra.
T. Ahora hay centenares de pequeñas manosnegras, con sus cancioncitas
a favor de la marihuana y en defensa de lo multirracial. Muchas son
sonrojantesŠ
M. Ch. No puedo luchar contra eso. Recibo demasiados discos que se
parecen a cosas que yo he hecho y digo: "Por favor, que alguien
me sorprenda." Insisto a los chavales en que tienen que inventar,
no reiterar lo mío. Cuando me ponen como jefe de no sé qué
movimiento, me enfado. No quiero estar en ningún altar. Cualquier
tendencia que se pone de moda termina justificando bandas de mierda.
Manu, Antoine y el resto se probaron en proyectos épicos como
recorrer, en 1993, una Colombia en guerra a bordo de un tren que
paraba para ofrecer conciertos en un ambiente circense. Ramón Chao,
el padre, lo contó en un bello libro, Tren de hielo y fuego.
M. Ch. Fue muy hermoso vivir esa aventura con mi padre, lo más fuerte
de mi vida. Claro que allí, sobre el terreno, cada dos por tres
echabas pestes de aquel lío, suspirabas por volver a casa. Muchos
abandonaron, pero mi padre aguantó hasta el final. Y fue muy
cuidadoso: no se aprovechó del parentesco, habla de mí como de
cualquier otro. Se lo agradezco: aquello salió adelante gracias a
mucha gente que se arriesgó y aceptó no cobrar.
T. En el libro se cuentan historias escalofriantes. Cuando aparecen en
un concierto chicos guerrilleros, sin uniforme, que explican que lo
mismo podían estar en el Ejército pero prefieren la guerrilla porque
"pagan más".
M. Ch. He pasado mucho tiempo en Colombia, me he metido en el mogollón
y sigo sin entender nada. Personas próximas a la guerrilla nos
advirtieron de que en el tren no debíamos llevar ni marihuana ni cocaína,
dado que la droga es "un arma del imperialismo". Al mismo
tiempo sabes que ellos viven de los impuestos a los cultivadores y los
narcotraficantes.
T. La realidad latinoamericana tiende a destrozar los conceptos
europeosŠ
M. Ch. Yo sólo defiendo al EZLN, los zapatistas. Por eso, se creen
que yo apoyo a cualquier guerrilla de Hispanoamérica; es todo lo
contrario, ni de coña. Voy a Colombia y no entiendo nada, no me llega
un mensaje claro como el de Chiapas. Oigo a los del Movimiento de los
Sin Tierra, en Brasil, y me identifico. PeroŠ ¿Sendero Luminoso? No,
gracias.
Aquellas aventuras tenían un alto coste humano en tensiones,
enfermedades, discrepancias. En 1995, Manu rompía la baraja ‹fue
una separación a cara de perro‹ y empezaba a funcionar como agente
libre.
M. Ch. Sí, fue una separación agria, como la de una pareja que lleva
muchos años unida. El amor se transforma en odio, sin matices. Pero
es que una buena banda, desde los Beatles hasta los Clash, es un
milagro de alquimia que no puede durar. Tras la experiencia de Mano
Negra, es impensable que yo diga: "Con esta banda voy a muerte
hasta el final". Al contrario, deshago el grupo cada dos meses,
después de cada gira. Así evito la rutina y demás tendencias
peligrosas. Mano Negra fue ocho años sin vida privada.
T. ¿Se han calmado los odios?
M. Ch. Totalmente. En los últimos meses, me he visto con todos en mis
viajes a París. Algunos están haciendo música: P18, Flor del Fango.
Con el tiempo, se desvanecen los malos rollos y queda lo importante:
Mano Negra fue una escuela de vida, donde nos construimos como
personas.
A continuación, Manu viajó por África, América, Europa. Y se trajo
un disco único, Clandestino (1998), políglota diario de
navegación rebosante de canciones elementales que expresaban una
voluntad sediciosa. Crónicas de marginalidad enriquecidas por
grabaciones captadas al vuelo: fragmentos de noticieros, de
declaraciones, de mensajes de contestador, de discos ajenos.
M. Ch. Cuando acabó Mano Negra, mis amigos me advirtieron de que no
iba a aguantar sin subirme a un escenario. Se equivocaron, me importa
un pito el actuar. La verdadera droga eran los viajes. No podía
quedarme 15 días sin moverme, era pavor a tener una casa, una
familia, una situación estable. Me ha costado siete años aterrizar.
A nivel práctico era un desastre: cintas en México, en Río, en París.
Donde estuviera, siempre me faltaba algo.
Aparentemente, Clandestino era un disco hecho a mano, con mínimas
colaboraciones y tecnología barata. Una revelación para otros músicos
trotamundos, como reconocía Enrique Bunbury: "Yo no puedo tocar
mis canciones si no está mi banda, mientras que Manu puede
comunicarse con su guitarrita aunque esté en un pueblo sin
electricidad".
