20J: Murió el milagro,
viva la ultraderecha
La
deriva autoritaria del gobierno Aznar
Juan Agulló
Masiosare
En 1996 el Partido Popular del actual presidente español, José
María Aznar, accedió al poder enarbolando la bandera del nuevo
centro. Por aquel entonces, casi todos los países de la Unión
Europea e incluso Estados Unidos estaban gobernados por el
centro–izquierda. Seis años después las cosas han cambiado: la
socialdemocracia ha pasado a la oposición y la moderación que solía
pregonar la derecha está desapareciendo. Prueba de ello es que de
los hechos se está pasando a las palabras. Hace unos días lo
expresaba el propio Aznar: "Que se caigan todas las máscaras
de hipocresía que hay en la política europea 1"
"EL
MILAGRO AZNAR HA TERMINADO", exclamó José María Fidalgo,
secretario general de Comisiones Obreras 2, mientras convocaba a los
trabajadores españoles a una huelga general para el 20 de junio.
"Aznar –razonó Fidalgo– ha dislocado las tres patas sobre
las que se cimentaban el crecimiento económico y la paz social: la
política, la económica y la social". Según el dirigente
sindical, el actual presidente español es culpable de haber
fomentado la crispación política; de haber perdido el control de
la economía (la inflación y el desempleo se han disparado en los
últimos meses) y de haber desdeñado la vieja tradición europea de
concertación social.
La primera huelga general convocada bajo el gobierno Aznar será,
pues, una movilización contra los recortes en la prestación por
desempleo (que, según los sindicatos, es "uno de los pilares
del Estado del Bienestar") pero, sobre todo, contra la reciente
decisión gubernamental de imponer dichos recortes por decreto, es
decir, menospreciando las negociaciones con la patronal y los
sindicatos, y, por supuesto, ignorando la capacidad legislativa de
un Parlamento que, para mayor surrealismo, desde 2000 se encuentra
controlado por el Partido Popular (PP) que preside Aznar.
La criminalización de la oposición
En España hay resquemor ante la que, eufemísticamente, ha sido
definida como "reforma" de las prestaciones por desempleo.
La situación económica se ha deteriorado desde la entrada en vigor
del euro y mientras tanto, la precariedad laboral y el desempleo,
siguen siendo de los más elevados de Europa. El descontento, pues,
es un hecho sobre todo entre los más jóvenes. Para muestra, un botón:
en el momento en el que el paro general fue convocado por los
sindicatos, el periódico El País realizó una encuesta a nivel
nacional. El 56% de los que respondieron pensaba que "había
motivos" para la huelga; el 60% consideraba al gobierno
"responsable" de la misma y por último, el 58%, aseguraba
que secundaría la movilización.
El logro de la misma, sin embargo, es algo que todavía está por
verse. De hecho, hace unos días, los sindicatos policiales 3
denunciaron que el Ministerio del Interior no sólo ha puesto en
estado de máxima alerta a los cuerpos y fuerzas de seguridad del
Estado sino que, además, estaría tratando de
"criminalizar" a los huelguistas. Días más tarde,
algunos medios de comunicación, denunciaron que la policía estaba
enviando cartas a las empresas en las que se les reclamaba información
sobre "el posible seguimiento de la huelga que harán sus
trabajadores". Nadie lo desmintió. La oposición ve en todo
esto una sutil conminación a que la patronal dificulte el ejercicio
de un derecho constitucional "so pena de represalias".
Hay más: a lo largo de las últimas semanas, en los medios de
comunicación gubernamentales o afines al gobierno se está
asistiendo a una sistemática y contundente ofensiva ideológica.
