El 29 de noviembre de 1990, cuando había ya 200.000 soldados
americanos en Arabia Saudí, el Consejo de Seguridad de la ONU
aprobó por unanimidad la resolución 678, cuyo primer punto decía:
«otorga a Irak, una última oportunidad como pausa de buena
voluntad». La «pausa» era, en verdad, un plazo que vencía el
15 de enero de 1991. La idea corriente de «buena voluntad»
chirría de modo horrísono aplicada a una cosa tan inexorable
como una conminación a 47 días vista, que no es una «pausa»
ni, propiamente, un «aplazamiento»; tiene un nombre inequívoco
y exacto: «emplazamiento». El emplazamiento es la forma más
dura de amenaza: su mayor grado en fuerza de coacción frente a
la amenaza simple viene del hecho de que el que emplaza proyecta
contra el emplazado una coacción que ya se ha anticipado a
ejercer sobre sí mismo, al predeterminar su voluntad
encadenando su albedrío a un término fijado.
Al día siguiente, 30 de noviembre, el sagaz corresponsal de The
Washington Post en Riad, Patrick Tyler, en su artículo «¿Y
si Saddam se retirase?», del que entresaco unas palabras,
comentaba la situación creada por la resolución 678: «Algunos
árabes y diplomáticos occidentales empiezan a tener la
siguiente pesadilla: una mañana, el mundo se despierta y se
encuentra Kuwait sin tropas invasoras; todos los irakís se han
retirado detrás de sus fronteras [...] Todos los rehenes son
puestos en libertad [...] la ONU llama a todas las naciones para
que levanten el embargo; los petroleros surcan libremente los océanos
para terminar cuanto antes con las subidas del petróleo [...]
Esta sería la «victoria» que a miembros de la Administración
de Bush y a dirigentes saudís y kuwaitís menos les gustaría
saborear [...] algunos norteamericanos y saudís afirman que
esta eventualidad significaría una derrota [...] La disparidad
entre lo que se desea en privado y lo que se dice en público
refleja el deseo ferviente de los miembros de la Administración
americana, congresistas, dirigentes árabes y líderes de Israel
de que la situación actual sirva para aplastar la maquinaria
militar de Irak en una guerra...». Con esta inmisericorde
recolección de opiniones de los más conspicuos y diversos
personajes que pululaban por Riad, Tyler venía a lanzar la
sentencia más terrible sobre lo que podía pensarse de las
palabras «buena voluntad» tal como aparecían en la resolución
678.
Seis días antes de que venciesen los 47 del término fijado
en el emplazamiento, cuando el número de soldados concentrados
en derredor de Irak había llegado ya a los 400.000, fue a James
Baker, Secretario de Estado en el gobierno de aquel otro
presidente Bush, al que, en aquella última -o más bien «póstuma»-
entrevista de Ginebra con el ministro de Exteriores del gobierno
de Irak, Tarek Aziz, le tocó acorralar al adversario hasta
forzarlo a la guerra. Para lograrlo, le bastó valerse de dos
arcaicos principios todavía vigentes en toda relación de
armas. El primero es el de que la magnitud de la soberbia patriótico-guerrera
no guarda proporción con la medida de las fuerzas respectivas:
la soberbia del débil es tan fuerte como la del fuerte; tiene
un suelo por debajo del cual le es imposible descender; bien lo
ilustra Tucídides con el patético episodio de los diálogos
entre los atenienses y los melios. Cien almas que el hombre
tuviera, cien estaría dispuesto a vender, a jugarse y a perder
por cualquier baratija pero arriesgará la vida, se expondrá a
muerte cierta, por no perder o doblegar el Yo; con eso cuenta el
fuerte para arrastrar al débil a la guerra. El segundo consiste
en la ecuación, congénita en el honor militar, de que cuanto
mayor sea el número de hombres y el volumen de armas puestos en
campo en orden de batalla más humillante e insoportable será
para un ejército un cambio súbito en la situación diplomática
y política que no deje otra opción que la de desistir y to
go back home, y esto nos lo ilustraba el malicioso Tyler con
su «pesadilla». No cabe insulto más grave a la naturaleza y
la virtud del perro, que Platón puso por modelo de la condición
del buen guerrero, que apartarlo de la presa cuando ya le ha
sido puesta al alcance de las fauces. Con 400.000 soldados
desplegados frente a Irak, Baker no tenía ya más elección que
la de arrancar de la soberbia patriótica irakí la aceptación
de una guerra ineluctable.