M. Ch. Es algo que aprendí después de Mano Negra. Mejor dicho, lo
reaprendí. Antes, cuando tocaba en el metro con una guitarra, no sabía
que tenía lo esencial. Cuando entras en un grupo, te malacostumbras a
los equipos de sonido, a los técnicos. Olvidas que basta una guitarra
como la que traigo, que compré en Argentina, algo básico, nada caro,
que te sirva para viajar, que no pasa nada si se rompe.
Tras alentar espectáculos inclasificables como La feria de las
mentiras, Manu se ha atrincherado en su refugio de Barcelona. Puede
dar allí conciertos semiclandestinos o volar a Latinoamérica para
actuar al aire libre ante multitudes, pero ha abandonado la rutina de
las giras programadas, las imposiciones de la industria.
M. Ch. Mi casa de Barcelona es un pisito de 80 metros cuadrados, pero
considero que todo el Barrio Gótico es mi salón de estar. También
estoy intentando montar una base en Río de Janeiro, donde tengo
familia. Todo lo organizo para conquistar tiempo, me jode no poder
hacer ni el diez por ciento de las cosas que me apetecen.
T. Oí que te llamó Marisa Monte para grabar en su disco, y no
apareciste.
M. Ch. Fui luego a conocerla, soy curioso y tenía que agradecer su
invitación. La verdad es que prefiero trabajar con gente de la calle,
que igual ni saben que son artistas, donde no hay el plomo de firmar
contratos entre compañías diferentes. Un Tonino Carotone necesita mi
ayuda, Marisa Monte ya está lanzada. Me proponen demasiadas cosas, a
veces aberrantes. Por ejemplo, Ibrahím Ferrer, a quien adoro, quería
que cantara un bolero con él, pero yo iba a afear el disco.
T. Pero lo haría más vendible. ¿Cómo hace Manu para protegerse de
todos los que quieren asociarse con su persona?
M. Ch. Lo primero, no tener móvil. Después, rodearme de personas que
cuidan de mí. Por primera vez tengo un representante en Francia,
necesitaba alguien fuerte para que no ocurriera lo de siempre: que das
una mano y te comen el brazo. Procuro tener un equipo que considero
profesional pero no demasiado quemado por el profesionalismo. Es una
pandillita en la que doy oportunidad a gente que empieza.
T. Por ejemplo, hay una canción tuya en una película de Madonna. ¿Controlas
de qué va la historia antes de dar el visto bueno?
M. Ch. No pongo muchas pegas. Hombre, alguien de mi pandilla comprueba
que no sea una película nazi o algo así. Se pide una copia en vídeo
para comprobar cómo se ha metido la canción. La verdad es que ni
siquiera las veo cuando se estrenan. Que Madonna use una canción mía
es algo muy anecdótico en mi vida.
T. Eso choca con la imagen que tenemos de que eres un control freak,
que supervisas todo.
M. Ch. Sería absurdo, cualquier artista sabe que las canciones
vuelan, incluso antes de ser editadas. Me he encontrado en una casa
ocupada de Milán a un grupo que hace temas míos que creo que sólo
he tocado en la calle, en Barcelona. Alguien lo graba con un casetito,
lo pone en Napster y está al alcance del mundo. Ahora mismo, he dado
a mi hermano Antoine cintas mías para unos programas de radio que va
a emitir en París; está claro que eso va a terminar en la Red.
T. Sin embargo, Virgin reparte copias promocionales de Próxima
estación, Esperanza, donde hay subidas y bajadas de volumen
hechas con mala leche, para que no se copie.
M. Ch. Qué cabrones, no tiene sentido. Supongo que es un truco para
que quede claro que no es la copia oficial, se prensó cuando todavía
no había permiso para todos los sampleados.
T. Hablando de Barcelona, ¿qué pasó para que no aparecieras
finalmente en el disco de duetos de Peret?
M. Ch. No pasó nada. Yo tenía una rumbita mía, La rumba de
Barcelona, pero él y su representante dijeron que no, que todas las
canciones tenían que ser éxitos suyos. Pero buen rollo, eh, hasta
estuve en el estudio cuando grabó con Dusminguet.
T. Lo menciono ya que oí que tus abogados llamaron a tu propia compañía
protestando porque se mencionaba tu nombre en las informaciones
referentes al disco de Peret.
M. Ch. Mis abogados han terminado siendo mis peores enemigos. Nadie me
ha dado más por el culo que mis propios abogados. Das confianza a
unas personas, les pagas para defenderte, y te putean. Pero no quiero
obsesionarme por las personas que te desengañan, pretendo no volverme
cínico ante la raza humana. El tiempo lo cura todo y da la razón al
que la tiene. Tengo 40 años y no me importa que digan que soy un
cabrón,
ya se sabrá la verdad.
