La Jornada (México)
Domingo 27 de mayo de 2001
El electricista
Eduardo Galeano
Andaba en bicicleta, con la
escalera al hombro, por los caminos de la pampa infinita. Bautista
Riolfo era electricista y también todero, arreglador de todo, motores
y relojes, molinos, radios, escopetas, lo que fuera: según se decía,
la joroba que tenía en la espalda le había salido de tanto agacharse
hurgando máquinas y maquinitas.
René Favaloro, el único médico
de la comarca, también era todero. Con los pocos instrumentos que tenía
y los remedios que encontraba, oficiaba de cirujano, partero,
psiquiatra o especialista en lo que se necesitara componer.
Con la ayuda de todos los
vecinos, cercanos y distantes, René pudo fundar una clínica
comunitaria. Y con la ayuda de Bautista, pudo instalar el primer
equipo de rayos X que hubo en toda la región.
Junto con esa máquina de
radiografías, René compró también, en Bahía Blanca, una máquina
de música: un tocadiscos holandés, a pagar en cómodas cuotas
cuandopuedarias. En aquellas soledades de la pampa, habitadas por el
viento y el polvo y muy poquita gente, la música era una compañera
imprescindible.
Pero el tocadiscos tenía sus mañas, y en un par de
meses se negó a seguir funcionando. Y ahí vino Bautista, en su
bicicleta. Sentado en el suelo, se rascó la barba, investigó, soldó
unos cablecitos, ajustó tornillos y arandelas:
-A ver ahora -dijo.
Para probar el aparato, René eligió un
disco, la Novena de Beethoven, y colocó la púa en su movimiento
preferido.
Y se desató la música. La
poderosa música invadió la casa y se echó a volar por la ventana
abierta, hacia la noche, hacia el desierto; y siguió viva en el aire
después de que el disco dejó de girar.
Cuando el silencio volvió,
René comentó algo, o algo preguntó, pero Bautista no contestó
nada.
Bautista tenía la cara
escondida entre las manos. Y un largo rato pasó, hasta que por fin
levantó la cara mojada. Y entonces aquel electricista consiguió
decir:
-Perdone, don René. Pero yo
no sabía que esa... esa electricidad existía en el mundo.