Domingo 6 de mayo de 2001
No a otra limpieza de sangre
SAMI NAÏR
El racismo tiene razones que la razón
no entiende. Se sirve de todos los prejuicios para justificar lo
injustificable, no ve en el Otro su ser, sino su apariencia, hace del
'origen' una sustancia eterna; de la confesión, una esencia
atemporal. El racismo es una regresión arcaica, que no informa sobre
sus víctimas, sino sobre quienes lo utilizan. Como un camaleón, se
adapta a todas las situaciones y transforma los campos de flores en
estiércol maloliente. No vayan a creer que se trata de una actitud
espontánea, que sería 'natural' en el hombre. Ni mucho menos: es un
asunto de cultura. Los niños no saben que se puede odiar debido al
color de la piel: lo aprenden por la perversión de los mayores.
La forma que tiene una sociedad, un
Gobierno, de tratar a la inmigración es hoy día sintomática de su
relación con el racismo. Así ocurre con el supuesto argumento de la
'imposible integración' de los musulmanes en la sociedad occidental.
Este prejuicio, que es signo de un delito de racismo cultural, es
recurrente. No siempre está dirigido contra la confesión musulmana.
Se ha incorporado a todas las diferencias: de color, de opinión, de
religión, de actitud, etcétera. A principios de siglo, en Francia se
sostenía que los italianos eran 'inasimilables' porque eran demasiado
católicos; en los años veinte y treinta, en casi toda Europa se
acusaba a los judíos de ser 'irreductibles', enemigos de Cristo y
conspiradores financieros (ya conocemos la continuación). Después de
la guerra se decía de los inmigrantes españoles en Francia, Bélgica,
Alemania y Suiza que no se podían integrar en la sociedad moderna
europea: 'demasiado ruidosos', 'demasiado violentos'. Entre los años
sesenta y ochenta volvimos otra vez con la misma copla con respecto a
los inmigrantes magrebíes en Francia y en Bélgica. Los indios y los
paquistaníes no estaban mejor parados en Inglaterra. Hoy día se
escupe el mismo veneno en España. Y es que siempre se es 'imposible
de asimilar' para alguien. Pero hay, sin embargo, una diferencia
cualitativa: nunca ningún Gobierno europeo, al menos desde la II
Guerra Mundial, ha osado sostener este discurso oficialmente. Ahora
bien, la insistencia actual de algunos responsables gubernamentales
españoles sobre la 'diferencia cultural' de los musulmanes y, en
cambio, su apología de la proximidad cultural de los suramericanos es
extremadamente inquietante. Corresponde a una política de visados
discriminatoria y de tratamiento social particular que tiene algo de
racismo de Estado.
Sin embargo, los inmigrantes musulmanes
han demostrado en toda Europa una capacidad de adaptación
excepcional, sus hijos se integran rápidamente y su contribución a
la cultura europea ya es reconocida por todos. El caso de Francia lo
demuestra ampliamente. Los cristianos franceses, que expresaron tan a
menudo una gran solidaridad con los inmigrantes musulmanes, lo han
comprendido bien.
El debate actual en España sobre este
falso problema es indigno. Indigno de España, que da la impresión,
después de los acontecimientos de El Ejido, de no haber liquidado su
pasado racista y dictatorial; indigno de elites políticas españolas
que invocan todavía más 'ruidosamente' un europeísmo de fachada,
mientras cierran los ojos a la barbarie en aumento en el país;
infamante, en fin, para los propios inmigrantes de confesión
musulmana, ofrecidos como pasto a una opinión pública desorientada y
a menudo influida por prejuicios malsanos.
Que algunos responsables gubernamentales
contribuyan a difundir este discurso de exclusión revela su cinismo y
su ignorancia. La intolerancia institucionalizada es un peligro para
todos los españoles. Mañana, todos los que en razón de su posición
social o de sus opiniones no estén conformes con las normas
dominantes caerán bajo el fuego de estos nuevos cruzados.
En materia de inmigración hay que dar
muestras de realismo y espíritu de justicia. Pero también hay que
tener siempre el valor de denunciar la hipocresía y el cinismo
racista, sobre todo cuando se escuda en un discurso 'culturalista'
para engañar mejor. Frente al racismo de Estado, ya no es posible
callarse. La España que nosotros amamos no debe ser ensuciada por los
nuevos apologistas de la limpieza de sangre.
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Sami Naïr, eurodiputado socialista francés, es
profesor invitado en la Universidad Carlos III de Madrid.