Los argumentos más repetidos son que la "reforma" de las
prestaciones por desempleo se hace para evitar el fraude 4; que, por
lo tanto, no hay motivos para convocar una huelga general y que
"dejar de trabajar" el día antes del Consejo Europeo que
se celebrará en Sevilla (para clausurar el semestre español de
presidencia europea 5) es una "deslealtad" que dañará
"la imagen" exterior de España. Los medios también señalan
que la huelga general responde a un "capricho" de los
sindicatos que tiene por objeto que Aznar "no se vaya de
rositas", esto es, que no deje la presidencia del ejecutivo sin
haber protagonizado confrontaciones sociolaborales dignas de
consideración. Débil argumento que, sin embargo, suele ser
compensado con otro algo más contundente: la debilidad política
del principal partido de oposición (el PSOE, socialdemócrata) habría
desplazado la iniciativa opositora hacia el movimiento sindical. Aquí,
algo de razón hay, pero también olvidos. Ya pocos recuerdan que
cuando Aznar logró hacerse reelegir con mayoría absoluta en marzo
de 2000, se marcó tres objetivos muy claros: derrotar al PSOE en
las regiones históricamente controladas por éste; al nacionalismo
periférico (catalán y, sobre todo, vasco) y al "poder
sindical".
La ilegalización de la diferencia
La batería argumental del gobierno, sin embargo, varía según
el enemigo del que se trate. En el "caso vasco", por
ejemplo, lo que se piense fuera de España parece resultarle
irrelevante al ejecutivo. La feroz disputa que allá mantiene la
derecha nacional con la regional por la hegemonía política no
entiende de imágenes. De hecho, la ofensiva de Aznar en el País
Vasco se está dirigiendo contra algo más que la ETA y contra lo
que el gobierno de Madrid considera su "entorno": el
nacionalismo pacifista de vieja tradición antifranquista también
está en su punto de mira. El último capítulo en la confrontación
ha venido dado por la aprobación, en el Parlamento nacional y con
el apoyo del PSOE, de una "ley de partidos" que, en la práctica,
va a permitir al gobierno ilegalizar a Batasuna (brazo político de
ETA) y lo que, según no pocos observadores españoles y extranjeros
(como la Conferencia Episcopal o Amnistía Internacional) resulta más
grave: a cualquier partido político que en el futuro se niegue a
aceptar el status quo.
Además, ocurre que la citada "ley de partidos" no es un
hecho aislado en el contexto del deterioro que las instituciones
democráticas vienen padeciendo en España desde hace algunos años.
Recientes iniciativas gubernamentales como los llamados
"juicios rápidos", por ejemplo, también han hecho saltar
las alarmas. Hace algunas semanas, sin ir más lejos, un magistrado
se atrevió a plantear que "en busca de la virtud de la rapidez
se ha caído en el defecto de la precipitación". Con esta
afirmación el juez Santiago Vidal se refería a la indefensión a
la que se vieron confrontados algunos de los globalifóbicos
detenidos durante la cumbre de la Unión Europea que se celebró el
pasado mes de marzo en Barcelona. Obviamente, la denuncia cayó en
saco roto. Nada raro si se tiene en cuenta que la reciente remoción
política de un procurador regional tampoco logró concitar
especiales indignaciones. Ni tan siquiera mediando –como
mediaba– la posible imputación por delito electoral del actual
ministro de Medio Ambiente, Jaume Matas.
Como sea, si hay algo claro es que el intervencionismo del que hace
gala el gobierno Aznar, trata siempre de escudarse en un armazón
legislativo. Ejemplo más reciente: las reformas que el Ejecutivo
quiere introducir –aprovechando el Consejo europeo de Sevilla–a
una ley de inmigración que aprobó hace tan sólo dos años.
Principales novedades: se pretende que los inmigrantes ilegales jamás
sean susceptibles de ser legalizados; que no tengan acceso a
servicios básicos como salud, educación o vivienda y que se
suspenda toda cooperación política y económica con aquellos países
del Sur que no controlen sus flujos migratorios. En realidad nada
excesivamente radical si se tienen en cuenta las diatribas contra
los inmigrantes, no ya de la extrema derecha austriaca, francesa u
holandesa, sino del primer ministro británico Tony Blair quien, a
la salida de un reciente encuentro con José María Aznar, amenazó
con utilizar la marina militar de Su Majestad para controlar los
flujos migratorios en el Mediterráneo Sur.
