El País, sábado 26 de mayo de 2001
La feria de los lectores
JUAN CRUZ
En medio del calor sociológico
que hace en España -lo ha dicho el director del Centro de
Investigaciones Sociológicas: ha debido de sacar la mano por la
ventana-, la ruidosa ciudad de Madrid asistió ayer a la inauguración
de la primera Feria del Libro del siglo XXI.
Los periódicos han
subrayado un hecho aparentemente insignificante que ya distingue esta
feria, aun antes de empezar: este año no habrá listas de libros más
vendidos. Era muy fácil extirpar este grano, pero ha tardado años en
desaparecer de la cara de la feria ese índice dudoso de valores
mercantiles. Y aunque parezca mentira, este factor que durante tanto
tiempo estuvo ahí como una losa, generando tensión entre los
feriantes de cualquier género, puede ser el principio de una
verdadera amistad del lector con los libros, de una relación más
tranquila y más sosegada entre las partes que componen el complejo, a
veces misterioso y secreto, e incluso ingenuo, mundo de los libros.
Los escritores estarán más relajados, mirando más a los ojos de los
lectores que a la secuencia numérica de sus firmas, y los periódicos
tendrán que buscar algo más que cifras en el resumen cotidiano de
las actividades del Retiro.
Ese índice de libros más
vendidos siempre ha estado bajo sospecha; no se lo han creído ni los
escritores que firman -o no firman- ni los libreros; las listas han
estado siempre sujetas a manipulaciones, y no sólo están sujetas a
manipulaciones las listas de las ferias: el descreimiento es general,
y afecta también a las listas que publican los medios, las que
aparecen en los centros comerciales, las que se fabrican de veras o
las que se fabrican de mentirijillas. No se manipulan inocentemente,
claro que no: en el universo que vivimos, las listas de más vendidos,
las de verdad y las que poco a poco se van aclarando, tienen un
indudable efecto multiplicador no sólo en el interés, sino incluso
en el afecto del público. Cuando alguien quiere algo mucho es porque
algo bueno tendrá dentro.
Pasa con los discos, con los
libros, pasa con la comida y con la ropa. En el mundo de los productos
culturales (los libros, los discos) se corre el riesgo de despreciar
lo que no se vende (mucho) porque, acaso, si no se vende es porque
también es malo, y todo el mundo sabe que esta afirmación no se
corresponde con la realidad. Habría que crear listas prescriptoras:
señores, esto no se vende (mucho), algo bueno tendrá dentro. Grandes
obras de grandes escritores (que luego han sido muy vendidos, por
cierto) empezaron siendo pasto de muy pocos lectores, que con su pasión
explicada boca a boca lograron, con el paso de los años y con la
afirmación del gusto, imponer libros que ya han sido imperecederos.
Lo que ha sucedido en
nuestros tiempos es que el boca a boca se encuentra, a veces, con la
imposibilidad de encontrar ya en las librerías los libros de los que
se empieza a hablar, porque la intensidad del mercado es tan grande
que aquellas obras que no se venden (medianamente bien) saltan de las
estanterías con la velocidad con que caducan los yogures. Claro que
no es general el efecto de esa rapidez con que la palabra escrita
aparece y desaparece de los anaqueles, porque hay libreros esforzados
y editores contumaces que se empeñan (muy rápidamente, porque si no
llegarían tarde) en recorrer la voz para que la gente no se pierda
obras que son importantes pero que están metidas en el vértigo. Por
supuesto que también funcionan, en este nivel, o debieran funcionar
aun más, los medios de comunicación, obligados por su función, y
también por su aspiración, a avisar de que hay cosas que no se deben
perder. Aunque en los tiempos que corren, cuando estos mismos medios
quieren avisar, ellos mismos ya han llegado tarde. Y debieran
funcionar, por supuesto, los propios autores, a los que tantas veces
se ve reticentes a recomendar a sus contemporáneos, o porque son sus
competidores inmediatos o porque no les saludaron a ellos mismos en
otras encuestas...
Si la Feria -donde hace
tanto calor- se propusiera de veras, y tan sólo, como un baremo de
ventas, no serviría absolutamente para nada. Desprendida, pues, de
ese factor engañoso de los más o los menos vendidos, estimulada a
generar noticias por otro lado, es posible que ahora se adelante a
ser, como es debido, un certamen cultural que acerque a los lectores a
los libros como esencia de la cultura y no como accidente del hallazgo
superficial con el escritor en medio de la tierra, el polen y el calor
(sociológico, eso sí) del Retiro.