Diario El Día - La Plata, Buenos Aires, Argentina
22-03-2001
El nuevo exilio argentino
CARLOS ARES
El
argentino se cuenta a sí mismo una versión de la creación: Cuando
Dios modelaba el mundo y le daba un poco de todo a ese país que en
los cielos eternos ya llamaban Argentina por su brillo de plata, San
Pedro, a espaldas del Maestro, murmuró: "Los cuatro climas, las
pampas fértiles, la cordillera, cataratas, glaciares, bosques, selva,
ríos cristalinos, mar, ¡Dios, es injusto!". El Señor, sintiéndose
aludido, sin necesidad de volverse ni de elevar el tono de voz para
que se hiciera su voluntad de ser escuchado, le dijo: "Tranquilo,
Pedrito, ahora le pongo a la gente".
"Vete
ya", aconsejan hoy, con el corazón roto, los padres a los hijos
que educaron en ese país de ensueño. "Búscate algo en otro
lado, hijo, aquí no hay futuro". Los sondeos de opinión
confirman aquello de los que se habla en los bares, en la calle, en el
interior de las familias. Dos de cada tres jóvenes sueñan con
marcharse a estudiar o trabajar fuera de Argentina. Hay tres palabras
de moda en el lenguaje popular que reflejan el inconsciente colectivo.
Las esperanzas de la mayoría de las personas se redujeron a
"salvarse", "durar", "zafar". Los jóvenes
se resignan. "Es lo que hay", dicen. Un abuelo o un pariente
directo que permita obtener el pasaporte comunitario europeo son
objeto de deseo y vividos como una auténtica bendición para el
beneficiario.
Tómese a
un argentino urbano promedio, rescáteselo del quinto subsuelo de su
ánimo y hágaselo atravesar como en un videoclip los últimos
cincuenta años de la historia del país para tratar de entender la
consistencia sólida sobre la que se ha construido su escepticismo.
Desde los golpes de Estado que sucedieron al que aceleró la
decadencia del peronismo en 1955, cada uno más sanguinario y cruel
que el anterior, hasta desembocar en el encabezado por Videla hace
ahora 25 años.
Se percibe en las cartas de los lectores de periódicos, en el tono de
voz de los oyentes que llaman a los programas de radio, en la levedad
y el optimismo forzado de los programas de televisión, en el cinismo
de los comentarios, en el humor feroz y descarnado, en la ironía, en
esa ansiedad permanente de partida, de fuga, raje, evasión, de
salida, de irse, irse, "irse de aquí, ahora, ya", que se
agazapa en las entrañas de cada ciudad. Cada día se abre paso en el
espeso caldo de una mufa donde se revuelve y se debate todavía la
dictadura militar de los años setenta, la derrota en la guerra de las
Islas Malvinas, el desencanto político de los ochenta y la demolición
económica de los noventa.
SIN PROYECTO DE RECONSTRUCCION
Las
leyes de Punto Final y Obediencia Debida, los indultos, la impunidad
consagrada, el dramático índice de desempleo creciente después de
la liquidación de los bienes del Estado que debía asignar más
recursos a educación, salud, justicia y seguridad y sólo provocó un
aumento sideral de la deuda externa, todo ello sumado a la incapacidad
de los líderes sociales para convocar al menos a un proyecto épico
de reconstrucción, dejaron a los ciudadanos huérfanos de ilusión y
proyecto colectivo. Los sondeos recogen un altísimo índice de
incredulidad en las instituciones, los dirigentes y los discursos. El
Gobierno, en conjunto, recoge apenas un 27,4% de opiniones favorables;
los sindicatos, el 18,1%, y los partidos políticos, menos del 10%
Si le
acercas la oreja al pecho de la mayoría, si traduces el rumor de sus
deseos más íntimos, oirás una y otra vez: "Hay que irse, irse
de aquí". Irse, partir, marchar, salirse del cuerpo, del
territorio, de la historia, del pasado, de los muertos, del drama, del
desengaño, de la mentira. Irse. Irse ya.
A orillas de la Capital Federal, en el puerto, frente al río
contaminado, espeso, del color del café cortado con leche, se levanta
todavía imponente el Hotel de los Inmigrantes, inaugurado en 1911 y
cerrado en 1953 y al que ahora van a reciclar en museo. En las
gigantografías pegadas a las paredes del comedor de la planta baja
pueden verse los ojos de algunos de los pasajeros recién llegados que
cada día, durante los siguientes cinco posteriores a su desembarco,
comían allí en cuatro turnos. Miran a la cámara. Hay baúles,
pasaportes y recuerdos en los escaparates. En los ordenadores se
pueden consultar los datos recogidos por los empleados de inmigración.
Allí estaba el registro de la abuela de este corresponsal, Isabel
Saiz, 26 años; puerto de origen, Bilbao.
Entre 1880
y 1950, este país acogió a más de siete millones de inmigrantes que
venían a "hacer las Américas". El poeta Rubén Darío
agradeció en sus versos a la Argentina que dio, "por sus
virtuosas leyes, hogar a todos los humanos". Pero la mezcla no
resultó. Tiempo después, Jorge Luis Borges describió a los
argentinos como italianos que hablan español, son educados por
ingleses y quieren ser franceses.
Ahora, todos, los argentinos y los nuevos inmigrantes que
desembarcaron en los últimos diez años sin saber adónde llegaban,
parecen estar aquí a la espera o en tránsito: los diez o doce
borrachos rusos que sobreviven juntos bajo el toldo de una improvisada
tienda a un lado de las vías del tren carguero que surca como una
mueca triste la cara del barrio de La Boca, al sur de la Capital; las
niñas bosnias o kosovares que tocan cuatro notas de una misma melodía
con acordeones pequeños en los bares o en la calle Florida, la
peatonal céntrica; las mujeres rumanas de mirada perdida con los
hijos abrazados, cruzados al cuerpo o colgando del cuello, que
deambulan entre los coches detenidos ante el semáforo detrás de la
Casa Rosada, sede del Gobierno; las patéticas prostitutas dominicanas
vestidas con minifaldas de colores brillantes que desencajan en las mañanas
y entre las vecinas de los barrios de Palermo o Constitución; los
buscas (vendedores ambulantes) coreanos, bolivianos, peruanos o
supervivientes de provincia llegados de la Argentina profunda al
noroeste del país, que ofrecen baratijas chinas a los melancólicos
porteños de postal que resisten horas con un cortado, acodados a una
mesa junto a la ventana de un bar. Todos, a la espera o en tránsito
hasta que, de un modo u otro, puedan irse de aquí.
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