INÉDITO ŒPERDIDO EN EL SIGLO¹
En defensa de sus intereses, Manu Chao no duda en recurrir a sus
abogados. El periodista Bruno Galindo tiene congelado Perdido en el
siglo, un libro que refleja sus aventuras con Manu por dos
continentes. "Bruno y yo hicimos un viaje de puta madre por el
Nordeste brasileño. Lo malo es que no tuvimos tiempo de sentarnos a
acabar el libro: faltaba mi parte, textos míos que tenían que
complementar su reportaje y que todavía no están a punto. Pero
espero saludar esta noche a Bruno en el concierto y hablaremos, el
libro se va a publicar". Galindo no acudió: "Yo no voy a
saludar a gente que me manda amenazas a través de abogados". El
libro se terminó a finales de 1999. Parece ser que Manu o su gente
preferían que saliera coincidiendo con su nuevo disco, opinión que
reforzaron con una prohibición de reproducir letras. El periodista
dice que Perdido en el siglo quedará inédito.
Tal vez Chao ya sabe que es imposible caer bien a todo el mundo.
Prefiere definir su agenda, marcar su calendario. El nuevo disco
llevaba anunciándose desde hace un par de años, pero se retrasaba y
se retrasaba. Explicaciones, para todos los gustos: que si prefería
que se siguiera vendiendo Clandestino (lleva despachadas unos
tres millones de copias), que si estaba reconstruyendo sus cintas en
clave tecno. Cuenta, Manu.
M. Ch. Es que paré cuando decidí formar bandaŠ tenía en la cabeza
a una serie de personas y sabía que habría química al juntarlas.
Pero no tenía intención de salir de gira porque sí, tampoco me
gusta hacer el papel de demonio y contribuir a romper grupos. Estaba
terminando el disco cuando me enteré de que todos estaban libres, y
no lo pude resistir, era como tener mi equipo de fútbol ideal.
T. Imagino que un disco-collage como Próxima estación, Esperanza
tiene problemas para conseguir los permisos de las grabaciones ajenas.
M. Ch. Mira, yo no soy ni un inmenso cantante ni un inmenso músico,
pero toco un poco de todo y me lo paso pipa. Todo lo que oigo, sea un
locutor de radio o una actriz de telenovela, lo considero materia
prima. Lo utilizo y luego me planteo los permisos. Hay gente que lo
cede sin problemas, como Radio Reloj, la emisora habanera, y tipos más
tozudos, que quieren ganar más que yo. Tengo un problema: la música
que ahora hago en mi estudio es imposible de sacar, hay samplers de
todo dios. Ni al abogado que más odio le encargaría una labor así.
Fíjate que estoy pensando dejarlo caer en Internet, así como anónimamenteŠ
T. Aun así, parece exagerado que hayan pasado casi cuatro años entre
los dos discos.
M. Ch. Es que soy muy bruto. Aunque sé que no debo funcionar por
conceptos, siempre caigo. Primero, empecé a recoger canciones en
francés; a la semana, lo que me salían eran letras en portugués. Lo
mismo pasó con la idea tecno. Hay que ser intuitivo, dejarte llevar
por la música y no buscar orden o sentido. Aun así puedo decirte que
Esperanza es el disco en que menos he sufrido, todo ha sido
cojonudo. Yo toco casi todoŠ
T. Clandestino parecía un disco de espacios abiertos, y éste
suena muy noctámbulo, a fruto del insomnio.
M. Ch. Está hecho entre las seis de la tarde y las ocho de la mañana.
Siempre he sido nocturno. En París, a veces veía amanecer y
alucinaba al pasar por un mercado, me parecía estar en otro planeta.
T. Hay una canción, Promiscuity, en la que dices que la promiscuidad
engendra violencia. Hubo épocas en las que no predicabas el celibatoŠ
M. Ch. Perdona, me refiero a promiscuidad en el sentido de
amontonamiento humano. En los barrios donde no hay espacio vital,
surgen malos rollos. Lo escribí en un tren que iba de Senegal a Mali,
más de dos días de viaje con las señoras gordas y los niños,
tremendo.
T. ¿Qué aprendiste por esas tierras?
M. Ch. Me encantó el concepto africano de familia. Quisiera tener
doce, catorce hijos pero a lo africano. Allí, nadie sabe muy bien quién
es el padre, eso no es lo importante. Todo el pueblo se cuida de que
sean felices, tú te preocupas del hijo del vecino y al revés. Me da
miedo la familia católica europea, en la que los hijos son propiedad
de los padres y todos encerrados dentro de una casa, todos acojonados.