<%@ Language=VBScript %> Manuel Talens - El sitio web del escritor. Lecturas ajenas. Ferlosio.
El escritorio de Manuel Talens

LECTURAS AJENAS

Soberbia obliga
RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO

El 29 de noviembre de 1990, cuando había ya 200.000 soldados americanos en Arabia Saudí, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó por unanimidad la resolución 678, cuyo primer punto decía: «otorga a Irak, una última oportunidad como pausa de buena voluntad». La «pausa» era, en verdad, un plazo que vencía el 15 de enero de 1991. La idea corriente de «buena voluntad» chirría de modo horrísono aplicada a una cosa tan inexorable como una conminación a 47 días vista, que no es una «pausa» ni, propiamente, un «aplazamiento»; tiene un nombre inequívoco y exacto: «emplazamiento». El emplazamiento es la forma más dura de amenaza: su mayor grado en fuerza de coacción frente a la amenaza simple viene del hecho de que el que emplaza proyecta contra el emplazado una coacción que ya se ha anticipado a ejercer sobre sí mismo, al predeterminar su voluntad encadenando su albedrío a un término fijado.

Al día siguiente, 30 de noviembre, el sagaz corresponsal de The Washington Post en Riad, Patrick Tyler, en su artículo «¿Y si Saddam se retirase?», del que entresaco unas palabras, comentaba la situación creada por la resolución 678: «Algunos árabes y diplomáticos occidentales empiezan a tener la siguiente pesadilla: una mañana, el mundo se despierta y se encuentra Kuwait sin tropas invasoras; todos los irakís se han retirado detrás de sus fronteras [...] Todos los rehenes son puestos en libertad [...] la ONU llama a todas las naciones para que levanten el embargo; los petroleros surcan libremente los océanos para terminar cuanto antes con las subidas del petróleo [...] Esta sería la «victoria» que a miembros de la Administración de Bush y a dirigentes saudís y kuwaitís menos les gustaría saborear [...] algunos norteamericanos y saudís afirman que esta eventualidad significaría una derrota [...] La disparidad entre lo que se desea en privado y lo que se dice en público refleja el deseo ferviente de los miembros de la Administración americana, congresistas, dirigentes árabes y líderes de Israel de que la situación actual sirva para aplastar la maquinaria militar de Irak en una guerra...». Con esta inmisericorde recolección de opiniones de los más conspicuos y diversos personajes que pululaban por Riad, Tyler venía a lanzar la sentencia más terrible sobre lo que podía pensarse de las palabras «buena voluntad» tal como aparecían en la resolución 678.

Seis días antes de que venciesen los 47 del término fijado en el emplazamiento, cuando el número de soldados concentrados en derredor de Irak había llegado ya a los 400.000, fue a James Baker, Secretario de Estado en el gobierno de aquel otro presidente Bush, al que, en aquella última -o más bien «póstuma»- entrevista de Ginebra con el ministro de Exteriores del gobierno de Irak, Tarek Aziz, le tocó acorralar al adversario hasta forzarlo a la guerra. Para lograrlo, le bastó valerse de dos arcaicos principios todavía vigentes en toda relación de armas. El primero es el de que la magnitud de la soberbia patriótico-guerrera no guarda proporción con la medida de las fuerzas respectivas: la soberbia del débil es tan fuerte como la del fuerte; tiene un suelo por debajo del cual le es imposible descender; bien lo ilustra Tucídides con el patético episodio de los diálogos entre los atenienses y los melios. Cien almas que el hombre tuviera, cien estaría dispuesto a vender, a jugarse y a perder por cualquier baratija pero arriesgará la vida, se expondrá a muerte cierta, por no perder o doblegar el Yo; con eso cuenta el fuerte para arrastrar al débil a la guerra. El segundo consiste en la ecuación, congénita en el honor militar, de que cuanto mayor sea el número de hombres y el volumen de armas puestos en campo en orden de batalla más humillante e insoportable será para un ejército un cambio súbito en la situación diplomática y política que no deje otra opción que la de desistir y to go back home, y esto nos lo ilustraba el malicioso Tyler con su «pesadilla». No cabe insulto más grave a la naturaleza y la virtud del perro, que Platón puso por modelo de la condición del buen guerrero, que apartarlo de la presa cuando ya le ha sido puesta al alcance de las fauces. Con 400.000 soldados desplegados frente a Irak, Baker no tenía ya más elección que la de arrancar de la soberbia patriótica irakí la aceptación de una guerra ineluctable.