Y hoy he aquí que aquel mismo James Baker ha vuelto a la
irresistible querencia de Babel, con el sonado artículo «La
manera correcta de cambiar un régimen» (The New York Times,
25-VIII-02), que aun desde fuera del gobierno actual -del que,
como es sabido, el autor no forma parte-, bien podría haber
influido poderosamente en la actitud de éste con respecto a
Irak, ya que los borradores de la resolución que los americanos
quieren proponer ante el Consejo de Seguridad parecen seguir
casi al dictado la fórmula presentada en el artículo. No sólo
en el título de éste sino también en varios puntos del texto,
Baker se muestra inequívocamente convencido de la necesidad, la
justicia y hasta el deber moral de derrocar a Hussein por medio
de las armas: «Las naciones amantes de la paz tienen la
responsabilidad moral de luchar contra el desarrollo y la
proliferación de armas de destrucción masiva a cargo de
delincuentes como Saddam Hussein; se lo debemos a nuestros hijos
y a nuestro nietos la cuestión que los políticos tienen que
despejar no es si hay que recurrir a la fuerza militar para
lograr ese cambio de régimen, sino cómo hay que hacerlo La única
manera de forzar un cambio de régimen pasa por el empleo de
fuerzas militares...». Si ahora nos preguntamos por qué y cómo
«la manera correcta» de hacerlo es, para Baker, pasando antes
por la interposición de un recurso ante la ONU: «Los Estados
Unidos deberían promover que el Consejo de Seguridad adoptase
una resolución, clara y simple, que le exigiera a Irak el
sometimiento a las inspecciones de armas en su propio
territorio, en cualquier momento y lugar sin excepción alguna,
y que aprobara todos los medios que hagan falta para poner en práctica
tal resolución», dice el dictado, donde aún queda pendiente
de respuesta cuál sería, en el posible caso de que una votación
negativa por parte del Consejo echase abajo la resolución
propuesta por los americanos, la conducta a seguir por su
gobierno y cuál, en tal supuesto, el alcance de la autoridad de
la ONU en el papel de garante o proveedora de «la manera
correcta» que se le habría asignado. También esta posibilidad
se halla implícitamente contemplada y respondida, en el artículo,
aunque bajo la pauta de una concepción de la moral un tanto
desconcertante o peregrina: «Dirán algunos -tal como ya pasó
en 1990- que recurrir a la autoridad de la ONU y no conseguir su
respaldo llevará a un debilitamiento de nuestra postura. No
estoy de acuerdo. Con nuestra propuesta para que se siga
adelante por ese camino no haremos sino lo que debemos hacer
tanto política como sustantivamente; con ella tomaremos la
ventaja de la razón moral, transfiriendo el cargo de defender a
un régimen ilegal a todos los países que voten en contra».
Lo primero que salta a la vista es que a la ONU no se quiere
ir en busca de «precepto» ni «consejo», sino de la absolución
anticipada de una acción que ya anticipadamente se ha decidido
cometer con la aprobación de la ONU o sin ella; si recurrir a
la ONU sigue siendo, no obstante, «la manera correcta» de
actuar, no puede serlo por una aprobación respecto de la cual
ya previamente se ha hecho pública la determinación de hacer
caso omiso, sino sólo porque ello concede al gobierno americano
-en palabras de Baker- «la ventaja de la razón moral», que,
por añadidura, no le vendría del respaldo de los que aprobasen
su propuesta de resolución, sino, pintorescamente, del descargo
de responsabilidad moral que de modo automático le aportarían,
por «transferencia», los que votando en contra cargarían su
conciencia con la sinrazón moral y con la culpa de «defender a
un régimen ilegal», como es el del «delincuente» Saddam
Hussein. Si, en un sentido lógico, la argumentación de Baker
merece un puesto de honor entre las de «Áteme usted esa mosca
por el rabo», bajo el aspecto moral, tan indecente juego de
intercambio o cambalache en la asignación, distribución,
proyección y «transferencia» de las responsabilidades morales
muestra el extremo de obscenidad en que puede incurrir la
ansiosa necesidad de buena conciencia propia de la acendrada y
peculiar moralidad de los americanos. Ciertamente, Max Weber no
se mordió la lengua al calificar de «abyecto», en el contexto
de la guerra, el resultado de lo que llamaba «ese vicio
clerical de querer tener razón».