El vaciamiento de las instituciones
En los últimos meses, el Parlamento español está trabajando a
destajo: se han aprobado leyes extremadamente controvertidas que se
han confrontado a fuertes resistencias políticas y sociales. Pese a
todo, el llamado rodillo del PP ha funcionado: las votaciones unívocas
y sin fisuras se han convertido en una marca de la casa. En ningún
caso han sido consideradas dignas de reflexión acusaciones como la
de que se pretendían instaurar sutiles medidas de censura en
Internet; la de que se podían estar vulnerando los derechos del niño
en la ley del menor; la de que se estaban sentando las bases para la
violación de la autonomía universitaria o la de que, por cuanto a
las cuestiones educativas se refiere, se estaba dando un trato de
favor al sector privado en general y a la Iglesia católica en
particular.
Nada de eso parece preocupar a un Ejecutivo empeñado en desactivar
la capacidad de control de instituciones tradicionalmente
progresistas, independientes o, cuando menos, críticas con el orden
establecido. En realidad pareciera como si el gobierno se hubiera
propuesto transformar la mayoría electoral de la que tanto suele
presumir en una hegemonía sociopolítica de nuevo cuño. Hegemonía
que, lógicamente, pasa por el respeto de las formalidades democráticas,
siempre y cuando éstas se ajusten a lo prescrito por la
recientemente fortalecida Fundación para el Análisis y los
Estudios Sociales, auténtico laboratorio ideológico de la derecha
española.
Prueba evidente de la crisis institucional que se está viviendo en
los últimos tiempos en la España de Aznar es el reciente abandono
que la oposición en bloque realizó del Parlamento. Desde las filas
de la derecha se puso el grito en el cielo y se calificó ese día,
con cinismo mesurado, como "el más triste de la
democracia". Nadie se molestó en explicar, sin embargo, por qué
el ejecutivo se empeña en ausentarse cada vez más de las sesiones
semanales de control parlamentario al gobierno o por qué este año
el Debate sobre el estado de la nación (algo así como el Debate
sobre el estado de la Unión) ha sido pospuesto para mediados del próximo
mes de julio (en esas fechas, la mayoría de los españoles se
encuentra de vacaciones).
Teniendo en cuenta la actitud de la derecha, es cierto que las
sesiones de control parlamentario se están convirtiendo cada vez más
en escenificaciones huecas de contenido pero escenificaciones que,
al fin y al cabo, terminan por poner en apuros al gobierno. A este
respecto son dignos de recordar, por ejemplo, los denodados
esfuerzos que hubo de hacer el Ejecutivo para justificar su tibieza
política durante el intento de golpe de Estado en Venezuela o su
negativa a que los casos de desapariciones políticas durante la
Guerra Civil española y el franquismo fueran investigados. La
respuesta a tanto desmán, quizás, la dio hace unos días el ex
presidente italiano democristiano Francesco Cossiga (1985–1992):
"Por su manera de hacer y su vida, no entiendo como a Aznar no
se le considera un falangista". La Falange fue el partido de
Franco…
NOTAS
1. Dichas palabras fueron pronunciadas por José María Aznar el
pasado 4 de junio en referencia a la política migratoria europea.
El mismísimo presidente de la Comisión Europea –el democristiano
italiano Romano Prodi– se vio obligado a recordar que, en
cualquier caso, las políticas migratorias europeas siempre habrán
de respetar la Convención de Ginebra, que es la que regula las
corrientes migratorias mundiales.
2. Comisiones Obreras es el sindicato español más importante por
afiliación. Le sigue de cerca la Unión General de Trabajadores
(UGT, socialista).
3. La Unión Federal de la Policía, el Sindicato Unificado de la
Policía y el Sindicato Profesional de Policía Uniformada
representan, aproximadamente, a dos tercios de los 62 mil
policías que hay en España. Desde hace algunos meses mantienen un
conflicto laboral con sus superiores.
4. Un informe del Ministerio de Trabajo señala que el fraude en el
cobro de las prestaciones por desempleo asciende a tan sólo un 5%.
El que se produce en las contrataciones temporales, sin embargo,
frisa el 50%. El gobierno español, pese a ello, no tiene previsto
tomar medidas contra los empresarios que realizan contrataciones
fraudulentas.
5. La presidencia de la Unión Europea es rotatoria: cada seis meses
la asume el primer ministro de uno de los países miembro. Al margen
de las cumbres extraordinarias que puedan convocarse, suelen
celebrarse dos cumbres en cada "presidencia": una al
principio y otra al final.