Y hoy he aquí que aquel mismo James Baker ha vuelto a la irresistible querencia de Babel, con el sonado artículo «La manera correcta de cambiar un régimen» (The New York Times, 25-VIII-02), que aun desde fuera del gobierno actual -del que, como es sabido, el autor no forma parte-, bien podría haber influido poderosamente en la actitud de éste con respecto a Irak, ya que los borradores de la resolución que los americanos quieren proponer ante el Consejo de Seguridad parecen seguir casi al dictado la fórmula presentada en el artículo. No sólo en el título de éste sino también en varios puntos del texto, Baker se muestra inequívocamente convencido de la necesidad, la justicia y hasta el deber moral de derrocar a Hussein por medio de las armas: «Las naciones amantes de la paz tienen la responsabilidad moral de luchar contra el desarrollo y la proliferación de armas de destrucción masiva a cargo de delincuentes como Saddam Hussein; se lo debemos a nuestros hijos y a nuestro nietos la cuestión que los políticos tienen que despejar no es si hay que recurrir a la fuerza militar para lograr ese cambio de régimen, sino cómo hay que hacerlo La única manera de forzar un cambio de régimen pasa por el empleo de fuerzas militares...». Si ahora nos preguntamos por qué y cómo «la manera correcta» de hacerlo es, para Baker, pasando antes por la interposición de un recurso ante la ONU: «Los Estados Unidos deberían promover que el Consejo de Seguridad adoptase una resolución, clara y simple, que le exigiera a Irak el sometimiento a las inspecciones de armas en su propio territorio, en cualquier momento y lugar sin excepción alguna, y que aprobara todos los medios que hagan falta para poner en práctica tal resolución», dice el dictado, donde aún queda pendiente de respuesta cuál sería, en el posible caso de que una votación negativa por parte del Consejo echase abajo la resolución propuesta por los americanos, la conducta a seguir por su gobierno y cuál, en tal supuesto, el alcance de la autoridad de la ONU en el papel de garante o proveedora de «la manera correcta» que se le habría asignado. También esta posibilidad se halla implícitamente contemplada y respondida, en el artículo, aunque bajo la pauta de una concepción de la moral un tanto desconcertante o peregrina: «Dirán algunos -tal como ya pasó en 1990- que recurrir a la autoridad de la ONU y no conseguir su respaldo llevará a un debilitamiento de nuestra postura. No estoy de acuerdo. Con nuestra propuesta para que se siga adelante por ese camino no haremos sino lo que debemos hacer tanto política como sustantivamente; con ella tomaremos la ventaja de la razón moral, transfiriendo el cargo de defender a un régimen ilegal a todos los países que voten en contra».

Lo primero que salta a la vista es que a la ONU no se quiere ir en busca de «precepto» ni «consejo», sino de la absolución anticipada de una acción que ya anticipadamente se ha decidido cometer con la aprobación de la ONU o sin ella; si recurrir a la ONU sigue siendo, no obstante, «la manera correcta» de actuar, no puede serlo por una aprobación respecto de la cual ya previamente se ha hecho pública la determinación de hacer caso omiso, sino sólo porque ello concede al gobierno americano -en palabras de Baker- «la ventaja de la razón moral», que, por añadidura, no le vendría del respaldo de los que aprobasen su propuesta de resolución, sino, pintorescamente, del descargo de responsabilidad moral que de modo automático le aportarían, por «transferencia», los que votando en contra cargarían su conciencia con la sinrazón moral y con la culpa de «defender a un régimen ilegal», como es el del «delincuente» Saddam Hussein. Si, en un sentido lógico, la argumentación de Baker merece un puesto de honor entre las de «Áteme usted esa mosca por el rabo», bajo el aspecto moral, tan indecente juego de intercambio o cambalache en la asignación, distribución, proyección y «transferencia» de las responsabilidades morales muestra el extremo de obscenidad en que puede incurrir la ansiosa necesidad de buena conciencia propia de la acendrada y peculiar moralidad de los americanos. Ciertamente, Max Weber no se mordió la lengua al calificar de «abyecto», en el contexto de la guerra, el resultado de lo que llamaba «ese vicio clerical de querer tener razón».

 

 


 

SI DESEA LEER ESTA COLUMNA EN EL SITIO WEB DE ABC, PULSE EN:

 

Enviado el  5 de octubre de 2002

Pulse para volver a la página anterior

 

© Manuel Talens 2002